“Que todas tus criaturas te den gracias, Señor” (Sal 144)

Al leer esta sencilla proclamación de un deseo, expresado así por el salmista, me inundó de pronto la consideración de qué sería esta totalidad de las criaturas… Todas, todas… y en una sola voz. Era el universo, en su totalidad el que me abría la conciencia a  una experiencia de la creación en consonancia con lo que el Papa nos alienta a vivir en su encíclica “Laudato Si”. Hemos de volvernos a la naturaleza, no como meros observadores, menos aún como dominadores, sino como inmersos en ella con esos sentimientos de gratitud, de ofrenda graciosa de cuanto soy y tengo a quien quiero agradecer lo que de Él recibo. Hemos emprendido en Batuecas la restauración de alguna ermita de las dispersas por el valle, en las laderas del monte, con la seguridad de que quien en ellas pase unos días tendrá que vivir esta experiencia de comunión con la creación. Será una vuelta no a la forma de vida primitiva que vivieron durante más de ciento ochenta mil años los seres humanos, sino a la conciencia de comunión con la creación en la que necesariamente habían de vivir. De la naturaleza recibían los alimentos, en ella crecían sin más abrigo que una cueva… Ha sido el cultivo de la tierra, la abundancia de frutos, aunque no siempre bien repartidos, la que ha hecho innecesaria esa comunión tan profunda con la naturaleza y nos ha recluido en las ciudades, donde hallamos sustento y cobijo al margen de esa naturaleza que nos rodea. Por ello al repetir una y otra vez, que “todas tus criaturas te den gracias” me veía inmerso en ellas para con ellas hacer brotar en mí esos sentimientos de gratitud, al Señor, “Amado” que todo lo plantó.

F. Brändle

UNA CIUDAD EN LA CIMA DEL MONTE

El domingo primero de Septiembre, estando de retiro espiritual con un grupo,  los Padres Carmelitas me invitaron a presidir la Eucaristía en el templo del Desierto de san José de Las Batuecas. Ese díael evangelio nos regalaba unas palabras luminosas: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Estábamos allí, reunidos en el nombre del Señor, la comunidad contemplativa del valle, los huéspedes del monasterio y algunos turistas a los que se les permite acceder al recinto y  participar en la misa. Se palpaba en el ambiente que la palabra del Señor es verdadera. Bastó un toque de silencio para tomar conciencia de que Dios estaba en medio nosotros. A pesar de la distancia social y las mascarillas que impone el momento, se podía sentir la unidad de todos en el mismo amor.

La liturgia de la palabra insistía ese domingo en la corrección fraterna. Es tarea profética, dura y difícil la de poner al otro frente a su pecado. “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo a solas. Si te hace caso has salvado a tu hermano”.  Corregir no es afear la conducta, es acompañar en el discernimiento espiritual, valorar si una vida es adecuada a los planes de Dios. Eso sí, todo se ha de hacer con mucha humildad y amor. “El  amor no hace daño”, decía san Pablo en la segunda lectura.

¿Cómo ejerce una comunidad contemplativa la corrección fraterna?, me pregunto. No me refiero ahora a la vida interna de la comunidad, corrección entre los monjes, sino en relación al mundo. La respuesta a esa pregunta se me antoja simple: una comunidad contemplativa reprende y corrige al mundo siendo ella misma sociedad de contraste, punto de referencia de valores sociales. “No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”, y tampoco se oculta al mundo una comunidad luminosa. Con la sola presencia de los monjes el valle se hace luz divina y profética. 

Luz divina y profética. Aunque hay quienes se empeñan en negarlo, mística y profecía van unidas; no puede haber profetas sin experiencia mística, ni místicos verdaderos que no sean profetas. La sola presencia de una comunidad monástica es signo profético en medio del mundo. Con su vida centrada en Dios, su amor a los hermanos de comunidad y sus brazos abiertos a huéspedes y visitantes, los monjes anuncian en silencio y desde el silencio que el Reino de Dios está aquí, en medio del mundo, que Dios está ahí donde te encuentras con ellos.

¿Qué buscamos en Batuecas los que acudimos al lugar? De un modo más o menos consciente todos buscamos a Dios y ahí se nos da la oportunidad de conocerlo. El entorno paradisíaco, la cercanía anónima de quienes se ejercitan contigo en el silencio, la presencia orante y servicial de los monjes, que como la figura del Amado en el Cántico de san Juan de la Cruz, visten de hermosura el lugar. Si cierras los ojos percibes que son ciertas las palabras de Saint Exupèry: “Lo más hermoso del desierto es que en algún lugar oculta un pozo”. En este caso el pozo es el monasterio y todo lo que significa la vida monástica; de este pozo mana el  Agua pura.

