A mí, Dios me salva

“A mí, Dios me salva, me arranca de las garras del abismo” (Sal 48,16). Me llamó la atención este verso, después de recitar el salmo, como colofón de una serie de consideraciones en torno a la riqueza. La fuerza con la que se confiesa que es Dios el que salva, se hace totalmente viva en la experiencia de Jesús al acercarse el momento de su muerte. Acercarse a la muere con esta convicción supone confesar al mismo tiempo que nos arranca de las garras del abismo. Al repetir este verso del salmo durante la oración, fue abriéndose paso la convicción de que ese abismo al que se alude se nos abre también cuando decidimos vivir una vida entregada en la que lleguemos a experimentar el abandono de nuestro “yo”, al que nos aferramos. Me pareció ver claro que la salvación y el verse libre de las garras del abismo iban juntos. Salvarnos era desprendernos de nosotros mismos, no por un acto heroico en el que logramos hacerlo, sino en una confianza tal que nos permitía liberarnos del abismo que se nos abre cuando decidimos entregarnos de ese modo radical. La Cruz cobraba todo su sentido como entrega y amor. Confianza plena y comunión total. Es el camino de la resurrección y la vida. 

F. Brändle

PADRE MIGUEL GUTIÉRREZ – DESCANSE EN PAZ EL INFATIGABLE MISIONERO

2 enero 1939 – 8 abril 2022

La noticia de la partida inesperada de nuestro querido padre Miguel nos deja a todos un vacío y una pena llenos de profundo agradecimiento y emoción. Desde el momento en que se ha ido sabiendo la noticia me llegan de muchas partes mensajes de condolencia y de reconocimiento, expresiones tan sinceras de cariño y vivo aprecio por la persona del padre Miguel, hermano, padre, amigo… Ayer me comentabas el vacío que deja su partida, que desde ahora a Batuecas le falta una lámpara encendida, constante, firme irradiando siempre en estos años  fuerza misionera a la contemplación y ardor apostólico al silencio del desierto.

En nombre de toda la Orden, de todos los carmelitas de África y de España, doy gracias a Dios de todo corazón por la vida y la entrega del padre Miguel. ¡Qué orgullo y qué honor haber tenido el don precioso de un Misionero íntegro de alma y cuerpo, que durante 50 años se gastó y desgastó sin respiro y sin reservarse nada para sí al servicio de todos! Cien por cien Misionero y cien por cien contemplativo, como le gustaba tanto decir, y, sobre todo, tal cual él vivía.

El padre Miguel es testimonio de lo mejor de un Carmelita, entregado hasta la médula a la misión que Dios le encomendó, sin otro interés propio que darse a los demás. Un vacío grande nos deja, pero, sin ninguna duda su ausencia se convierte para todos nosotros, en Batuecas, en la misión, en el Congo, en África, en España, a partir de ahora en una presencia, mucho más viva, mucho más eficaz, mucho más ‘molesta’ para sacarnos de nuestra comodidad tranquila y empujarnos a todos a dejarnos contagiar de su ardor, de su insistencia Misionera y evangélica irrefrenable.

Tres encuentros cruciales recuerdo de él:

1989, nos encontramos en el convento de Toulouse, había salido de la misión para hacer un año y obtener la licencia en filosofía. Daba muchas asignaturas de teología y quería poder dar también filosofía. Admirable afán de aprender, excelente profesor, casi sin papeles. Me sobrecogió su lucha por mejorarse, por crecer también intelectualmente.

2016, fui con sus antiguos compañeros misioneros a recibirlo al aeropuerto de Madrid. Venía definitivamente, después de 50 años en la misión, con una pequeña mochila roja que yo le había regalado. Después de 50 años solo traía algunas cosas que cabían en una pequeña mochila. Se traía a sí mismo, como los auténticos misioneros, nada en los bolsillos, y el corazón rebosante de vida, de nombres, dispuesto para otra misión. Venía encorvado por la caída en aquella trampa, que dejó doblado su cuerpo, pero nunca doblegada su alma entusiasta.

