TERESA: ¡ME ENCANTAS!

Hace un tiempo me pidieron que escribiera sobre Teresa de Jesús; no resulta fácil cuando uno se propone comunicar algo testimonial. Es como hablar de tu madre. ¿Cómo hacerlo, sin sentir que no has dicho todo lo que quieres decir? Hay cosas mucho más para sentir, que para hablar, y a veces no se puede decir lo que se siente. Como dice la misma Teresa: “La gloria que en mí sentíno se puede escribir ni aun decir, […] lo que allí podía hacer era entender que no podía entendernada…” (V 39,22). Sin embargo, hoy he decidido plasmar en el papel algunas ideas, como si hiciera un dibujo sin pretensiones de precisión en los trazos, solo por el gusto y placer de hablar de alguien muy estimada por mí.

Teresa me encanta por su búsqueda de la verdad. La verdad con mayúscula, pues busca al propio Dios, pero también busca su verdad, la verdad del ser humano, y descubre que lo uno ilumina a lo otro. En la relación con Dios, el ser humano se comprende a sí mismo y comprende el proyecto de Dios para él. Para Teresa, la oración es un espacio privilegiado de conocimiento de Dios y de uno mismo. El autoconocimiento teresiano no es algo que se alcanza por medio de las ciencias modernas, sino en el reconocimiento de lo que somos a los ojos de Dios.

Teresa me ha enseñado que la contemplación consiste en descubrirse contemplado con una mirada única y amorosa, que proviene del propio Dios. Por eso, su insistencia en aconsejar: “Mirad que no está aguardando otra cosa sino que le miremos” (C 26,3). ¡Le mira a él y se descubre mirada por él! El mirar de Dios es amoroso y hace que despierte en nosotros el amor. Amor que no es sentimentalismo y que, sin embargo, provoca en la criatura la determinación de dar la vida por él. “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Teresa me encanta, también, por su realismo, opuesto a una vivencia de la fe desconectada de lo humano. Ella ha comprendido bien lo que significa en la fe cristiana la encarnación: “La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14). Dios ha asumido nuestra humanidad y ha puesto su morada entre nosotros. Desde entonces, lo humano pasa a ser el lugar privilegiado de la manifestación de Dios. Teresa será la gran defensora de la humanidad de Jesucristo e insistirá en que la meditación en ella es un camino seguro.

De ese modo, Teresa se opone a un visón angelical del ser humano, que pasa por encima de sus debilidades, como si esto fuera posible. En este sentido, Teresa es maestra en deshacer ilusiones, que bajo un velo espiritual enmascaran una realidad extraña, ajena y contraria al Evangelio. Sabe que el edificio de la oración necesita estar bien fundado, por eso, sugiere no buscar el gusto sensible, sino determinar la voluntad para servir a Dios.

Teresa me encanta, además, porque es una enamorada de la vida, hace todo con pasión, se entrega entera en el servicio de Dios, pone en él sus mejores fuerzas. Para Teresa no hay imposibles. ¡Mujer determinada! ¡Valiente! ¡Fuerte! Sabe que “Dios es amigo de almas animosas” (V 13,2). Teresa lo es y desea que todos lo sean también. Así, irradia la alegría de servir. Nadie se queda igual que estaba después de leer sus obras o conocer su vida. Su poder de convocatoria ha continuado a través de los siglos y nos llega hasta hoy con el mismo ardor y entusiasmo. 

Sí, Teresa me encanta y me hace pensar en un Dios cercano, que me busca con amor entrañable. Teresa me encanta, porque me habla de Dios, me orienta hacia él. Es la admirable capacidad de la mística: conducirnos hacia el misterio con suavidad y ternura.

Todo esto me encanta en Teresa de Jesús. Al término de este breve escrito testimonial sobre la Madre Teresa, me queda una honda alegría por poder compartir mis impresiones y sentimientos sobre esta gran mujer, mística, doctora de la Iglesia y maestra de vida espiritual.

