Reflexiones

El abandono en Dios

Abandono

Ya sé, Dios mío, que sin ti nada soy. Ya he comprobado que sin tu gracia nada puedo. Ya sólo quiero abandonarme en ti, en tu amorosa providencia, en tu inmensa bondad. Pero ni siquiera consigo abandonarme en ti sin tu gracia. Todavía pueden mucho mis miedos, mi orgullo, mi pecado. Por eso, mi Dios, hoy quiero pedirte que me enseñes a dejar en ti el cuidado de mi propia persona y de mi destino. Enséñame, Señor, a renunciar a mi propia voluntad para entregarme a la tuya. Por favor, Amor mío, no me lo puedes negar. Enséñame a ser más humilde, a saberme un niño pequeño en brazos de mi Padre, enséñame a confiar, a esperar en tu ayuda. Necesito, Dios mío, que me enseñes a abandonar en ti mi vida. Necesito que me des fortaleza para superar mi tendencia natural al amor propio y para renunciar a todo lo que no venga de ti.

Yo sólo quiero guiarme por el amor que te tengo, pero este amor mío es tan débil, tan frágil, tan inconstante que necesito tu mismo Amor para poder amarte. Dame tu gracia, mi Amor. No la quiero para huir de nada, ni para hacer más llevaderos los sufrimientos. Al contrario, la quiero para darlo todo, para darme del todo, para amarte a ti y a mis hermanos con el mismo amor de tu Hijo, para abrazar su cruz. Enséñame tú, Jesús mío, la ciencia, la sabiduría de tu cruz. Ya voy gustándola, ya voy vislumbrando su dulzura, pero con tanta timidez, con tan poca determinación que apenas avanzo. Oh Cristo, envíame tu Espíritu santificador, que me renueve, que me purifique, que me ilumine. Ven, Espíritu Santo a mi pobre espíritu y transfórmalo desde dentro, lléname de santa audacia y libérame de mi orgullo, que me lleva a mendigar las migajas de amor y aprobación que puedan darme las criaturas y a desperdiciar tanta gracia derramada.

Pablo María

 

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Reflexiones

El nudo Gordiano

 

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En cierta ocasión, un aprendiz de monje le pidió a un anciano anacoreta que le ayudara a descubrir cuál era la mayor dificultad de la vida cristiana y cómo resolverla. Tenía prisa por encontrarla para ponerse manos a la obra cuanto antes. “Sólo se vive una vez; la vida es breve”, se decía a sí mismo aquel joven e inquieto novicio.

– ¿Dónde crees que podría estar?-, le preguntó circunspecto el anciano.

El joven comenzó a contestar de inmediato y seguro de sus descubrimientos:

– Por un lado, he pensado que están en la vida misma del mundo. Por eso he dejado familia, casa, amigos, trabajo, diversiones, todo… Es el primer problema que he encontrado sin poder resolverlo. El mundo absorbe, irrita, te hace competitivo, codicioso… es una realidad que me ata una y otra vez. He visto cómo el hombre esclaviza al hombre. ¿Solución? Salir del mundo y apartarme aquí, en el desierto.

Pero después de mi autoexilio, me he encontrado conmigo mismo: mis debilidades, mis incapacidades, mis ignorancias… Yo mismo termino encorsetándome. El caso es que, si consigo destrabarme cultivando con esfuerzo una virtud, luego surge otro vicio que me vuelve a dominar; si venzo una vez una batalla, pierdo luego dos. ¡Esto es peor que el castigo de Sísifo! Como no puedo huir de mí mismo, he decido practicar las artes de la armonía interior- .

En este momento, el novicio mudó su cara. Perdiendo sus aires de sabio aprendiz y, agachando la cabeza como quien se sabe humillado, continuó relatando con voz de derrota:

– Al final, he terminado pensando que la mayor dificultad del ser humano era el mal, el maligno; es él el que nos ata una y mil veces, el Satán, el retorcido que da vueltas y vueltas por la tierra. Y, ante él, nada puedo. ¡El mal me supera; está fuera de mí y es mayor y más fuerte que yo!

Dime. ¿Es ésta la mayor dificultad o quizás hay otra? Y, si es así, ¿cómo vencerla? ¡Respóndeme, te lo ruego, oh sabio anciano, tú que pareces estar por encima del mundo, tú que irradias paz interior, tú que domesticas a la fiera librando a tantas almas!- .