La sola presencia de la Comunidad, “sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz”, pregona la Presencia del Misterio en Batuecas. Y no sólo anuncia el amor de Dios, también ejerce con ternura y suavidad la misión profética de denuncia. La existencia de un espacio de bondad compartida es ya una llamada a la conversión. El hecho de poder ver con tus ojos una comunidad fraterna basada en la práctica de la acogida incondicional, la sencillez de vida y la fascinación por la belleza del Reino de Dios, pone en evidencia la desorientación de un mundo caracterizado por el narcisismo y el culto a la productividad, de una humanidad que vive con prisas por llegar a ninguna parte y se aferra a una libertad engañosa que hace del “me apetece” una jaula de oro.

A las comunidades contemplativas se les suele acusar de inacción, de ser poco prácticas, de no servir para nada. En un contexto social donde se idolatra el “hacer”, es difícil lograr ver que la verdad está en el “ser”. Lo verdaderamente importante no es lo que hago sino lo que soy. ¡Cuántos hermanos vienen a este monasterio para encontrar su propio ser! Aquí hallan el ambiente adecuado para hacer un viaje interior hacia su propia identidad.

Batuecas y su comunidad contemplativa son un sacramento, un signo y lugar de encuentro humano y divino; a pesar de estar físicamente en una hondonada es una ciudad colocada en lo alto de un monte. (Mt 5,14); desde la cima espiritual que es, alumbra a quienes en la noche le tienen como punto de referencia para no perderse en el camino. Atraídos por el desierto,  personas con diferentes sensibilidades se acercan a esta ciudad esperando encontrarse a sí  mismas. En el  aire limpio, las aguas claras y los bosques frondosos no es difícil a cada uno descubrir su ser natural, su centro  y su sitio en el mundo. Aquí es fácil sentir la mirada de Dios deleitándose en ti, deleitándote en Él  y sosteniéndote en la noche.

¡Doy gracias a Dios y doy gracias a la comunidad de Batuecas! Gracias porque entre vosotros se respira Espíritu; sois profetas en un desierto que anuncia la llegada de algo nuevo,  presencia y mirada del Amado para cuantos se acercan buscando un cambio en sus vidas. Sólo con estar aquí gritáis a todos que otro mundo es posible. El hecho de que tantos vuelvan una y otra vez al lugar es signo de que estáis en  el buen camino. Gracias.

Casto Acedo. Sacerdote. Mérida (Badajoz)

¡Desde lo hondo a ti grito, Señor! (Sal 129)

 ¡Me hace resplandecer tu belleza y tu bondad!

Hoy, en mi oración por la mañana, me detuve en los versos del salmo ciento veintinueve y, aunque el rezo siguió con otros salmos e himnos, mi corazón se quedó allí. Estos son los momentos en los que el cuerpo se queda silencioso, haciendo lo que la gente del entorno espera que haga, para no llamar la atención sobre lo que ocurre en su interior. Pero, el alma se pone a viajar y el corazón se ensancha de alegría como si descubriera la fuente del agua viva.

¡Desde lo hondo a ti grito, Señor!… decía muchas veces, todavía sin llegar a traspasar el misterio oculto de estas palabras que en aquella mañana me fascinó. Sin duda, era una oración existencial que expresaba no sólo el sentir del salmista, sino el de todo ser humano que experimenta su propia fragilidad. El velo que cubría estas palabras del salmo solo aumentaba el encanto que producía en mi alma. El día transcurrió como uno de tantos, aunque a veces como un viento que se pone a mover todo lo que está en su entorno, así el simple recordar de las palabras: “desde lo hondo a ti grito, Señor”, ponía en movimiento mi sed de plenitud.

Estas palabras que desde la mañana me producían tal atracción, ahora al caer la tarde se llenaban de sentido. Pero, no llegué a esta iluminación solo, me ha ayudado un abuelo que todos los días pasaba por la iglesia para hacer un rato de oración. Hoy mirándole percibí que sus ojos estaban fijos en los vitrales, donde el sol realzaba sus colores y hacía de las imágenes una verdadera preciosidad. ¡Quedé maravillado! Pero, en la medida que el sol se ponía, las vidrieras se quedaban opacas y hasta oscuras.

