Tú, Señor, estas cerca

Al leer esta mañana este versículo del Salmo: “Tú, Señor, estás cerca”, me vi envuelto en esa realidad que estamos celebrando: el “Adviento”, y, sin dejar de seguir en esta espera del Señor cercano, lo uní al verso siguiente: “todos tus mandatos son estables” (Sal 118,150). Con ello se me fue haciendo claro que la venida cercana, el sentirlo cerca, es una manera de celebrar su cercanía entrando en mi vida a través de la estabilidad que me dan sus mandamientos. Los Padres de la Iglesia ya habían hablado de esta venida a nuestras vidas, pero con este verso se me hacía más encarnada, se me hacía más palpable. Poco a poco fue abriéndose camino la idea de que nada podría dar estabilidad a mi vida que no fuera algo que tuviera fundamento, y esto no podía ser otra cosa que el proyecto de Dios sobre mí. No se trataba de hacer un concienzudo examen de conciencia sobre los mandamientos, sino de hacerlos vida desde el proyecto de Dios para mí. El descubrir su verdadera estabilidad porque se sustentan en el amor que Él nos tiene, y no deja de mostrarlo. Aunque sea a nuestras espaldas, el está ahí, para que cuando corramos el riesgo de desviarnos a derecha o izquierda, nuestros oídos oigan esa voz que nos indica: “este es el camino” (Is 30,19-21). Y con esa certeza, nos vendrá también la fuerza para poderlo hacer. Este será también para nosotros un verdadero Adviento, descubrir más y mejor que: “Tú, Señor, estas cerca”.

F. Brändle

El Escucha

Cristo en Getsemaní, Franz Scwartz, 1901, grabado

Leía momentos antes de la oración en vísperas estas palabras del salmo 114, “Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante”. Me parecieron muy apropiadas para mantener viva mi oración de la tarde. Me resultaban un tanto egoístas, si eran condicionales, es decir si eran una condición para amarle el que me escuchara. Más tarde intuí que lo verdaderamente grandioso era que me escuchaba, que estaba atento a mi voz, que ahora era suplicante, y lo estaría siempre, en toda ocasión que tuviera de abrirme a Él. Con ello se fue acrecentando mi confianza de estar amando a quien me escuchaba siempre. Que mi diálogo podía ser continuo, que su cercanía era absoluta. Mi oración de súplica podía ser en alguna ocasión, pero no siempre, la ocasión para amarle, al sentirme escuchado. También podía amarlo porque me escuchaba cuando le daba gracias, o sabía acercarme a Él como a un amigo. Me resultó entonces fácil salir de lo que pudiera ser un amor egoísta, y vivir esa cercanía de Dios que siempre escucha, que abre sus oídos a todo mi ser para que me abra a Él. 

F. Brändle

Junto a los canales de Babilonia

Judíos en Babilonia, Eduard Bendemann 1832

“Junto a los canales de Babilonia, nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión” (Salmo 136,1).

Interiorizando este versículo de salmo, vine a entender que puede muy bien ser reflejo de cómo vivir y experimentar nuestra fe y nuestro vivir creyente. No somos creyentes judíos deportados a tierra extraña, que añoran la vida en su patria, y sobre todo a través del símbolo más querido: la ciudad de Sión, donde se expresaba su vida creyente. Somos, y así lo sentí, llamados a vivir en el mundo y realizar en él, obras que nacen sólo del amor, y por lo mismo de la fuerza del Espíritu que nos mueve a ello. Sin embargo, este modo de realizarnos, de expresar nuestra entrega, se ve aplastado por una sociedad humana marcada por leyes y caprichos de los hombres. Aquellos canales de Babilonia, eran expresión de una vida civilizada, de grandes valores, pero nacidos de la autosuficiencia humana. Tantas veces nuestras buenas obras han caído por tierra por la envidia, el desprecio con el que se han mirado. Y se ha justificado tal acción por leyes y determinaciones que a modo de bellos canales parecían reflejar lo mejor. Lejos de abandonar nuestra verdadera existencia, de renunciar a ella, y aplaudir los valores de una sociedad sin amor, nuestro anhelo y nuestra alegría se han de traducir en seguir poniendo en nuestro vivir aquella esperanza que nos remite a la nueva Jerusalén, expresión de una humanidad hecha una por el amor y donde estará claro que nuestra alegría llegará a su plenitud.

