Sólo Dios


Sólo Dios 2

Hace algún tiempo que he escrito en una pequeña piedra estas dos palabras “Sólo Dios”. La he puesto en mi ermita en un lugar visible a mis ojos, así continuamente puedo depararme con esta simbólica inscripción. La finalidad de estas palabras es conectar con el centro de mí ser, que me permitirá un hacer totalmente nuevo y luminoso. El centro del alma es Dios, decía San Juan de la Cruz. Para mí, vivir desde su centro más profundo significa dejarse ser impregnado por la divinidad hasta los lugares más recónditos de nuestra mente y de nuestro corazón. No es una tarea humana que se logre con nuestro esfuerzo o con un método meditativo, es mucho más, es un “dejar hacer”.

La toma de consciencia del absoluto de Dios en mí vida me predispone para acoger su continua presencia en los hechos más sencillos del día. También me ayuda a no detenerme demasiado en sentimientos negativos que perturban e inquietan el corazón. Estas dos palabras – Sólo Dios – me ayudan a ir más allá de mis intereses y gustos personales, me ayudan a poner los ojos en un horizonte mucho más elevado, que se va desvelando como único y verdadero horizonte de mi vida. Todas las otras cosas se tornan relativas y ganan sentido en su relación con él.

 “Sólo Dios” es un proyecto de vida que no excluye a nadie, sino que permite acoger al otro como un don, sin fijarse en la apariencia de sus límites y defectos, que pueden encubrir esta realidad última, pero jamás anularla o negarla. Aquí la relación no ocurre en el ámbito de la superficie, que es marcada por lo sensible, más desde la esencia de cada uno, desde de su centro profundo, que es Dios. Quizá este sea el gran reto de la convivencia humana: relacionarse desde su esencia y no fijarse en la apariencia y gustos sensibles.

Debo confesar que no siempre esta “simbólica inscripción” me conecta con esta realidad más honda. Algunas veces la afortunada piedra que lleva este escrito pasa a ser un objeto más entre otros que me cercan. Cuando lo redescubro entonces recuerdo lo que decía Santa Teresa: “es hora de empezar”. Y con un ardor jovial me hago consciente de este grande misterio del absoluto de Dios y susurro nuevamente: “Sólo Dios”.

Fray Emmanuel María

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