Poética (y también antipoética) del desierto I

(El autor de este trabajo es Juan Yennis, carmelita de alma. Vive en San Antonio, Texas. Su inquietud por la espiritualidad del Carmelo y por el tema del Desierto carmelitano le han llevado a reflexionar sobre estos temas)

Cuando hablo de cosas importantes con amigos, a veces sale a relucir el desierto carmelitano San José de Batuecas. “¿Desierto?” –me preguntan. Entonces aclaro que no lo es como el Sahara. Al contrario, éste está en un valle muy verde, lleno de vegetación y vida, con un lindo río. Les digo lo que me contó el P. Ramón, que hace siglos los comarcanos de la región aseguraban que en el valle había seres extraños, duendes y trasgos. En fin, seres de musgo y liquen más que de dunas. Se fueron al llegar los santos ermitaños. Además, el río se bifurca en dos brazos, que rodean los edificios, de modo que dondequiera que estés, si afinas el oído, puedes oír su “música callada.” Ahí están las fotos para demostrarlo.

Desde luego, con medio planeta de por medio y varios años desde que estuve allí, mi visión del lugar va perdiendo objetividad. Están las lagunas de la memoria, que va borrando rasgos concretos y quizás también se suman otros adicionales que va añadiendo el entusiasmo. También se entrecruzan los recuerdos y lo que le he oído o leído a otros, como el P. Ramón y Óscar Castro.
En cualquier caso, como queda dicho, no se trata de un desierto en sentido literal ecológico, sino en el sentido profundo que le ha dado la tradición monástica. Pero para dilucidar cómo aquel ambiente físico peculiar puede trasladarse metafóricamente a una realidad ambientalmente tan distante como Batuecas, habría que analizar lo concreto del desierto. En una segunda reflexión comentaremos sobre lo signficado por la metáfora en la tradición carmelitana. Ahora nos limitaremos a una aproximación al ser real del símbolo.

Como de cualquier modo el desierto es un símbolo cuaresmal, me parece apropiado que lo exploremos. Repasaré brevemente algunas impresiones personales sobre la realidad del desierto.

La ciudad donde ahora vivo, San Antonio, está cerca de grandes desiertos. La palabra misma, “desierto”, siempre ha tenido un atractivo poderoso para mí, y creo que en eso no debo ser el único. Hace años unos cuantos amigos recorrimos este continente por tierra, desde el Atlántico hasta el Pacífico. Recuerdo que mi amiga Carmen Borges quedó también muy impresionada ante las grandes extensiones solitarias de la parte de Arizona. Debe haber una sicología más afín a la atracción del desierto en unos que en otros. Pero de todos modos éstos tienen algo en sí mismos que es numinoso, atractivo y amenazante a la vez, misterioso y con una otredad ante la cual no sabemos qué hacer.

Pero no hay que hacer poesía de todo lo que en sí es el desierto. Es sencillo poetizar todo esto si se va de paso, si se contempla desde una ventanilla, en lontananza. Es muy diferente la visión de los que hacen su vida cotidiana allí, o la experiencia de los que desde hace varios siglos vienen todos los días andando desde el lado de México, desde aquellos frailes franciscanos que echaron los primeros cimientos de San Antonio con sus misiones. También vinieron así los frailes y las monjas carmelitas de aquí, fugitivos de las persecuciones religiosas mexicanas. A un lado y a otro lado de la historia humana muchas veces lo que media es el desierto.

Con todo, nunca como ahora se ha visto lo terrible que pueden llegar a ser esos desiertos. Quienes los recorren para emigrar clandestinamente lo ven como un paisaje cruel, desolador, inhóspito y árido, además, poblado con bandidos, traficantes, violadores, sádicos y demonios, donde constantemente les acecha la muerte. Se sabe que muchos, quizá la mayoría, mueren. Por eso también la poeta chicana y spanglish Gloria Anzaldúa dijo que la frontera es una herida abierta. Y lo es.