FRAY EMMANUEL MARÍA. OCD

Me conservas la salud

“Me conservas la salud, me mantienes en tu presencia·  (Sal 40) Cuando repetía estas frases en la oración, caí en la cuenta de cómo el Señor me mantenía en su presencia de un modo muy sencillo. No estaba fuera mirándome, eso sería algo muy ajeno a su amor que se entrega. Por eso me vi envuelto en su amor, de modo muy general, es decir abarcando todo mi ser. Una noticia, un modo de hacérmelo sentir que me abría a ese amor que Él me daba, pero todo vivido en una fe que nada tenía que ver con las cosas que me imagino o que pienso. Era algo más hondo y profundo que me daba seguridad y certeza de saber que estaba “en su presencia”.  Así podía conservarme salvado, es decir así se conserva la salud que viene de Dios. Cierto que la que gozamos en nuestro cuerpo puede reflejar aquella, pero no siempre es así. Podemos estar sanos, salvados, en situaciones de enfermedad, y a veces en esta situación, en medio de una enfermedad sentir más que nos mantiene en su presencia, conservándonos esa salud, que es salvación. Mantener atenta nuestra mente a esta gracia es algo que podemos y debemos hacer en nuestra oración silenciosa, pero no sólo es ese el momento, en toda ocasión podemos repetir con verdad este versículo del salmo: “Me conservas la salud, me mantienes en tu presencia”

F. Brändle

por ti madrugo

Alba c.1845 J. M.W. Turner, Galería Nacional. Londres

¡Oh, Dios! Tú éres mi Dios por ti madrugo (Sal 62). Este salmo, que recitamos frecuentemente en Laudes, me ha servido para vivir unos momentos de oración llenos de sentido.En el comienzo de la oración habíamos repetido el canon  “Señor despiertame, ensancha mi corazón”. Empecé a entender que Dios no sólo necesitaba de un acto de mi voluntad para madrugar por Él, bien está,pero no era todo. Necesitaba comprender que la ilusión por la que madrugaba era por dejar Él fuera llenando ese día mi vida de su amor, que todo lo que pudiera hacer estuviera lleno de ese amor que el pondría en mi corazón ensanchado por Él y no sólo por mis buenos propósitos. Entendí que eso sí que era realmente el verdadero sentido del madrugar por Él.

F. Brándle

El justo crecerá

“El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano” (Sal 91). Al recitar estos versos, me sentí muy cerca del Santo que este año vamos a recordar de modo singular: San José. Me parecía ver que su altura iba poco a poco destacándose en la historia de su devoción, y que ahora ya esta palmera se va haciendo visible en toda la iglesia. Que aquella intuición de Santa Teresa, de la grandeza de este Santo, está alcanzando su medida, aunque aún quede mucho por descubrir, sobre todo desde su misión tan singular, siempre mediatizada, por quererla comparar con la de María, cuando son únicas e incomparables, como todo lo divino, aún en el menor de los hombres. Si el Verbo se hizo carne, el Verbo entró también en la historia, y aquí juega un papel singular San José. Así también su inmensidad le hacia alzarse como cedro que todo lo llena. La presencia de Dios por la historia en Jesús, se hizo ya para siempre (Mt 28,20), y sin duda que ha sido la gran misión de San José, abrir esta puerta a Dios en la historia, es así ese Padre de Dios, que viene a nuestra historia, el justo y bendito que podemos venerar como el patriarca de la humanidad.

