Reflexiones

Apología de las piedras

piedras

Hace algún tiempo que me he propuesto escribir una crónica sobre las piedras, ellas siempre me recuerdan la promesa que les he hecho, muchas veces de manera muy dolorosa para mí, ya que sólo percibo su presencia después de haber tropezado en una de ellas… La verdad es que he postergado esta tarea porque no quería repetir el habitual discurso sobre el “corazón de piedra”. (Aprovecho para hacerme portavoz de las piedras y protestar, ya que, según ellas, ésta es sólo una dimensión y no revela la envergadura de su esencia. Procuro calmarlas explicándoles que es una tendencia muy común entre los seres humanos mirar las cosas desde un único ángulo).

El proprio Jesús ya había salido en defensa de las piedras al resaltar su dimensión de constancia y solidez. ¡Hay que construir la casa sobre roca, decía Jesús! (Lc 6,48). Se supone que a Jesús le gustaban las piedras, pues llegó a cambiar el nombre de Simón por el de Pedro (piedra) y anunció que en esta piedra – que es la profesión de fe de Pedro – edificaría su Iglesia (Mt 16, 18). No obstante, Jesús llamó la atención del mismo Pedro, que al ir contra el proyecto de Dios, se torna piedra de tropiezo para que el Reino de Dios acontezca (Mt 16,23). Aquel que es llamado a ser “piedra, cimiento” puede tornarse “piedra de tropiezo”.

No menos conocidas son aquellas palabras de Jesús: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (Jo 8, 7). Con estas palabras disolvía el grupo de aquellos que querían apedrear la mujer sorprendida en adulterio. Las piedras, en manos indebidas, pueden tornarse instrumento de violencia y de dominación. Así toda la creación, hecha por Dios para el bien, puede recibir un destino malo en las manos de los inicuos. Por esto, cabe a nosotros el desafío de utilizar los bienes de la creación sin alterar su finalidad y esencia, que es el Bien.

 

Fray Emmanuel María

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