ABANONARSE EN LA MISERICORDIA DE DIOS


Abandonarse en la misericordia

Cuando el recuerdo de mis pecados atormenta mi conciencia, una voz suave emerge en medio de la oscuridad invitándome a abandonarme en la misericordia de Dios, como única medicina para mis angustias. Dar oído a esta voz no es una manera de “anestesiar” la conciencia y negar mi condición humana de pecador, sino un medio fecundo de no detenerme en mí mismo y poner la mirada en Aquel que es el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). La contrición sincera de mis faltas se manifiesta por el deseo de hacer algo distinto de lo que he hecho. Yo sé que la fuerza para este cambio no se encuentra en mí mismo, no es un producto de mi esfuerzo, por eso procuro confiar en la gracia de Dios y abandonarme en su misericordia.

Ser consciente de mis debilidades me hace humilde y comprensivo con los demás. Una mirada más lúcida me hace reconocer que comparto con toda la humanidad la misma condición de fragilidad. Todo el mal que se halla en el mundo no es ajeno a mí, aunque en potencia, puedo encontrarlo en mí también. Está en mí, aunque adormecido, como un volcán. Yo sé que, si este volcán encontrase las condiciones necesarias, podría volver a la actividad y producir sus daños. Creo que Santa Teresa tenía plena consciencia de esta condición humana, por eso recomendaba en sus obras quitar las ocasiones que pudiesen llevar a ofender a Dios.

Cuando asumo como mío el pecado de la humanidad, a semejanza de Jesucristo que asumió nuestras faltas, entonces, abro la posibilidad de que todo sea redimido. Los padres de la Iglesia decían: “solamente lo que es asumido es redimido”. Jesús al asumir nuestra condición humana redimió toda la humanidad. Esta pequeña participación en el misterio redentor de Cristo no se da fuera de la dimensión de la cruz.

Quizá sea necesario, antes de cerrar esta crónica, esclarecer al amigo lector en qué consiste el pecado, ya que culturalmente lo hemos asociado a cuestiones morales, reduciendo su contenido a los deseos libidinosos. Podemos definir el pecado como una opción libre y consciente “a ser menos” de lo que hemos sido proyectados por Dios.  Por ejemplo: Dios ha proyectado que vivamos en libertad y, por el contrario, escogemos vivir como esclavos; Dios ha proyectado el amor y escogemos el odio… Por tanto, el pecado nos distancia de la plenitud para la cual hemos sido creados.

La única medicina para este mal sigue siendo la misericordia de Dios que, con su amor, consuma nuestras faltas y nos permite empezar de nuevo el itinerario de nuestra plenitud.

 

Fray Emmanuel María, OCD

 

 

 

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