lava del todo mi delito

El Hijo Pródigo, Rembrandt, 1668, Museo del Hermitage

Uno de los salmos más conocidos y recitados en la iglesia es el salmo 50. En sus  primeros versos leemos: “lava del todo mi delito, limpia mi pecado”, después de haber invocado su misericordia. Al querer interiorizarlos repitiéndolos durante la oración silenciosa, caí en la cuenta de que siempre había puesto más atención en mi pecado, en mi culpa, que en el Dios que limpia. Sin darme cuenta estaba cayendo en la cuenta de que siendo Dios el que limpia, de aquel pecado, de aquel delito no podía quedar rastro alguno. Su limpieza sería tal que aquel delito o pecado habría dejado de existir, se habrían borrado para siempre. ¿Qué era lo que habría logrado tal limpieza?: “SU AMOR”. Dios era el que poniendo amor habría sacado amor. Mi vida se habría liberado de todo egoísmo y se habría convertido en amor, donde no cabe ni delito, ni pecado. Se trata no de condonar una deuda, no de poner un manto para que no se vea la mancha, se trata de transformar una vida, para que sea una vida enamorada. En verdad nuestra relación con Dios entra también dentro de la dimensión teologal, sólo asumible desde la fe, la esperanza y el amor. Ver la realidad en estas dimensiones teologales es sentir que el pecado no es la mera transgresión de una norma, es mucho más. Es seguir siendo ese sujeto lleno de sí, egoísta, incapaz de abrirse al plan de Dios. Si soy capaz de rezar con el salmista al Dios que lava el delito y limpia la culpa, veré que mi vida se llena de amor y se transforma, para ser esa criatura nueva, a imagen de Dios, que pone amor y saca amor.

F. Brändle

El Señor Es Grande

Me sorprendí orando con dos versículos de salmo 134: “Yo sé que el Señor es grande,” “todo lo que quiere lo hace”, y su sentido se me iba abriendo a contenidos que en su simple lectura no había llegado a descubrir. Ciertamente nunca hubiera dudado de la afirmación “el Señor es grande”, pero lo hubiera dejado en una inmensidad y grandeza que difícilmente me interpelaba. El lo podía contemplar grande; pero en su cielo. En estos momentos comencé a descubrir que su grandeza me envolvía, que sus dimensiones, no eran de lejanía en espacios infinitos alejados de mí, sino en su entrañable cercanía que me envolvía, como lo envolvía todo. En ello estaba su grandeza, su inmensidad. Así tan cerca, su grandeza no era el fundamento de un poder caprichoso que lo que quiere lo hace. Me pregunté entonces que es lo que quiere hacer de mí, estando tan cerca, Me pude percatar que no me envolvía amenazándome con su poder arrollador, sino con su poder transformador. Que su voluntad no podía traducirse en un poder omnímodo y amenazador, sino la fuerza de un poder que acaba transformando por amor. Me abrí entonces a ese querer de Dios, para nosotros, para mí. ¿Cómo se haría presente su poder en estos momentos que estamos atravesando?. Sólo estando ahí con su grandeza su querer se traducía en abrir el corazón de todos y cada uno a aquel amor con el que Él puede transformarnos, hacernos aquello que Él verdaderamente quiere desde su amor siempre presente por su grandeza: superar las pruebas de la historia desde la maduración y el crecimiento. No desde el castigo o el aniquilamiento.

F. Brändle

Magnificat

William Bouguerau, 1899

“Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre” (Sal 33,4). Al leer estas palabras del salmo quise asociar a mi oración a cuantos me rodeaban, lo hice de corazón, pero veía que la grandeza del Señor a la que yo podía invitar a los demás a cantar conmigo distaba mucho de su verdadera magnitud. Tampoco podía llegar a descubrir cómo ensalzar en verdad su nombre, tal y como merece ser ensalzado. Es entonces cuando recordando el “magnificat” me asocié, uniendo a todos los que me rodeaban, a la oración de María. Ella sí que recordando estas palabras del salmo, me invitaba a unirme a su alabanza a quien había hecho obras grandes, a ensalzar a aquel cuyo nombre es santo. Desde su humildad y pequeñez, María nos invita a toda la humanidad a asociarnos a su canto, a proclamar con ella la grandeza del Señor y a ensalzar su nombre, y hacerlo en su verdadera medida. Con María se hacen verdaderos los deseos del salmista, cuando pronunciadas por ella estas palabras: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre”, nos invita a todos a unirnos a cantar el “magnificat”.

