RECICLANDO

Nebulosa del Mono, polvo de estrellas. Foto: NASA, ESA, and the Hubble Heritage Team (STScI/AURA)

La vida contemplativa nos tiene siempre como iniciados y principiantes.
Mirar a Dios y dejarse mirar por Él nos hace siempre más humildes, más sinceros. (A aquella persona que amamos y que nos ama, es muy difícil ocultarle nada; ni podemos ni realmente queremos hacerlo).

Errar es de humanos. No es fácil analizar bien, elegir bien y realizar bien dando frutos buenos. Igual que en una cadena de producción eficiente, los artículos defectuosos no son descartados sin más para pura basura, sino que son reciclados; así debiéramos hacer nosotros con nuestros fallos humanos. “De los errores se aprende”, dice el dicho popular. Hay muchos de nosotros que vamos guardando nuestros errores en el cajón de los fracasos. De vez en cuando, lo abrimos y los repasamos torturándonos inútilmente.


La cruz es como ese cajón: suma de todos esos fracasos de los hijos de Adán. Jesús abrió nuestro cajón y empezó a escarbar y a apartar, buscando y buscando cada uno de nuestros corazones. Los fue reciclando, resucitando, uno a uno en el Amor.


“¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!”


De la basura de nuestras miserias, el Creador hizo abono, replantó el árbol del género humano y lo revivió haciéndolo mejor que cuando lo creó. ¡Y cuántos frutos buenos ha dado, está danto y dará!
Aprender esta lección es plantarle cara a nuestros errores y pecados con el Amor entrañable que Cristo pone en lo profundo de nuestros corazones.


No te lamentes, ¡recicla! Dios está contigo. Él es el que hace posible, con su gracia, que tus pecados sean transformados en frutos de amor eterno.

Fray Bernabé de San José

Hacia la Cima

Durante demasiado tiempo había renunciado a lo más alto. Dudas, cálculos egoístas, fracasos, miedos… Había dejado de apuntar a la cima. Me decían: “los quijotes, los ícaros, los noés son gente loca, fanática, soñadora…”
Un día alguien me habló de una virtud olvidada: la magnanimidad (grandeza de alma). Es parienta de la generosidad y del amor. Y yo me decía, ¡qué bella es! Pero me sentía débil, indigno de poseerla. Deseo, ansío, aspiro, sueño con ella para lanzarme sin medida a lo alto; pero la fuerte gravedad de mis pobrezas me impide volar: mi debilidad, mi fragilidad, mi miseria, mi pecado…
Rogué a Dios, ¡libérame!

Y entonces descendió del cielo una misericordia entrañable que cortó mis ataduras.

Entre mi sed de magnanimidad y mi debilidad, es tu misericordia, Señor, la que me hace volar. Tú eres mi equilibrio. Tú eres la única realidad, la única verdad.
Todo es vanidad, todo es humo, todo es virtualidad, si Tú no vienes, si Tú no estás, si Tú no eres.
Tú eres Todo. Sin ti sólo hay nada; y nada es nada.

Humildad, humildad, humildad. Con las alas de la confianza, que Dios me regaló, y con el soplo de su misericordia infinita, voy remontando mi vuelo día a día hacia la cima del monte. Sí, es posible. No es un sueño. Es realidad.

Fray Bernabé de San José

Desbordo de Gozo

“Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas” (Is 61,10). Este texto de Isaías, que leemos al recordar en la liturgia a María, nuestra Madre, lo he querido saborear de modo especial al comenzar este mes del Carmen, el mes de julio. Como carmelitas, también aquí en Batuecas,  lo queremos vivir con este recuerdo entrañable de la Madre y Reina del Carmelo. Tengo que reconocer que no siempre he estado a tono, para disfrutar de este texto. Me parecía que tal gozo y alegría lo expresaban, lo vivían, quienes habían llegado a una vida bienaventurada. Tengo que decir que ahora he podido caer en la cuenta, leyendo a San Juan de la Cruz, que ese gozo y esa alegría no nacen del haber alcanzado una meta, sino de haber descubierto una vida interior que es la verdadera. La que Jesús vivió, y María como verdadera discípula cantó, aún antes de haber dado a luz a su Hijo, al haber reconocido la maravilla de la Encarnación. Desde aquí comprendo el puesto de María en el Carmelo, ella nos ayuda a descubrir el sentido de nuestra vocación contemplativa nacida de la escucha de la Palabra, que se pronuncia en el eterno silencio de Dios. Nuestra condición humana esta ya abierta a esa comunión, que hace que pueda entender que Dios nos ha vestido con un traje de gala y envuelto en un manto de triunfo. Podemos vivir en la dimensión más auténtica de gozo y alegría, siempre que descubramos al dios que nos viste un traje de gala y un manto de triunfo.

