“LAS BATUECAS: tierra mítica y Desierto carmelitano

     

Acaba de aparecer la 2ª edición de Batuecas. Tierra mítica y “Desierto” carmelitano,Burgos. Grupo FONTE – Editorial de Espiritualidde, 2018, 240 pp. Como el lugar ha sido declarado oficialmente como “Parque natural” y la vida eremítica que allí se profesó y los restos del antiguo monasterio carmelitano como “Bien de interés cultural e histórico” por las Cortes de Castilla y León, presento, como autor,la obra para que los lectores conozcan este hermoso paraje natural, un profundo valle rodeado de montañas, frontera entre Castilla y Extremadura y al que se llega desde el típico pueblo serrano de La Alberca (Salamanca). Los bienes naturales y culturales, con reconocimiento oficial o sin él, merecen ser conocidos por todos los ciudadanos. 

            En el libro encontrará el lector las leyendas o mitos surgidos en este apartado y misterioso lugar desde que Lope de Vega situó en él una de sus comedias: Las Bauecas del Duque de Alba. Lope supuso que allí habitaban gentes primitivas, de culturas ancestrales: romanos, celtas, godos, desconocedoras de que fuera del valle existían otras gentes. Mitos y leyendas que fueron desmontados por los críticos de la Ilustración. Aprovechando este montaje escénico, el genio de Lope expone una tesis de filosofía política y religiosa muy interesante.

            Después, se proponen los capítulos de la historia propiamente dicha del monasterio escrita con sentido crítico y bien fundada en documentos del archivo conventual y en la escasa bibliografía existente y, también, con un cierto sentimiento emocional. Comenzó la fundación el año 1599, pero todas las dependencias monásticas se fueron completando poco a poco y la cerca externa de unos 6 km. de extensión concluyó en el siglo XVIII. Después de la “desamortización” del 1836, el “Desierto” pasó de mano en mano hasta que una comunidad de frailes carmelitas descalzos de Castilla renovó la antigua vida eremítica en 1950.

            En el libro se cuenta cómo fueron surgiendo las dependencias monásticas: la iglesia, las ermitas que la rodeaban como acogiéndola en su seno; los lugares comunes para el vivir cotidiano: el comedor, la despensa, la bodega; los talleres para los trabajos artesanales, especialmente la elaboración del corcho que sacaban de los alcornoques; el molino aceitunero, el cultivo de las colmenas; los aperos y las bestias de carga para la labranza de los campos; la biblioteca conventual bien nutrida de libros de ciencias muy variadas; y otras mil historias de los frailes ermitaños.

            Esta es la historia; pero, al entrar en contacto con ella, es posible que al lector le sugiera el deseo de una visita apresurada o, mejor todavía, de permanecer unos días en este paraíso terrenal. Aunque fue en su origen un monasterio de carmelitas descalzos de rigurosa clausura, hoy, por la escasez de vocaciones eremitas, se ha abierto a todas las personas que quieran compartir con la pequeña comunidad residual la vida de soledad, de silencio, de ascesis y la  oración personal y la liturgia de cada día. En el “Apéndice” de la obra, se reseña la restauración de las viejas estructuras arquitectónicas para acoger a huéspedes y los diversos grupos y movimientos que temporalmente acuden para participar en los actos de la comunidad y gozar del silencio y la soledad que les ofrece el lugar.

            Y, en los tiempos libres de los actos comunes, que son muchos, los huéspedes pueden perderse, laderas arriba, en el bosque de pinos, castaños, alcornoques, encinas, robles, abetos, cipreses y matorrales para mejor sentir y vivir la “soledad sonora”, la “música callada” de los ríos y regatos, el canto de las aves, el lento sonar de las campanas a lo lejos, o el viento que se filtra entre los árboles del “bosque y la espesura”, como describe san Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual. Te puedo contar, querido lector, mi propia experiencia: a veces, mientras escribía las páginas del libro y otros textos de espiritualidad en mi celda conventual, viví cercana la tormenta de aguas torrenciales que desbordaban el cauce del río Batuecas con acompañamiento de truenos, relámpagos y rayos cercanos. Pero pronto volvía la calma en el valle que serena el alma y en ese clima fluían las ideas y los sentimientos para ser trasladados al papel.

