Reflexiones

La humildad es andar en verdad

flor do campo

Dice Santa Teresa en el libro de Las Moradas: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era Nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad y púsoseme delante, a mi parecer sin considerarlo sino de presto, esto: que es porque Dios es suma Verdad y la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. [A] quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella”. (6M 10,7).

Y en el libro de la Vida, dice del alma que ha alcanzado el cuarto grado de oración: “Está muy más aprovechada y altamente que en las oraciones pasadas, y la humildad más crecida; porque ve claro que para aquella excesiva merced y grandiosa no hubo diligencia suya, ni fue parte para traerla ni para tenerla. Vese claro indignísima, porque en pieza adonde entra mucho sol no hay telaraña escondida; ve su miseria. Va tan fuera la vanagloria, que no le parece la podría tener, porque ya es por vista de ojos lo poco o ninguna cosa que puede…”. (V 19,2).

La pobre naturaleza humana tiende a exagerar nuestras cualidades y a atenuar nuestros defectos. La verdadera humildad consiste, pues, en no dejarnos engañar por nuestro amor propio y reconocer cuán frágiles somos y cuán poca cosa ante la infinita grandeza y la suma bondad de Dios.

Pero no por ello hemos de negar nuestras cualidades. La verdadera humildad consiste también en caer en la cuenta de que nuestras virtudes, nuestras fortalezas, en realidad las hemos recibido sin mérito alguno por nuestra parte. No nos pertenecen en propiedad, son dones del Otro, regalados no para nuestra vana-gloria, sino para ponerlos a trabajar, para nuestro bien, para el bien de nuestro hermanos y para la gloria de Dios.

Todos nuestros bienes son dones que Dios nos hace por puro amor, porque Dios es Amor y no puede dejar de amar a ninguna de sus criaturas. Por ello, la verdadera humildad también consiste en no lastimar ni despreciar a quienes han recibido menos dones que nosotros; y en alegrarnos del bien de nuestros hermanos como si fuera nuestro (y así, de hecho, lo será).

Pero visto lo poco o ninguna cosa que puede el ser humano por su propia cuenta, sin la gracia de Dios no podemos entender en toda su belleza y profundidad ni practicar de manera eficaz la humildad. Hay que pedirla. La verdadera humildad sólo se alcanza pidiendo la humildad. En la oración.

Señor Dios, Padre bueno, tú que creaste todo por puro amor, que derramaste tu gracia sobre el ser humano con  tal exceso de abundancia que parece locura, que nos hiciste a tu imagen y semejanza, que nos pusiste al frente de toda la creación; no permitas que por nuestro orgullo, por nuestra vanidad y nuestra ceguera desperdiciemos tanta gracia y, en vez de amarte sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos, acabemos nuestros días destrozados por la amargura, por el rencor y la envidia. No lo permitas, Dios santo.

Señor Nuestro Jesucristo, Hijo del Padre, tú que fuiste y sigues siendo la Humildad en persona; que, siendo de condición divina te encarnaste en el seno de la humilde Virgen María para nuestra salvación, que naciste en un pesebre tiritando de frío, que pasaste casi toda tu vida oculto en un pueblecito perdido, obedeciendo al humilde José; tú que fuiste obediente al Padre hasta la muerte, y una muerte de cruz; tú que diste tu vida por cada uno de nosotros, que sellaste con tu sangre el amor infinito con que nos amas; tú que quisiste quedarte entre nosotros bajo las especies de un trozo de pan y un poco de vino, que obediente vienes siempre a las palabras de los sacerdotes, que te expones a ser recibido indignamente, que estás tan abandonado en muchos sagrarios; sé para nosotros el único modelo de humildad; no permitas, Amor, que dejemos de ser mansos y humildes de corazón.

Espíritu Santo que vives en nosotros para purificarnos, para sanarnos, para darnos vida, para defendernos del enemigo, para iluminarnos; haznos dóciles, humildes y obedientes a la voluntad de Dios. Ya sé que somos tozudos, que somos débiles, que seguiremos cayendo en el orgullo, en la soberbia, en la vanidad. Pero mira: si Tú, dentro de nosotros, nos vas guiando, nos vas orientando con paciencia, con suavidad, como sólo Tú sabes, seguro que poco a poco iremos mejorando; seguro que al final alcanzaremos la paz, la alegría y la felicidad.

Amados hermanos y hermanas, feliz fiesta de la Santísima Trinidad para todos.

Pablo María

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Reflexiones

La música callada

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Cuando el alma descalza se arrodilla en silencio ante el Misterio, empieza a oírse un suave susurro una brisa cálida, una presencia creciente que vuelve melodía todo lo que toca.

No me puedo imaginar un universo sin música, sin melodía, sin sus sinfonías y disfonías. Creo que, donde Dios dice “hágase” y crea, van saltando notas musicales, frases melódicas que llenan de bellos sonidos todas las atmósferas y todos los espacios etéreos del universo.

Batuecas no está al margen de esa belleza sonora, ni mucho menos. Es verdad una de las frases basilares de este sitio que dice: “Dios es el silencio del cual procede todos los sonidos”. Pero también no es menos verdad que Dios está permanentemente cantando y silbando a través de sus criaturas: del correr constante de las aguas del río, de los saltos de los arroyos entre los riscos, del gorgorear de las aves con sus distintos timbres y ritmos, del zumbar de las abejas entre las flores de brezos, jaras, tomillos, frutales, del ronronear del jabalí o del ladrar del zorro, del salpicar de las gotas de lluvia sobre las hojas, del crujir de hojas y ramas al paso raudo de la lagartija…

Son muchos los cantos de Dios. Le gusta cantar al amanecer en los últimos ululares del búho y en el reciente despertar del mirlo y de otras avecillas. Le encanta tararear alegres canciones en el borboteo de las fuentes, de chorrillos y acequias. Disfruta silbando en el viento entre las ramas de los árboles semejando a olas del mar sobre sus copas y sobre la hierba crecida. Se goza tocando los estambres sonoros de las flores con el suave tacto de la abeja hacendosa. Hasta su fuerte risa suena en el estampido del trueno que retumba en el valle. También el viejo tronco caído que cruje, la piedra que rueda ladera abajo, el tenue rumor del helecho que crece… todo es cantar de Dios.

