Poned los ojos en el centro… adonde está el Rey (1 M 2, 8)

fuente

“Buscarme has en ti”… ¡Qué hermoso reto el de la santa para todo el que busca la respuesta a la pregunta por antonomasia! ¿Quién soy yo? La metáfora del castillo interior es toda una aventura de introspección. No se trata de mirarse al ombligo, creyéndose alguien superior; ni tampoco, dejándose arrastrar por la baja autoestima, de retirar los espejos de casa para no verse a sí mismo. Hay una tercera vía.

En todos nosotros, en lo más profundo y escondido a nuestros ojos, está Él. Mientras el mundo nos invita a salir fuera, a explorar, a descubrir, a gozar, a vivir…, una voz interior susurra e invita también a entrar en uno mismo. Hay quien teme al silencio, al supuesto vacío, a las nadas interiores, a soledades descarnadas. Pero, ¡Alguien llama!

No es lo mismo buscarse a sí mismo que buscar algo o alguien dentro de uno mismo. No es lo mismo preguntarme quién soy que preguntarme quién es, quién está en mí. Por el sonido del agua uno se guía y halla la fuente. Hay ríos y mares inmensos fuera de uno pero hay un manantial que borbotea desde lo hondo del corazón.

Y así, en oración se adentra uno en la propia alma, abriendo puertas aquí y allá, buscando esa voz, ese perfume de presencia; y, mientras intentas conocer al Rey, te vas conociendo a ti mismo.

No niego los muchos conocimientos que adquirimos en viajes, en clases magistrales, en Internet, en el encuentro con hombres y mujeres de otros países… Pero ¡cuánto por conocer en el propio corazón! (A veces dormimos con un auténtico desconocido).

¡Y allí… está Él! ¡Qué inmensa satisfacción saber que Él está siempre, que no ha cambiado, que es el mismo de tu infancia y de tu juventud! ¡Eres Tú, Señor!

Y entonces estamos los dos, juntos, mirándonos, casi sin hablar. ¡Estamos juntos!

Silencio, paz, presencia…

Fray Bernabé de san José

01 de febrero de 2018

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20)

P.D. ¿Con que un castillo interior, eh, Teresa? ¡Vaya comparación más magistral! Lo que no nos repetiste suficientemente es que, cada vez que vamos pasando por las distintas moradas, las puertas se han haciendo más chicas y hay que agacharse más y más… Es verdad, sí lo decías: ¡humildad, humildad y más humildad!

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