me cubres con tu palma

Las Mártires de Guadalajara

“Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma” (Sal 138,5). En un salmo que nos recuerda el conocimiento de Dios sobre cada uno de nosotros, con un saber que nos sobre pasa, me sorprendió ese abrazo de Dios y esa potencia divina. Habíamos comenzado nuestra oración silenciosa, con el canon: “alma, a ti buscarte has en mí, y a mí buscarme has ten ti”. Descubrí en el silencio y a la luz de este versículo del salmo cuán cierto era. A Dios sólo le descubriré en ese estrecho abrazo que me funde con Él, donde me entrega toda su vida, para poderle conocer en mí, al tiempo que me acoge en su misterio para poderme conocer en verdad en Él. Caer en la cuenta de ello es llagar a no buscarme ya fuera de Dios que así me ha abrazado. En él puedo ser en verdad lo que anhelo y debo ser, porque su abrazo no nos destruye, Así abrazados nos cubre con su palma. La mano de Dios, su bondadoso actuar, se convierte para nosotros en protección cierta. Ser conocidos por Dios, es ser amados, y esto hasta llegar a ser verdaderamente abrazados por Él. Comprendí que el salmo me invitaba a ello, partiendo de esa verdad tan contundente: el abrazo de Dios.

F. Brändle

celebrar el nombre del Señor

Virgen del Carmen, Sebastián de Herrera, c. 1650, plumilla, Museo del Prado

“Allá suben las tribus… a celebrar el nombre del Señor” (Sal 121). Celebramos la festividad de Santa María del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen. Uno de los salmos que rezamos en Vísperas fue el 121, y de él he entresacado estos versos, que llenaron mi oración. El monte, en que se asienta la nueva Jerusalén, sin duda, es el Monte Sión. Pero en la tradición de la Iglesia hemos encontrado otros montes donde vivir y celebrar el nombre del Señor. Uno de ellos es el Monte Carmelo. Identifiqué en mi oración este lugar al que suben las tribus con el Monte Carmelo, al encuentro del Señor. Allí María, bajo esta hermosa advocación, es la Madre espiritual que engendra hijos que se unen para celebrar el nombre del Señor. Su origen habría que remontarlo a Elías que en este monte mostró la gloria del Dios vivo, consumador del sacrificio que ofrecía, con el fuego bajado del cielo. De allí surgieron aquellos ermitaños que en tiempos de las cruzadas decidieron vivir en obsequio de Jesucristo en este Monte Carmelo, junto a una capilla dedicada a la Virgen María. Ella inspiradora y alentadora de esta vida de escucha de la Palabra, fue su Madre y Hermana. Obligados a huir a Occidente, fueron el origen de la familia del Carmelo. De aquí la devoción a Santa María del Monte Carmelo, se fue extendiendo. Ahora son numerosas las gentes que la invocan. Son las numerosas tribus que cada año celebran su fiesta, y lo hacen subiendo a este Monte. Invocar a Santa María del Monte Carmelo es dejarse cubrir por su escapulario, y con ello, sentir la llamada a dejarse alcanzar por Dios contemplado y amado. Cercano en los peligros, pero al mismo tiempo Palabra que me llama a una profunda relación con Él. Al repetir estas palabras del Salmo pude unirme en mi oración a cuantos en el día de Santa María del Monte Carmelo la celebraban. Ya fuera entre las gentes del mar, o entre tantos devotos que se acercaron a ella para agradecer su protección maternal.