El anciano, viendo este espectáculo, añadió unas breves palabras, que en mí corazón resonaron como una enseñanza divina. “Mira”, decía él, “la belleza del hombre que deja que el sol divino se refleje sobre él. Pero, ¿te has dado cuenta de lo que es el ser humano sin Dios? La belleza y la capacidad que hay en él se quedan oscuras y sin atractivo con la ausencia de la luz divina”.  Estas palabras me permitían entender mejor el salmo que por la mañana había rezado.

Entonces, repetí con calma: ¡Desde lo hondo a ti grito, Señor! Mi clamor ahora se llenaba de sentido. Necesitaba de Dios para reflejar una belleza que llevo oculta en mí, pero que sólo la luz divina es capaz de poner en evidencia. En aquella iglesia, al caer la tarde, al mirar aquellos vitrales ya sin color, entendí algo de mí, de mi pobreza y fragilidad. Comprendí que soy incompleto, que no soy todo lo que soy llamado a ser sino al dejar pasar la luz de Dios a través de mí.

Por esto, terminé mi día haciendo una oración al Dios siempre nuevo, que me ha permitido bucear en el hondo de mí ser para entender la necesidad que tengo de Él.

Dios, Tú que eres siempre nuevo,

Que me hablas de muchos modos y maneras,

Que me sorprendes y encantas,

Desde lo hongo a ti grito, Señor

Como un niño reclamando la presencia de su madre,

A espera de su protección y aliento

Me hace resplandecer tu belleza y tu bondad

No me dejes en la oscuridad de la vida

Pues sin ti, no sé vivir

Sin ti, no soy nada.

Dios, Tú que eres siempre nuevo,

Hazme también una persona nueva. Amén.

Fray Emmanuel María

RECICLANDO

Nebulosa del Mono, polvo de estrellas. Foto: NASA, ESA, and the Hubble Heritage Team (STScI/AURA)

La vida contemplativa nos tiene siempre como iniciados y principiantes.
Mirar a Dios y dejarse mirar por Él nos hace siempre más humildes, más sinceros. (A aquella persona que amamos y que nos ama, es muy difícil ocultarle nada; ni podemos ni realmente queremos hacerlo).

Errar es de humanos. No es fácil analizar bien, elegir bien y realizar bien dando frutos buenos. Igual que en una cadena de producción eficiente, los artículos defectuosos no son descartados sin más para pura basura, sino que son reciclados; así debiéramos hacer nosotros con nuestros fallos humanos. “De los errores se aprende”, dice el dicho popular. Hay muchos de nosotros que vamos guardando nuestros errores en el cajón de los fracasos. De vez en cuando, lo abrimos y los repasamos torturándonos inútilmente.


La cruz es como ese cajón: suma de todos esos fracasos de los hijos de Adán. Jesús abrió nuestro cajón y empezó a escarbar y a apartar, buscando y buscando cada uno de nuestros corazones. Los fue reciclando, resucitando, uno a uno en el Amor.


“¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!”


De la basura de nuestras miserias, el Creador hizo abono, replantó el árbol del género humano y lo revivió haciéndolo mejor que cuando lo creó. ¡Y cuántos frutos buenos ha dado, está danto y dará!
Aprender esta lección es plantarle cara a nuestros errores y pecados con el Amor entrañable que Cristo pone en lo profundo de nuestros corazones.


No te lamentes, ¡recicla! Dios está contigo. Él es el que hace posible, con su gracia, que tus pecados sean transformados en frutos de amor eterno.

Fray Bernabé de San José

Eucaristía

El misterio que celebramos, el Dios escondido en el vivo pan de la Eucaristía, en Batuecas lo celebramos con una procesión no común, pues el Santísimo Sacramento lo llevamos hasta la ermita que lleva su nombre para allí hacer unos momentos de adoración. Esta ermita se construyó para ello, y en recuerdo a lo que pudo ser en el pasado en este día hacemos la procesión hasta este lugar y allí, en la ladera del monte, sentimos muy cerca la creación con todas sus criaturas.  El camino es forzoso hacerlo en medio de la naturaleza, de modo que se hacen elocuentes las palabras de Juan de la Cruz en uno de sus poemas. “Aquí (en la Eucaristía), se está llamando a las criaturas y de esta agua se hartan aunque a oscuras”. Esta hermosa experiencia la reflejó muy bien nuestro Papa Francisco en su encíclica “Laudato si” cuando escribió: “En el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a Él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios… La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. En el Pan eucarístico, la creación está orientada hacia la divinización…” (Laudato si, n.236). El misterio eucarístico que celebramos gozosos en este día, nos ayuda a contemplar la creación entera surgiendo de él y viviendo de él. El sagrario donde lo veneramos no es una cárcel donde se encierra, sino el punto central de ese inmenso mar que tiene su centro en Él, del que salen las ondas y a Él vuelven en un continuo fluir de vida verdadera. Nuestra procesión en medio de la naturaleza me lo hace revivir cada año.

