¡Desde lo hondo a ti grito, Señor! (Sal 129)

 ¡Me hace resplandecer tu belleza y tu bondad!

Hoy, en mi oración por la mañana, me detuve en los versos del salmo ciento veintinueve y, aunque el rezo siguió con otros salmos e himnos, mi corazón se quedó allí. Estos son los momentos en los que el cuerpo se queda silencioso, haciendo lo que la gente del entorno espera que haga, para no llamar la atención sobre lo que ocurre en su interior. Pero, el alma se pone a viajar y el corazón se ensancha de alegría como si descubriera la fuente del agua viva.

¡Desde lo hondo a ti grito, Señor!… decía muchas veces, todavía sin llegar a traspasar el misterio oculto de estas palabras que en aquella mañana me fascinó. Sin duda, era una oración existencial que expresaba no sólo el sentir del salmista, sino el de todo ser humano que experimenta su propia fragilidad. El velo que cubría estas palabras del salmo solo aumentaba el encanto que producía en mi alma. El día transcurrió como uno de tantos, aunque a veces como un viento que se pone a mover todo lo que está en su entorno, así el simple recordar de las palabras: “desde lo hondo a ti grito, Señor”, ponía en movimiento mi sed de plenitud.

Estas palabras que desde la mañana me producían tal atracción, ahora al caer la tarde se llenaban de sentido. Pero, no llegué a esta iluminación solo, me ha ayudado un abuelo que todos los días pasaba por la iglesia para hacer un rato de oración. Hoy mirándole percibí que sus ojos estaban fijos en los vitrales, donde el sol realzaba sus colores y hacía de las imágenes una verdadera preciosidad. ¡Quedé maravillado! Pero, en la medida que el sol se ponía, las vidrieras se quedaban opacas y hasta oscuras.

El anciano, viendo este espectáculo, añadió unas breves palabras, que en mí corazón resonaron como una enseñanza divina. “Mira”, decía él, “la belleza del hombre que deja que el sol divino se refleje sobre él. Pero, ¿te has dado cuenta de lo que es el ser humano sin Dios? La belleza y la capacidad que hay en él se quedan oscuras y sin atractivo con la ausencia de la luz divina”.  Estas palabras me permitían entender mejor el salmo que por la mañana había rezado.

Entonces, repetí con calma: ¡Desde lo hondo a ti grito, Señor! Mi clamor ahora se llenaba de sentido. Necesitaba de Dios para reflejar una belleza que llevo oculta en mí, pero que sólo la luz divina es capaz de poner en evidencia. En aquella iglesia, al caer la tarde, al mirar aquellos vitrales ya sin color, entendí algo de mí, de mi pobreza y fragilidad. Comprendí que soy incompleto, que no soy todo lo que soy llamado a ser sino al dejar pasar la luz de Dios a través de mí.

Por esto, terminé mi día haciendo una oración al Dios siempre nuevo, que me ha permitido bucear en el hondo de mí ser para entender la necesidad que tengo de Él.

Dios, Tú que eres siempre nuevo,

Que me hablas de muchos modos y maneras,

Que me sorprendes y encantas,

Desde lo hongo a ti grito, Señor

Como un niño reclamando la presencia de su madre,

A espera de su protección y aliento

Me hace resplandecer tu belleza y tu bondad

No me dejes en la oscuridad de la vida

Pues sin ti, no sé vivir

Sin ti, no soy nada.

Dios, Tú que eres siempre nuevo,

Hazme también una persona nueva. Amén.

Fray Emmanuel María

Infúndame Sabiduría

El salmo 50 resuena con frecuencia en nuestras celebraciones con ese acento de arrepentimiento que caracteriza la vuelta del hombre a Dios. Pero no fueron estos sentimientos los que me vinieron cuando rezando el salmo, llegué al verso: “en mi interior me inculcas sabiduría”. (v.8). Esta es la traducción que me ofrece la liturgia y con la que traté de ayudarme para vivir los momentos de oración silenciosa. Ante todo me recogía el hecho de que Dios, al que volvía, fuera el que trataba con ahínco de infundirme su sabiduría, y lo hacía en mi interior. El interior de mi vida no eran por supuesto las actividades en las que me veía envuelto y para las que Dios me daba una sabiduría humana que las pudiera afrontar con éxito. Algo más allá de todo esto constituía ese interior en el que Dios actuaba, y lo hacía dándome su sabiduría.

En un momento, sin reflexión alguna, sentí que esa sabiduría se traducía en la cercanía de Jesús, que me enseñaba el modo de acoger la vida desde el proyecto de Dios, convirtiéndose en esa sabiduría con la que afrontar en cada momento el vivir de cada día. Acepté gozoso que Dios tuviera tanto empeño en infundirme esa sabiduría que da sentido a la vida, y que lo haga a través de Jesús, el Verbo encarnado. La Palabra encarnada en Jesús, me invita que en su seguimiento se fuera encarnando en mi vida, como también en la de todos.

