Él es mi roca


“Sólo Él es mi roca y mi salvación” (Sal 61,7). Me parecía fácil repetir con el salmista estas palabras durante mi oración silenciosa. Pronto me sorprendí cayendo en la cuenta de su hondura. Sí, había repetido muchas veces con Santa Teresa, “sólo Dios basta”. Y me parecía entenderla a ella descubriendo que sólo Dios saciaría mis deseos. Pero ahora se trataba de una postura más honda:  descubrir que no podría apoyarme en nada para sostener mi vida que no fuera Dios. En el silencio contemplativo me parecía entender que no era fácil llegar a vivirlo en plenitud. Que sólo con su gracia podría vivir en esa actitud, que al fin es la única que merece la pena. Cierto que para ello estaba Cristo, verdadera piedra angular, y con él todos los hombres, mis hermanos. Necesitaba, sin embargo, purificar ese apoyo desde la fe. Me parece que no es fácil dejar de tender a quedarte en los demás como apoyo, incluso Cristo, porque los descubres desde tus razones y emociones, y no porque forman esa nueva humanidad en la que Dios está presente para ser mi roca y mi salvación.  Acabé pidiendo al Señor que me concediera alcanzar en plenitud la verdad de esta afirmación del salmista.

F. Brändle