F. Brändle

dame vida

Al recitar esta mañana el salmo 118,145-152, me quedé deseando se hiciera verdad en mí lo que le pedía el salmista. “con tus mandamientos dame vida”. Me preguntaba qué vida le pido al Señor. Y comencé a darme cuenta de que no era tan fácil definirla. Con lo cual empecé a pedirle que me hiciera comprender el misterio que encierra la vida que le pedía. No podía seguir viviendo de modo tan inconsciente la vida que se me regala cuando nace y brota del querer de Dios. Y así fui cayendo en la cuenta que si le pedía que sus mandamientos me dieran vida, no podía reducirlo a cumplir unas leyes con las que mi conciencia estuviera tranquila, sin saber descubrir nada más allá que una conciencia en paz. Si de verdad aspiraba a gozar de la vida que Dios me da con sus mandamientos tenía que abrirme al gozo y la alegría que supone el don de la vida. Tenía que descubrir los inmensos tesoros que encierra. Sólo así mi petición cobraría todo su sentido: “con tus mandamientos dame vida”. Con este don me adentraría en lo que es la vida en la inmensidad de este mundo que habito y esta historia que me sostiene. Saldría de mis intereses mezquinos y egoístas para descubrir la comunión con todo lo que encierra el querer de Dios. Di inmensas gracias a Dios por esa vida que sus mandamientos, su voluntad, me regala.

F. Brändle

¿Dónde está Dios ahora?

Pregunta que desde siempre acompaña al ser humano, cuando éste se ve asediado por circunstancias adversas que le superan; claro ejemplo es esta pandemia que padecemos. La pregunta no es sólo pertinente y actual, sino además legítima. Pregunta quien busca. Quien no busca, no pregunta. Lo vemos en estos días en el relato evangélico en el que María Magdalena, porque busca a Jesús (aunque fuera su cadáver para honrarlo), pregunta al “hortelano” que si él se ha llevado el cuerpo de Jesús, le diga dónde lo ha puesto (cf. Jn20,15). Con una fe más grande o más pequeña, más o menos formada, es un hecho que quien pregunta por Dios es porque ya lo está buscando.

Quisiera comenzar diciendo dónde no vamos a encontrar a Dios.

Dios no está fuera del mundo, enviando pandemias para castigarnos. Vamos poco a poco. Dios no está fuera de lo que vivimos. Y conviene detenerse aquí. Es fácil caer en el error y en la tentación de pensar que a Dios no le afecta lo que nos ocurre, ya que Él está allá lejos, en el cielo, en un trono, y desde allí no sabe lo que nos sucede, no ve, no siente… ¡Ojo que este imaginario sobre Dios está más extendido de lo que parece! Seguir por esta línea nos puede llevar a negar el dogma de la encarnación del Hijo de Dios. Porque Dios se ha hecho hombre, la realidad, el mundo y cuanto en él ocurre, le interesa, le afecta, le preocupa. Insisto en que Dios ha asumido nuestra naturaleza y por eso no podemos separar a Dios de lo que él mismo ha asumido por su encarnación.

Sigue sin responder la pregunta que titula este texto, pero me parecía necesario confrontar esa imagen de Dios que lo coloca de espaldas a sus hijos e hijas. Esas concepciones deístas hacen mucho daño.

