La cumbre de mis alegrías


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Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

Envuelto en esa noticia amorosa con la que vivir los momentos de oración, consciente de que Dios tiene una Palabra que ha de resonar en mí en el silencio, comienzo a repetir aquella frase del salmo que acabamos de recitar en la liturgia. Sin recordar expresamente las invectivas de lo que me sucedería si me olvido de Jerusalén, empiezo a descubrir el sentido de ese recuerdo de Jerusalén, como nostalgia, o como anhelo, hasta el punto de que se ha de convertir en la cumbre de mis alegrías. ¿La cumbre de mis alegrías?

Con esa intuición por la que se me abre el contenido de una expresión y que no me aparta de la noticia general, oscura y amorosa que me envuelve, voy recorriendo alegrías que han de quedar por debajo de esta: el recuerdo de Jerusalén. Desde las más materiales: bienestar corporal, una comida que me agrada, hasta las más espirituales: conciencia de lo que Dios me regala, la conciencia satisfecha por la buena obra realizada…, nada me puede alegrar tanto como ese recuerdo de Jerusalén.

Y así vengo a caer en la cuenta de lo que ha de ser esa Jerusalén, de la que se me ha hablado, pero que he de esperar como cumbre de mi alegría. Salgo de mí y descubro el símbolo tan bello de una nueva humanidad en al que habita el Dios de nuestro Señor Jesucristo, siento que se me da esa esperanza, que purifica mis anhelos de salvación centrados en mí, en mis alegrías, y coloco en la cumbre de ellas esa visión de futuro que me descubre la nueva Jerusalén.

P. Francisco Brändle

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