F. Brändle

Abre la boca que te la llene

“Abre la boca que te la llene”. (Sal 80,10). Estas palabras del salmo me ayudaron a descubrir hasta dónde nuestra hambre de saber se ha de saciar al acercarnos a Dios. La sabiduría que se me da saciará un hambre que descubro en mi vida tras una seria búsqueda de lo que puede hacerme comprender el sentido de mi vida. No me bastaba una doctrina, unas ideas en las que poder apoyarme, necesitaba alguien que me ayudara a escuchar estas palabras en el fondo del corazón. La llamada de Jesús a seguirle, me llevaron a descubrirlo. Entendí que la respuesta de Pedro ante la pregunta de Jesús acerca de su voluntad de seguirle y permanecer a su lado: ¿A quién vamos a ir, tú tienes palabras de vida eterna? No era una respuesta cómoda, sino la confirmación de que era la única respuesta a esa hambre de verdad en el camino de la vida. En Jesús se encarna la respuesta de Dios al acercarnos a Él para encontrar sentido a nuestra vida. Esa respuesta era la que nace después de sentir la necesidad de abrir nuestra boca para saciarnos plenamente. Sin abrir la boca, sin adentrarnos en esa verdadera hambre de un sentido auténtico para nuestra vida, no podemos tampoco descubrir la bondadosa oferta de Dios de llenarla.

F. Brändle

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles

Edvard Munch, la niña enferma 1885-1886 Galería nacional, Oslo

“Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles”. (Sal 115,15). Con este verso del salmo había tropezado en otras muchas ocasiones. Unas en las que parece que Dios en su ternura estaba junto a los que lloraban a sus seres queridos, sintiéndolo con ellos, otras en las que si así era, por qué no lo había evitado, y siempre se trataba de razonar, pensando que era lo mejor para él, a pesar de que costara, pues incluso a Dios le cuesta. En esta ocasión quería abrirme con ella paso para vivir ese momento contemplativo-orante. Como siempre trato de no hacer consideraciones, como más arriba he podido hacer. La repetía sin más. Sin proponérmelo conceptualmente, iba descubriendo su sentido a la luz de lo que me enseña San Juan de la Cruz. Transformar el alma en Dios, llevarla a la unión con Él, lo hace Él mismo, y no es tarea fácil, mucho le cuesta, porque se trata de transformar al hombre. Se trata de hacer morir al hombre viejo, al yo que domina nuestra vida. Encajaba bien por un lado el costarle mucho a Dios y por otro la muerte de sus fieles. No se trataba de la muerte física, biológica: por longura de días o enfermedad, sino de la muerte al hombre viejo, al yo egoísta. Nos cuesta morir a nosotros mismos, aún con la ayuda de Dios, pues aún a Él mismo se lo hacemos difícil. Lo ha de hacer desde el Amor que Él es, y no nos dejamos tan fácil arder en esa Llama viva, que transforma el madero en fuego de amor. Sí, repetía una y otra vez: “mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles”.

F. Brändle

Junto a los canales de Babilonia

Judíos en Babilonia, Eduard Bendemann (1811–1889)

“Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar” (Sal 136,1). Lejos de convertirse para mí este versículo en un lamento por la situación del mundo, y en el que lógicamente yo me vería deportado, descubría que Babilonia no podía entenderla como algo distante de mí, donde me vería tristemente desterrado, sino como una situación propia, en el interior de mi vida, que debería conocer y tratar de superar. Los canales de Babilonia pude interpretarlos muy bien a la luz de San Juan de la Cruz, como esos apegos desordenados, esas fijaciones que hacen que mi pobre vida se convierta en esa Babilonia donde corren estos canales. Desde mi oración callada en esa presencia amorosa de Dios, me sentí sentado, frente a esta realidad. Y además llorando. Con esa nostalgia por mi verdadero ámbito de vida: Sión, convertida en mi origen y mi meta. El llanto y la postura no eran signo de desesperación, eran el modo de expresar mi esperanza de que aquella situación se superaría. Hacerme consciente de que lo desordenado de mi vida no viene de un origen, sino de una situación. En el origen mi vida estaba abierta para vivirse en comunión con Dios; pero mi propio entender la vida de modo egoísta, cerrado, de modo totalmente involuntario en la niñez, pero poco a poco cultivado por el olvido de ese origen o llamada divinos a la unión con Él, fue desterrando mi vida hacia esa Babilonia, en la que ahora veía correr esos canales de apetencias desordenadas, afecciones, fijaciones. Debería de esperar sentándome, llorando, el momento en que pasado el destierro, volviera mi vida a esa situación bienaventurada en la que gozar. Era la postura de la Magdalena. Así Cristo, al que buscaba, se le hizo presente. Su vida se volvió hacia Él y lo encontró. El ordinario apetito de imitar a Cristo, del que me habla San Juan de la Cruz para superar los apetitos desordenados, pasaba por esta actitud, aparentemente pasiva, pero que tanto tiene de humildad y verdadera acción en orden a nuestro encuentro con Dios: Sentados y llorando.

