quedé desconcertado

Nebulosa Carina. Crédito: ESO / T. Preibisch

“Escondiste tu rostro y quedé desconcertado” (Sal 29,8). Al abrirme al sentido más hondo de estas palabras comencé a descubrir que el rostro que se escondía era el que yo le había puesto a Dios, su verdadero rostro nunca se esconde. Mi desconcierto nacía de que ya no podía yo ponerle a Dios los atributos a mi medida, tendría que dejarme sorprender por El. Me vinieron a la mente las palabras que escuché ante un cuadro con la representación de las obras de San Juan de la Cruz, y en concreto la representación del “Monte Carmelo” como un fondo de luz abismal, donde no había forma alguna, las palabras fueron: “Así es Dios, sin rostro”, claro está que no decía que no lo tenía, sino que así había que representarlo. Ese rostro escondido de Dios me llevaba a adentrarme en Él, a dejarme envolver por su presencia, y no quererle colocar enfrente. Así cesaron mis discursos y dejé que la paz y el sosiego inundaran mi mente, como el mejor de los desconciertos. Nunca con mi concertado entender habría alcanzado esa paz en Dios.

F. Brändle