Hacia la Cima


Durante demasiado tiempo había renunciado a lo más alto. Dudas, cálculos egoístas, fracasos, miedos… Había dejado de apuntar a la cima. Me decían: “los quijotes, los ícaros, los noés son gente loca, fanática, soñadora…”
Un día alguien me habló de una virtud olvidada: la magnanimidad (grandeza de alma). Es parienta de la generosidad y del amor. Y yo me decía, ¡qué bella es! Pero me sentía débil, indigno de poseerla. Deseo, ansío, aspiro, sueño con ella para lanzarme sin medida a lo alto; pero la fuerte gravedad de mis pobrezas me impide volar: mi debilidad, mi fragilidad, mi miseria, mi pecado…
Rogué a Dios, ¡libérame!

Y entonces descendió del cielo una misericordia entrañable que cortó mis ataduras.

Entre mi sed de magnanimidad y mi debilidad, es tu misericordia, Señor, la que me hace volar. Tú eres mi equilibrio. Tú eres la única realidad, la única verdad.
Todo es vanidad, todo es humo, todo es virtualidad, si Tú no vienes, si Tú no estás, si Tú no eres.
Tú eres Todo. Sin ti sólo hay nada; y nada es nada.

Humildad, humildad, humildad. Con las alas de la confianza, que Dios me regaló, y con el soplo de su misericordia infinita, voy remontando mi vuelo día a día hacia la cima del monte. Sí, es posible. No es un sueño. Es realidad.

Fray Bernabé de San José