Ayer te vi llorar


Ayer te vi llorar…

No llorabas por las injurias, blasfemias y desprecio de los mortales… No. No era este el motivo de tu llanto. No te preocupabas por TI, sino por la humanidad herida.

No llorabas como un niño perdido, sin saber qué hacer frente al dolor. No eran lágrimas de desesperanza o de angustia ante la desgracia, sino compasión de quien sufre con y ante el dolor ajeno, sabiendo que mañana, todo lo que ahora vivimos, se habrá pasado.

Ayer te vi llorar…

Llorabas con aquel padre y aquella madre que ya no tenían cómo sostener a su familia. La impotencia les llevaba a la desesperación. Sentían el peso de tener que transmitir seguridad en medio de la tribulación, sin poder hacer nada, tenían que parecer fuertes y transmitir esperanza a sus hijos y no sabían cómo hacerlo.

Llorabas con el joven que, enfadado con todo lo que estaba viviendo, se desesperaba frente a un futuro muy incierto. Todo lo que había planeado, tal vez ya no fuera posible. Ahora, preso de sus pensamientos, no encuentra sentido a su vida.

Llorabas junto al niño que había perdido a su abuelo a causa de la enfermedad y que su familia no sabía qué decirle para consolarle; a él, que se sentía privado de las caricias de su abuelo y de su mirada complaciente.

Llorabas con aquel profesional de la salud que siente en su propio cuerpo el cansancio del trabajo y que a menudo siente la muerte, ora velando sus pacientes, ora arriesgando su propia vida. Sus fuerzas han llegado al límite; por eso lloras.

Llorabas con todos los que han muerto sin el auxilio necesario, sin la presencia de sus familiares en el lecho de muerte, sin la esperanza cristiana de la vida eterna. Llorabas porque ellos se sentían solos y abandonados.

Ayer te vi llorar…

Compadecido de la humanidad, que ahora se percibe a sí misma indefensa frente a una tempestad inoportuna, que ha cuestionado sus falsas seguridades y le ha devuelto a la consciencia de que toda la humanidad comparte el mismo destino.

Para el lector que se hace la pregunta: “¿Dónde está Dios en medio de tanto dolor?”, le diría que si por unos pocos segundos se nos permitiera cruzar el cielo y llegar a contemplar a Dios cara a cara, seguro que veríamos una lágrima caer de su rostro, pues él llora con nosotros.

Por eso, hoy me limito a hacer una oración sencilla y segura: “Señor, se tú nuestra salvación”.

Fray Emmanuel María, OCD