Dicho que Dios no está fuera del mundo, sino en él, quiero ahora detenerme en que no está enviando castigos, léase coronavirus. Quizás a algún lector o lectora, le pueda sorprender esto que digo. Si lo refiero, es porque en estos días de pandemia he podido ver cómo sacerdotes y obispos (pocos afortunadamente), han afirmado, de distintas formas, que el covid19 es un castigo de Dios. ¿En que se basan para hacer semejante declaración? En que hemos abandonado a Dios para adorar a la naturaleza (esto lo dicen los contrarios al sínodo de la Amazonía), en que recibimos la comunión en la mano y no en la boca, en que apenas frecuentamos el sacramento de la confesión, la adoración del Santísimo…

Lo que hay de fondo, querido lector, es un cristiano frustrado que, como su voluntad (no la de Dios) sino la suya, no impera, manipula los hechos dándoles la vuelta. Me pregunto qué han entendido del Evangelio, pues parece que se han quedado en el dios veterotestamentario, vengativo y vengador. Y no, no soy marcionita[1]; pero como sabemos, el nuevo testamento ha superado el antiguo, y éste ha de ser interpretado a luz de aquél.


[1] Herejía del s.II que, entre otras cosas, negaba el AT como Palabra de Dios.

Entonces, en las afirmaciones de estas personas que categóricamente afirman que el covid es un castigo de Dios, ¿dónde queda la revelación que Jesús, hijo de Dios, hace del Padre? Amor, misericordia, cuidado, desvelo, entrañas de madre… Me temo que deberían de volver a estudiar teología, no la de ellos, sino la que enseña la Iglesia.

Semejantes afirmaciones sobre la ira de Dios, gratuitas y falsas, hacen daño. Por un lado, confunden a quien pudiera no tener una suficiente formación religiosa. Por otro, arrojan sobre la Iglesia algo dañino: la imagen de que los cristianos seguimos a un dios macabro y sangriento. Esto, sin duda, genera rechazo, pues, ¿quién va a confiar en un dios así? Les pido a quienes de esta forma hablan que se callen, que revisen su teología, su concepción de Dios, su misma oración, y que escuchen, no a mí, sino a Dios, al verdadero, al revelado por Jesucristo.

¿Dónde está Dios?, era la pregunta. Quisiera acercarme a la respuesta, a partir de una historia real, por la autoridad moral que tiene, pues creo que, a la cuestión de Dios y el sufrimiento humano, no podemos dar una respuesta de libro, aséptica, desencarnada y, por lo tanto, vacía.

Elie Wiesel, premio Nobel de la paz en 1986 y fallecido en 2016, fue uno de los supervivientes del exterminio nazi. Este judío, de origen húngaro, a la edad de 15 años fue trasladado al campo de concentración de Auschwitz, junto con su familia. Allí murieron su madre y su hermana pequeña, y lograron sobrevivir sus dos hermanas mayores. Elie y su padre, fueron luego trasladados al campo de Buchenwald, donde el padre de Elie falleció poco antes de la liberación en abril de 1945.

En su trilogía, “La noche”, “El alba” y “El día” (1956-1961), Elie recoge algunos de los horrendos padecimientos en los campos de concentración. En un pasaje en particular, cuenta que, un día, regresando del trabajo al campo de Auschwitz, vieron en el patio a tres compañeros encadenados que iban a ser ahorcados. Uno de ellos, era un niño. Nada más entrar, el conjunto de prisioneros fue colocado para que presenciaran “bien” semejante ejecución. Momentos antes de ser ajusticiados, los dos adultos gritaron “viva la libertad”. El pequeño, en cambio, permaneció callado. Y, en ese instante, alguien que estaba detrás de Elie preguntó: “¿Dónde está el buen Dios?, ¿dónde está?”.

Seguidamente se les retiró las sillas sobre las que hacían pie el niño y los dos adultos. Recuerda Elie que, así como los mayores fallecieron pronto, el niño aún tardó media hora, luchando por su vida, hasta que, asfixiado, murió.

Elie volvió a escuchar la misma pregunta: “¿Dónde está Dios?”. “Sentí”, dice Elie, “una voz que, saliendo de mí, respondía”: “¿Dónde está? Ahí está, está colgado ahí, de esa horca…“.

Dios está siempre con y en la persona que sufre. Hemos visto la respuesta que da Elie Wiesel, pero es que lo dice el propio Jesús: “Lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,31-46). Dios se identifica con el que sufre. ¿Dónde está Dios? Está en quien padece. También ahora, a causa del covid.

Obtenida esta respuesta alguien podría reprocharme que la contestación resulta insatisfactoria. Claro que sí. No lo voy a negar. Todos y cada uno de nosotros preferiría que el sufrimiento desapareciera de nuestra vida, de nuestro alrededor. Y sin embargo, no es así.