F. Brändle

a los sinceros de corazón

“Señor, concede bienes a los buenos, a los sinceros de corazón” (Sal 124). Me sorprendí repitiendo “a los sinceros de corazón”. Esos serían los buenos a los que el Señor, según le suplicaba el salmista, concedería sus bienes. Pero ¿quién conoce el corazón? Sólo Dios. Nosotros conocemos las apariencias. La súplica se me hacía mucho más honda, porque lo que pedimos al Señor, es que nos haga buenos y por lo mismo sinceros de corazón. Pedir ese corazón sincero es abrir nuestras vidas a la verdad de Dios, a su proyecto en nosotros. Dejar a un lado nuestros deseos egoístas y saber que se nos irán dando esos bienes que harán de nosotros hombres de corazón sincero. Es un camino a recorrer en la vida. Poco a poco se descubrirá esa sinceridad del corazón que nos llenará de paz. Se harán realidad las palabras que recordamos a menudo de Santa Teresa: Nada te turbe, nada te espante… nuestros anhelos pasarán por alcanzar lo único que llena nuestro corazón, la bondad que viene de Dios. Y con el salmista pediremos confiados: “Señor, concede bienes a los buenos, a los sinceros de corazón”.

F. Brändle

Mi Alma Está Unida a Ti

Oración a la mesa, Norman Rockwell, óleo sobre lienzo,1950 colección privada

“Mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene” (Sal 62,9). Con estos versos del salmo entendí que mi alma es mi vida y que mi vida la alcanzaba a través de la misteriosa unión con Dios que proclaman los grandes místicos, lo cual se me hacía difícil porque los criterios para discernirlo no estaban a mi alcance. Estaba cierto que mi alma es mi vida humana que debía unirse a la divina. Me agarré a los más simple, sí, mi respirar lo debía hacer en unión con Dios, digerir los alimentos, dormir, todo lo relativo a mi vida orgánica, me tendría que servir de primer eslabón para descubrir que mi alma estaba unida a Dios. Si así era ¿Cómo no darle gracias por los alimentos, por la bebida…? ¿Cómo no hacerlo por el aire que respiro?  Mis estados de ánimo emocionales no tenían por qué unirme o separarme de Dios por criterios tan externos como que teniendo a Dios no podía estar triste, o que su presencia en mi vida me colmaría de alegría. Sí, Él está conmigo en la alegría y en la pena, en el ánimo y en el desánimo. Lo importante es convencerme de ello y acudir a esa unión con Dios por encima de criterios evidentes según el sentir humano, sin más. Así llegue a descubrir que su diestra me sostiene, que él me mira en la palma de su mano para llenarme de su amor, y alentar mi vida en esa misteriosa unión con Él, que ya no se me haría ajena a mi vida humana, sino que muy al contario la iría haciendo cada vez más semejante a la suya.

F. Brändle

todas mis sendas te son familiares

“Disciernes mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares” (Sal 138,3). Con este verso del salmo 138 me adentré en el silencio de nuestro tiempo dedicado a la oración. Un salmo tan bello, con muchos versos que pueden ser vividos como apoyo para la oración me vino a cautivar por este versículo que quise vivir desde el misterio de la Trinidad que vamos a celebrar. De nuevo no fueron consideraciones las que me lo pusieron de relieve, sino el recuerdo, mejor intuición, de que ese camino es Jesús, y al mismo tiempo ese descanso era la acción del Espíritu en mi vida.  El Padre me regalaba con la presencia del Hijo y del Espíritu, porque conoce bien las sendas por donde discurre la vida humana. La presencia de la Trinidad no era algo imaginable, era la verdad de mi vida, de la vida del hombre. El Padre me entregaba a su Hijo como camino, como experiencia de vida abierta a un horizonte nuevo y abierto que me liberaba de mi egoísmo y me llevaba a mi verdadera realidad, a ser en plenitud. Pero todo ello era desde la contemplación, el descanso tal y como lo entiende la Biblia.  Es decir todo ello era posible no por mi esfuerzo, sino por el Espíritu que me hacía ser otro Cristo.  En la Trinidad está la vida y así lo celebramos en nuestro Bautismo, hecho en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La experiencia de ello es el culmen de la vida humana tal y como nos lo recuerdan los grandes místicos de la tradición cristiana. Conocemos la Trinidad amándola con aquel amor que nos hace entrar en su misterio. Ser cristianos es descubrir este gran misterio que se da a todos los hombres.