F. Brändle

Inocente

Al leer el salmo 14 me quedé atento a algo que me parecía no tenía que preocuparme. Se trataba de alguna de las condiciones para subir al templo, y una de ellas era: “no aceptar soborno contra el inocente”. Tenía claro que las distintas condiciones para subir el templo eran esas exigencias que hay que tratar de vivir para acercarse con sinceridad a Dios. Nunca me había detenido en la que arriba cito, porque no podía recordar ninguna ocasión en que se me hubiera ofrecido dinero para ir contra el inocente. Sin embargo en esta ocasión a la que aludo se me hizo patente algo que quiero comentar. De repente me pareció que el soborno que se me ofrecía para ir contra el inocente no era dinero, sino mi propia inocencia. Sí, me pareció que en ocasiones aceptaba, porque se resaltara mi bondad e inocencia, lo que se decía contra otro. Y acabé también pensando que eso que aceptaba e incluso me alegraba, que se decía de otro, podría ser falso, o al menos no ser condenable. La deducción fue clara: “con tal de quedar tú por encima, me dije, aceptas que se diga algo negativo de otro”, en estas condiciones no te puedes acercar a Dios. Es algo necesario, es una de las condiciones para subir al templo, aquello que había oído decir de Santa Teresa, que no permitía se hablara mal de nadie delante de ella. Ahora lo veía mucho más necesario, porque es fácil que ese soborno de mantener mi propia bondad, apoyándome en lo que de otros se dice robándoles en muchos casos su inocencia, y esto lo aceptara sin más, cayendo en la trampa. Estaba claro, así me alejaba de ese Dios Padre de todos.

F. Brändle

La Noche

Me preguntaba esta mañana qué necesidad tenía el salmista de adelantarse a la aurora para pedir auxilio (Sal 118, 145ss.). Me imaginé que como todo ser humano el salmista concebía la noche como  la realidad que nos envuelve y desde la que no parece verse la salida para los problemas que puedan surgir en el día. Sólo abriendo la noche a la palabra de Dios, se puede esperar más allá de esos presagios que nos abruman y cierran la salida a una visión positiva de lo que imaginamos nos pueda venir. Si el día transcurrió esperando ese cumplimiento de la Palabra, también la llegada de una nueva noche la podemos adelantar si ante los temores con los que nos pueda amenazar abrimos el corazón a la esperanza puesta en las promesas de Dios. Noche y día son símbolo de la historia hecha de esperanza y salvación. La vida del hombre no deja de ser una noche, en la que antes de llegar la aurora pedimos auxilio para que se abra a la Palabra de Dios. La historia en la que se vive, es el gran día en el que cabe la esperanza de abrir la puerta al Dios de la historia para que la inunde su presencia.

F. Brändle

El Señor guarda a los sencillos

“El Señor guarda a los sencillos” (Sal 114). No parece muy difícil de entender el sentido de este versículo, pero me llamo la atención el calificativo de “sencillos”. Esperé con paciencia que a lo largo de la oración, hecha al estilo teresiano-sanjuanista, de atención amorosa, se me fuera haciendo más luminoso su contenido. Comencé cayendo en la cuenta de que realmente nos hacemos complicados, queremos al fin en muchas ocasiones no ser lo que somos, y esto de muchas maneras. No reconociendo nuestra debilidad, no aceptando nuestra limitación, no saliendo, en definitiva, de nuestro estrecho y complicado modo de ver las cosas. Desde esta conciencia de llegar a descubrir las ocasiones en que nos hacemos complicados, quise en positivo abrirme a que se me hiciera manifiesto que es ser “sencillo”. Pensando en el Señor que nos guarda caí en la cuenta que nos quiere abiertos a lo que en su designio de amor hemos de alcanzar. La meta de nuestra existencia está en esa sencilla vida amorosa en la que nos podemos abrir a Dios y a los demás en la verdad de lo que somos, llegar a la verdadera comunión que nace de lo que somos, y no de lo que complicadamente queremos llegar a alcanzar, y que nos aparta de esa mirada amorosa con la que Dios nos guarda, para llevarnos a vivir en comunión sincera con Él y con los demás.

F.Brändle

lava del todo mi delito

El Hijo Pródigo, Rembrandt, 1668, Museo del Hermitage

Uno de los salmos más conocidos y recitados en la iglesia es el salmo 50. En sus  primeros versos leemos: “lava del todo mi delito, limpia mi pecado”, después de haber invocado su misericordia. Al querer interiorizarlos repitiéndolos durante la oración silenciosa, caí en la cuenta de que siempre había puesto más atención en mi pecado, en mi culpa, que en el Dios que limpia. Sin darme cuenta estaba cayendo en la cuenta de que siendo Dios el que limpia, de aquel pecado, de aquel delito no podía quedar rastro alguno. Su limpieza sería tal que aquel delito o pecado habría dejado de existir, se habrían borrado para siempre. ¿Qué era lo que habría logrado tal limpieza?: “SU AMOR”. Dios era el que poniendo amor habría sacado amor. Mi vida se habría liberado de todo egoísmo y se habría convertido en amor, donde no cabe ni delito, ni pecado. Se trata no de condonar una deuda, no de poner un manto para que no se vea la mancha, se trata de transformar una vida, para que sea una vida enamorada. En verdad nuestra relación con Dios entra también dentro de la dimensión teologal, sólo asumible desde la fe, la esperanza y el amor. Ver la realidad en estas dimensiones teologales es sentir que el pecado no es la mera transgresión de una norma, es mucho más. Es seguir siendo ese sujeto lleno de sí, egoísta, incapaz de abrirse al plan de Dios. Si soy capaz de rezar con el salmista al Dios que lava el delito y limpia la culpa, veré que mi vida se llena de amor y se transforma, para ser esa criatura nueva, a imagen de Dios, que pone amor y saca amor.