Pero eso ya es una segunda pregunta, distinta de la primera, y que no conviene confundir: ¿por qué existe el mal? Cuestión que, desde siempre el ser humano ha buscado responder. La teodicea se ocupa de ello: de intentar acercarse a la respuesta de la existencia del mal en el mundo. Yo, desde la honestidad y la humildad, sólo he pretendido decir donde está Dios, ciertamente, ahora y siempre.

P. Juan Carlos

Jueves de Esperanza

Cristo lavando los pies, Giotto di Bondone, 1303, Fresco, Capilla Dei Scrovegni

Amanece Jueves Santo, y seguirá el Triduo Pascual. Aquí en Batuecas, en la soledad, la pequeña comunidad tendremos la gracia de poderlo celebrar  con los ritos propios de la  Liturgia de estos días. Sin embargo, este año todo lo viviremos de modo distinto, al vivirlo en comunión con la humanidad entera que sufre esta pandemia. Ello conlleva una vivencia muy fuerte de lo que los misterios que celebramos significan para una comunidad que quiso estar siempre abierta a ofrecer esta vida y este espacio a quienes quisieran compartirlo con nosotros. Hoy por las medidas sanitarias, no tenemos a nadie de los que nos habían solicitado venir. Ellos, junto con todos los que sufren, están en nuestra vida.

Este año, más que ningún otro, contemplaremos la Pasión de modo distinto. No proyectaremos nuestra compasión sobre unos sufrimientos imaginados en un Jesús, muchas veces no contemplado, sino imaginado a nuestra medida. Hoy que el dolor nos desborda contemplaremos a Jesús abriendo nuestro dolor, como el suyo, al abandono en la fuerza salvadora del amor del Padre. Su abandono, el aislamiento de tantos que sufren solos, no pudo, ni debe ser, vivido como cerrazón, rechazo de los hombres, sino como medida de sanación, de maduración, de una medida incomprensible, para poderle seguir a Él después, para poder amar más a quienes ahora aparentemente abandonamos. Así lo vivía Él, que pidió perdón, la gracia, el amor del Padre, para que nuestra inmadurez, se tradujera en un seguimiento nacido del amor, de la resurrección. Así lo hemos de vivir para reencontrarnos con quienes en nuestras UVIS se recuperan para encontrarnos con la mejor fuerza sanadora: nuestro amor.

Esperemos la Pascua. Esperemos poder seguir a Jesús, más y mejor. Esperemos encontrarnos unos y otros con una mayor humanidad, nacida de un amor más desinteresado, más entregado.

Francisco Brändle.

CRÓNICAS PARA TIEMPOS DIFÍCILES

Liberación de San Pedro, Rafael Sanzio, Fresco, 1514. Museo Vaticano.

Mi Encarcelamiento

Todavía recuerdo, como si fuera hoy, cómo sucedió todo. Era un viernes, a última hora de la tarde, cuando ya esperaba con ansias el fin de semana que se avecinaba. Entraron en mi lugar de trabajo, no llamaron a la puerta, ni siguieron los rituales de los buenos modales. Simplemente me dieron una orden de encarcelamiento, a la que no me podía oponer.

No estaban equipados con un bastón, esposas o armas de fuego. No eran como policías normales: sus armas eran palabras, imágenes, hechos y un número alarmante de muertes. Mi sensación en ese momento era la de un ciudadano corriente. Me sentí perplejo, perdido y acorralado. Sin que se escuchara mi angustia, fui llevado a la furgoneta. No me permitieron coger muchas cosas. Me llevaron en un vehículo oscuro y hostil a mi dolor. Sin embargo, me di cuenta de que no era el único que había sido arrestado, miles de personas también estaban allí, también habían sido denunciadas. La acusación que cayó sobre todos nosotros fue que vivíamos una vida corriente. Algo totalmente injusto para un trabajador como yo, que pago mis impuestos y cumplo mis deberes con la nación. Pero lo más impactante de todo estaba por suceder…

El lugar de mi encarcelamiento se llamaba hogar. ¿Hogar? Sí, no cualquier hogar, sino mi hogar. Fue realmente duro lo que me hicieron, estar atrapado en mi propia casa. Casa, para mí, que me puso en contacto con un “nosotros”. Confieso que siempre he tenido dificultades para conjugar verbos en tercera persona del plural, por lo que con el tiempo he creado muchos espacios donde se permitía la conjugación en primera persona del singular. Era ridículo que, en este momento de mi vida, me viera obligado a pasar por una situación tan vergonzosa. Mis torturadores, con un gesto de benevolencia, me permitían usar el móvil. ¡Fue un respiro en medio del caos!