F. Brändle

Tú, Señor, estas cerca

Al leer esta mañana este versículo del Salmo: “Tú, Señor, estás cerca”, me vi envuelto en esa realidad que estamos celebrando: el “Adviento”, y, sin dejar de seguir en esta espera del Señor cercano, lo uní al verso siguiente: “todos tus mandatos son estables” (Sal 118,150). Con ello se me fue haciendo claro que la venida cercana, el sentirlo cerca, es una manera de celebrar su cercanía entrando en mi vida a través de la estabilidad que me dan sus mandamientos. Los Padres de la Iglesia ya habían hablado de esta venida a nuestras vidas, pero con este verso se me hacía más encarnada, se me hacía más palpable. Poco a poco fue abriéndose camino la idea de que nada podría dar estabilidad a mi vida que no fuera algo que tuviera fundamento, y esto no podía ser otra cosa que el proyecto de Dios sobre mí. No se trataba de hacer un concienzudo examen de conciencia sobre los mandamientos, sino de hacerlos vida desde el proyecto de Dios para mí. El descubrir su verdadera estabilidad porque se sustentan en el amor que Él nos tiene, y no deja de mostrarlo. Aunque sea a nuestras espaldas, el está ahí, para que cuando corramos el riesgo de desviarnos a derecha o izquierda, nuestros oídos oigan esa voz que nos indica: “este es el camino” (Is 30,19-21). Y con esa certeza, nos vendrá también la fuerza para poderlo hacer. Este será también para nosotros un verdadero Adviento, descubrir más y mejor que: “Tú, Señor, estas cerca”.

F. Brändle

El Escucha

Cristo en Getsemaní, Franz Scwartz, 1901, grabado

Leía momentos antes de la oración en vísperas estas palabras del salmo 114, “Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante”. Me parecieron muy apropiadas para mantener viva mi oración de la tarde. Me resultaban un tanto egoístas, si eran condicionales, es decir si eran una condición para amarle el que me escuchara. Más tarde intuí que lo verdaderamente grandioso era que me escuchaba, que estaba atento a mi voz, que ahora era suplicante, y lo estaría siempre, en toda ocasión que tuviera de abrirme a Él. Con ello se fue acrecentando mi confianza de estar amando a quien me escuchaba siempre. Que mi diálogo podía ser continuo, que su cercanía era absoluta. Mi oración de súplica podía ser en alguna ocasión, pero no siempre, la ocasión para amarle, al sentirme escuchado. También podía amarlo porque me escuchaba cuando le daba gracias, o sabía acercarme a Él como a un amigo. Me resultó entonces fácil salir de lo que pudiera ser un amor egoísta, y vivir esa cercanía de Dios que siempre escucha, que abre sus oídos a todo mi ser para que me abra a Él. 

F. Brändle

Junto a los canales de Babilonia

Judíos en Babilonia, Eduard Bendemann 1832

“Junto a los canales de Babilonia, nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión” (Salmo 136,1).

Interiorizando este versículo de salmo, vine a entender que puede muy bien ser reflejo de cómo vivir y experimentar nuestra fe y nuestro vivir creyente. No somos creyentes judíos deportados a tierra extraña, que añoran la vida en su patria, y sobre todo a través del símbolo más querido: la ciudad de Sión, donde se expresaba su vida creyente. Somos, y así lo sentí, llamados a vivir en el mundo y realizar en él, obras que nacen sólo del amor, y por lo mismo de la fuerza del Espíritu que nos mueve a ello. Sin embargo, este modo de realizarnos, de expresar nuestra entrega, se ve aplastado por una sociedad humana marcada por leyes y caprichos de los hombres. Aquellos canales de Babilonia, eran expresión de una vida civilizada, de grandes valores, pero nacidos de la autosuficiencia humana. Tantas veces nuestras buenas obras han caído por tierra por la envidia, el desprecio con el que se han mirado. Y se ha justificado tal acción por leyes y determinaciones que a modo de bellos canales parecían reflejar lo mejor. Lejos de abandonar nuestra verdadera existencia, de renunciar a ella, y aplaudir los valores de una sociedad sin amor, nuestro anhelo y nuestra alegría se han de traducir en seguir poniendo en nuestro vivir aquella esperanza que nos remite a la nueva Jerusalén, expresión de una humanidad hecha una por el amor y donde estará claro que nuestra alegría llegará a su plenitud.

