nuestros ojos en el Señor

“Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia” (Sal 122, 2). Este versículo, de un salmo que se ha cantado con frecuencia, y por tanto era conocido, no me había nunca atraído, sobre todo por ese lenguaje que recuerda condiciones de la humanidad ya superadas, al menos legalmente: Se ha abolido la esclavitud. Sin embargo, en esta ocasión quise que me ayudara en mi oración, sin saber a dónde me llevaría. Rápidamente puede caer en la cuenta de que la mirada del esclavo y mi mirada al Señor, reflejaban dos situaciones antagónicas. Los ojos del esclavo o la esclava miraban las manos de su señor, o señora, esperando órdenes, mandatos que cumplir, bajo el miedo o la amenaza del castigo, aunque siempre cabría que amos generosos indicaran con suavidad el camino  por el que seguir para agradarles, en todo caso siempre sería una situación de sumisión la que se pedía en el esclavo, de la que no se vería libre, a no ser que el señor, o la señora, le dieran la libertad, dejando así de ser esclavo. El comparativo que se establece en el salmo, se me hizo antagónico. No yo no estaba frente a un amo de este mundo, sino ante el que vino a servirme, para liberarme, por eso ahora mis ojos vueltos al Señor, lo que descubren es la verdadera libertad, la que nace de la misericordia entrañable. No es fácil venir a vivir esta actitud, siempre acabo poniéndole a Dios el sambenito de “amo”, al que sirvo porque soy fiel servidor, y por tanto esclavo. Mi libertad es hacer el proyecto amoroso de Dios desde la entrega por amor y no por otras causas, así fui poco a poco descubriéndolo en la oración y sintiendo la grandeza de dejarme liberar por Dios, siendo esclavo de mí mismo, que no dejo de ser el amo que me esclaviza.

F. Brändle