Alzaré la copa de la salvación

Cristo y el santo Cáliz, Juan de Juanes, s.XVII

“Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre” (Sal 115). No dudé en identificar la copa de la salvación, con la copa que Cristo levantó recordando en la última cena que era la copa de su sangre. Sabía que con ello al tiempo que celebraba su vida entregada por nosotros, se anunciaba el banquete del Reino en el que compartiríamos la copa de la salvación, que es la vida de Dios en nosotros. Pero lo que llenó mi momento de oración de la presencia amorosa de Dios fue descubrir que esto se hacía invocando su nombre. En su nombre recordamos siempre que fuimos bautizados, y lo éramos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Evocar la Eucaristía con el recuerdo hecho vida del nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu me hizo despertar a una conciencia más viva de lo entrañablemente unidas que están las personas divinas y que no podemos evocar los misterios de la fe cristiana sin recordarlo. Alzar la copa de la salvación, evocar la vida de Jesús entregada por nosotros, ha de hacerse dentro del misterio trinitario, si en él fuimos sumergidos al ser bautizados, en esa misma vida nos mantenemos al participar de la mesa eucarística. Sentía hasta qué punto vivir la Eucaristía en toda su plenitud es hacer presente en mi vida la vida trinitaria. Confesar que creo en el Dios de Nuestro Señor Jesucristo es hacer posible una vida teologal vivida en el misterio de Dios-Trinidad, pero al mismo tiempo era encarnar en mi pobreza la vida de Dios. Mi condición hacía posible que Dios se encarnara en mi vida, con todas sus limitaciones, que Él iría transformando. Podemos alzar la copa de la salvación al tiempo que invocamos su nombre.

F. Brändle

la paz contigo

Picasso, 1950′

“Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: la paz contigo” (Sal 121,8). Era el versículo del salmo que quería llevar a la oración. Pensaba que con él podría pedir por mis hermanos de comunidad, por el buen entendimiento entre todos y con ello encontraría el silencio y el recogimiento que esperaba para mi oración. Una vez más me sorprendió al comenzar el silencio, que nada de esto se me hacía vivo, me veía abierto a otra forma de darle paso en mi vida. Con el sólo repetir del versículo entendí que la paz, el saludo mesiánico, el que anuncia la presencia de Dios en la vida del hombre, era el que dirigía a la nueva humanidad, Jerusalén celeste que todos esperamos; y lo hacía, justamente porque vivía en una pequeña comunidad, signo u símbolo de la futura. No se trata de achicar el horizonte de la paz que buscamos y deseamos. Cierto que la cultivamos y vivimos en medio de las personas que nos rodean: familia, comunidad, compañeros de trabajo, pero la hemos de vivir siempre con la esperanza de que es algo que tiene dimensiones mucho más grandes, que ha de alcanzar a todos los hombres, que se superarán las divisiones pequeñas, si tenemos un horizonte más grande donde proyectar nuestros deseos de paz. Sí, claro está, sin utopías o sueños quiméricos, si tal paz era mi deseo en la futura Jerusalén, lo era porque trataba ya de vivirla entre mis hermanos y compañeros: “por mis hermanos y compañeros”.

F. Brändle

Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares

Las Espigadoras, Millet, 1857 Museo de Orsay

“Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares” (Sal 125). Una afirmación tan sencilla encierra una hermosa enseñanza. La experiencia no es la relativa a una vez, sino a los ciclos que se van sucediendo año tras año. Así se me fue clarificando el contenido de este versículo. Es fácil, pensar que un momento de prueba acabará, pero cuando la prueba nos envuelve, se nos hace definitiva y última. Nos vemos abocados a esperar más allá de nuestros cálculos. Y sucede que la prueba se pasa. La alegría de la cosecha la volvemos a vivir como algo que ya no se acabará, pues la vivimos después de haber pasado la prueba. Lo cierto es que se vuelven a suceder momentos de lágrimas y dolor. Y así en ese cíclico devenir nos sorprende la vida. Llegamos a admitirlo, pero lo que es más difícil llegar a descubrir es que no son ciclos eternos de vida que no cambia ni se transforma. Lo que realmente sucede es que cada período de siembra va madurando nuestra cosecha, para hacerla más auténtica. Que la prueba de las lágrimas nos va abriendo un camino de transformación que nos eleva y hace que lo que vivimos lo podamos hacer con mayor entrega y abandono, hasta llegar a vivir la prueba última y definitiva, que nos abrirá las puertas de la cosecha eterna.

F. Brändle

Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante

“Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante” (Sal 114). Estas palabras del salmo me adentraron en la oración. Dejé pronto de pensar en mi pobre amor al Señor y me fui quedando envuelto en lo que no había caído en la cuenta en otras ocasiones: el escuchar de Dios. Nunca me había parado en ello, porque lo identificaba como un oír una petición como tantas que se pueden dirigir a alguien que está ahí para responder sin más a los que piden algo, si ve que les conviene o que puede hacerlo.

