El Señor lo guarda

“El Señor lo guarda…  para que sea dichoso en la tierra” (Sal 40,3). Me quedé saboreando en la oración la dicha que el Señor promete ya en la tierra. Me acordé inmediatamente de las bienaventuranzas. A la luz de este versículo fui entendiendo que el programa tan maravilloso que nos ofrecen no puede ser el fruto de nuestro esfuerzo, sino la consecuencia de ese cuidado amoroso con el que el Señor nos guarda. Entendí que es esa la fuente de la dicha en la tierra, la cercanía amorosa de Dios. Nuestra vida encarnada en este mundo la hemos de vivir en esta clave, sintiendo siempre, sean las circunstancias que sean, -las que se nos recuerdan en las bienaventuranzas-, esa alegría interior con la que el Señor guardándonos nos hace dichosos en la tierra. No es cuestión de plantearnos, a la luz de este versículo, si las tribulaciones nos traerán después el gozo. Hemos de ir entendiendo que en ese llegar a lo más hondo se puede vivir en esa doble dimensión: tribulación y gozo al mismo tiempo.

F. Brändle