2019, en mi visita a Batuecas, la presencia de Miguel, en su silla a la derecha de la capilla, orando, recordando a los laicos que estaban presentes, todos los acontecimientos, los cumpleaños, las fechas importantes… memoria viva de un contemplativo misionero.

Incomódanos y espabílanos querido Miguel, querido Guti, querido hermano. ¡Qué suerte la de haberte conocido y haberte tenido entre nosotros. ¡Qué suerte que ahora te tenemos más cerca! Bendice a Batuecas, ahora que puedes hacerlo con mucha más eficacia. Seguro que no vas a dejar de molestar en el cielo a todos, hasta salirte con la tuya, seguro que los vas a cansar recordándoles las cosas de la Misión, de la formación, de las jóvenes vocaciones, seguro que ahora podrás pedir vocaciones para Batuecas, y hablar al corazón de cada uno de nosotros para empujarnos y contagiarnos. No dejes de hacerlo, te necesitamos todavía mucho más ahora. Te encomiendo toda la Orden, la pongo bajo tu cuidado. Confío en tu valiosa intercesión y tu terca oración.

Gracias Francisco, gracias a vosotros hermanos que habéis sido sus compañeros de la última hora, gracias a toda la familia de Miguel, a todos los amigos de Batuecas, a todos los misioneros de antes y de ahora, gracias a todos los que vivís este momento de despedida como un momento de gracia y de envío a la Misión más importante, la que se juega en este momento. A todos vosotros, un abrazo lleno de afecto y de agradecimiento misionero y contemplativo. Acoge, Señor, a tu hijo Miguel, siervo bueno y fiel de tu viña, gracias por el regalo tan precioso de su vida para todos nosotros. Hasta pronto, Miguel. Mientras tanto, nos conforta saberte aquí, lámpara viva que nunca se apaga. Gracias a Dios por tu vida, de todo corazón.

P. Miguel Márquez Calle, General OCD

El P. Jesús Gutiérrez Portero (Fr. Miguel de los Sagrados Corazones) nació en Bernuy de Zapardiel (Ávila) el 2 de enero de 1939. Profesó en Segovia el 6 de agosto de 1957 y recibió el presbiterado el día de N. P. San José de 1965. Desde 1966 misionero en el Congo (entonces Zaire). Massisi, Nyakariba, Kananga, Bukavu y Goma son nombres que asociamos a su peripecia misionera y a su apasionado modo de ser misionero y contemplativo.

En 1997 se le encomendó la fundación de Costa de Marfil. Volvió a Goma y Bukavu como profesor regresó a Salamanca en 2016. Se incorporó a la comunidad de Batuecas en 2017, donde ha completado su misión apostólica y contemplativa.

Entrevista al Padre Miguel

https://www.rtve.es/play/videos/ultimas-preguntas/ultimas-preguntas-19-09-10/880708/

en lo escondido de su morada

“Me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca” (Sal 26,5). Todo el salmo parecía resonar en mi oración. ¿Quién era Dios para mí? No me importaba tanto lo que yo pudiera entender, cuánto lo que me iba despertando para vivir en comunión con Él. Esconderme en lo escondido dónde Él mora, se me fue revelando como la clave en la que llegar a conocerlo. Mejor, saber lo que realmente era para mí. Tendría que esperar a que me escondiese en su morada, en su propio misterio. Y esa espera se fue concretando en ir descubriendo mi adhesión a Cristo, verdadera roca en la que alzarme, en la que realizarme. Estas luces que iba recibiendo eran camino para disponerme a vivir estos días santos con un fuerte deseo de dejarme adentrar por Dios en la morada de su Misterio,  para venir a identificarme más y más con Cristo en la celebración de los misterios pascuales.