F. Brändle

Humildad Encarnada

Asunción de la Virgen, El Greco, 1577-79 Art Institute Chicago

Sin esperarlo, buscando para vivir mi oración alguna frase de los salmos que leemos en Vísperas que pudiera recogerme y ayudarme en mi “atención amorosa” tal y como me enseña San Juan de la Cruz, han resonado con fuerza estas frases del salmo 131: “Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder”. Sin duda el salmista estaba suplicando al Señor, poniendo a David por intercesor, para que continuara el esplendor del culto en el templo; “que tus sacerdotes se vistan de gala, que tus fieles vitoreen”, muy fácilmente en el momento de entronizar un nuevo rey. No me detuve en esas consideraciones históricas, tan valiosas para entender los salmos. Mi pensamiento se volvió hacia la fiesta que pronto celebraremos: La Asunción de María. Fui intuyendo que ese Señor al que se suplicaba era nuestro Dios, el de Nuestro Señor Jesucristo, que despertando en la conciencia de los hombres, vendría a su verdadera mansión: la humanidad. Y lo que me recogió sorprendentemente es que esa “arca de su poder”, era la misma Virgen que asciende al cielo. El poder de su humildad es el que se desvela en la definitiva “arca de la Alianza”: María.

Ella, en su humildad suma, era toda para Dios, toda para nosotros, toda para la creación. Así en esa total entrega llegaba a ser elevada al cielo y constituida Señora de todo lo creado. Eso se hizo mi petición y deseo, que al celebrar este año la fiesta de la Asunción, pudiera gritar con el salmista: “Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder”, suplicando así que nuestra humanidad despertara, se hiciera consciente, al celebrar esta fiesta que Dios estaba en medio de nosotros, y lo hacía con el “arca de su poder”, la humildad encarnada en María, elevada al cielo.

F. Brändle

Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre

“Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre” (Sal 112,2). Este versículo tan conocido del salmo 112, me ha llenado de luz y amor en esta tarde del sábado que lo hemos orado en el rezo de vísperas. Bendito, bendecido. Me parecía que el mismo Dios me hacía vivir su presencia de ese modo pasivo, siendo mi vida la que se constituía en el espacio en el que era bendecido. No se trataba de que desde mi oración buscara yo  bendecirlo. Era Él quien dejándole se bendecía en mi vida, puesta ante Él. Por eso entendí también que estaba sucediendo, “ahora”, que en mi oración silenciosa acogía su Palabra, pero que eso era ya vivir lo que había de ser “siempre”. Nuestras vidas serán “siempre”, en la dimensión eterna de nuestro vivir, bendición de Dios. El versículo cobraba todo su sentido. Entendí mejor por qué la iglesia lo repite en algunas ocasiones antes de hacer descender la bendición de Dios, sobre los fieles.

F. Brändle

Presencia

“Que te sostenga el Dios de Jesús”. En el camino de Israel se deseaban unos a otros ser sostenidos por el Dios de Jacob. El patriarca, los patriarcas, eran la referencia con la que encontrar al Dios de la Alianza. El único que podía salvar a su pueblo de los peligros. Nosotros desde la nueva condición frente a Dios que nos brinda el evangelio podemos confiar en Dios de modo nuevo, lo hacemos porque nos abrimos a su amor a través del evangelio. La enseñanza de Jesús nos abre el corazón para podernos desear el ser sostenidos por su Dios. Son muchos los momentos en que necesitamos sentir este apoyo, esta certeza de que el fundamento de nuestro vivir no está en seguridades que podamos darnos, sino en la fe que nos abre a una nueva forma de estar seguros: “nos sostiene el Dios de Jesús”. Su apoyo va más allá de nuestros cálculos. Va incluso más allá de la muerte. Para vivirlo necesitamos descubrir su presencia en el amor en que nos envuelve, en la paz que nos regala. Sintámoslo así, y deseémonos unos a otros que “nos sostenga el Dios de Jesús”.

F. Brändle

O TODO O NADA

A veces siento ahí fuera, en el mundo, que hay miedo a la radicalidad. Es verdad que “los radicales” a veces son intolerantes, son violentos, son exclusivistas…


Pero entiendo que hay otra cara de la radicalidad mucho más profunda, mucho más sana, mucho más humanizante. La radicalidad de la buena, disipa a veces esa eterna duda enfermiza que impide tomar decisiones que hacen cimientos de vida. Genera asertividad que ayuda a andar con paso firme, sin titubear. Fortalece el alma frente a las inclemencias de un mundo relativista que cambia a toque de modas y tendencias. Ser radical también es signo de buena salud, de esperanza, de hermosos proyectos que construyen un mundo nuevo y en continuidad creativa. Las nadas de San Juan de la Cruz me hacen buscar este tipo de radicalidad evangélica.


En estos días, he sentido de nuevo la llamada permanente de Jesús. Mi corazón quiere responderle siempre sí. Mi mente descubre tres razones contundentes para dejarlo todo y seguir al Maestro:
• ya no tengo nada importante que perder,
• pero aún tengo todo por perder,
• porque puedo perder al Todo.
Definitivamente, mi corazón tiene aún sed juvenil de radicalidad. Las canas dan experiencia, pero la juventud da coraje y arrojo. Señor, conserva la frescura de mi corazón sediento, aunque mi cuerpo flaquee.

Fray Bernabé de San José