             Si haces esta o parecidas experiencias, te sentirás aliviado en los cansancios y el trajín de cada día que has traído al monasterio; te olvidarás del trabajo que impone la necesidad de ganarte el pan de cada día; descubrirás que algunas cosas consideradas por ti como “necesarias” son un espejismo fantasmal que ha impuesto la civilización del primer mundo; aprenderás a usarlas con moderación porque son, a tiempos, “innecesarias” y prescindibles. Y cuando vuelvas a la rutina diaria, notarás que has llenado el alma de nuevas energías espirituales.  

            Si eres creyente en un Dios Creador, dedicarás un tiempo a la “contemplación” de tantas bellezas naturales que confirmarán tu fe; gozarás de los momentos de la soledad y el silencio que te ofrece el lugar, de la oración personal y comunitaria compartida, de la sobriedad de una vida sencilla en el comer y el beber; no echarás en falta los inventos modernos que te distraen y roban tu libertad. Posiblemente te asombrarás -si consideras la vida de los antiguos ermitaños- de su vida de oración y de ascesis impuesta en una legislación propia de los “Desiertos” del Carmelo Teresiano. Y, espero, que no dejará de admirar la vida de los frailes batuecos que vivían en las ermitas diseminadas en los montes que rodean al monasterio; y de algunos pocos ermitaños “perpetuos”, encerrados de por vida en aquel apartado lugar.

            Si eres ateo o agnóstico, piensa en un hecho singular: que cientos de frailes abandonaron todo, sacrificaron su presente y su futuro a veces brillante, para seguir una vida de ermitaños; piensa también que la vida monástica es cultura, que ha tejido una historia que merece ser conocida y apreciada. Las órdenes eremíticas buscaron lugares apartados convirtiendo en vergeles lugares inhóspitos; construyeron abadías, iglesias, talleres de artesanía, roturaron los campos, crearon una civilización propia. Los restos arquitectónicos del “Desierto” de Las Batuecas, parcialmente reconstruidos, son un testimonio elocuente.

            Invito al lector a entrar en esta historia escrita para concederse después unos días de retiro mental y espiritual en uno de los parajes más bellos y desconocidos de Castilla la Vieja.

  Daniel de Pablo Maroto 

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En la presencia del Dios vivo

Valle de las Batuecas

Un rasgo característico de la espiritualidad carmelitana es la vivencia de la presencia de Dios. Las Sagradas Escrituras presentan el Profeta Elías como el hombre de Dios, que vive en su presencia (Cf. 1Re17,1). Elías se siente enviado por Dios para anunciar el castigo de la sequía, consecuencia de la infidelidad de Israel a la Alianza. En el Monte Horeb, experimentará a Dios de forma nueva, no como un huracán o terremoto o fuego devastador sino como el susurro de una brisa suave (Cf. 1Re19,11-12). La presencia de Dios se capta en el silencio, en lo pequeño, en lo sencillo.

En la vida de Santa Teresa, vemos una progresiva toma de conciencia de la presencia de Dios en su vida espiritual hasta llegar a la experiencia de la inhabitación trinitaria. Abundan los textos teresianos que narran el desarrollo de su experiencia. Ya en la cumbre de su vida mística escribe: “Parecióme se me representó como cuando en una esponja se incorpora y embebe el agua. Así me parecía mi alma que se henchía de aquella divinidad y por cierta manera gozaba en sí y tenía las tres Personas” (CC 15).   

            La misma dimensión trinitaria encontramos en la espiritualidad de Santa Isabel de la Trinidad. Si somos templos de Dios y la Trinidad habita en nosotros, entonces, en este profundo centro, debemos estar y ahí contemplar el amor trinitario y ser envueltos por ello. Su vocación será ser una alabanza de gloria al Dios Uno y Trino presente en el centro del alma.

En San Juan de la Cruz, la presencia de Dios es el anhelo más profundo de la persona que se encuentra herida de amor por Él. Esta herida de amor se cura sólo con la presencia del Amado. El Amado está dentro del alma, en su centro, en las entrañas. Cuando uno descubre esta presencia en lo más hondo de su ser entonces goza de gran paz y alegría.

La espiritualidad de la presencia de Dios nos ayuda a llenar nuestra vida de paz y atención amorosa al Amado.

Fray Emmanuel María