F. Brändle

No juzguéis

Último Juicio, Michelangelo, 1541, Capilla Sixtina

“No juzguéis y no seréis juzgados”, (Mt 7,1): Otra de las enseñanzas de Jesús que nos parece imposible llegar a cumplir. Al menos yo así lo percibía desde mí y escuchando a los demás. Por otro lado pensaba que Jesús no vino a imponer una forma de vida para “superhombres” que son capaces de hacer lo imposible. El ejemplo con el que concluye su mandamiento me iluminó su sentido. ¿Qué viga tengo en mi ojo, que me impide ayudar a mi hermano?: Mi forma de entender la vida. No llego a descubrir como Jesús que no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo (Jn 3,17). Sólo con la confianza que Jesús me enseña a tener en el Padre, que también a mí me envía a salvar al mundo, podré acercarme al hermano con verdadero talante salvador. Sólo así podré dejar de ser juez de nadie y sí salvador de todos. El cambio es radical, ciertamente, pero no un radicalismo devastador, sino totalmente creador de una nueva sociedad, de un orden nuevo, basado en el Dios que salva, y salva entregándose, no exigiendo. Que salva siendo principio de vida y no de muerte. Nuestra fe cristiana nos ofrece la posibilidad de ofrecer a los demás este testimonio. Nuestra iglesia, hoy más que nunca, tiene que ser ese signo de salvación, que hace a todos los hombres hermanos, y los lleva a la verdadera comunión, que nace de la comunión con Dios. No olvidemos que eso es la iglesia sacramento de la unión del hombre con Dios y de los hombres entre sí (LG 1).

Francisco Brändle

no os agobiéis

Cristo, Tiziano Vecellio, 1565, Hermitage

“Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura, No os inquietéis por el mañana…” (Mt 6,33-34). Cuando estas palabras resonaban en mí, se me hacía difícil pensar que Jesús impusiera algo, para poder seguirle tan alejado de lo que es ser hombre: como el poder evitar al inquietud. Creí acercarme a Jesús más, descubriendo que Él conoce nuestros miedos, conoce nuestra preocupación por el mañana, y no lo condena. Su palabra nos invita a salir de ello, con una nueva experiencia de lo que es el Reino de Dios, y su llegada a nosotros como salvación. Esa experiencia brota de su propia condición humana. De su ser verdadero hombre.

Como muchos de nosotros el pudo comprenderse como “hijo de Dios” que sube a lo alto de un monte y siente que todo es suyo, que no tiene por qué agobiarse. Es una de sus tentaciones, y es la nuestra, que subidos a los montes nos sentimos dioses que dominan todo. Son nuestros modos de entender a Dios, de relacionarnos con Él, siendo capaces de superarlo todo, porque creemos en ese Dios todopoderoso al que obedecemos nos responde con la seguridad de que está con nosotros y nos ayuda haciéndonos “superhombres”.  Pero Jesús nos invita a creer en un Dios que cuida e los pájaros en su debilidad. No que les hace fuertes y poderosos sino que cuida de ellos en su misma debilidad. Que viste a las flores del campo, los lirios, que no pueden lucir sus galas más que unos momentos, pero Él no le da un traje salvavidas, sino un traje tan bello que nada hay que  lo iguale entre los muchos vestidos que pueda crear el hombre. La experiencia de Jesús, la cercanía de Padre, mirando a los pájaros y los lirios, es la que Él nos invita a vivir cuando nos amenazan tantas dudas ante el futuro: “no os agobiéis”, no es un mandato es una invitación preciosa a vivir el momento en el que estamos teniendo muy cerca al Dios que nos cuida en nuestra debilidad, aunque no nos haga poderosos. 

