Reflexiones

La lamparita del sagrario

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Todos tenemos guardado en nuestra memoria algunos acontecimientos que nos han permitido obtener una enseñanza para toda la vida. No siempre, el hecho de recordarlo se da por la grandiosidad de lo ocurrido, sino por la profundidad con que el mensaje quedó grabado en nosotros. Me gustaría compartir uno de estos acontecimientos afortunados.

Cuando era joven, tendría unos veinte años, me inquietaba la vida contemplativa. Como no sabía bien lo que era, fui a entrevistarme con un monje y pedirle que me explicara el sentido de una vida solitaria y oculta. Aquel hombre sabio no utilizó muchas palabras para contestar a mi pregunta, apenas hizo una sencilla comparación: “la vida contemplativa es como la luz del sagrario, no es una gran luz, no sirve para alumbrar un gran espacio, ni es capaz de calentar del frío. Pero, indica, de manera sencilla y eficaz, que Jesús está vivo, presente en medio de nosotros”.

Estas palabras, con frecuencia vuelven a mi mente cuando me detengo contemplando la lamparita de nuestra capilla. Me causa admiración el hecho de que una frágil llama apunte a algo tan grande. Su constancia hace que cumpla su misión indicar la presencia de Jesucristo, pero al mismo tiempo, la lleva a consumirse. La luz del sagrario está sujeta a un espacio pequeño y reducido, pero habla de realidades universales y eternas.

La lamparita del sagrario define muy bien la vida de los contemplativos de ayer y de hoy.

 

Fray Emmanuel María

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Reflexiones

Soy el que soy para ser para Él

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Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, porque ya nos conoces o porque vienes a esta página atraído por un nombre: “Las Batuecas”, espero poder ofrecerte una comunicación que te llene desde este silencio creador, que nos envuelve en este valle tan singular.

El silencio de nuestro valle es el ámbito desde el que me permito acercarme a ti con una consideración muy sencilla. Es difícil, en el mundo tan competitivo en el que nos ha tocado vivir, adquirir un conocimiento propio que no venga marcado por ese ídolo que vamos forjando de lo que queremos ser, siempre de cara a los demás y a nuestros sueños. Es difícil llegar a reconocer nuestra propia singularidad, en su desarrollo hacia la meta de nuestra propia realización, al margen de estos criterios que se nos imponen, desde los gustos de la sociedad, desde nuestros ideales vanidosos, o de nuestros propios caprichos.

Cuando logramos liberarnos de ese enjambre de condicionamientos, nos descubrimos aspirando a ser lo que realmente debemos ser, y en mi caso te confieso, ayudado por San Juan de la cruz (Llama de amor viva 3,6), ser para un Díos que quiso ser así, para ser mío y para mí. Es llegar a descubrir el “Yo soy el que soy”, de libro del Éxodo 3,14, se descubre cuando lo entendemos en esa clave de relación, que me hace descubrir que igualmente soy el que soy para ser para Él. Ello hace posible lo que en otra pequeña consideración te podré ofrecer, ser para los demás de modo auténtico.

  (P. F. B)

Reflexiones

Solemnidad de San Juan de la Cruz

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San Juan de la Cruz es el padre y maestro espiritual del Carmelo Teresiano, doctor de la vida cristiana en su dinamismo teologal, cantor de la hermosura de Dios y de la belleza de la creación. Su recuerdo se transforma hoy en Liturgia viva. A través de la alabanza divina, su oración y su poesía, su canto eterno de gloria, se hace viático y plegária del Carmelo peregrino aquí en la tierra.

Su doctrina fue una exégesis viva del Evangelio; por eso la palabra de Dios ilumina su experiencia, y sus enseñanzas tienen alcances insospechados en la meditación de esta palabra. La liturgía de esta solemnidad es palabra de Dios y palabra de Juan de la Cruz en una síntesis de meditación y alabanza.

(Liturgia de las Horas – Carmelo Teresiano).

Reflexiones

Tempus Fugit

El tiempo

En tiempos atrás, solía oír: «El tiempo es oro»; pero nada… Poco a poco el tiempo en mi vida se va “haciendo” Dios.

Vivir la presencia de Dios las veinticuatro horas del día hace que su percepción se vaya estirando y deformando, pues la eternidad lo va inundando todo poco a poco. En gran medida se pierde el sentido de la prisa. El silencio exterior e interior te va ayudando a tomar mayor conciencia de ti mismo y de Dios en ti.

Ya voy mirando menos mi reloj. El alma saca del fondo sus genes ancestrales, de cuando mis antiguos parientes miraban, observaban, contemplaban: el movimiento de las sombras de las cosas, las luces y sus tonos reflejados desde los seres vivos, el giro de la cúpula celeste estrellada, el decurso de la estaciones dejando su rastro en plantas y animales… Ese movimiento contemplativo me hace descubrir la mano de Dios que acaricia y me acaricia.

Al comienzo (amanecer) y al final (ocaso) de la jornada es cuando más intensamente vivo esta experiencia. A media luz, recogidos en comunidad ante Jesús, una atmósfera de paz nos hace suspendernos en espacio y tiempo. Orar es olvidar pasado y futuro para quedar envueltos en el presente de Dios. Orar es ser amado aunque no lo captes en su realidad plena, como el recién nacido en brazos de sus padres… Lo cierto es que es una sensación de que está todo hecho, que todo está consumado. El Espíritu de Jesús es exhalado sobre nuestros corazones y ya todo queda “fuera” de nosotros. Él lo llena todo. Y, en ese momento, si alguien me preguntara qué es el tiempo, le diría: No lo sé.

Silencio, paz, presencia…

Fray Bernabé de San José

Reflexiones

Con mis manos vacías

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Cuando empiezo a orar, después de hacerme consciente de la presencia de la Trinidad Santa que habita en mí, me pongo de manos abiertas hacia arriba. Este pequeño gesto orante me pone en contacto con mi pobreza habitual. Delante de Dios, de su inmensurable amor, tomo conciencia de mi nada, de que soy criatura. El recuerdo de mi pobreza no me lanza a un pesimismo paralizante sino que me hace volver a Aquél que es rico en misericordia. Entonces mi oración fluye como un rio y mi deseo más profundo se torna una sencilla plegaria: “Soy pobre. No sé amar. Ama en mí Señor”.

Mi pobreza no es mero recurso retórico; ella se manifiesta muy a menudo en la oración, sobre todo, en las distracciones. Entonces, nuevamente me vuelvo al Señor y le digo: “Soy pobre. No tengo ni buenos pensamientos para ofrecerte”, y retomo la oración. Mis manos vacías me dan paz, no tengo nada, todo me es dado, dependo de mi Creador. La pobreza me va haciendo cada vez más libre.

A veces, mi condición de pobre es amarga, es cuando el hombre viejo revive y reclama sus derechos. En mi interior se establece una guerra en la cual sólo obtengo la victoria si nuevamente retomo mi pobreza. No es fácil mantenerse pobre; se tiene siempre la tentación de atesorar. La verdad es que aún soy aprendiz en este arte del despojamiento.

No tengo miedo de presentarme delante de Dios con las manos vacías al final de la jornada; tengo la certeza que Él las llenará con los méritos de su Hijo Jesucristo.

(P.. Emmanuel María )