Que el Señor cambie nuestra suerte

Agua en el desierto del Negev

“Que el Señor cambie nuestra suerte como los torrentes del Negueb” (Sal 125,4).  Con este versículo del salmo, tal y como se lee en la “Liturgia de las horas”, me adentré en la oración silenciosa. Le pedía al Señor que cambiara mi “suerte”, el sentido de mi vida, con una comparación que no tenía en mi imaginación, pues no había oído hablar de los torrentes del Negueb. Era el momento de la oración y no el de investigar con un comentario a qué hacía referencia. Pero seguí abriéndome al Señor con esa petición porque estaba cierto de que sería algo grande, más aún, al ir orando con este versículo fui intuyendo que lo que pedía al Señor es que al igual que un torrente que todo lo arrastra acaba siendo al final un río manso que riega los campos entregando generosamente el agua, mi vida se fuera haciendo fecunda. Me fui abandonando a este sentimiento y dejé que la petición se hiciera más honda. En las manos del Señor mi vida dejaría de ser un torrente de proyectos, deseos, anhelos marcados por mi pobre modo de ver las cosas y podría llegar a ser ese vivir entregado, que hace fecunda la vida de la humanidad. Sí, Señor, haz de mi vida un agua fecunda, que no destruye ni arrastra, sino que riega y da vida a su alrededor. La curiosidad me llevó después a saber por un comentario que torrentes eran estos y pude comprobar que se trataba de esos torrentes de la región sur, páramo desértico, que se hacen fecundos, como se esperaba que fuera la vida de los repatriados.  

F. Brändle

como rocío, antes de la aurora

“Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados, yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora” (Sal 109, 2-3). Siempre me impresionaron estos versos por su belleza. Cuando los traigo a mi oración me descubren ese origen y principio que tan maravillosamente cantó San Juan de la Cruz, recordando el prólogo del evangelio de San Juan, en su romance sobre “la Encarnación”. El nacimiento, el comienzo de todo está en ese proyecto único que en el misterio de Dios se concibe. Allí en la fuente más pura, del agua más limpia, que encierra el rocío, en el principio de la vida, se abre el misterio de Dios en Cristo. Los resplandores sagrados, la luz que emana de lo que se concibe en Dios como origen de todo está encerrada en el amor inmenso del Padre, entregando a su Hijo engendrado antes de la aurora, principio de una creación, que tendrá como cumbre la humanidad que asumida en Cristo, se descubre como príncipe desde que nació en Dios. Así es como se me desvela en la noticia amorosa que encierran estos versos la verdad de lo que es la creación y la humanidad. El origen de todo en Dios-Amor, que en su vida se descubre como esplendores sagrados, engendrándolo todo antes de ser conocido como aurora que se despierta para abrir el día de la creación y la historia.

F.Brändle

borra en mí toda culpa

La inocencia, Bouguerau s.XIX

“Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa” (Sal 50,14). Con este versículo la oración vino a traerme una consideración en la cual no me habría detenido con su simple lectura. Es fácil al leer sin más este versículo pensar que es una petición muy propia del que se siente abrumado por su pecado, pedir que Dios no lo vea, y que borre en nosotros toda culpa. Pero al dejar que sus palabras me fueran alcanzando, y después de tener muy presente a San Pablo y su consideración sobre este pecado de muerte, sentí que habría de leer mi pecado como buscar mi propia justificación en mis obras buenas, y que la verdadera petición era que Dios me aceptara como soy, apartando de mi esa tendencia a justificarme ante él y ante los demás, sin aceptar mi pobreza. Con lo que al fin lo que pedía era que no me viera como  me gustaría verme, -que de eso apartara su vista-. sino como el verdaderamente me ve, y que así me dejara alcanzar su salvación, borrando El en mi todo lo que me separa de Él.  Acepté ser visto por Él en mi verdad, y no en mi pecado. No que apartara de mí su vista, sino que apartara su vista de mi yo encerrado, autojustificado. Que la pusiera en lo que El quiere de mí, y no en lo que yo quiero ser. Dejarme transformar por Él que borra mi culpa y me da su gracia.

F. Brändle

Señor, te la sabes toda

Manos de Jesús, Albrecht Dürer, 1506 Tinta sobre papel. Catálogo de Museos Alemanes

