Él árbol de la vida

Reflexión sobre la vida y sus enseñanzas

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Mis pasos eran vacilantes, no conocía aquel camino, pero algo me llevaba allí, buscaba un conocimiento más allá de los libros y de toda la erudición monótona. Entonces me acerqué a un gran árbol que se destacaba de todos los otros que había en aquel bosque, sobre todo, por su altura y su hermosura. Con mi cayado golpeé dos veces para llamarle la atención. Viendo que se inclinaba un poco para escucharme, consideré oportuno hacerle un pedido: – ¡Enséñame tus secretos!  En el silencio que siguió entendí muchas cosas…

Entendí que él había llegado allí como una semilla traída por un pájaro, que aún pequeño pensaba que sería devorado por las cabras o pisado por los transeúntes; también habló de las temporadas de intensa lluvia y de aridez, de las dificultades de sobrevivir en estas situaciones adversas. No menos perturbadores habían sido los vientos y hasta el mismo fuego que llegó muy cerca de donde estaba. Todo había sido una lección, todo había le había ayudado a crecer y a enamorarse de la vida. Claro, no todo había sido desdichas; tenía el corazón alegre al indicar muchos otros árboles que habían nacidos de las semillas que él había producido. Sabía de su belleza y del servicio que sus sombras prestaban a los peregrinos que, como yo, por aquél camino pasaban.

Aquel árbol me ha enseñado que es bello hacer la lectura de la vida ya en la madurez de la existencia. Él me enseñó que no se llega a la estatura deseada sino después de un largo proceso de maduración. Aprendí de él que las dificultades nos ayudan a crecer y nos permiten desarrollar muchas capacidades que están adormecidas en nosotros. Me ha enseñado también que las temporadas difíciles no son eternas ¡todo pasa! lo que se queda son apenas semillas llevadas por el viento cuyo destino es incierto y desconocido a nuestros ojos; pero nada ocurre fuera del plan misterioso del Creador.

Tal vez, el más hermoso secreto de aquel árbol es reconocer que su existencia depende de otros seres, – de otras vidas -, con las cuales se ve unido por un lazo misterioso. Quizá tuviéramos que pensar nuestra existencia de esta manera, como una parte, de una inmensa vida, cuyo soplo vital fue infundido por el mismo Creador.

 

Fray Emmanuel María

 

 

El abandono en Dios

Abandono

Ya sé, Dios mío, que sin ti nada soy. Ya he comprobado que sin tu gracia nada puedo. Ya sólo quiero abandonarme en ti, en tu amorosa providencia, en tu inmensa bondad. Pero ni siquiera consigo abandonarme en ti sin tu gracia. Todavía pueden mucho mis miedos, mi orgullo, mi pecado. Por eso, mi Dios, hoy quiero pedirte que me enseñes a dejar en ti el cuidado de mi propia persona y de mi destino. Enséñame, Señor, a renunciar a mi propia voluntad para entregarme a la tuya. Por favor, Amor mío, no me lo puedes negar. Enséñame a ser más humilde, a saberme un niño pequeño en brazos de mi Padre, enséñame a confiar, a esperar en tu ayuda. Necesito, Dios mío, que me enseñes a abandonar en ti mi vida. Necesito que me des fortaleza para superar mi tendencia natural al amor propio y para renunciar a todo lo que no venga de ti.

Yo sólo quiero guiarme por el amor que te tengo, pero este amor mío es tan débil, tan frágil, tan inconstante que necesito tu mismo Amor para poder amarte. Dame tu gracia, mi Amor. No la quiero para huir de nada, ni para hacer más llevaderos los sufrimientos. Al contrario, la quiero para darlo todo, para darme del todo, para amarte a ti y a mis hermanos con el mismo amor de tu Hijo, para abrazar su cruz. Enséñame tú, Jesús mío, la ciencia, la sabiduría de tu cruz. Ya voy gustándola, ya voy vislumbrando su dulzura, pero con tanta timidez, con tan poca determinación que apenas avanzo. Oh Cristo, envíame tu Espíritu santificador, que me renueve, que me purifique, que me ilumine. Ven, Espíritu Santo a mi pobre espíritu y transfórmalo desde dentro, lléname de santa audacia y libérame de mi orgullo, que me lleva a mendigar las migajas de amor y aprobación que puedan darme las criaturas y a desperdiciar tanta gracia derramada.

