Presencia

“Que te sostenga el Dios de Jesús”. En el camino de Israel se deseaban unos a otros ser sostenidos por el Dios de Jacob. El patriarca, los patriarcas, eran la referencia con la que encontrar al Dios de la Alianza. El único que podía salvar a su pueblo de los peligros. Nosotros desde la nueva condición frente a Dios que nos brinda el evangelio podemos confiar en Dios de modo nuevo, lo hacemos porque nos abrimos a su amor a través del evangelio. La enseñanza de Jesús nos abre el corazón para podernos desear el ser sostenidos por su Dios. Son muchos los momentos en que necesitamos sentir este apoyo, esta certeza de que el fundamento de nuestro vivir no está en seguridades que podamos darnos, sino en la fe que nos abre a una nueva forma de estar seguros: “nos sostiene el Dios de Jesús”. Su apoyo va más allá de nuestros cálculos. Va incluso más allá de la muerte. Para vivirlo necesitamos descubrir su presencia en el amor en que nos envuelve, en la paz que nos regala. Sintámoslo así, y deseémonos unos a otros que “nos sostenga el Dios de Jesús”.

F. Brändle

O TODO O NADA

A veces siento ahí fuera, en el mundo, que hay miedo a la radicalidad. Es verdad que “los radicales” a veces son intolerantes, son violentos, son exclusivistas…


Pero entiendo que hay otra cara de la radicalidad mucho más profunda, mucho más sana, mucho más humanizante. La radicalidad de la buena, disipa a veces esa eterna duda enfermiza que impide tomar decisiones que hacen cimientos de vida. Genera asertividad que ayuda a andar con paso firme, sin titubear. Fortalece el alma frente a las inclemencias de un mundo relativista que cambia a toque de modas y tendencias. Ser radical también es signo de buena salud, de esperanza, de hermosos proyectos que construyen un mundo nuevo y en continuidad creativa. Las nadas de San Juan de la Cruz me hacen buscar este tipo de radicalidad evangélica.


En estos días, he sentido de nuevo la llamada permanente de Jesús. Mi corazón quiere responderle siempre sí. Mi mente descubre tres razones contundentes para dejarlo todo y seguir al Maestro:
• ya no tengo nada importante que perder,
• pero aún tengo todo por perder,
• porque puedo perder al Todo.
Definitivamente, mi corazón tiene aún sed juvenil de radicalidad. Las canas dan experiencia, pero la juventud da coraje y arrojo. Señor, conserva la frescura de mi corazón sediento, aunque mi cuerpo flaquee.

Fray Bernabé de San José