F. Brändle

“Te invoco de todo corazón”

Jesús entre los doctores, Alberto Durero, 1506. Museo Thyssen, Madrid

En la mañana del sábado,  la iglesia nos invita a rezar el salmo 118,145-152. En este fragmento del salmo encontré los dos versículos que me ayudaron en mi oración. Comencé repitiendo: “Te invoco de todo corazón”. Me preguntaba si sería capaz de hacerlo. Porque todo el corazón no sabría ponerlo si El no me ayudaba. Y vinieron a mí del mismo salmo estas palabras de otro versículo: ”Tú Señor estas cerca”. Uní los dos versículos. Me parecía que no siempre había sentido al orar al Señor tan cerca. Lo colocaba lejos, arriba, en un lugar no tan cercano, y mi invocación se me hacía también una llamada a alguien lejano. Cuando fue entrando en su presencia cercana, puede ver como el corazón se abría del todo, pude comprobar que sí, así era posible invocar con todo el corazón. Y acabé pidiéndole que se hiciera cercano a todo hombre que vive en este mundo. Que todos pudieran sentirle cerca. Que sólo así, no hablando de un Dios lejano, que acaba siendo un Dios que no es, se convertiría en Jesús, el Dios con nosotros, el que no buscamos ya arriba, lejos, sino inundando la historia y la creación con su presencia amorosa que nos alcanza por Jesús resucitado. Di gracias, una y mil veces, por haberme ayudado a invocar con todo el corazón, porque Él estaba cerca, estaba ahí, siendo el centro de mi vida.

F.Brändle

“Que todas tus criaturas te den gracias, Señor” (Sal 144)

Al leer esta sencilla proclamación de un deseo, expresado así por el salmista, me inundó de pronto la consideración de qué sería esta totalidad de las criaturas… Todas, todas… y en una sola voz. Era el universo, en su totalidad el que me abría la conciencia a  una experiencia de la creación en consonancia con lo que el Papa nos alienta a vivir en su encíclica “Laudato Si”. Hemos de volvernos a la naturaleza, no como meros observadores, menos aún como dominadores, sino como inmersos en ella con esos sentimientos de gratitud, de ofrenda graciosa de cuanto soy y tengo a quien quiero agradecer lo que de Él recibo. Hemos emprendido en Batuecas la restauración de alguna ermita de las dispersas por el valle, en las laderas del monte, con la seguridad de que quien en ellas pase unos días tendrá que vivir esta experiencia de comunión con la creación. Será una vuelta no a la forma de vida primitiva que vivieron durante más de ciento ochenta mil años los seres humanos, sino a la conciencia de comunión con la creación en la que necesariamente habían de vivir. De la naturaleza recibían los alimentos, en ella crecían sin más abrigo que una cueva… Ha sido el cultivo de la tierra, la abundancia de frutos, aunque no siempre bien repartidos, la que ha hecho innecesaria esa comunión tan profunda con la naturaleza y nos ha recluido en las ciudades, donde hallamos sustento y cobijo al margen de esa naturaleza que nos rodea. Por ello al repetir una y otra vez, que “todas tus criaturas te den gracias” me veía inmerso en ellas para con ellas hacer brotar en mí esos sentimientos de gratitud, al Señor, “Amado” que todo lo plantó.

F. Brändle

Beber del Torrente

En el rezo de vísperas cada domingo en la tarde me llena de gozo poder vivir esa entrañable experiencia que cada judío buscaba vivir al contemplar a su rey recitando el salmo 109 (vv. 1-5, 7). Como creyente el Cristo esas palabras del salmo las vivo en mi oración contemplándolas en Cristo. Todas me abren horizontes de comprensión que van más allá de lo que puedo imaginar al leerlo. La victoria sobre los enemigos, el estar sentado a la derecha del Padre, el haber sido engendrado antes de la aurora…. Hoy me quiero detener en el último de los versículos que se leen: “en su camino beberá del torrente, por eso levantará la cabeza”. Su camino no es otro que el que vive como verdadero hombre, su camino ha querido hacerse en el tiempo y en el espacio para que yo también aprenda a beber del torrente, para que en mis búsquedas para encontrar la fuente que mana y corre,  para llegar a encontrar lo que me haga verdaderamente humano, no dude, pues será bebiendo del torrente de vida y sepa que es el que se me ofrece al abrirme a Dios, a su Misterio. El resultado no se hará esperar, es una consecuencia inmediata, “por eso levantará la cabeza”. El sentirme abatido, sinsentido, nunca tan humillado y abajado, como lo fue Jesús en la cruz, y sin embargo, levantó la cabeza, resucitó. Con mi fe en la resurrección afirmo que todo camino humano que se hace bebiendo del torrente, de la fuente que mana y corre, acaba en vida y resurrección.