Pablo María

 

El nudo Gordiano

 

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En cierta ocasión, un aprendiz de monje le pidió a un anciano anacoreta que le ayudara a descubrir cuál era la mayor dificultad de la vida cristiana y cómo resolverla. Tenía prisa por encontrarla para ponerse manos a la obra cuanto antes. “Sólo se vive una vez; la vida es breve”, se decía a sí mismo aquel joven e inquieto novicio.

– ¿Dónde crees que podría estar?-, le preguntó circunspecto el anciano.

El joven comenzó a contestar de inmediato y seguro de sus descubrimientos:

– Por un lado, he pensado que están en la vida misma del mundo. Por eso he dejado familia, casa, amigos, trabajo, diversiones, todo… Es el primer problema que he encontrado sin poder resolverlo. El mundo absorbe, irrita, te hace competitivo, codicioso… es una realidad que me ata una y otra vez. He visto cómo el hombre esclaviza al hombre. ¿Solución? Salir del mundo y apartarme aquí, en el desierto.

Pero después de mi autoexilio, me he encontrado conmigo mismo: mis debilidades, mis incapacidades, mis ignorancias… Yo mismo termino encorsetándome. El caso es que, si consigo destrabarme cultivando con esfuerzo una virtud, luego surge otro vicio que me vuelve a dominar; si venzo una vez una batalla, pierdo luego dos. ¡Esto es peor que el castigo de Sísifo! Como no puedo huir de mí mismo, he decido practicar las artes de la armonía interior- .

En este momento, el novicio mudó su cara. Perdiendo sus aires de sabio aprendiz y, agachando la cabeza como quien se sabe humillado, continuó relatando con voz de derrota:

– Al final, he terminado pensando que la mayor dificultad del ser humano era el mal, el maligno; es él el que nos ata una y mil veces, el Satán, el retorcido que da vueltas y vueltas por la tierra. Y, ante él, nada puedo. ¡El mal me supera; está fuera de mí y es mayor y más fuerte que yo!

Dime. ¿Es ésta la mayor dificultad o quizás hay otra? Y, si es así, ¿cómo vencerla? ¡Respóndeme, te lo ruego, oh sabio anciano, tú que pareces estar por encima del mundo, tú que irradias paz interior, tú que domesticas a la fiera librando a tantas almas!- .

El viejo monje, cerró sus ojos. Había guardado en su corazón todas y cada una de las palabras del novicio y las rumiaba en silencio. Pasado un tiempo y con el ceño fruncido, le preguntó:

– ¿Conoces la historia griega del nudo gordiano?-

– No-, dijo el joven novicio.

Entonces, hablando con mesura, como alguien que guarda un tesoro que no forjó, como quien no se cree un sabio, como alguien que no presume ni se jacta de conocimientos arcanos, con humildad y serenidad empezó a decirle:

– Fue un nudo, hecho por un campesino que llegó a ser rey, y que era imposible de deshacer. Pero surgió otro rey que lo resolvió. ¡Simplemente, lo partió en dos con su espada!

– No lo desató. ¡Lo destrozó! Eso es trampa-, dijo el joven.

El anciano prosiguió:

-Escucha. Cuando naciste, se te hizo un nudo. De no habérsete hecho ese nudo, te hubieras desangrado y hubieras muerto. Tu ombligo te sirve para recuerdes que fuiste salvado; para que sepas que estás limitado; para que seas siempre humilde. (El hombre siempre busca desatar su ombligo y termina desangrándose).

Mas, no cabe duda, que todo nudo que aparece en tu vida, es una provocación, es una llamada a desatarlo. Naciste a la vez con una sed irresistible de libertad, de infinito, ¿no es cierto? Pero nuestras torpezas, nuestras ignorancias y nuestras arrogancias, nos van llevando muchas veces de nudo en nudo; siempre terminamos esclavos, de algún modo, de algo, de alguien, de nosotros mismos. Entonces, ¿qué? ¿Desistimos? ¿Desesperamos? ¿Abandonamos la búsqueda y nos dejamos llevar? ¡De ningún modo!

