¿Por qué habré de temer los días aciagos?


“¿Por qué habré de temer los días aciagos?” (Sal 48,) Al tomar este versículo para mi oración no me propuse hacer una meditación en torno a las causas que podrían hacerme temer los días aciagos, y tratar de disiparlas con mi reflexión. No sería una ayuda para vivir una oración silenciosa y contemplativa. Simplemente traté de dejarme alcanzar por lo que el Espíritu me dijera a través de esta frase, sin más. Con ello lo primero que me asaltó fue la impresión de que esos días aciagos, que podrían llegar en mi vida, dejaban de serlo si los vivía en esa dimensión abierta a Dios que estaba tratando de vivir en mi oración. Tendría que venir a vivir la gracia de esa presencia amorosa en medio de esas situaciones y dejarían de ser días aciagos que tendría que temer, para ser nuevas ocasiones de encuentro con Dios en mi vida. Dejarían de ser días aciagos, y por lo mismo no necesitaba respuesta a esa interrogante que planteaba el versículo del salmo, sino una nueva manera de acoger los acontecimientos de la vida. Con ello mi oración, que trato de que sea contemplativa, volvía a ser esa noticia general, oscura y amorosa que lejos de apartarme de la vida me daba luces para vivirla en dimensión teologal, creciendo en fe, esperanza y amor.

F. Brändle