Danos vida


“Danos vida, para que invoquemos tu nombre” (Sal 79,19). Me impresionó la petición y quise llevarla a la oración. Traté de hacerlo como frase que repetida me fuera adentrando en el querer de Dios, que puso esta petición en el salmista. ¿Qué vida quería Dios que le pidiésemos? Sencillamente la vida humana, y este era el gran misterio, porque reducir mi petición a lo que sensiblemente conozco que es mi vida, por la salud o la enfermedad, por las apetencias o inapetencias, por una inteligencia más honda o menos, no me parecía era lo que encerraba. Se me abrió la luz al descubrir la segunda parte del verso: “para que invoquemos tu nombre”. Poder nombrarte en tu verdad requiere vivir una vida humana abierta a ti, y esa es la vida que entendí pedía con la frase del salmista. Sí, vida humana verdadera. La que desde la conciencia de Jesús se sabe unida a Dios, esa vida que los místicos saborearon y a la que nos llaman constantemente a gustar. El tiempo pascual se nos ofrece como la gran ocasión para pedir esta vida y acogerla. Es el gran regalo que especialmente en la Pascua podemos descubrir que Dios nos da, y que hemos de pedírselo.

F. Brändle