Pero el tiempo de privación se alargaba y surgían mil temores y preocupaciones. ¿Cómo pagaré mis deudas? ¿Cómo voy a mantener a mi familia? Estas y otras preguntas eran frecuentes… Pero mis dudas no fueron escuchadas, intenté hacerles entender la importancia que yo tenía en la empresa y que muchas cosas dependían de mí. Yo, que pensaba que era indispensable en mi trabajo, ahora estaba privado de toda certeza o garantía de volver a él. Estos pensamientos y preocupaciones, sumados al aburrimiento de estar en ese lugar, que ya no merecía el nombre de hogar, sino de prisión, me llevaron al delirio… ¡Qué difícil es descubrir que no tenemos las cosas en nuestras manos y que todo se vuelve relativo! El delirio, que inicialmente se manifestó como un intruso, ya ocupaba cada segundo de mi día.

Hoy, algunos años después de mi encarcelamiento, puedo admitir que el culmen de todo fue aquel espejo. De hecho, él siempre estuvo allí, pero hasta entonces fue solo para ayudarme a afeitarme. Ese espejo me puso en contacto con mi “yo”. El “verdadero yo” que vive escondido dentro de cada uno de nosotros. Nos da vergüenza, así que insistimos en negarlo. Pero ya no me era posible escapar, mi condición de prisionero no me lo permitía. Incluso el móvil, al principio tan comprensivo con mi dolor, se había revelado como un verdadero enemigo que me alejaba de mí mismo y, en consecuencia, de los demás.

Qué escena tan deprimente fue escuchar la voz de mi “verdadero yo”. Tenía sin resolver muchas cosas de mi vida. Es como si me encontrara con un montón de escombros sin saber qué hacer. No puedo expresar en papel lo que significa encontrarse consigo mismo en medio del caos. Miedo, inseguridad, frustración, dudas, odio, desesperación… ¡Son solo palabras! Lo que hay en mí es mucho más que eso.

Sin embargo, fue exactamente en ese momento, entre la desesperación y la lucidez, cuando una voz emergió en mí. ¿No sería una proyección de mi desesperación? ¿No sería un refugio dorado creado por mi debilidad? No, no podría producir esa sensación de paz yo mismo. No vino de mí, sino de “otro” extrañamente presente en mí. Ahora reconozco que no surgió en el momento de la desesperación, sino que siempre estuvo allí. Esa voz cálida indicaba dos actitudes infantiles como un ancla en esa tormenta: confianza y abandono.

Confianza y abandono no son palabras mágicas. Están llenas de significado existencial. Fue en el apogeo de mi encarcelamiento, cuando había perdido toda esperanza de sobrevivir a este caos, cuando surgió esta presencia afable y sutil. No puedo explicar cómo alguien pasa del dolor a la alegría, de la prisión a la libertad, de la desesperación a la esperanza… Estas son cosas complejas que no podemos expresar con palabras. Pero fue así, cuando desde lo más duro de mi prisión me liberé de mí mismo y me abrí a la trascendencia.

Fr. Emmanuel María

“Pruébanos tú, Señor, que sabes las verdades para que nos conozcamos!”

“Somos amigos de contentos más que de cruz. Pruébanos tú, Señor, que sabes las verdades para que nos conozcamos!” 

(Santa Teresa, Moradas 3ªs, cap.1,9)

Tiempo de reflexión. Tiempo para amar. Estos días de duro confinamiento, solos o en familia o con algún amigo, nos da tiempo para ordenar nuestra casa, nuestro interior, y nos revela lo mucho que dependemos uno de otro. Que las palabras de Jesús, o Santa Teresa, o San Juan, están infundidas de una verdad reveladora.

Complacientes y viviendo una vida llena de bienestar material, esta pandemia nos revela la importancia de la caridad y misericordia, de cuidar de los enfermos, enterrar a los que han muerto solos, relativizar y transformarnos. Ahondar en nuestro autoconocimiento y amor mutuo. Prepararnos para el mundo post-virus.

Desde lo profundo de la fosa nace la esperanza. En la oscuridad se refuerzan nuestras raíces, para florecer en la luz.

Hermano Frederik