Si Juan de la Cruz pudo decir con verdad que el mirar de Dios es amar, yo ahora me parecía ver claro que el escuchar de Dios es amar. Que toda la vida del hombre, que se pondrá de manifiesto como envuelta en tristeza y angustia a lo largo del salmo, era esa palabra que el hombre dirige a Dios para que le escuche, y que lejos de ser escuchada en la indiferencia, era acogida en el más puro amor. Pude entender que todo el salmo era una llamada a vivir la resurrección, porque Jesús en su entrega en la Cruz, fue escuchado, amado entrañablemente por el Padre, y caminará para siempre en el país de la vida. Se me puso de manifiesto que toda mi vida estaba delante de Dios como una palabra que Dios escuchaba desde su inmenso amor al hombre. Sentí crecer la confianza y se me fue haciendo luz para descubrir que estamos siendo con nuestra vida una palabra de hombre que Dios escucha, porque siempre tiene inclinado su oído hacía mi, en este día que es nuestra existencia hecha invocación a Dios.

P. F. Brändle

Eres príncipe desde el día de tu nacimiento

Cena en Emmaus 39 x 42 cm, c. 1628 Rembrandt

A lo largo de esta octava de Pascua, cada tarde, en el rezo de Vísperas se recitan estas palabras del salmo 109: “Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados, yo mismo te engendré como rocío antes de la aurora” ¿Dónde encontrar esos esplendores sagrados, que no dependen de los rayos de la aurora? ¿qué luz es esa que engendra la Vida? Todo parece remitir a un nacimiento nuevo, el nacimiento de la Vida que supera la muerte. El renacer del Resucitado. Mi oración seguía envuelta en el misterio de esos resplandores sagrados que me hablaban de una luz nueva. Las fiestas gozosas de Pascua de Resurrección nos dan testimonio de esta Luz de la Vida en la que ser alcanzados por Dios. Con San Juan de la Cruz entendí que esa Luz de la que salen esos resplandores sagrados en los que descubrimos al Resucitado, al nacido a la Vida, es la que arde en el corazón. Por ella somos guiados en la noche de nuestra vida que se hace noche pascual. El fuego del amor se hace resplandor sagrado en el que Dios hace nuevas todas las cosas que por amor fueron creadas y por amor transformadas para alcanzar la plenitud de su ser en Dios. Con la Resurrección podemos hablar de aquel nacimiento que coloca a Cristo como príncipe, cabeza de la nueva creación, que surge en medio de la noche, como rocío, antes de la aurora.

F. Brändle

¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!

La Resurrección de Cristo, Rafael Sanzio, 1499-1502, Museo de Arte Sao Paulo, Brasil

Con este grito de júbilo pascual, no dejamos atrás lo vivido en Navidad, en la Pasión, para poder celebrar la Resurrección. Todo se vive en el misterio de Dios-Trinidad. Las tres Personas están en el misterio de la Encarnación, del Nacimiento, de la Pasión y de la Resurrección. Hoy celebramos la Resurrección como culmen de la revelación de Dios que hemos ido viviendo en cada misterio de la vida de Jesús, que encierra el misterio de la creación en su plenitud.  En este Triduo pascual, el canto de los improperios: ¿Pueblo mío, qué te he hecho, en qué te he ofendido?. Respóndeme, lo viví como ese lamento divino, en el que el misterio de Dios se desvelaba en su maravillosa acción en la historia amando siempre al hombre. Y ese Dios era el misterio de las tres personas actuando siempre en esa indivisible unidad y en su inconfundible identidad. Por eso siempre se me hizo difícil separarlas, alejarlas. No podía entender un Padre eterno que abandona al Hijo, un Hijo que se lamenta del abandono del Padre. Sí, es cierto que los evangelios recogen el comienzo del salmo 21: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Pero es el comienzo del salmo, y no la clave del mismo, que Jesús recitaría acabando en la confianza en Dios. Es el verdadero abandono de quien se sabe entregado por el Padre para mostrar su amor a los hombres. El Padre nos ama, entregando al Hijo que así puede darnos el Espíritu.

                  El misterio de la Pasión y muerte nos ha de llevar a descubrir que el Hijo no se sintió abandonado del Padre, sino entregado por Él a los hombres, abandonándose Él voluntariamente al Padre, para poder entregarnos su Espíritu, el Amor que de Él recibía para dárselo a los hombres. Hoy podemos celebrar la Resurrección como culmen de la obra de Dios, que nos llama a vivir totalmente su misterio trinitario. La Creación, la Historia, asumidas por Jesús, son llevadas en él, a través de su vida y muerte, a la resurrección, que hemos de vivir siempre en esperanza aguardando el día que se desvele plenamente su fuerza salvadora. Ahora sí que podemos celebrar la Vida escondida en Dios y revelada a los hombres en Jesús resucitado. La Vida que todo lo inunda desde su origen en el Dios Trinidad. Ahora se nos abre nuestra vida descubierta en la creación, en la historia y en uno mismo a la Vida divina, volviéndose así trinitaria. Se nos abre la vida, egoísta y cerrada, para hacerla trinitaria. Se nos abre la vida para sentir las tres Personas divinas en nosotros hechos comunidad humana, expresada en la Iglesia, en la creación hecha lugar en que vive y mora la gloria de Dios. Sentir en nosotros el abrazo inmenso del Padre al Hijo entregado y abandonado en Él, para derramar, haciéndolo todo nuevo, su Espíritu, contemplado en el cuerpo resucitado del Señor. Cristo resucitado nos abre la vida para sentir el Misterio de Dios Trinidad, las tres divinas personas viviendo en nosotros, no como individuos, sino como ese gran Misterio de Amor que culmina su revelación en la resurrección. Cristo resucitado nos abre la vida para contemplar la creación vestida de hermosura, donde mora la honra y gloria de Dios. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