F.Brändle

Eucaristía

El misterio que celebramos, el Dios escondido en el vivo pan de la Eucaristía, en Batuecas lo celebramos con una procesión no común, pues el Santísimo Sacramento lo llevamos hasta la ermita que lleva su nombre para allí hacer unos momentos de adoración. Esta ermita se construyó para ello, y en recuerdo a lo que pudo ser en el pasado en este día hacemos la procesión hasta este lugar y allí, en la ladera del monte, sentimos muy cerca la creación con todas sus criaturas.  El camino es forzoso hacerlo en medio de la naturaleza, de modo que se hacen elocuentes las palabras de Juan de la Cruz en uno de sus poemas. “Aquí (en la Eucaristía), se está llamando a las criaturas y de esta agua se hartan aunque a oscuras”. Esta hermosa experiencia la reflejó muy bien nuestro Papa Francisco en su encíclica “Laudato si” cuando escribió: “En el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a Él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios… La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. En el Pan eucarístico, la creación está orientada hacia la divinización…” (Laudato si, n.236). El misterio eucarístico que celebramos gozosos en este día, nos ayuda a contemplar la creación entera surgiendo de él y viviendo de él. El sagrario donde lo veneramos no es una cárcel donde se encierra, sino el punto central de ese inmenso mar que tiene su centro en Él, del que salen las ondas y a Él vuelven en un continuo fluir de vida verdadera. Nuestra procesión en medio de la naturaleza me lo hace revivir cada año.

F. Brändle

Santísima Trinidad

Santísima Trinidad, Andrei Rublev, 1410

“A Tí, gloria y alabanza por los siglos”. Me preguntaba: ¿Cómo vivir esta exclamación, tan propia del día en que celebramos el misterio de la Santísima Trinidad? No puede referirse a una pura exclamación de los labios, había que llenarla de contenido. Lo hacemos cierto en la liturgia, que quiere vivir lo que la exclamación encierra. Y sería el culmen de algo que ha de encerrarse en la vida de cada día. Mi vida hecha vida de Dios, no tiene otro camino que descubrir como hacerse teologal. Recordé lo que todos sabemos, tres son las virtudes que llamamos teologales. Porque sólo se pueden vivir con esa referencia directa a Dios, y las fui repasando. Vivir desde la fe, es llegar con la Sabiduría de Dios, la del Hijo, a descubrirlo todo en ese proyecto de Dios, que he de encarnar viviendo de fe todos los acontecimientos. Jesús, el Hijo, se me hacía cercano. Vivir desde el amor, es dejar de poner el yo como centro de mi actuar, de mi voluntad, y dejar que sea un amor totalmente gratuito, que nace del fondo, allí donde yo no alcanzo, pero está la fuente de la vida, que es el Espíritu. Finalmente, vivir desde la esperanza, es llegar a representarme la realidad, no desde lo que simplemente ve mi pobre entender, sino abierta a una promesa que no es premio, sino realidad bien fundada, más allá de mí mismo, en el origen y fin del universo, el Padre, que es todo Amor. En esa apertura constante que me posibilitan las virtudes teologales, entendí que mi Dios, el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, es un misterio de relación personal, donde la persona, por ser más de lo que yo puedo entender, me abarca y me abraza, sin poder yo encerrarla en lo que llego a entender, sino es por ese amor con el que puedo exclamar: “A Ti, gloria y alabanza por los siglos”.