El viejo monje, cerró sus ojos. Había guardado en su corazón todas y cada una de las palabras del novicio y las rumiaba en silencio. Pasado un tiempo y con el ceño fruncido, le preguntó:

– ¿Conoces la historia griega del nudo gordiano?-

– No-, dijo el joven novicio.

Entonces, hablando con mesura, como alguien que guarda un tesoro que no forjó, como quien no se cree un sabio, como alguien que no presume ni se jacta de conocimientos arcanos, con humildad y serenidad empezó a decirle:

– Fue un nudo, hecho por un campesino que llegó a ser rey, y que era imposible de deshacer. Pero surgió otro rey que lo resolvió. ¡Simplemente, lo partió en dos con su espada!

– No lo desató. ¡Lo destrozó! Eso es trampa-, dijo el joven.

El anciano prosiguió:

-Escucha. Cuando naciste, se te hizo un nudo. De no habérsete hecho ese nudo, te hubieras desangrado y hubieras muerto. Tu ombligo te sirve para recuerdes que fuiste salvado; para que sepas que estás limitado; para que seas siempre humilde. (El hombre siempre busca desatar su ombligo y termina desangrándose).

Mas, no cabe duda, que todo nudo que aparece en tu vida, es una provocación, es una llamada a desatarlo. Naciste a la vez con una sed irresistible de libertad, de infinito, ¿no es cierto? Pero nuestras torpezas, nuestras ignorancias y nuestras arrogancias, nos van llevando muchas veces de nudo en nudo; siempre terminamos esclavos, de algún modo, de algo, de alguien, de nosotros mismos. Entonces, ¿qué? ¿Desistimos? ¿Desesperamos? ¿Abandonamos la búsqueda y nos dejamos llevar? ¡De ningún modo!

Esto es lo que yo encontré:

Me pregunté a mí mismo: “¿Quién es el que tendría la espada capaz de partir nuestro verdadero nudo, que es el mal?” Y comprendí que, verdaderamente, sólo Jesús, el Cristo, es el hombre capaz de ello.  ¿Sobre quién se posó, no un cuervo (como cuenta la leyenda griega) sino, la Paloma que descendió de lo alto? ¿Quién fue el verdadero auriga que vino del oriente y entró victorioso en nuestro mundo y venció al mal? Cada año revivimos la Pascua de Resurrección como si fuera hoy mismo. El cirio pascual entra en el templo luminoso venciendo a las tinieblas. Cada Pascua es un recordatorio para el maligno de que, con astucia, fue derrotado, como cuando lo del caballo de Troya, en su propio escondrijo. Allí, el sábado santo, entró Cristo e hizo pedazos al nudo de todos los nudos que ataba irremediablemente a la criatura humana. De allí, Jesús, el Victorioso, alzó a Adán y Eva y les devolvió la dignidad humana, la libertad, y les hizo hermanos suyos.

¡Hoy, sólo Él, si le dejas entrar en tu vida, es el único que puede irte despertando, desatando, levantando, dignificando!

¡Mira! No hace falta que huyas del mundo. El mundo no es malo ni es tu enemigo. No hace falta que entres en trance ni que practiques artes de armonía interior, pues Él sosegará tu alma y te reconciliará contigo mismo. Y ya no habrás de temer al maligno nuca más, pues Él es el más fuerte que le venció para siempre.

¡Vive, joven novicio! ¡Alégrate y gózate de la victoria de Cristo! La suya es la tuya. ¡Alaba al Señor, con todas tus fuerzas y dale gracias en medio de las cosas sencillas de la vida! ¿Quién dijo de nudos gordianos? No existen. Y, si existieron, fueron partidos en dos. Sé un monje feliz y cuenta a los demás quién te desató y ayuda tú también a desatar a otros. Así también tú serás sabio, tú también irradiarás paz interior, tú también someterás al maligno: ¡No tú, sino Cristo en ti!

Silencio, paz, presencia… humildad.

Fray Bernabé de san José

13 de abril de 2018

 

“Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado (desatado) a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta éste sano ante vosotros”. (Hch 4,8-10)

 

P.D. ¡Feliz y gozosa Pascua de Resurrección!

¡Ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!

¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!

Reflexiones

El amor que se hace Palabra única en el silencio de Dios, en la cruz, nos ayuda a comprender el fondo de la historia

Silencio y cruz

          Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Sólo desde el silencio que es Dios, sentencia que encontramos escrita al acercarnos al monasterio, puede mirarse la historia de los hombres y mujeres como una búsqueda del Amado que compartimos. La humanidad está herida de amor, porque en su origen se descubre creada para hacerlo vida, porque hemos sido a ello predestinados, para alcanzar la verdadera libertad.