F. Brändle

Inocente

Al leer el salmo 14 me quedé atento a algo que me parecía no tenía que preocuparme. Se trataba de alguna de las condiciones para subir al templo, y una de ellas era: “no aceptar soborno contra el inocente”. Tenía claro que las distintas condiciones para subir el templo eran esas exigencias que hay que tratar de vivir para acercarse con sinceridad a Dios. Nunca me había detenido en la que arriba cito, porque no podía recordar ninguna ocasión en que se me hubiera ofrecido dinero para ir contra el inocente. Sin embargo en esta ocasión a la que aludo se me hizo patente algo que quiero comentar. De repente me pareció que el soborno que se me ofrecía para ir contra el inocente no era dinero, sino mi propia inocencia. Sí, me pareció que en ocasiones aceptaba, porque se resaltara mi bondad e inocencia, lo que se decía contra otro. Y acabé también pensando que eso que aceptaba e incluso me alegraba, que se decía de otro, podría ser falso, o al menos no ser condenable. La deducción fue clara: “con tal de quedar tú por encima, me dije, aceptas que se diga algo negativo de otro”, en estas condiciones no te puedes acercar a Dios. Es algo necesario, es una de las condiciones para subir al templo, aquello que había oído decir de Santa Teresa, que no permitía se hablara mal de nadie delante de ella. Ahora lo veía mucho más necesario, porque es fácil que ese soborno de mantener mi propia bondad, apoyándome en lo que de otros se dice robándoles en muchos casos su inocencia, y esto lo aceptara sin más, cayendo en la trampa. Estaba claro, así me alejaba de ese Dios Padre de todos.

F. Brändle

La Noche

Me preguntaba esta mañana qué necesidad tenía el salmista de adelantarse a la aurora para pedir auxilio (Sal 118, 145ss.). Me imaginé que como todo ser humano el salmista concebía la noche como  la realidad que nos envuelve y desde la que no parece verse la salida para los problemas que puedan surgir en el día. Sólo abriendo la noche a la palabra de Dios, se puede esperar más allá de esos presagios que nos abruman y cierran la salida a una visión positiva de lo que imaginamos nos pueda venir. Si el día transcurrió esperando ese cumplimiento de la Palabra, también la llegada de una nueva noche la podemos adelantar si ante los temores con los que nos pueda amenazar abrimos el corazón a la esperanza puesta en las promesas de Dios. Noche y día son símbolo de la historia hecha de esperanza y salvación. La vida del hombre no deja de ser una noche, en la que antes de llegar la aurora pedimos auxilio para que se abra a la Palabra de Dios. La historia en la que se vive, es el gran día en el que cabe la esperanza de abrir la puerta al Dios de la historia para que la inunde su presencia.

F. Brändle

El Señor guarda a los sencillos

“El Señor guarda a los sencillos” (Sal 114). No parece muy difícil de entender el sentido de este versículo, pero me llamo la atención el calificativo de “sencillos”. Esperé con paciencia que a lo largo de la oración, hecha al estilo teresiano-sanjuanista, de atención amorosa, se me fuera haciendo más luminoso su contenido. Comencé cayendo en la cuenta de que realmente nos hacemos complicados, queremos al fin en muchas ocasiones no ser lo que somos, y esto de muchas maneras. No reconociendo nuestra debilidad, no aceptando nuestra limitación, no saliendo, en definitiva, de nuestro estrecho y complicado modo de ver las cosas. Desde esta conciencia de llegar a descubrir las ocasiones en que nos hacemos complicados, quise en positivo abrirme a que se me hiciera manifiesto que es ser “sencillo”. Pensando en el Señor que nos guarda caí en la cuenta que nos quiere abiertos a lo que en su designio de amor hemos de alcanzar. La meta de nuestra existencia está en esa sencilla vida amorosa en la que nos podemos abrir a Dios y a los demás en la verdad de lo que somos, llegar a la verdadera comunión que nace de lo que somos, y no de lo que complicadamente queremos llegar a alcanzar, y que nos aparta de esa mirada amorosa con la que Dios nos guarda, para llevarnos a vivir en comunión sincera con Él y con los demás.

F.Brändle