Esto es lo que yo encontré:

Me pregunté a mí mismo: “¿Quién es el que tendría la espada capaz de partir nuestro verdadero nudo, que es el mal?” Y comprendí que, verdaderamente, sólo Jesús, el Cristo, es el hombre capaz de ello.  ¿Sobre quién se posó, no un cuervo (como cuenta la leyenda griega) sino, la Paloma que descendió de lo alto? ¿Quién fue el verdadero auriga que vino del oriente y entró victorioso en nuestro mundo y venció al mal? Cada año revivimos la Pascua de Resurrección como si fuera hoy mismo. El cirio pascual entra en el templo luminoso venciendo a las tinieblas. Cada Pascua es un recordatorio para el maligno de que, con astucia, fue derrotado, como cuando lo del caballo de Troya, en su propio escondrijo. Allí, el sábado santo, entró Cristo e hizo pedazos al nudo de todos los nudos que ataba irremediablemente a la criatura humana. De allí, Jesús, el Victorioso, alzó a Adán y Eva y les devolvió la dignidad humana, la libertad, y les hizo hermanos suyos.

¡Hoy, sólo Él, si le dejas entrar en tu vida, es el único que puede irte despertando, desatando, levantando, dignificando!

¡Mira! No hace falta que huyas del mundo. El mundo no es malo ni es tu enemigo. No hace falta que entres en trance ni que practiques artes de armonía interior, pues Él sosegará tu alma y te reconciliará contigo mismo. Y ya no habrás de temer al maligno nuca más, pues Él es el más fuerte que le venció para siempre.

¡Vive, joven novicio! ¡Alégrate y gózate de la victoria de Cristo! La suya es la tuya. ¡Alaba al Señor, con todas tus fuerzas y dale gracias en medio de las cosas sencillas de la vida! ¿Quién dijo de nudos gordianos? No existen. Y, si existieron, fueron partidos en dos. Sé un monje feliz y cuenta a los demás quién te desató y ayuda tú también a desatar a otros. Así también tú serás sabio, tú también irradiarás paz interior, tú también someterás al maligno: ¡No tú, sino Cristo en ti!

Silencio, paz, presencia… humildad.

Fray Bernabé de san José

13 de abril de 2018

 

“Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado (desatado) a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta éste sano ante vosotros”. (Hch 4,8-10)

 

P.D. ¡Feliz y gozosa Pascua de Resurrección!

¡Ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!

¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!

El amor que se hace Palabra única en el silencio de Dios, en la cruz, nos ayuda a comprender el fondo de la historia

Silencio y cruz

          Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Sólo desde el silencio que es Dios, sentencia que encontramos escrita al acercarnos al monasterio, puede mirarse la historia de los hombres y mujeres como una búsqueda del Amado que compartimos. La humanidad está herida de amor, porque en su origen se descubre creada para hacerlo vida, porque hemos sido a ello predestinados, para alcanzar la verdadera libertad.

            ¿Qué ha ocurrido a lo largo de los siglos? No dejamos de ser testigos de que la historia parece mostrarnos lo contrario. Los hombres se han convertido en enemigos los unos de los otros, haciendo del proyecto humano un camino de muerte. Se trata de la visión que nos ofrece una mirada hecha desde nuestros ruidos, nuestros deseos centrados en nuestros intereses, pero nada puede impedir esa esperanza que brota del silencio, la que nos permite descubrir la realización de la verdad de lo que somos en el amor.

            El amor que se hace Palabra única en el silencio de Dios, en la cruz, nos ayuda a comprender el fondo de la historia. Cuando por gracia he podido vivir en la soledad de una ermita, envuelto en el silencio y dentro de este bendito valle, la soledad de Cristo en la Cruz, se me hace portadora de ese mensaje único: La humanidad, su historia que se extiende a lo largo de los siglos, pero que tiene su centro de sentido en ese misterio de la Cruz, la puedo vivir como mía, a semejanza de Cristo que la siente suya, y que me invita a descubrir que mi misión en ese lugar no es otra que la de romper esa superficie helada de los hechos que me recuerda el relato de guerras y contiendas entre los habitantes de esta tierra, y descubrir para todos el volcán de fuego, el fuego de una búsqueda amorosa que alentó la vida de todos los místicos, y que tuvo su feliz erupción en la Cruz de Cristo, donde en el silencio se escuchó la única Palabra que da sentido a todo lo acontecido en el mundo, la Palabra pronunciada desde siempre: “Tu eres mi Hijo Amado”, y en el silencio ha de ser oída del alma.

 P. Francisco Brändle