Abre la boca que te la llene

“Abre la boca que te la llene”. (Sal 80,10). Estas palabras del salmo me ayudaron a descubrir hasta dónde nuestra hambre de saber se ha de saciar al acercarnos a Dios. La sabiduría que se me da saciará un hambre que descubro en mi vida tras una seria búsqueda de lo que puede hacerme comprender el sentido de mi vida. No me bastaba una doctrina, unas ideas en las que poder apoyarme, necesitaba alguien que me ayudara a escuchar estas palabras en el fondo del corazón. La llamada de Jesús a seguirle, me llevaron a descubrirlo. Entendí que la respuesta de Pedro ante la pregunta de Jesús acerca de su voluntad de seguirle y permanecer a su lado: ¿A quién vamos a ir, tú tienes palabras de vida eterna? No era una respuesta cómoda, sino la confirmación de que era la única respuesta a esa hambre de verdad en el camino de la vida. En Jesús se encarna la respuesta de Dios al acercarnos a Él para encontrar sentido a nuestra vida. Esa respuesta era la que nace después de sentir la necesidad de abrir nuestra boca para saciarnos plenamente. Sin abrir la boca, sin adentrarnos en esa verdadera hambre de un sentido auténtico para nuestra vida, no podemos tampoco descubrir la bondadosa oferta de Dios de llenarla.

F. Brändle

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles

Edvard Munch, la niña enferma 1885-1886 Galería nacional, Oslo

“Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles”. (Sal 115,15). Con este verso del salmo había tropezado en otras muchas ocasiones. Unas en las que parece que Dios en su ternura estaba junto a los que lloraban a sus seres queridos, sintiéndolo con ellos, otras en las que si así era, por qué no lo había evitado, y siempre se trataba de razonar, pensando que era lo mejor para él, a pesar de que costara, pues incluso a Dios le cuesta. En esta ocasión quería abrirme con ella paso para vivir ese momento contemplativo-orante. Como siempre trato de no hacer consideraciones, como más arriba he podido hacer. La repetía sin más. Sin proponérmelo conceptualmente, iba descubriendo su sentido a la luz de lo que me enseña San Juan de la Cruz. Transformar el alma en Dios, llevarla a la unión con Él, lo hace Él mismo, y no es tarea fácil, mucho le cuesta, porque se trata de transformar al hombre. Se trata de hacer morir al hombre viejo, al yo que domina nuestra vida. Encajaba bien por un lado el costarle mucho a Dios y por otro la muerte de sus fieles. No se trataba de la muerte física, biológica: por longura de días o enfermedad, sino de la muerte al hombre viejo, al yo egoísta. Nos cuesta morir a nosotros mismos, aún con la ayuda de Dios, pues aún a Él mismo se lo hacemos difícil. Lo ha de hacer desde el Amor que Él es, y no nos dejamos tan fácil arder en esa Llama viva, que transforma el madero en fuego de amor. Sí, repetía una y otra vez: “mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles”.

F. Brändle

Junto a los canales de Babilonia

Judíos en Babilonia, Eduard Bendemann (1811–1889)

“Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar” (Sal 136,1). Lejos de convertirse para mí este versículo en un lamento por la situación del mundo, y en el que lógicamente yo me vería deportado, descubría que Babilonia no podía entenderla como algo distante de mí, donde me vería tristemente desterrado, sino como una situación propia, en el interior de mi vida, que debería conocer y tratar de superar. Los canales de Babilonia pude interpretarlos muy bien a la luz de San Juan de la Cruz, como esos apegos desordenados, esas fijaciones que hacen que mi pobre vida se convierta en esa Babilonia donde corren estos canales. Desde mi oración callada en esa presencia amorosa de Dios, me sentí sentado, frente a esta realidad. Y además llorando. Con esa nostalgia por mi verdadero ámbito de vida: Sión, convertida en mi origen y mi meta. El llanto y la postura no eran signo de desesperación, eran el modo de expresar mi esperanza de que aquella situación se superaría. Hacerme consciente de que lo desordenado de mi vida no viene de un origen, sino de una situación. En el origen mi vida estaba abierta para vivirse en comunión con Dios; pero mi propio entender la vida de modo egoísta, cerrado, de modo totalmente involuntario en la niñez, pero poco a poco cultivado por el olvido de ese origen o llamada divinos a la unión con Él, fue desterrando mi vida hacia esa Babilonia, en la que ahora veía correr esos canales de apetencias desordenadas, afecciones, fijaciones. Debería de esperar sentándome, llorando, el momento en que pasado el destierro, volviera mi vida a esa situación bienaventurada en la que gozar. Era la postura de la Magdalena. Así Cristo, al que buscaba, se le hizo presente. Su vida se volvió hacia Él y lo encontró. El ordinario apetito de imitar a Cristo, del que me habla San Juan de la Cruz para superar los apetitos desordenados, pasaba por esta actitud, aparentemente pasiva, pero que tanto tiene de humildad y verdadera acción en orden a nuestro encuentro con Dios: Sentados y llorando.

F. Brändle

a los sinceros de corazón

“Señor, concede bienes a los buenos, a los sinceros de corazón” (Sal 124). Me sorprendí repitiendo “a los sinceros de corazón”. Esos serían los buenos a los que el Señor, según le suplicaba el salmista, concedería sus bienes. Pero ¿quién conoce el corazón? Sólo Dios. Nosotros conocemos las apariencias. La súplica se me hacía mucho más honda, porque lo que pedimos al Señor, es que nos haga buenos y por lo mismo sinceros de corazón. Pedir ese corazón sincero es abrir nuestras vidas a la verdad de Dios, a su proyecto en nosotros. Dejar a un lado nuestros deseos egoístas y saber que se nos irán dando esos bienes que harán de nosotros hombres de corazón sincero. Es un camino a recorrer en la vida. Poco a poco se descubrirá esa sinceridad del corazón que nos llenará de paz. Se harán realidad las palabras que recordamos a menudo de Santa Teresa: Nada te turbe, nada te espante… nuestros anhelos pasarán por alcanzar lo único que llena nuestro corazón, la bondad que viene de Dios. Y con el salmista pediremos confiados: “Señor, concede bienes a los buenos, a los sinceros de corazón”.