¿No lo oís?

Hay que saber escuchar, detenerse, cerrar los ojos y abrir el oído, el oído del alma, sintonizar la dulce voz de Dios de mil timbres, intensidades, colores, ritmos, tiempos…

Una vez me acerqué al oído un fósil de este valle, queriendo percibir el arrastrarse de los trilobites sobre el lecho marino que quedó impreso en esa piedra hace millones de años. Dios es así de eterno; nunca ha parado de cantar y musitar melodías.

Así que, no vengas a Batuecas buscando el silencio absoluto. No existe ni siquiera en el vacío. Más bien te invito a que vengas haciendo silencio pero para escuchar. ¡Dios canta!, canta para ti. ¡Dios silba!, silba para ti. Dios hace música de todas y con todas la cosas.

 

Ef  5,18b-19  Dejaos llenar del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cantos inspirados; cantad y tacad con toda el alma para el Señor.

Silencio sonoro, paz, presencia…

Fray Bernabé de san José

17 de mayo de 2018

P.D. ¿No sabías que tú también eres una melodía de Dios? Pues deja que suenen todas sus notas en ti. No olvides que, unidos tú y yo y todas y todos, somos la gran sinfonía de Dios.

¡Ah! Y Dios silba en tu alma. ¡Sonríe en tu corazón!

Reflexiones

Dios se paseaba por el jardín

paseo

Entre las actividades más placenteras que podemos hacer en este Desierto de San José de las Batuecas, es dar un sencillo paseo por el valle. Un paseo con pasos lentos, mirar atento, escucha silenciosa… No como un paseo turístico, donde se quiere aprisionar la belleza de la creación en una imagen. Los aparatos, siempre más sofisticados, no consiguen retener la diversidad de datos captados por nuestros ojos y cuando se aproximan de ello, no pueden comunicarnos la sensación única que el conjunto de los elementos nos ofrece. ¡La experiencia de la belleza continúa siendo única e incomunicable!

El libro de Génesis dice que “Dios se paseaba por el jardín” y que nuestros padres “oyeron el ruido de sus pasos” (Gn 3,8). Como se ve, también a Dios le gusta dar un paseo. Tengo muchos elementos para sospechar que uno de sus lugares preferidos es este valle de las Batuecas. La verdad es que aún no he perdido la esperanza de coincidirnos en lo mismo horario del paseo. Pero, siempre escucho el ruido de “sus pasos” y algunas veces me parece haber visto sus “espaldas”, como prometió a Moisés (Ex 33,23).

¡Qué encantadora es la pedagogía de Dios! Él se acerca a nosotros, nos permite escuchar el ruido de sus pasos, percibir sus huellas, sentir el suave olor de su presencia, llegar a ver sus espaldas, pero permanece misterio inviolable, que ejerce sobre nosotros profunda fascinación. Unas veces es la “suma cercanía” en la plena “transcendencia” y otras, la “suma transcendencia” en la más íntima cercanía.

Por eso, continuaré mis paseos por los senderos de la vida, buscando estar atento a sus “huellas”, sin perder la esperanza de un día con Él pasear por las moradas eternas.

 

Fray Emmanuel María

Reflexiones

La pobreza que tanto ayuda a una auténtica vida humana en libertad

ermita blog

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Nuestro encargado de preparar nuestra página me recuerda que he de ofrecer mi pequeña experiencia en la próxima semana, acojo con gusto su invitación. Sé que es la puerta que hemos abierto para que podáis conocernos a los que integramos esta comunidad de carmelitas descalzos y amigos que se incorporan a nuestra comunidad para vivir en este “Desierto de San José de Las Batuecas”.

Después de haber compartido con vosotros lo que me ayuda a vivir el silencio, paso a compartir lo que experimento cuando siento la posibilidad que me ofrece este lugar de vivir la pobreza. Parto del hecho que no me falta nada de lo necesario, pero me siento feliz sabiendo que sólo lo necesario es lo que me ayuda a alcanzar la bienaventuranza ligada a la pobreza. Todo lo superfluo me robaría esta alegría.

He ido aprendiendo, al tener que vivir en el espacio que me ofrece la pequeña ermita en la que estoy, a valerme por mí mismo, pero al mismo tiempo a acoger cuanto recibo de los demás sintiendo la necesidad de recibirlo con agrado, y por supuesto no acaparándolo porque me puede hacer falta en un futuro que proyecto de forma egoísta. He aprendido también a pedir con sencillez que me enseñen cosas elementales que antes, al no tener que valerme por mi mismo,  no conocía, por ejemplo como funcionan determinadas máquinas domésticas…,

No quiero con esto hacer juicio alguno sobre cómo en la sociedad de hoy día el trabajo está especializado y organizado, cada uno ha de servir desde su puesto o encargo; pero sí doy testimonio de que este lugar, llamado a rememorar una forma de vida, que llamamos de ermitaño, conlleva el vivir esa pobreza de la que hablo que tanto ayuda a una auténtica vida humana en libertad.

 

 P. Francisco Brändle