“No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda” (Sal 138,4).  El salmo 138 es una bella reflexión sobre el conocimiento que de cada uno tiene Dios, y la medida desbordante en que se muestra, nos conoce en lo más hondo, desde antes de nacer, en fin, eran muchas las motivaciones para tomar alguno de sus pensamientos para mi oración, pero lo que me sorprendió fueron  estas palabras del versículo cuarto que he recordado, y quise abrirme a su misterio tomándolas para que resonaran en el silencio orante. Dentro de lo que el salmo va describiendo pareciera que me habría tenido que ceñir a sorprenderme de que Dios no necesita que yo le exprese mis deseos, pues ya los conoce antes de formularlos, pero no fue por ahí por donde me vino la luz. Algo me llevada a sospechar que esa palabra no era mi palabra, sino la suya, que aún yo no había llegado a formular. El proyecto que llegará a hacer de mí la persona auténtica en plenitud dentro de una creación y una historia en la que vivo aún no se había expresado y ya Dios lo conocía. Me regalaba la existencia para llevarla a término. Me vi llamado a descubrir para hacer lenguaje, para expresar con mi vida esa encarnación de la Palabra en mí. Recordaba a Santa Isabel de la Trinidad, su elevación a la Santísima Trinidad y el grito admirado al Espíritu para “que se haga en mi como una encarnación del Verbo”. Esa era la Palabra que Dios conocía antes de que yo con mi vida la hiciera lengua, pero que al mismo tiempo me llevaba a preguntarme como verdadero examen de conciencia si buscaba vivir haciendo realidad el proyecto de Dios para mi vida.

F. Brändle

la alegría de tu salvación

“Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso” (Sal 50,14). Como cada viernes esta mañana recitábamos el salmo 50, las palabras de este versículo, resonaron a lo largo de mi oración silenciosa. La alegría de la salvación vino a evocar en mí, algo que iba más allá de unos momentos de gozo, ante una situación de decaimiento, que no era mi caso. Entendí que esa alegría no podría identificarla con la que se siente al ver resueltas de modo favorable las miles de necesidades pasajeras que nos rodean.  Necesitaba empaparme de esa salvación que nos devuelve como nota de su presencia la alegría. Necesitaba sentirme salvado, recreado en el amor de Dios, para vivir una vida en la que el amor de Dios se afianzara en mí. Que la generosidad en la que pudiera vivir naciera de esa presencia salvadora de Dios hecha verdadera alegría, porque con ella encontraba todo el sentido de mi vida. Con este versículo del salmo me abrí a un perdón y una misericordia de Dios que no me cerraban en mí sintiéndome perdonado, y con ello alegre, sino que me hacían capaz de recobrar el sentido de mi vida en la salvación por la que mi vida era entregada y hecha espíritu generoso para los demás, lo cual era devolverme la alegría, recrearme para gozar de la verdadera alegría.

F. Brändle

Levanta del polvo al desvalido

Cristo levantando la madre de Pedro, Rembrandt,1650 plumilla.
Colección Frick, Nueva York

“Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre” (Sal 112,7). El Señor al que todos los pueblos alaban se identifica con aquel que levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre. Con este pensamiento me adentré en la oración. Se me fue desvelando el misterio que encierran estos versos como el modo y la forma más adecuada de experimentar a Dios. Sentirle tan cercano como para levantarte, y al mismo tiempo tan a tu lado que nada le importa el polvo o la basura en la que puedas encontrarte. Lo que importa es dejarte alzar por él, levantar. El salmo prosigue, “para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo” (v.8). La imagen de hacer al que yace en el polvo, o en la basura, príncipe me hacía sentir que no se trataba de un mero gesto de benevolencia para sacarte de una situación deplorable, sino de llevarte a aquella condición en la que sentirte elegido, llamado a vivir una vida totalmente distinta, en unas nuevas condiciones. La experiencia que brotaba de estos versos era la que me llevaba a descubrir a Dios tan cercano, que pudiera descubrirle a mi lado, pero al mismo tiempo tan deseoso de darme algo totalmente nuevo, que desbordase todas mis expectativas. El sentarme entre príncipes venía a descubrirme una nueva forma de vida que tendría que acoger desde mi pobreza.

F. Brandle

Dichosos los que encuentran en Ti su fuerza

“Dichosos los que encuentran en Ti su fuerza” (Sal 83,6). El salmo está lleno de pensamientos esperanzadores, que alientan al creyente a vivir confiado en la presencia del Señor. Sin embargo, lo que me llamó la atención para hacerlo oración callada, fueron las palabras de este versículo. Reconocer en Dios la fuerza habría de ser por lógica el reconocimiento de mi debilidad. Pero justamente esto es lo que desde mi oración pude constatar que no hago. La confianza en el Señor descubrí que no la vivía plenamente desde la oscuridad de la fe, sino desde la lógica de que pese a sentirme débil, luchaba por poder salir de mi dificultad. Poco a poco entendí que esa era la razón de no vivir la bienaventuranza proclamada por el salmista de modo pleno. Comencé a caer en la cuenta de que tantos miedos, imaginaciones, falta de ánimo, provenían de que no había llegado a poner plenamente mi confianza en el Señor, desde una fe oscura y viva. Dejé de pensar tanto en lo que me costaría hacer esto o aquello por Dios, y si tendría valor para hacerlo, y sentí vivamente que la dicha me vendría si saliendo de mi ponía la confianza en el Señor con el que todo lo podría. Sintiendo muy fuertemente que esto no era cuestión de sentirlo o no sentirlo, sino dar paso a una vida de fe, en la oscuridad de la noche. Me fui identificando con la dicha que proclama el salmista, sin duda, más adelante proclamada por Jesús en sus bienaventuranzas.

