Humildad Encarnada


Asunción de la Virgen, El Greco, 1577-79 Art Institute Chicago

Sin esperarlo, buscando para vivir mi oración alguna frase de los salmos que leemos en Vísperas que pudiera recogerme y ayudarme en mi “atención amorosa” tal y como me enseña San Juan de la Cruz, han resonado con fuerza estas frases del salmo 131: “Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder”. Sin duda el salmista estaba suplicando al Señor, poniendo a David por intercesor, para que continuara el esplendor del culto en el templo; “que tus sacerdotes se vistan de gala, que tus fieles vitoreen”, muy fácilmente en el momento de entronizar un nuevo rey. No me detuve en esas consideraciones históricas, tan valiosas para entender los salmos. Mi pensamiento se volvió hacia la fiesta que pronto celebraremos: La Asunción de María. Fui intuyendo que ese Señor al que se suplicaba era nuestro Dios, el de Nuestro Señor Jesucristo, que despertando en la conciencia de los hombres, vendría a su verdadera mansión: la humanidad. Y lo que me recogió sorprendentemente es que esa “arca de su poder”, era la misma Virgen que asciende al cielo. El poder de su humildad es el que se desvela en la definitiva “arca de la Alianza”: María.

Ella, en su humildad suma, era toda para Dios, toda para nosotros, toda para la creación. Así en esa total entrega llegaba a ser elevada al cielo y constituida Señora de todo lo creado. Eso se hizo mi petición y deseo, que al celebrar este año la fiesta de la Asunción, pudiera gritar con el salmista: “Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder”, suplicando así que nuestra humanidad despertara, se hiciera consciente, al celebrar esta fiesta que Dios estaba en medio de nosotros, y lo hacía con el “arca de su poder”, la humildad encarnada en María, elevada al cielo.

F. Brändle