F. Brändle

“Aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón” (Sal 61,11)

Dorotea Lange, Madre migrante, EEUU 1936

“Aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón” (Sal 61,11). Me parecía al leerlo, recitando el salmo, que una afirmación así nada tenía que decirme para vivir unos momentos de oración contemplativa. Algo me decía que no lo desechara tan fácilmente, y comencé a repetirla con calma, haciendo silencio. No hubo que hacerlo muchas veces. Pronto se me iluminó mucho más de su contenido, que encerraba mucho para mi vida, si quería que Dios entrase en ella a través de una verdadera contemplación. Sí, esa infusión amorosa de Dios no me sería fácil vivirla si no caía en la cuenta de lo que supone dar el corazón a las riquezas cuando estas crecen, supliqué al Espíritu que me invitaba a repetirla que me mostrara más la verdad de este aserto tan simple, y vine a caer en la cuenta de que en mi vida doy y puedo dar el corazón a muchas riquezas que crecen a lo largo de ella. Mis éxitos, mis conocimientos, mis obras buenas, todas pueden crecer como riquezas, y yo darles el corazón, pensando que es algo bueno, que Dios me regala. Me sentí abierto a un modo nuevo de entenderlo. Sí, ahí están las riquezas que crecen con el devenir de la vida, pero ellas no pueden llenar mi corazón, ni mucho menos convertirse en algo para lo que vivir. Repitiendo la frase le fui pidiendo al Señor que pudiera vivir lo que se me decía en esa frase. Que el Espíritu me liberase de poner el corazón en todo aquello que me parecía ser justo y bueno y por ello digno de darle mi corazón; que consciente de lo que podría ser un aumento de saber, de virtud, de aprecio por parte de los otros, pues así puede normalmente suceder, de tal manera lo viviera que no me robara el corazón. Es así como me abriría a la verdadera contemplación, a la atención amorosa, que cultivada en la oración, se vive en todo, libre ya de darle el corazón a cuanto me acontece enriqueciendo mi vida.

F. Brändle

¡Desde lo hondo a ti grito, Señor! (Sal 129)

 ¡Me hace resplandecer tu belleza y tu bondad!

Hoy, en mi oración por la mañana, me detuve en los versos del salmo ciento veintinueve y, aunque el rezo siguió con otros salmos e himnos, mi corazón se quedó allí. Estos son los momentos en los que el cuerpo se queda silencioso, haciendo lo que la gente del entorno espera que haga, para no llamar la atención sobre lo que ocurre en su interior. Pero, el alma se pone a viajar y el corazón se ensancha de alegría como si descubriera la fuente del agua viva.

¡Desde lo hondo a ti grito, Señor!… decía muchas veces, todavía sin llegar a traspasar el misterio oculto de estas palabras que en aquella mañana me fascinó. Sin duda, era una oración existencial que expresaba no sólo el sentir del salmista, sino el de todo ser humano que experimenta su propia fragilidad. El velo que cubría estas palabras del salmo solo aumentaba el encanto que producía en mi alma. El día transcurrió como uno de tantos, aunque a veces como un viento que se pone a mover todo lo que está en su entorno, así el simple recordar de las palabras: “desde lo hondo a ti grito, Señor”, ponía en movimiento mi sed de plenitud.

Estas palabras que desde la mañana me producían tal atracción, ahora al caer la tarde se llenaban de sentido. Pero, no llegué a esta iluminación solo, me ha ayudado un abuelo que todos los días pasaba por la iglesia para hacer un rato de oración. Hoy mirándole percibí que sus ojos estaban fijos en los vitrales, donde el sol realzaba sus colores y hacía de las imágenes una verdadera preciosidad. ¡Quedé maravillado! Pero, en la medida que el sol se ponía, las vidrieras se quedaban opacas y hasta oscuras.