F. Brändle

Misericordia, Señor

Balsa de Refugiados, Sergey Ponomarev, premio Pulitzer 2015

“Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios” (Sal 122,3). Cuando leía estas palabras del salmo en la recitación de Vísperas, me parecían dirigirse a Dios para pedirle que como víctima se acordara de mí. Las escogí para vivir mi oración silenciosa y poco a poco se me fue abriendo paso otro modo de vivirlas. Suplicaba que el Señor me concediera su misericordia, me la regalara, la necesitaba para vivir en un mundo donde nos encontramos saciados de desprecios. No se trataba de hacerme la víctima, sino de descubrir el camino para unidos a Dios salvar el mundo. Una salvación que no podemos descubrir haciéndonos las víctimas y siendo por ello salvadores, sino haciéndonos portadores de la misericordia de Dios que verdaderamente salva al mundo, transformándolo y llevándolo a la unión con Él. Descubrir el mundo desde esta perspectiva es acercarme a los graves males de la humanidad, con esperanza, aguardando que la misericordia de Dios se manifieste en un camino de transformación de la humanidad. Pero también es descubrir en mi pequeño mundo que esos males de los que puedo sentirme víctima los tengo que vivir desde la misericordia de Dios que yo puedo encarnar transformando las situaciones en esperanza, porque como en su día pudo vivir San Juan de la Cruz, donde no hay amor hay que poner amor, misericordia, para llegar a vivir el verdadero amor.

F. Brändle

ven con el arca de tu poder

Cristo con el cáliz, Juan de Juanes, 1510 1579

“Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder” (Sal 131,8) . Con este verso del salmo 131 me dispuse a vivir la oración que cada jueves nuestra comunidad hace ante el Santísimo expuesto. Eran unas palabras que me vinieron al azar, sin haberlas escogido expresamente para vivir una experiencia de oración ante el Santísimo. Me vi, sin embargo, en breve envuelto en un modo de recitar estos versos totalmente apropiado para vivir el momento. Invitaba al Señor a venir en medio de nosotros que como comunidad estábamos orando, y hacerlo de modo singular, con el arca de su poder. Ese arca de alianza y amor que nos mostró en Jesús, y que ahora presente de modo sacramental podía contemplar. No había podido sospechar al comenzar la oración, que tan claro se me haría esta nueva forma de poder atribuida al arca de la presencia divina. Era el amor que se manifestaba en el sacramento el poder con el que el Señor que venía a su mansión cumplía unos deseos nacidos del verso del salmo. Con ello mi horizonte se abrió a la humanidad y a la creación, el Dios al que invitaba a hacerse presente con el arca de su poder, me invitaba también a descubrir su presencia de un modo más universal: en la humanidad y en toda la creación. F. Brändle

Has amado la justicia y odiado la impiedad

Coronación de Espinas, Gustave Doré, 1874

“Has amado la justicia y odiado la impiedad” (Sal 44,8). Este salmo mesiánico siempre me resulto lleno de esperanza, sobre todo por parte del autor inspirado, que seguro lo vivía, pero alguna de sus expresiones no me cuajaba para aplicarlas a Jesús, nuestro Rey Mesías, y una de ellas era este versículo, ¿cómo entender ese odio aplicado a los sentimientos de Jesús?. Por eso era renuente para tomarlo como “versículo” para ayudarme a vivir la oración. Cuál fue mi sorpresa que muy pronto vine a descubrir algo que me llenó de esperanza.  En esta ocasión lo tomé. Cierto que Jesús amó la justicia, ¿cómo no? Si es lo que el traía al mundo, la justicia, la salvación, desde el mensaje del Reino y la revelación de Dios-Padre. Pero lo que más me sorprendió y ayudó fue caer en la cuenta, que odiar la impiedad no se traducía en odio a los que no obran el bien, y además están llenos de maldad. Ni tampoco se reducía a la postura “bonachona” de que yo les perdonaré. Vine a entender, sin entender, que todos caemos dentro de esa frase, porque vivimos justificados al aceptar con postura creyente, con esa que nos asemeja a Él, el misterio de Dios que Él nos revela. Y eso es para todos, aún para los más perversos del mundo. Pero también entendía, desde un verso de San Juan de la Cruz, lo que significaba: odiado la impiedad, el verso era: matando muerte en vida la has trocado. Odiar no era otra cosa que matar dar muerte a la muerte, y muerte era el pecado, el pecado que en mí provocaba la autosuficiencia. De ahí que ya no me sentí confundido con este verso sálmico, al contrario, se llenó de esperanza mi corazón, confiando en que en mí y en todos, y si queréis, no sólo por educación, sino por esperanza, primero en todos y luego en mí la salvación se llevaría a término, al tiempo que se acabaría la impiedad, porque matando muerte, pecado, todo sería gracia y vida.

F. Brändle