F. Brändle

Señor Ten Misericordia

“Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra Ti” (Sal 40). El versículo de este salmo me era familiar, es una de las fórmulas litúrgicas para la petición de perdón, al comienzo de la celebración de la misa, u otras celebraciones. No obstante, quise hacerlo más vivo en mi oración. Se fue despertando mi conciencia a un sentimiento de culpa, que no nacía de mi examen de conciencia, sino de mi conciencia de ser pecador. Me pude con ello hacer más consciente de que sólo de esa manera podría acercarme a Jesús, que ha venido a llamar a los pecadores. Me fui sintiendo muy cerrado en mí mismo, y necesitado de salir, de librarme de ese yo, que me impide confiar plenamente en Dios misericordioso que se acerca a mí para salvarme. Sentí que ahí estaba mi pecado y reconocerlo era vivir la verdad de que soy pecador.  Ahora podía decir con verdad: “sáname”, ven a salvarme, porque ahora sí que puedo confiar en ti plenamente. La súplica que tantas veces había oído y concienciado en un contexto tan marcada por la llamada reconocer pecados, me había hecho olvidar que había que ahondar más y llegar a esa conciencia de pecador que al leer el salmo y repetir este versículo en una oración silenciosa se me hizo tan viva. Es verdad que esa realidad de ser pecador me puede llevar a fallos morales, pero es mucho más verdad que sólo desde la gracia puedo llegar a reconocer que soy pecador, y necesito ser salvado.

F. Brändle

Mi boca hablará sabiamente

Pórtico de la Gloria, Santiago de Compostela

Leo y oro con el salmo 48: “Mi boca hablará sabiamente y serán muy sensatas mis reflexiones”. No puedo creer que se me invite con ello a una postura autosuficiente: “¡qué bien lo vas a hacer todo! Me inclino a pensar, y así lo viví, que se trata de un deseo de acercarme a comprender mi vida. ¿Podré dar a entender lo que es mi vida? ¿Podré ser testigo de una verdad que se hace comprensible sólo desde el amor? Orando con este deseo llegué a comprender que poder expresar la verdad de mi propio ser no está ligado a mis éxitos, a mis riquezas, a mi mucho conocer, -como luego desarrollará el mismo salmista-, sino a mostrar a saber decir con sabiduría que respondo a un proyecto divino, que me permite escapar de las garras de todo aquello que me hunde en el abismo de mi autosuficiencia. Llegar a expresarme en una vida que sea digna de esa estima y aprecio que me liberan de egoísmo y abren a la comunión. Con ello se llenaba de sentido mi vida y podría también abrir mi modo de entender la vida en el misterio de una existencia abierta a la luz, a lo que tiene razón de ser más allá de unos cálculos cerrados en un materialismo insolidario. El salmo 48, todo él, era una sensata reflexión que llenaba mi oración de confianza.

F. Brändle

Cabalga victorioso por la verdad y la justicia

“Cabalga victorioso por la verdad y la justicia” (Sal 44). Para la comprensión de este versículo del salmo 44 se me abrieron las puertas con el título con que se reza en la liturgia: “las nupcias del Rey”. ¿Qué Rey?, ¿qué nupcias? Si es la iglesia quien ha colocado este título sin duda que se trataba de Jesús, el Mesías. Cristo ungido por el Espíritu. Sus nupcias lo eran con la humanidad, y se trataba de cantar los frutos de esta unión. Al cabalgar victorioso del Rey, se habría de unir la esposa, y lo mismo en el modo de hacerlo, por la verdad y la justicia. Entendía, sin razonarlo, que se nos llamaba a los hombres a cabalgar victoriosos, es decir a lograr liberarnos de lo que nos ata, de nuestro modo de ser hombres, que nunca alcanza ese modo liberado de serlo en Cristo. Cristo es la medida de esa nueva humanidad libre y victoriosa. Su victoria, que incluye la de la cruz, que celebraremos en Pascua, es un cabalgar en total libertad por la verdad y la justicia. Es ser auténticos y verdaderos seres humanos que alcanzan lo que realmente tienen que ser a través de una salvación, justicia, que viene de Dios. Así se hace verdaderamente Dios presente en el mundo, porque le dejamos ser Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios que se encarna en la nueva humanidad. Seremos al fin, hombres teologales, que son capaces de salir de sus meras rezones y costumbres para alcanzar a Dios y lo hacen en la confianza y esperanza que Jesús, al que aclamamos como Rey victorioso, nos ofrece y enseña a vivir.

F. Brändle