El anciano, viendo este espectáculo, añadió unas breves palabras, que en mí corazón resonaron como una enseñanza divina. “Mira”, decía él, “la belleza del hombre que deja que el sol divino se refleje sobre él. Pero, ¿te has dado cuenta de lo que es el ser humano sin Dios? La belleza y la capacidad que hay en él se quedan oscuras y sin atractivo con la ausencia de la luz divina”.  Estas palabras me permitían entender mejor el salmo que por la mañana había rezado.

Entonces, repetí con calma: ¡Desde lo hondo a ti grito, Señor! Mi clamor ahora se llenaba de sentido. Necesitaba de Dios para reflejar una belleza que llevo oculta en mí, pero que sólo la luz divina es capaz de poner en evidencia. En aquella iglesia, al caer la tarde, al mirar aquellos vitrales ya sin color, entendí algo de mí, de mi pobreza y fragilidad. Comprendí que soy incompleto, que no soy todo lo que soy llamado a ser sino al dejar pasar la luz de Dios a través de mí.

Por esto, terminé mi día haciendo una oración al Dios siempre nuevo, que me ha permitido bucear en el hondo de mí ser para entender la necesidad que tengo de Él.

Dios, Tú que eres siempre nuevo,

Que me hablas de muchos modos y maneras,

Que me sorprendes y encantas,

Desde lo hongo a ti grito, Señor

Como un niño reclamando la presencia de su madre,

A espera de su protección y aliento

Me hace resplandecer tu belleza y tu bondad

No me dejes en la oscuridad de la vida

Pues sin ti, no sé vivir

Sin ti, no soy nada.

Dios, Tú que eres siempre nuevo,

Hazme también una persona nueva. Amén.

Fray Emmanuel María

Infúndame Sabiduría

El salmo 50 resuena con frecuencia en nuestras celebraciones con ese acento de arrepentimiento que caracteriza la vuelta del hombre a Dios. Pero no fueron estos sentimientos los que me vinieron cuando rezando el salmo, llegué al verso: “en mi interior me inculcas sabiduría”. (v.8). Esta es la traducción que me ofrece la liturgia y con la que traté de ayudarme para vivir los momentos de oración silenciosa. Ante todo me recogía el hecho de que Dios, al que volvía, fuera el que trataba con ahínco de infundirme su sabiduría, y lo hacía en mi interior. El interior de mi vida no eran por supuesto las actividades en las que me veía envuelto y para las que Dios me daba una sabiduría humana que las pudiera afrontar con éxito. Algo más allá de todo esto constituía ese interior en el que Dios actuaba, y lo hacía dándome su sabiduría.

En un momento, sin reflexión alguna, sentí que esa sabiduría se traducía en la cercanía de Jesús, que me enseñaba el modo de acoger la vida desde el proyecto de Dios, convirtiéndose en esa sabiduría con la que afrontar en cada momento el vivir de cada día. Acepté gozoso que Dios tuviera tanto empeño en infundirme esa sabiduría que da sentido a la vida, y que lo haga a través de Jesús, el Verbo encarnado. La Palabra encarnada en Jesús, me invita que en su seguimiento se fuera encarnando en mi vida, como también en la de todos.

F. Brändle

Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre

“Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre” (Sal 112,2). Este versículo tan conocido del salmo 112, me ha llenado de luz y amor en esta tarde del sábado que lo hemos orado en el rezo de vísperas. Bendito, bendecido. Me parecía que el mismo Dios me hacía vivir su presencia de ese modo pasivo, siendo mi vida la que se constituía en el espacio en el que era bendecido. No se trataba de que desde mi oración buscara yo  bendecirlo. Era Él quien dejándole se bendecía en mi vida, puesta ante Él. Por eso entendí también que estaba sucediendo, “ahora”, que en mi oración silenciosa acogía su Palabra, pero que eso era ya vivir lo que había de ser “siempre”. Nuestras vidas serán “siempre”, en la dimensión eterna de nuestro vivir, bendición de Dios. El versículo cobraba todo su sentido. Entendí mejor por qué la iglesia lo repite en algunas ocasiones antes de hacer descender la bendición de Dios, sobre los fieles.

F. Brändle