Con mis manos vacías


FT 12

Cuando empiezo a orar, después de hacerme consciente de la presencia de la Trinidad Santa que habita en mí, me pongo de manos abiertas hacia arriba. Este pequeño gesto orante me pone en contacto con mi pobreza habitual. Delante de Dios, de su inmensurable amor, tomo conciencia de mi nada, de que soy criatura. El recuerdo de mi pobreza no me lanza a un pesimismo paralizante sino que me hace volver a Aquél que es rico en misericordia. Entonces mi oración fluye como un rio y mi deseo más profundo se torna una sencilla plegaria: “Soy pobre. No sé amar. Ama en mí Señor”.

Mi pobreza no es mero recurso retórico; ella se manifiesta muy a menudo en la oración, sobre todo, en las distracciones. Entonces, nuevamente me vuelvo al Señor y le digo: “Soy pobre. No tengo ni buenos pensamientos para ofrecerte”, y retomo la oración. Mis manos vacías me dan paz, no tengo nada, todo me es dado, dependo de mi Creador. La pobreza me va haciendo cada vez más libre.

A veces, mi condición de pobre es amarga, es cuando el hombre viejo revive y reclama sus derechos. En mi interior se establece una guerra en la cual sólo obtengo la victoria si nuevamente retomo mi pobreza. No es fácil mantenerse pobre; se tiene siempre la tentación de atesorar. La verdad es que aún soy aprendiz en este arte del despojamiento.

No tengo miedo de presentarme delante de Dios con las manos vacías al final de la jornada; tengo la certeza que Él las llenará con los méritos de su Hijo Jesucristo.

(P.. Emmanuel María )

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