DESCRIPCIÓN DE LA ADVERTENCIA AMOROSA (I)


Llegado el principiante a cierta madurez espiritual, pues, abandona los actos discursivos e imaginativos de forma natural; ya nada le dicen. Pero puede ocurrir que ahora no sepa qué hacer y la persona pase a un estado de vagabundeo del pensamiento, o piense que el asunto consista en dejar la mente en blanco. Para impedir esto, San Juan de la Cruz quiere encauzar este momento clave del camino contemplativo. Para ello enseñará un “método” que podemos considerar la clave pedagógica que mejor dispone a la contemplación dentro de la mística cristiana, y a la que él llama advertencia amorosa:

Aprenda el Espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento, cuando no puede meditar, aunque le parezca que no hace nada. Porque así, poco a poco, y muy presto, se infundirá en su alma el divino sosiego y la paz con admirables y subidas noticias de Dios, envueltas en divino amor. Y no se entremeta en formas, meditaciones e imaginaciones, o algún discurso, porque no desasosiegue el alma y la saque de su contento y paz, en lo cual ella recibe desasosiego y repugnancia. Y si, como habemos dicho, le hiciere escrúpulo de que no hace nada, advierta que no hace poco en pacificar el alma y ponerla en sosiego y paz, sin alguna obra y apetito, que es lo que nuestro Señor nos pide por David (sal 45,11), diciendo: aprenderos a estaros vacíos de todas las cosas, es a saber, interior y exteriormente, y veréis cómo yo soy Dios ( 2S 15,5)

 

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