F. Brändle

El Señor Es Grande

Me sorprendí orando con dos versículos de salmo 134: “Yo sé que el Señor es grande,” “todo lo que quiere lo hace”, y su sentido se me iba abriendo a contenidos que en su simple lectura no había llegado a descubrir. Ciertamente nunca hubiera dudado de la afirmación “el Señor es grande”, pero lo hubiera dejado en una inmensidad y grandeza que difícilmente me interpelaba. El lo podía contemplar grande; pero en su cielo. En estos momentos comencé a descubrir que su grandeza me envolvía, que sus dimensiones, no eran de lejanía en espacios infinitos alejados de mí, sino en su entrañable cercanía que me envolvía, como lo envolvía todo. En ello estaba su grandeza, su inmensidad. Así tan cerca, su grandeza no era el fundamento de un poder caprichoso que lo que quiere lo hace. Me pregunté entonces que es lo que quiere hacer de mí, estando tan cerca, Me pude percatar que no me envolvía amenazándome con su poder arrollador, sino con su poder transformador. Que su voluntad no podía traducirse en un poder omnímodo y amenazador, sino la fuerza de un poder que acaba transformando por amor. Me abrí entonces a ese querer de Dios, para nosotros, para mí. ¿Cómo se haría presente su poder en estos momentos que estamos atravesando?. Sólo estando ahí con su grandeza su querer se traducía en abrir el corazón de todos y cada uno a aquel amor con el que Él puede transformarnos, hacernos aquello que Él verdaderamente quiere desde su amor siempre presente por su grandeza: superar las pruebas de la historia desde la maduración y el crecimiento. No desde el castigo o el aniquilamiento.

F. Brändle

Magnificat

William Bouguerau, 1899

“Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre” (Sal 33,4). Al leer estas palabras del salmo quise asociar a mi oración a cuantos me rodeaban, lo hice de corazón, pero veía que la grandeza del Señor a la que yo podía invitar a los demás a cantar conmigo distaba mucho de su verdadera magnitud. Tampoco podía llegar a descubrir cómo ensalzar en verdad su nombre, tal y como merece ser ensalzado. Es entonces cuando recordando el “magnificat” me asocié, uniendo a todos los que me rodeaban, a la oración de María. Ella sí que recordando estas palabras del salmo, me invitaba a unirme a su alabanza a quien había hecho obras grandes, a ensalzar a aquel cuyo nombre es santo. Desde su humildad y pequeñez, María nos invita a toda la humanidad a asociarnos a su canto, a proclamar con ella la grandeza del Señor y a ensalzar su nombre, y hacerlo en su verdadera medida. Con María se hacen verdaderos los deseos del salmista, cuando pronunciadas por ella estas palabras: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre”, nos invita a todos a unirnos a cantar el “magnificat”.

F. Brändle

“Te invoco de todo corazón”

Jesús entre los doctores, Alberto Durero, 1506. Museo Thyssen, Madrid

En la mañana del sábado,  la iglesia nos invita a rezar el salmo 118,145-152. En este fragmento del salmo encontré los dos versículos que me ayudaron en mi oración. Comencé repitiendo: “Te invoco de todo corazón”. Me preguntaba si sería capaz de hacerlo. Porque todo el corazón no sabría ponerlo si El no me ayudaba. Y vinieron a mí del mismo salmo estas palabras de otro versículo: ”Tú Señor estas cerca”. Uní los dos versículos. Me parecía que no siempre había sentido al orar al Señor tan cerca. Lo colocaba lejos, arriba, en un lugar no tan cercano, y mi invocación se me hacía también una llamada a alguien lejano. Cuando fue entrando en su presencia cercana, puede ver como el corazón se abría del todo, pude comprobar que sí, así era posible invocar con todo el corazón. Y acabé pidiéndole que se hiciera cercano a todo hombre que vive en este mundo. Que todos pudieran sentirle cerca. Que sólo así, no hablando de un Dios lejano, que acaba siendo un Dios que no es, se convertiría en Jesús, el Dios con nosotros, el que no buscamos ya arriba, lejos, sino inundando la historia y la creación con su presencia amorosa que nos alcanza por Jesús resucitado. Di gracias, una y mil veces, por haberme ayudado a invocar con todo el corazón, porque Él estaba cerca, estaba ahí, siendo el centro de mi vida.

F.Brändle