F. Brändle

corazón sensato

Sagrado Corazón de Jesús, Francisco Eduardo Tresguerras, 1790, Museo de Arte de Querétaro

“Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 89,12). Orando con estas palabras del salmo sentí lo profundo del misterio de la vida. No podía ser una súplica sin un hondo contenido la que estaba haciendo, era a Dios a quien pedía me enseñara a calcular y lo que le pedía era: calcular nuestros años. Descubrir que su cantidad, mucha o poca, estaba ligada a llenarlos de vida, a adquirir un corazón sensato. Vivir con sentido la vida no es cuestión de tener muchos proyectos, cumplir muchas promesas, sino descubrir nuestra meta, saborearla. Era alcanzar a ver con el corazón lo que la puede llenar, la promesa de Dios. Aprender a calcular los años bajo la enseñanza divina era vivir con el sentido que tienen cuando están abiertos a llenarse con el proyecto de Dios. Cada uno tiene su meta y en ella se llega a descubrir este proyecto, que hemos de llegar a vivir en plenitud y que nos llenará, aunque aquí sea en la noche de la fe, la esperanza y el amor. A lo largo de la oración, sin más consideración se fue haciendo claro que bajo la enseñanza de Dios, la que Jesús nos trajo, nuestra vida está abierta a lo que Dios nos promete. Vivir con esta conciencia es tener un corazón sensato.

F. Brändle

Al volver, vuelven cantando

Mujer atando una gavilla, Vincent van Gogh, 1889, Museo van Gogh, Amsterdam

“Al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 125,6). Cuando comencé mi oración y decidí tomar este versículo para adentrarme en el silencio, pensé que era algo tan obvio que ninguna novedad podría aportarme para vivir una presencia de Dios que me llenara de su amor, que al fin es lo que busco en los momentos de oración. Lo obvio se me fue poco a poco haciendo más profundo, y descubriéndome la verdad de la vida y del Reino de Dios. La parábola del sembrador cobró matices que nunca había pensado. El hecho de que el salmo hable de que llevando la semilla se va llorando, me hizo pensar que lo es porque no deja de haber semilla que no cae en tierra fecunda, el enemigo la arranca del corazón, las riquezas ahogan su fruto, es el dolor en el que se desenvuelve la vida, pero que tiene una meta distinta, pues al fin la semilla caerá en buena tierra y dará su fruto, y un fruto tal que si en el salmo se cuenta en gavillas, con las que vuelve cantando, en el mensaje de Jesús es una cosecha maravillosa. Sí, estamos llamados, a descubrir la meta de nuestra vida como un gozar de una gran cosecha. No vivimos en balde, no vivimos para fracasar, sino para volver cantando. Agradecí a Dios el don de la vida, la que se tornará en gozo y alegría, porque eso es el Reino de Dios, que Jesús vino a proclamar y a descubrirnos.

F. Brändle

Sólo en Dios descansa mi alma

“Sólo en Dios descansa mi alma” (Sal 61,1). Estas palabras me recordaban el “Sólo Dios basta” de santa Teresa y las tomé para la oración. Esa tarde nuestra oración comenzó con el canon “el alma que anda en amor ni cansa ni se cansa” (San Juan de la Cruz). En ese contexto, -del dicho teresiano y del dicho sanjuanista-, comencé a saborear el verso del salmo 61. Por un lado me hacía consciente de que nada fuera de Dios me daría descanso, me dejaría alcanzar la verdadera paz que debería inundar mi vida y por otro descubría que descansar no era abandonarme en la pasividad, sino actuar desde el amor, como enseña el dicho de San Juan de la Cruz. Repetir “sólo en Dios descansa mi alma”, era una invitación constante a confiar de tal modo en Dios que en ninguna otra cosa pusiera mi apoyo, pero esa confianza y abandono no me permitía desligarme del compromiso con el prójimo, que habría de nacer de un amor que no cansa, porque es el verdadero descanso, siendo, no obstante, el obrar más eficaz.