F. Brändle

Fuerza del Espíritu

“Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará” [aludiendo a sus riquezas] (sal 48), les dice el salmista a los ricos. Cuando estas palabras las introduje en mi oración dejaron de parecerme una advertencia y pasaron a ser una hermosa consideración de lo que es la vida cuando queremos sacarla a flote. Me parecía sentir que desde Dios todos los aspectos de mi vida se llenaban de sentido: comer, dormir, hacer una vida sana llena de ese gozo que da vivirla desde nuestra condición encarnada, unidos a la naturaleza, al bienestar que da la salud, y la fortaleza que da para vencer la enfermedad, era algo lleno de valor que sólo desde Dios podría alcanzarlo. Desde Él también todos mis sentimientos se equilibraban, los podía vivir, fueran de gozo, o dolor, en un equilibrio tan hondo que enriquecía mi vivir sobremanera. Pero sobre todo entendía lo que significaba dar paso al Espíritu en la vida. Sí, la vida espiritual no es un añadido, una vida que se vive cuando nos separamos de este mundo, al contrario, era toda mi vida enriquecida desde Dios, pero además vivida por la fuerza del Espíritu, que llena la tierra. Comprendí que una vida así vivida es lo único que tiene sentido, y no se alcanza con esfuerzos humanos. Es tan caro, -es decir, tan de apreciar y querer-, esta vida plena, colmada, que no se puede comprar con ninguna moneda que se precie en este mundo. Es el don gratuito que en nuestro vivir se alcanza al recibir el Espíritu Santo, don universal, esperanza de toda criatura que se abra a recibirlo. Sea este nuestro deseo ante la celebración de un nuevo Pentecostés.

F. Brändle

Alzaré la copa de la salvación

Cristo y el santo Cáliz, Juan de Juanes, s.XVII

“Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre” (Sal 115). No dudé en identificar la copa de la salvación, con la copa que Cristo levantó recordando en la última cena que era la copa de su sangre. Sabía que con ello al tiempo que celebraba su vida entregada por nosotros, se anunciaba el banquete del Reino en el que compartiríamos la copa de la salvación, que es la vida de Dios en nosotros. Pero lo que llenó mi momento de oración de la presencia amorosa de Dios fue descubrir que esto se hacía invocando su nombre. En su nombre recordamos siempre que fuimos bautizados, y lo éramos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Evocar la Eucaristía con el recuerdo hecho vida del nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu me hizo despertar a una conciencia más viva de lo entrañablemente unidas que están las personas divinas y que no podemos evocar los misterios de la fe cristiana sin recordarlo. Alzar la copa de la salvación, evocar la vida de Jesús entregada por nosotros, ha de hacerse dentro del misterio trinitario, si en él fuimos sumergidos al ser bautizados, en esa misma vida nos mantenemos al participar de la mesa eucarística. Sentía hasta qué punto vivir la Eucaristía en toda su plenitud es hacer presente en mi vida la vida trinitaria. Confesar que creo en el Dios de Nuestro Señor Jesucristo es hacer posible una vida teologal vivida en el misterio de Dios-Trinidad, pero al mismo tiempo era encarnar en mi pobreza la vida de Dios. Mi condición hacía posible que Dios se encarnara en mi vida, con todas sus limitaciones, que Él iría transformando. Podemos alzar la copa de la salvación al tiempo que invocamos su nombre.

F. Brändle