            ¿Qué ha ocurrido a lo largo de los siglos? No dejamos de ser testigos de que la historia parece mostrarnos lo contrario. Los hombres se han convertido en enemigos los unos de los otros, haciendo del proyecto humano un camino de muerte. Se trata de la visión que nos ofrece una mirada hecha desde nuestros ruidos, nuestros deseos centrados en nuestros intereses, pero nada puede impedir esa esperanza que brota del silencio, la que nos permite descubrir la realización de la verdad de lo que somos en el amor.

            El amor que se hace Palabra única en el silencio de Dios, en la cruz, nos ayuda a comprender el fondo de la historia. Cuando por gracia he podido vivir en la soledad de una ermita, envuelto en el silencio y dentro de este bendito valle, la soledad de Cristo en la Cruz, se me hace portadora de ese mensaje único: La humanidad, su historia que se extiende a lo largo de los siglos, pero que tiene su centro de sentido en ese misterio de la Cruz, la puedo vivir como mía, a semejanza de Cristo que la siente suya, y que me invita a descubrir que mi misión en ese lugar no es otra que la de romper esa superficie helada de los hechos que me recuerda el relato de guerras y contiendas entre los habitantes de esta tierra, y descubrir para todos el volcán de fuego, el fuego de una búsqueda amorosa que alentó la vida de todos los místicos, y que tuvo su feliz erupción en la Cruz de Cristo, donde en el silencio se escuchó la única Palabra que da sentido a todo lo acontecido en el mundo, la Palabra pronunciada desde siempre: “Tu eres mi Hijo Amado”, y en el silencio ha de ser oída del alma.

 P. Francisco Brändle

Reflexiones

Cristo es mío y todo para mí

Cristo

Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre.

Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón.

San Juan de la Cruz

Reflexiones

Mi amado, los valles solitarios nemorosos

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Son las 6:45 de la mañana, como todos los días dejo mi ermita que me acogió en el descanso nocturno para dirigirme a la capilla, donde en comunidad uniremos nuestras voces a la alabanza de toda la creación. En el pequeño tramo entre la ermita y el convento central, alzo mis ojos al cielo; de ambos lados, se elevan copiosas montañas formando un hermoso valle. Esta actitud tan espontánea y tan común en los miembros de esta comunidad eremítica está envuelta de significado.

       Las montañas cercan este monasterio como los brazos amorosos de Dios que cerca a su pueblo de cariño y protección (Sal 125, 2). A cualquier lado que miremos depararemos con montes y colinas que hablan de la grandiosidad del Creador. Delante de algo tan grande e imponente experimentamos nuestra pequeñez. “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Sal 8,4). La constatación de nuestra miseria, lejos de aprisionarnos en pensamientos negativos, nos lanza confiadamente en la misericordia de Dios, único remedio para nuestra debilidad.

            Entre las diversas elevaciones que forman este valle hay una que emite un mensaje singular. Su peculiaridad no está en el formato de sus rocas, ni en la hermosura de su vegetación, tampoco por ser la más alta de todas. Lo que le hace única es por sustentar una sencilla cruz, haciendo memoria del Calvario y del hecho redentor de Cristo por toda la humanidad. ¡Ave crux, spes unica! Si la naturaleza nos habla de la grandiosidad de Dios, la cruz, nos indica su kénosis. Un Dios tan excelso, que en su amor por sus criaturas, se abaja para elevarla a la plenitud.

Fray Emmanuel María

 

 

Reflexiones

San José y Santa Teresa

En el tramo de marzo, nuestro camino hacia la Pascua nos ofrece dos posadas donde hospedarnos y descansar un poco, para continuar luego la marcha con las fuerzas renovadas. Son las solemnidades de San José y de la Encarnación de Nuestro Señor. En esta ocasión, quiero detenerme en la fiesta del glorioso Patriarca y, ya que estamos en un desierto carmelitano, centrarme en la estrechísima, en la íntima relación que vivieron Santa Teresa de Jesús y San José.

Antes de Santa Teresa, José apenas era conocido ni venerado por el pueblo de Dios. Pasaba más bien desapercibido, a la sombra de María, su santísima esposa y de Nuestro Señor Jesús, su hijo legal. Teresa, bien por tradición familiar o bien por influencia de alguna lectura, empezó desde bien pronto a tenerle devoción y a encomendarse a él en sus dificultades materiales y espirituales. Y la intercesión de tan glorioso abogado, a la vez suave y poderosa, no se hizo esperar. Tras una larga y dolorosa enfermedad que la dejó totalmente tullida desde los veinticuatro a los veintisiete años, cansada de los falsos remedios que le prometían los médicos de la tierra, tomo por abogado a San José y recobró milagrosamente la salud. Desde entonces los favores del santo Patriarca para con su hija predilecta no cesarían hasta el final de su vida.

