Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre

“Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre” (Sal 112,2). Este versículo tan conocido del salmo 112, me ha llenado de luz y amor en esta tarde del sábado que lo hemos orado en el rezo de vísperas. Bendito, bendecido. Me parecía que el mismo Dios me hacía vivir su presencia de ese modo pasivo, siendo mi vida la que se constituía en el espacio en el que era bendecido. No se trataba de que desde mi oración buscara yo  bendecirlo. Era Él quien dejándole se bendecía en mi vida, puesta ante Él. Por eso entendí también que estaba sucediendo, “ahora”, que en mi oración silenciosa acogía su Palabra, pero que eso era ya vivir lo que había de ser “siempre”. Nuestras vidas serán “siempre”, en la dimensión eterna de nuestro vivir, bendición de Dios. El versículo cobraba todo su sentido. Entendí mejor por qué la iglesia lo repite en algunas ocasiones antes de hacer descender la bendición de Dios, sobre los fieles.

F. Brändle

Presencia

“Que te sostenga el Dios de Jesús”. En el camino de Israel se deseaban unos a otros ser sostenidos por el Dios de Jacob. El patriarca, los patriarcas, eran la referencia con la que encontrar al Dios de la Alianza. El único que podía salvar a su pueblo de los peligros. Nosotros desde la nueva condición frente a Dios que nos brinda el evangelio podemos confiar en Dios de modo nuevo, lo hacemos porque nos abrimos a su amor a través del evangelio. La enseñanza de Jesús nos abre el corazón para podernos desear el ser sostenidos por su Dios. Son muchos los momentos en que necesitamos sentir este apoyo, esta certeza de que el fundamento de nuestro vivir no está en seguridades que podamos darnos, sino en la fe que nos abre a una nueva forma de estar seguros: “nos sostiene el Dios de Jesús”. Su apoyo va más allá de nuestros cálculos. Va incluso más allá de la muerte. Para vivirlo necesitamos descubrir su presencia en el amor en que nos envuelve, en la paz que nos regala. Sintámoslo así, y deseémonos unos a otros que “nos sostenga el Dios de Jesús”.

F. Brändle

O TODO O NADA

A veces siento ahí fuera, en el mundo, que hay miedo a la radicalidad. Es verdad que “los radicales” a veces son intolerantes, son violentos, son exclusivistas…


Pero entiendo que hay otra cara de la radicalidad mucho más profunda, mucho más sana, mucho más humanizante. La radicalidad de la buena, disipa a veces esa eterna duda enfermiza que impide tomar decisiones que hacen cimientos de vida. Genera asertividad que ayuda a andar con paso firme, sin titubear. Fortalece el alma frente a las inclemencias de un mundo relativista que cambia a toque de modas y tendencias. Ser radical también es signo de buena salud, de esperanza, de hermosos proyectos que construyen un mundo nuevo y en continuidad creativa. Las nadas de San Juan de la Cruz me hacen buscar este tipo de radicalidad evangélica.


En estos días, he sentido de nuevo la llamada permanente de Jesús. Mi corazón quiere responderle siempre sí. Mi mente descubre tres razones contundentes para dejarlo todo y seguir al Maestro:
• ya no tengo nada importante que perder,
• pero aún tengo todo por perder,
• porque puedo perder al Todo.
Definitivamente, mi corazón tiene aún sed juvenil de radicalidad. Las canas dan experiencia, pero la juventud da coraje y arrojo. Señor, conserva la frescura de mi corazón sediento, aunque mi cuerpo flaquee.

Fray Bernabé de San José

RECICLANDO

Nebulosa del Mono, polvo de estrellas. Foto: NASA, ESA, and the Hubble Heritage Team (STScI/AURA)

La vida contemplativa nos tiene siempre como iniciados y principiantes.
Mirar a Dios y dejarse mirar por Él nos hace siempre más humildes, más sinceros. (A aquella persona que amamos y que nos ama, es muy difícil ocultarle nada; ni podemos ni realmente queremos hacerlo).

Errar es de humanos. No es fácil analizar bien, elegir bien y realizar bien dando frutos buenos. Igual que en una cadena de producción eficiente, los artículos defectuosos no son descartados sin más para pura basura, sino que son reciclados; así debiéramos hacer nosotros con nuestros fallos humanos. “De los errores se aprende”, dice el dicho popular. Hay muchos de nosotros que vamos guardando nuestros errores en el cajón de los fracasos. De vez en cuando, lo abrimos y los repasamos torturándonos inútilmente.


La cruz es como ese cajón: suma de todos esos fracasos de los hijos de Adán. Jesús abrió nuestro cajón y empezó a escarbar y a apartar, buscando y buscando cada uno de nuestros corazones. Los fue reciclando, resucitando, uno a uno en el Amor.


“¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!”


De la basura de nuestras miserias, el Creador hizo abono, replantó el árbol del género humano y lo revivió haciéndolo mejor que cuando lo creó. ¡Y cuántos frutos buenos ha dado, está danto y dará!
Aprender esta lección es plantarle cara a nuestros errores y pecados con el Amor entrañable que Cristo pone en lo profundo de nuestros corazones.