F. Brändle

Espíritu

¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad” (1Jn 5,6). Este versículo de la primera carta de San Juan, me ha envuelto durante esta semana que nos preparábamos para celebrar la fiesta de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Agua, sangre, Espíritu. Tres realidades, que me llevan a descubrir la vida, que si la escribimos con mayúscula es la Vida de Jesús. En Él, así lo testimonia el Espíritu, está la fuente de agua viva, la sangre que se derrama por nosotros. Cuando me acercó a Jesús, siento su aliento de vida como agua que riega tantas realidades sedientas que encuentro en mi vida. Pero no sólo eso, su vida se me hace don maravilloso que se me da. Es la sangre entregada que se derrama, y me alcanza en mi pobreza para llenarme de su inmensa riqueza. Y lo que en todo esto se encierra lo expresa la gran fiesta que celebramos, se nos entrega el Espíritu. La vida de Jesús se hace Espíritu de vida para cada uno de nosotros. Es el Espíritu el verdadero testigo de Jesús, porque en Él se expresa lo que realmente es Jesús, el misterio de Dios entregado, que se encarna. Nuestra verdadera vida está amenazada por el mundo. No es fácil vencer los modos y maneras de vida inauténtica que puede ofrecernos nuestro propio egoísmo, que sería la visión de la vida que nos propone el mundo. Salir de nuestro egoísmo y entrar en la verdadera vida, es descubrirla en Jesús, con el testimonio del Espíritu. Jesús lo envía desde el Padre, pero si no nos abrimos a él, no descubriremos la verdad de Jesús, fuente de la verdadera vida, amor que se entrega de veras, sólo se descubren en Jesús, porque es quien vino con agua y con sangre,  si el Espíritu nos lo muestra. Es el Espíritu el que me lleva a creer en Jesús y vencer el mundo, que no es juzgar al mundo, sino abrir desde mi vida los caminos que puedan salvar al mundo.

F. Brändle

Meta

“De la salida del sol hasta el ocaso, alabado sea el nombre del Señor” (Sal 112). Sabía que esta manera de expresarse del salmista hacía alusión a la totalidad de la tierra. Su visión pasaba por esa concepción de una tierra plana. Al repetir una y otra vez este pensamiento, pasé del pensamiento del salmista, a una consideración más honda que me acercó a la celebración de la Ascensión. En ella “toda la tierra”, no es ya la visión cósmica, sensible, que abarca los pueblos que habitan nuestra tierra de un extremo a otro, sino la totalidad de la creación, que asumida en Cristo llegará a su plenitud. Desde el comienzo de la creación hasta este momento de plenitud, es el hoy, el ahora de la historia que vivimos. Y seguí dejando que el Espíritu me metiera en la hondura de la frase, la salida del sol, es ese comienzo en que todo despierta las cosas se van llenando de luz y amor, que será la razón de su ser y su vida, y así durante el hoy de cada día, de la historia, pero lo más hermoso se nos revela al final. Sí, al final, ese amor lo examinará todo, lo purificará, lo asumirá, como se asumió el cuerpo de Cristo resucitado, en esa vida de amor, a la derecha del Padre. La creación, que despertó al comienzo del día, pasado éste se convertirá en plena alabanza del Señor, porque el sol en su ocaso lo purificará todo. Bello es asociar este pensamiento, al ser examinados a la tarde la vida en el amor, mejor, por el amor, que hará posible, como lo  hace el sol de la tarde que todas las cosas se vean limpias, sin defectos, totalmente envueltas en la luz del ocaso que ya es sólo luz, sólo amor. Esa es nuestra meta. Es lo que nos recuerda la fiesta que celebramos: La Ascensión del Señor, que nos anticipa ese final gozoso.

F.Brändle

dame vida

Al recitar esta mañana el salmo 118,145-152, me quedé deseando se hiciera verdad en mí lo que le pedía el salmista. “con tus mandamientos dame vida”. Me preguntaba qué vida le pido al Señor. Y comencé a darme cuenta de que no era tan fácil definirla. Con lo cual empecé a pedirle que me hiciera comprender el misterio que encierra la vida que le pedía. No podía seguir viviendo de modo tan inconsciente la vida que se me regala cuando nace y brota del querer de Dios. Y así fui cayendo en la cuenta que si le pedía que sus mandamientos me dieran vida, no podía reducirlo a cumplir unas leyes con las que mi conciencia estuviera tranquila, sin saber descubrir nada más allá que una conciencia en paz. Si de verdad aspiraba a gozar de la vida que Dios me da con sus mandamientos tenía que abrirme al gozo y la alegría que supone el don de la vida. Tenía que descubrir los inmensos tesoros que encierra. Sólo así mi petición cobraría todo su sentido: “con tus mandamientos dame vida”. Con este don me adentraría en lo que es la vida en la inmensidad de este mundo que habito y esta historia que me sostiene. Saldría de mis intereses mezquinos y egoístas para descubrir la comunión con todo lo que encierra el querer de Dios. Di inmensas gracias a Dios por esa vida que sus mandamientos, su voluntad, me regala.

F. Brändle