Merece la pena que escuchemos directamente a la Santa: “Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo; de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que, así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre -siendo ayo- le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide” (Vida 6,6). Y un poco más abajo insiste: “Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere; y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso patriarca y tenerle devoción. En especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas […]. Quien no hallare maestro que le enseñe oración tome este glorioso santo por maestro y no errará en el camino” (Vida 6,8).

Está claro, pues, cuánto le debe Teresa a José. Pero ¿cómo se lo paga ella? Con amor, pues amor con amor se paga. En primer lugar, reconoce que su reforma va saliendo adelante gracias a San José, al que considera fundador de su primer monasterio. De hecho, San José será el titular de esta primera fundación teresiana: San José de Ávila. A partir de entonces dedicará al santo Patriarca la mayoría de los diecisiete conventos reformados que funda: San José de Medina, San José de Toledo, San José de Salamanca… A fines del XVIII más de doscientos conventos están dedicados a este Santo.

No sólo entre las monjas y frailes de la descalcez carmelitana, sino en todos los ámbitos religiosos y eclesiásticos, entre la nobleza y entre el pueblo llano empieza a conocerse, a venerarse y a amarse a San José. Los niños y niñas empiezan a bautizarse con el nombre de José, Josefa… Se va extendiendo también el apellido religioso de San José: María de San José, Rafael de San José… Y al final, San José es nombrado patrón universal de la Iglesia, de los seminaristas, de los trabajadores… Bien podría ser también el patrón de la vida religiosa, porque ¿quién le gana en castidad, pobreza y obediencia?

Desde entonces, miles y miles de personas han experimentado la acción benéfica de San José en sus vidas. Amados hermanos y hermanas, seamos muy amigos de San José. Si para Teresa la oración es “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Vida 8,5), dediquemos también un ratito todos los días a tratar con San José, que nos ama como nuestro padre que es.

Pero sobre todo yo os invito a imitar a José. Admiremos a José como el más grande santo de la Iglesia después de María, pero, en la medida de lo posible, imitémoslo también. Él puede ser para nosotros modelo de tantas virtudes… De trabajo, de humildad, de sencillez, de oración, de castidad, pobreza y obediencia, de silencio… Estemos tan unidos a José que con Teresa podamos decir que es nuestro “verdadero padre y señor”.

P.D.: Ya se me olvidaba: Batuecas también está dedicado a San José: es el Santo Desierto de San José del Monte.

Pablo María

Reflexiones

La naturaleza que enamora

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             Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            En Batuecas no vas a encontrarte con la naturaleza, es que la naturaleza viene a ti. Si estás en onda con esa sencilla afirmación: “Dios es el silencio del cual proceden todos los sonidos”, se comienzan  a sentir los sonidos de una naturaleza que enamora porque está llena de hermosura. La que muestra el amor del que procede, y te enamora. La mirada de Dios que creo esta naturaleza, la llenó de hermosura, su realidad más profunda es un canto de amor que llena al que la contempla. El amor con el que respondo me hace respetarla e ir deleitándome en ese sonido que viene del silencio de Dios. Dios no me habla por muchas consideraciones que yo pueda hacer en torno al origen de la creación, sino por ese sonido que de Él procede y que me recrea y enamora, a través de esta sonora naturaleza que me envuelve en el amor de Dios.

            Me sucede que como en un “flash” la imagen que en determinados momentos contemplan mis ojos descubre una armonía tal que su “sonido”, su hablarme, se hace silbo amoroso. No se rompe el silencio de mi contemplación, de Él surge el sonido. Si mi oído está muy dañado, se me escapa este sonido último, y me viene el desagrado porque no descubro esperanza en el morir de tantos elementos de la naturaleza, porque la veo agresiva ante mis deseos de dominio ante ella. Necesito de nuevo volver a escuchar el silencio de Dios, y dejar que nazcan los sonidos que de Él proceden, y poder así volver a contemplar esa bella creación que me enamora y vuelve a salir a mi encuentro para descubrir mi singular puesto dentro de ella y venir a ser parte de esa armonía única de todo lo creado.

 

Fray Francisco Brändle