No te lamentes, ¡recicla! Dios está contigo. Él es el que hace posible, con su gracia, que tus pecados sean transformados en frutos de amor eterno.

Fray Bernabé de San José

Hacia la Cima

Durante demasiado tiempo había renunciado a lo más alto. Dudas, cálculos egoístas, fracasos, miedos… Había dejado de apuntar a la cima. Me decían: “los quijotes, los ícaros, los noés son gente loca, fanática, soñadora…”
Un día alguien me habló de una virtud olvidada: la magnanimidad (grandeza de alma). Es parienta de la generosidad y del amor. Y yo me decía, ¡qué bella es! Pero me sentía débil, indigno de poseerla. Deseo, ansío, aspiro, sueño con ella para lanzarme sin medida a lo alto; pero la fuerte gravedad de mis pobrezas me impide volar: mi debilidad, mi fragilidad, mi miseria, mi pecado…
Rogué a Dios, ¡libérame!

Y entonces descendió del cielo una misericordia entrañable que cortó mis ataduras.

Entre mi sed de magnanimidad y mi debilidad, es tu misericordia, Señor, la que me hace volar. Tú eres mi equilibrio. Tú eres la única realidad, la única verdad.
Todo es vanidad, todo es humo, todo es virtualidad, si Tú no vienes, si Tú no estás, si Tú no eres.
Tú eres Todo. Sin ti sólo hay nada; y nada es nada.

Humildad, humildad, humildad. Con las alas de la confianza, que Dios me regaló, y con el soplo de su misericordia infinita, voy remontando mi vuelo día a día hacia la cima del monte. Sí, es posible. No es un sueño. Es realidad.

Fray Bernabé de San José

Desbordo de Gozo

“Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas” (Is 61,10). Este texto de Isaías, que leemos al recordar en la liturgia a María, nuestra Madre, lo he querido saborear de modo especial al comenzar este mes del Carmen, el mes de julio. Como carmelitas, también aquí en Batuecas,  lo queremos vivir con este recuerdo entrañable de la Madre y Reina del Carmelo. Tengo que reconocer que no siempre he estado a tono, para disfrutar de este texto. Me parecía que tal gozo y alegría lo expresaban, lo vivían, quienes habían llegado a una vida bienaventurada. Tengo que decir que ahora he podido caer en la cuenta, leyendo a San Juan de la Cruz, que ese gozo y esa alegría no nacen del haber alcanzado una meta, sino de haber descubierto una vida interior que es la verdadera. La que Jesús vivió, y María como verdadera discípula cantó, aún antes de haber dado a luz a su Hijo, al haber reconocido la maravilla de la Encarnación. Desde aquí comprendo el puesto de María en el Carmelo, ella nos ayuda a descubrir el sentido de nuestra vocación contemplativa nacida de la escucha de la Palabra, que se pronuncia en el eterno silencio de Dios. Nuestra condición humana esta ya abierta a esa comunión, que hace que pueda entender que Dios nos ha vestido con un traje de gala y envuelto en un manto de triunfo. Podemos vivir en la dimensión más auténtica de gozo y alegría, siempre que descubramos al dios que nos viste un traje de gala y un manto de triunfo.

F. Brändle

No juzguéis

Último Juicio, Michelangelo, 1541, Capilla Sixtina

“No juzguéis y no seréis juzgados”, (Mt 7,1): Otra de las enseñanzas de Jesús que nos parece imposible llegar a cumplir. Al menos yo así lo percibía desde mí y escuchando a los demás. Por otro lado pensaba que Jesús no vino a imponer una forma de vida para “superhombres” que son capaces de hacer lo imposible. El ejemplo con el que concluye su mandamiento me iluminó su sentido. ¿Qué viga tengo en mi ojo, que me impide ayudar a mi hermano?: Mi forma de entender la vida. No llego a descubrir como Jesús que no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo (Jn 3,17). Sólo con la confianza que Jesús me enseña a tener en el Padre, que también a mí me envía a salvar al mundo, podré acercarme al hermano con verdadero talante salvador. Sólo así podré dejar de ser juez de nadie y sí salvador de todos. El cambio es radical, ciertamente, pero no un radicalismo devastador, sino totalmente creador de una nueva sociedad, de un orden nuevo, basado en el Dios que salva, y salva entregándose, no exigiendo. Que salva siendo principio de vida y no de muerte. Nuestra fe cristiana nos ofrece la posibilidad de ofrecer a los demás este testimonio. Nuestra iglesia, hoy más que nunca, tiene que ser ese signo de salvación, que hace a todos los hombres hermanos, y los lleva a la verdadera comunión, que nace de la comunión con Dios. No olvidemos que eso es la iglesia sacramento de la unión del hombre con Dios y de los hombres entre sí (LG 1).

