Que el Señor cambie nuestra suerte


Agua en el desierto del Negev

“Que el Señor cambie nuestra suerte como los torrentes del Negueb” (Sal 125,4).  Con este versículo del salmo, tal y como se lee en la “Liturgia de las horas”, me adentré en la oración silenciosa. Le pedía al Señor que cambiara mi “suerte”, el sentido de mi vida, con una comparación que no tenía en mi imaginación, pues no había oído hablar de los torrentes del Negueb. Era el momento de la oración y no el de investigar con un comentario a qué hacía referencia. Pero seguí abriéndome al Señor con esa petición porque estaba cierto de que sería algo grande, más aún, al ir orando con este versículo fui intuyendo que lo que pedía al Señor es que al igual que un torrente que todo lo arrastra acaba siendo al final un río manso que riega los campos entregando generosamente el agua, mi vida se fuera haciendo fecunda. Me fui abandonando a este sentimiento y dejé que la petición se hiciera más honda. En las manos del Señor mi vida dejaría de ser un torrente de proyectos, deseos, anhelos marcados por mi pobre modo de ver las cosas y podría llegar a ser ese vivir entregado, que hace fecunda la vida de la humanidad. Sí, Señor, haz de mi vida un agua fecunda, que no destruye ni arrastra, sino que riega y da vida a su alrededor. La curiosidad me llevó después a saber por un comentario que torrentes eran estos y pude comprobar que se trataba de esos torrentes de la región sur, páramo desértico, que se hacen fecundos, como se esperaba que fuera la vida de los repatriados.  

F. Brändle