Inocente


Al leer el salmo 14 me quedé atento a algo que me parecía no tenía que preocuparme. Se trataba de alguna de las condiciones para subir al templo, y una de ellas era: “no aceptar soborno contra el inocente”. Tenía claro que las distintas condiciones para subir el templo eran esas exigencias que hay que tratar de vivir para acercarse con sinceridad a Dios. Nunca me había detenido en la que arriba cito, porque no podía recordar ninguna ocasión en que se me hubiera ofrecido dinero para ir contra el inocente. Sin embargo en esta ocasión a la que aludo se me hizo patente algo que quiero comentar. De repente me pareció que el soborno que se me ofrecía para ir contra el inocente no era dinero, sino mi propia inocencia. Sí, me pareció que en ocasiones aceptaba, porque se resaltara mi bondad e inocencia, lo que se decía contra otro. Y acabé también pensando que eso que aceptaba e incluso me alegraba, que se decía de otro, podría ser falso, o al menos no ser condenable. La deducción fue clara: “con tal de quedar tú por encima, me dije, aceptas que se diga algo negativo de otro”, en estas condiciones no te puedes acercar a Dios. Es algo necesario, es una de las condiciones para subir al templo, aquello que había oído decir de Santa Teresa, que no permitía se hablara mal de nadie delante de ella. Ahora lo veía mucho más necesario, porque es fácil que ese soborno de mantener mi propia bondad, apoyándome en lo que de otros se dice robándoles en muchos casos su inocencia, y esto lo aceptara sin más, cayendo en la trampa. Estaba claro, así me alejaba de ese Dios Padre de todos.

F. Brändle