Francisco Brändle

no os agobiéis

Cristo, Tiziano Vecellio, 1565, Hermitage

“Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura, No os inquietéis por el mañana…” (Mt 6,33-34). Cuando estas palabras resonaban en mí, se me hacía difícil pensar que Jesús impusiera algo, para poder seguirle tan alejado de lo que es ser hombre: como el poder evitar al inquietud. Creí acercarme a Jesús más, descubriendo que Él conoce nuestros miedos, conoce nuestra preocupación por el mañana, y no lo condena. Su palabra nos invita a salir de ello, con una nueva experiencia de lo que es el Reino de Dios, y su llegada a nosotros como salvación. Esa experiencia brota de su propia condición humana. De su ser verdadero hombre.

Como muchos de nosotros el pudo comprenderse como “hijo de Dios” que sube a lo alto de un monte y siente que todo es suyo, que no tiene por qué agobiarse. Es una de sus tentaciones, y es la nuestra, que subidos a los montes nos sentimos dioses que dominan todo. Son nuestros modos de entender a Dios, de relacionarnos con Él, siendo capaces de superarlo todo, porque creemos en ese Dios todopoderoso al que obedecemos nos responde con la seguridad de que está con nosotros y nos ayuda haciéndonos “superhombres”.  Pero Jesús nos invita a creer en un Dios que cuida e los pájaros en su debilidad. No que les hace fuertes y poderosos sino que cuida de ellos en su misma debilidad. Que viste a las flores del campo, los lirios, que no pueden lucir sus galas más que unos momentos, pero Él no le da un traje salvavidas, sino un traje tan bello que nada hay que  lo iguale entre los muchos vestidos que pueda crear el hombre. La experiencia de Jesús, la cercanía de Padre, mirando a los pájaros y los lirios, es la que Él nos invita a vivir cuando nos amenazan tantas dudas ante el futuro: “no os agobiéis”, no es un mandato es una invitación preciosa a vivir el momento en el que estamos teniendo muy cerca al Dios que nos cuida en nuestra debilidad, aunque no nos haga poderosos. 

F.Brändle

Eucaristía

El misterio que celebramos, el Dios escondido en el vivo pan de la Eucaristía, en Batuecas lo celebramos con una procesión no común, pues el Santísimo Sacramento lo llevamos hasta la ermita que lleva su nombre para allí hacer unos momentos de adoración. Esta ermita se construyó para ello, y en recuerdo a lo que pudo ser en el pasado en este día hacemos la procesión hasta este lugar y allí, en la ladera del monte, sentimos muy cerca la creación con todas sus criaturas.  El camino es forzoso hacerlo en medio de la naturaleza, de modo que se hacen elocuentes las palabras de Juan de la Cruz en uno de sus poemas. “Aquí (en la Eucaristía), se está llamando a las criaturas y de esta agua se hartan aunque a oscuras”. Esta hermosa experiencia la reflejó muy bien nuestro Papa Francisco en su encíclica “Laudato si” cuando escribió: “En el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a Él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios… La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. En el Pan eucarístico, la creación está orientada hacia la divinización…” (Laudato si, n.236). El misterio eucarístico que celebramos gozosos en este día, nos ayuda a contemplar la creación entera surgiendo de él y viviendo de él. El sagrario donde lo veneramos no es una cárcel donde se encierra, sino el punto central de ese inmenso mar que tiene su centro en Él, del que salen las ondas y a Él vuelven en un continuo fluir de vida verdadera. Nuestra procesión en medio de la naturaleza me lo hace revivir cada año.

F. Brändle

Santísima Trinidad

Santísima Trinidad, Andrei Rublev, 1410

“A Tí, gloria y alabanza por los siglos”. Me preguntaba: ¿Cómo vivir esta exclamación, tan propia del día en que celebramos el misterio de la Santísima Trinidad? No puede referirse a una pura exclamación de los labios, había que llenarla de contenido. Lo hacemos cierto en la liturgia, que quiere vivir lo que la exclamación encierra. Y sería el culmen de algo que ha de encerrarse en la vida de cada día. Mi vida hecha vida de Dios, no tiene otro camino que descubrir como hacerse teologal. Recordé lo que todos sabemos, tres son las virtudes que llamamos teologales. Porque sólo se pueden vivir con esa referencia directa a Dios, y las fui repasando. Vivir desde la fe, es llegar con la Sabiduría de Dios, la del Hijo, a descubrirlo todo en ese proyecto de Dios, que he de encarnar viviendo de fe todos los acontecimientos. Jesús, el Hijo, se me hacía cercano. Vivir desde el amor, es dejar de poner el yo como centro de mi actuar, de mi voluntad, y dejar que sea un amor totalmente gratuito, que nace del fondo, allí donde yo no alcanzo, pero está la fuente de la vida, que es el Espíritu. Finalmente, vivir desde la esperanza, es llegar a representarme la realidad, no desde lo que simplemente ve mi pobre entender, sino abierta a una promesa que no es premio, sino realidad bien fundada, más allá de mí mismo, en el origen y fin del universo, el Padre, que es todo Amor. En esa apertura constante que me posibilitan las virtudes teologales, entendí que mi Dios, el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, es un misterio de relación personal, donde la persona, por ser más de lo que yo puedo entender, me abarca y me abraza, sin poder yo encerrarla en lo que llego a entender, sino es por ese amor con el que puedo exclamar: “A Ti, gloria y alabanza por los siglos”.

F. Brändle