Tempus Fugit


El tiempo

En tiempos atrás, solía oír: «El tiempo es oro»; pero nada… Poco a poco el tiempo en mi vida se va “haciendo” Dios.

Vivir la presencia de Dios las veinticuatro horas del día hace que su percepción se vaya estirando y deformando, pues la eternidad lo va inundando todo poco a poco. En gran medida se pierde el sentido de la prisa. El silencio exterior e interior te va ayudando a tomar mayor conciencia de ti mismo y de Dios en ti.

Ya voy mirando menos mi reloj. El alma saca del fondo sus genes ancestrales, de cuando mis antiguos parientes miraban, observaban, contemplaban: el movimiento de las sombras de las cosas, las luces y sus tonos reflejados desde los seres vivos, el giro de la cúpula celeste estrellada, el decurso de la estaciones dejando su rastro en plantas y animales… Ese movimiento contemplativo me hace descubrir la mano de Dios que acaricia y me acaricia.

Al comienzo (amanecer) y al final (ocaso) de la jornada es cuando más intensamente vivo esta experiencia. A media luz, recogidos en comunidad ante Jesús, una atmósfera de paz nos hace suspendernos en espacio y tiempo. Orar es olvidar pasado y futuro para quedar envueltos en el presente de Dios. Orar es ser amado aunque no lo captes en su realidad plena, como el recién nacido en brazos de sus padres… Lo cierto es que es una sensación de que está todo hecho, que todo está consumado. El Espíritu de Jesús es exhalado sobre nuestros corazones y ya todo queda “fuera” de nosotros. Él lo llena todo. Y, en ese momento, si alguien me preguntara qué es el tiempo, le diría: No lo sé.

Silencio, paz, presencia…

Fray Bernabé de San José

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