F. Brändle

Escapa como un pájaro al monte

Foto: Steffen Egly

“Al Señor me acojo. ¿Por qué me decís: “Escapa como un pájaro al monte”? (Sal 10,1). Me preguntaba con el salmista que podría significar: Escapa como un pájaro al monte. Porque sin duda sería una alternativa al acogerse al Señor. Quise abrirme en mi oración a este interrogante para ver su sentido estando ante esa presencia amorosa de Dios. Fui cayendo en la cuenta que en el peligro había que llegar a confiar plenamente en el Señor, no basta con contar con Él como una salida más para salvarme de la situación. La tentación mayor que amenazaba mi confianza plena no era otra que la de confiar en mis propias fuerzas. Sentirme capaz de volar sobre todo y escapar al monte de mis capacidades. Es fácil que apoyándome en ellas me defendiera con violencia, intentaría caminos de enfrentamiento con los que vencer a mi enemigo. La confianza plena para apoyarme en el Señor estaba en mi corazón pobre y humilde, lo que no quiere decir apocado y cobarde.  La victoria sobre el enemigo no me la daría mi autosuficiencia, sino mi confianza puesta en el Señor. Era una forma de llegar a ser auténtico nacida en la misma prueba. Si quería acogerme al Señor debería desoír las voces tentadoras que me impidieran hacerlo con verdad porque seguía confiando en mis fuerzas.

F. Brändle

Qué es el hombre?

“Señor ¿qué es el hombre para que te fijes en él? ¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos? (Sal 143,3). Al comenzar mi oración repitiendo estos versos no me detuve en reflexionar como hace el salmo 8 en la grandeza del ser humano. Me abandoné a lo que poco a poco el Espíritu quisiera descubrirme. Sí, descubrí que si Dios se fijaba en el hombre era para amarle. Como bien dice San Juan de la Cruz, el mirar de Dios es amar. Mi oración no podía ser otra cosa que llegar a descubrir ese amor de Dios, llegar a quedarme envuelto en su amor. Y sobre todo también poco a poco llegar a descubrir que nuestra vida no está fuera del pensamiento divino. Estamos siendo amados, porque si piensa en nosotros no es para examinar nuestra vida, sino para acercarse a ella con la ternura de su ser Padre para darme todo su amor como a hijo. Su pensar en mi me llevaba a vivir envuelto en su amor providente, a tenerlo muy cerca, a saberme en sus manos.

F.Brändle

Señor, yo soy tu siervo

“Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas” (Sal 115,5). Me impresionó la doble dimensión que presenta el salmo, la esclavitud y la libertad. El sentirse siervo y el sentirse libre. Me abrí a esta doble experiencia, y fui descubriendo que la esclavitud que podía vivir frente a Dios era liberadora. De quien hacer depender mi vida, sino de Dios, fuente amor liberador. Al mismo tiempo entendía que Dios me quitaba mis propias cadenas a las que yo me ataba, y que sólo Dios podía romper. Ahora entendía bien que había que llegar a esa dependencia tan fuerte de Dios que nada fuera de Él me pudiera sostener. Sí, mi naturaleza humana no se entiende sino desde Dios, por eso era hijo de su esclava. Pero al mismo tiempo nadie me libraba de mí condición cerrada, atada, sino era el mismo Dios. Al ir orando me fui sumergiendo en este doble sentimiento. Desee vivir en esa esclavitud liberadora, y en esa libertad alcanzada por gracia.

F. Brändle

El que honra a los que temen al Señor

“El que honra a los que temen al Señor” (Sal 14,4). Tomé como ayuda para mi oración estas palabras de un salmo bien conocido para descubrir las condiciones del que se acercaba al templo. Mi oración, abierta a la presencia del Señor, quiso abrirse a la verdad escondida en este verso. No lo hice con intención de convencerme de ello, sino abierto a lo que se me pudiera ir descubriendo. Poco a poco me invadió la convicción de que no se trataba de honrar a los buenos que todo el mundo reconoce, y que por lo general ya están canonizados, por sentido común se hace sin dificultad. Caí así en la cuenta de que los temerosos de Dios que han de ser honrados para poder acercarse al templo, y en definitiva al Dios que se revela, son todos sus hijos, que en un lenguaje veterotestamentario serían los que temen al Señor, desde la humanidad en Cristo son todos los hombres, con lo cual se trataba de honrar a cada persona humana, descubriéndola desde su ser en Dios, su condición de hijo de Dios. Me vi muy limitado, no me sentía tan capaz de amar a todos los hombres, honrándolos. Me parecía que era más fácil amarlos desde mi autosuficiencia que siempre conlleva el juicio, y por tanto no siempre honrándolos. En mi oración de pobre se abría camino el comprender que era tarea de toda la vida, haciendo de todo hombre objeto de mi honra y admiración, condición para poder acercarme con verdad a Dios.

F. Brändle