Espiritualidad monástica de San Jerónimo (2ª parte)

[El siguiente texto ha sido escrito por un nuevo colaborador de este weblog. Sencillamente “Un Hermano”.]

Para Jerónimo no hay vida monástica sin hacer de la Sagrada Escritura, de su lectura amorosa y de su meditación constante, el centro de la vida del monje. Se trata de seguir a Cristo, pero seguir a Cristo conforme a la escritura. La regla que rige la vida del monje es la Escritura y sólo la escritura. La vida del monje es una vida separada del mundo en una búsqueda continua de Dios en la lectio divina y la oración. Por eso Jerónimo recomienda a todo monje: “lee con mucha frecuencia y aprende lo más posible. Que te sorprenda el sueño con el códice en la mano y caiga tu faz sobre la Escritura santa (Ep.22, 17). La lectura de la escritura ha de hacerse en la soledad de la celda. La celda es el lugar de intimidad entre Cristo Esposo y el monje. En ella se da la lucha contra las fuerzas que apartan al monje del seguimiento y en ella se deleita el monje con Aquel que llena todas sus aspiraciones. “Sea tu custodia el secreto de tu aposento y allá dentro recréese contigo tu esposo; cuando oras hablas a tu Esposo; cuando lees el te habla a ti” (Ep. 22, 25). La Sagrada escritura ha de estar día y noche en la mente y el corazón del monje. La Escritura es la roca que sostiene la vida del monje y en esa misma roca ha de estrellar el monje los malos pensamientos y las tentaciones; en ella ha de encontrar las inspiraciones necesarias para salir victorioso de las batallas que trabe con el maligno: “Por la noche es bien levantarse dos y aun tres veces y rumiar lo que sabemos de memoria de las Escrituras” (Ep. 22, 37)

No es el mayor peligro del monje como podría pensarse la lujuria, aunque “se pierde la virginidad también por el pensamiento” (Ep. 22, 5), sino el orgullo. Peligro porque a veces es tan imperceptible que el monje no se da cuenta y las consecuencias pueden ser fatales. Pues “en la soledad, pronto se le cuela a uno la soberbia. Con unos días que ayune y no vea persona alguna, ya se imagina uno ser alguien… Juzga contra el deseo del Apóstol de los siervos ajenos, lo que le pide la gula lo alcanza la mano, duerme todo lo que quiere, no respeta a nadie, a todos los tiene inferiores a sí mismo” (Ep.125, 9). Gran tentación esta muy frecuente en el monje. Empezará pensando que los demás están equivocados, que no entienden el Evangelio; que no son suficientemente pobres, que se dan demasiado a la acción, que no son contemplativos puros; al final el pobre monje quedará preso en sus propias redes. Jerónimo pondrá una solución tajante lo mismo que práctica: “el fin de mi discurso es enseñarte que no has de abandonarte a tu propia voluntad, sino que tienes que vivir bajo la disciplina de un solo padre… no harás lo que se te ocurra, come lo que te manden, ten lo que te den, vístete con lo que te pongan, sé sumiso a quien no quieras” (Ep. 125)

Muchas más cosas podríamos decir de la espiritualidad monástica de Jerónimo. La brevedad del artículo no nos lo permite. Pero hay que decir una última palabra importante. Jerónimo fue aprendiendo a ser monje. Y el espíritu fogoso, el carácter impulso fue reblandeciéndose al calor del Espíritu. La radicalidad en la entrega monástica de San jerónimo también conoce la prudencia: “los ayunos sean moderados…una comida parca y templada es beneficiosa para el cuerpo y para el alma”, porque “algunos por la humedad de las celdas y los excesivos ayunos, por el aburrimiento de la soledad y la demasiada lección, caen en la melancolía” (Ep. 125,16).

Jerónimo, padre de monjes y monjas; amante de la escritura porque en ella está contenido Cristo, radical seguidor de aquel que “siendo rico por nosotros se hizo pobre”, sigue siendo una lumbrera para aquellos en los que sigue resonando la voz del desierto. No hay medias tintas en el seguimiento del Señor: “Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y luego ven y sígueme” (Mt. 19,21). Y Jerónimo son concesiones termina diciendo que el “perfecto seguidor de Cristo nada tiene fuera de Cristo, y si algo tiene fuera de Cristo, no es perfecto”. Y por tanto “si no eres perfecto, has engañado al Señor” (Ep. 14,6).

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Espiritualidad monástica de San Jerónimo (1ª parte)

[La imagen que encabeza esta entrada es un precioso cuadro de Pablo Labrado]
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