Cuando uno se acerca mucho al desierto real, el desierto de la imaginación poética se desvanece. Hasta se prefiere la esclavitud en Egipto a eso. Una vez, debe haber sido el pasado agosto, creo que experimenté algo de esto aunque muy levemente. Salí de casa a dar un paseo a pie, sin rumbo determinado y sin conocer mucho el área. Mis padres vivían en una casa que está en los límites del condado de Bexar, hacia el noreste, más tirando a Guadalupe y Comal. No me explico bien esta geografía de aquí, donde lo mismo hay ríos y arboledas que yermos secos. Y no sé cómo vine a dar a uno de éstos, bordeando una gran autopista, justo hacia la hora del mediodía cuando el sol estaba más arriba. Por más que traté, no logré orientarme y después de un rato largo de camino creo que llegué a un punto muy próximo a la deshidratación. Desde luego, aquello no tenía nada de sublime. Como andaba sin nada en los bolsillos, temí también que con aquel aspecto desgreñado que ya llevaba no sería nada improbable que además me detuvieran como a indocumentado, lo cual también sucede por aquí a todas horas. Ahora pienso que me fue dado sentir algo, aunque por un lapso muy corto, de lo que aquellas gentes que emigran están forzadas a vivir por jornadas interminables. Y esa experiencia, en esta extensa región del suroeste de los Estados Unidos, es el pan nuestro de cada día, aunque peor.

Pero incluso para ellos, los llamados espaldas mojadas, si consiguen sobrevivir su peregrinación clandestina, el desierto es algo temporal, un tránsito.

Luego están los que viviendo en los yermos, le quitan algo de lo inhóspito y se hacen un hogar, de modo que viven rodeados del desierto sin vivir dentro de él. Éstos no son como el cactus, que se nutre y tiene vida de lo árido mismo. Son más bien como lo que prospera anulando lo desértico del desierto. En el fondo son enemigos a muerte del desierto.

Finalmente, están los antiguos monjes del yermo. Ésos no buscaban mitigar nada para hacer más habitables aquellos parajes. Buscaban los desiertos para vivir en lo que tenían de más desértico. Allí ya no hay donde arrimarse. Para los cuatro puntos lo mismo. No hay hacia donde ir, porque el desierto se multiplica a sí mismo hacia cualquiera de los horizontes. De día todo es sol, un sol que te lo pone todo delante de los ojos sin enmascaramiento posible. Y de noche todo es noche.

Santa Teresa evoca la dureza de la vida de los ermitaños del Carmelo así:

Acordémonos de nuestros padres santos pasados, ermitaños, cuya vida pretendemos imitar: ¡qué pasarían de dolores y qué a solas y de frío, y de hambre, y sol y calor, sin tener a quién se quejar sino a Dios! ¿Pensáis que eran de hierro?[1]

Como la montaña, el desierto es un lugar concreto donde el ámbito de lo más tangible y el de lo más interior se encuentran de forma muy singular. Por eso también la montaña y el desierto son grandes símbolos. No todo lo que sirve como símbolo sirve de la misma manera o con la misma fuerza. Los símbolos más poderosos superan la mera capacidad de evocar una realidad más allá de ellos mismos. Éstos, además de evocarla la hacen presente y aún pueden hasta causarla, o crearla. El desierto es entonces no sólo un símbolo de cosas que pasan en la vida espiritual, sino también un medio que puede contribuir a la gestación de un rumbo espiritual singular. De la misma manera, creemos que los sacramentos no sólo significan lo que evocan, sino que lo realizan de forma eficaz. Este mismo poder tienen aquellas fórmulas que los filósofos del lenguaje Austin y Searle llamaron “afirmaciones performativas,” que al decir no sólo describen o informan, sino que causan lo dicho. Como cuando se dice: “yo te nombro Fulano de Tal.” Santa Teresa aseguraba que Dios le dirigía algunas palabras con este poder de causar lo significado por ellas. El desierto es así, un accidente topográfico que evoca y significa el vivir sin arrimos, sin lugar a donde huir, donde esconderse, expuesto, vulnerable, acechado por todo tipo de alimañas. Plena luz y plena noche. Y sin dejar de ser eso a la vez tangible y simbólico, también puede ser el agente por el cual la experiencia de aquel vivir sin arrimos llega a darse.

Creo que entre los grandes padres del desierto, sobre quienes leemos tantas cosas curiosas, se daba un encuentro entre el desierto del corazón y el de arena. Así entiendo aquello que dijo María Zambrano:

Para no perderse, enajenarse, en el desierto hay que encerrar dentro de sí el desierto.[2]

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