F. Brändle

Mi Alma Está Unida a Ti

Oración a la mesa, Norman Rockwell, óleo sobre lienzo,1950 colección privada

“Mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene” (Sal 62,9). Con estos versos del salmo entendí que mi alma es mi vida y que mi vida la alcanzaba a través de la misteriosa unión con Dios que proclaman los grandes místicos, lo cual se me hacía difícil porque los criterios para discernirlo no estaban a mi alcance. Estaba cierto que mi alma es mi vida humana que debía unirse a la divina. Me agarré a los más simple, sí, mi respirar lo debía hacer en unión con Dios, digerir los alimentos, dormir, todo lo relativo a mi vida orgánica, me tendría que servir de primer eslabón para descubrir que mi alma estaba unida a Dios. Si así era ¿Cómo no darle gracias por los alimentos, por la bebida…? ¿Cómo no hacerlo por el aire que respiro?  Mis estados de ánimo emocionales no tenían por qué unirme o separarme de Dios por criterios tan externos como que teniendo a Dios no podía estar triste, o que su presencia en mi vida me colmaría de alegría. Sí, Él está conmigo en la alegría y en la pena, en el ánimo y en el desánimo. Lo importante es convencerme de ello y acudir a esa unión con Dios por encima de criterios evidentes según el sentir humano, sin más. Así llegue a descubrir que su diestra me sostiene, que él me mira en la palma de su mano para llenarme de su amor, y alentar mi vida en esa misteriosa unión con Él, que ya no se me haría ajena a mi vida humana, sino que muy al contario la iría haciendo cada vez más semejante a la suya.

F. Brändle

todas mis sendas te son familiares

“Disciernes mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares” (Sal 138,3). Con este verso del salmo 138 me adentré en el silencio de nuestro tiempo dedicado a la oración. Un salmo tan bello, con muchos versos que pueden ser vividos como apoyo para la oración me vino a cautivar por este versículo que quise vivir desde el misterio de la Trinidad que vamos a celebrar. De nuevo no fueron consideraciones las que me lo pusieron de relieve, sino el recuerdo, mejor intuición, de que ese camino es Jesús, y al mismo tiempo ese descanso era la acción del Espíritu en mi vida.  El Padre me regalaba con la presencia del Hijo y del Espíritu, porque conoce bien las sendas por donde discurre la vida humana. La presencia de la Trinidad no era algo imaginable, era la verdad de mi vida, de la vida del hombre. El Padre me entregaba a su Hijo como camino, como experiencia de vida abierta a un horizonte nuevo y abierto que me liberaba de mi egoísmo y me llevaba a mi verdadera realidad, a ser en plenitud. Pero todo ello era desde la contemplación, el descanso tal y como lo entiende la Biblia.  Es decir todo ello era posible no por mi esfuerzo, sino por el Espíritu que me hacía ser otro Cristo.  En la Trinidad está la vida y así lo celebramos en nuestro Bautismo, hecho en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La experiencia de ello es el culmen de la vida humana tal y como nos lo recuerdan los grandes místicos de la tradición cristiana. Conocemos la Trinidad amándola con aquel amor que nos hace entrar en su misterio. Ser cristianos es descubrir este gran misterio que se da a todos los hombres.

F. Brändle

Fuerza del Espíritu

“Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará” [aludiendo a sus riquezas] (sal 48), les dice el salmista a los ricos. Cuando estas palabras las introduje en mi oración dejaron de parecerme una advertencia y pasaron a ser una hermosa consideración de lo que es la vida cuando queremos sacarla a flote. Me parecía sentir que desde Dios todos los aspectos de mi vida se llenaban de sentido: comer, dormir, hacer una vida sana llena de ese gozo que da vivirla desde nuestra condición encarnada, unidos a la naturaleza, al bienestar que da la salud, y la fortaleza que da para vencer la enfermedad, era algo lleno de valor que sólo desde Dios podría alcanzarlo. Desde Él también todos mis sentimientos se equilibraban, los podía vivir, fueran de gozo, o dolor, en un equilibrio tan hondo que enriquecía mi vivir sobremanera. Pero sobre todo entendía lo que significaba dar paso al Espíritu en la vida. Sí, la vida espiritual no es un añadido, una vida que se vive cuando nos separamos de este mundo, al contrario, era toda mi vida enriquecida desde Dios, pero además vivida por la fuerza del Espíritu, que llena la tierra. Comprendí que una vida así vivida es lo único que tiene sentido, y no se alcanza con esfuerzos humanos. Es tan caro, -es decir, tan de apreciar y querer-, esta vida plena, colmada, que no se puede comprar con ninguna moneda que se precie en este mundo. Es el don gratuito que en nuestro vivir se alcanza al recibir el Espíritu Santo, don universal, esperanza de toda criatura que se abra a recibirlo. Sea este nuestro deseo ante la celebración de un nuevo Pentecostés.

F. Brändle

Alzaré la copa de la salvación

Cristo y el santo Cáliz, Juan de Juanes, s.XVII

“Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre” (Sal 115). No dudé en identificar la copa de la salvación, con la copa que Cristo levantó recordando en la última cena que era la copa de su sangre. Sabía que con ello al tiempo que celebraba su vida entregada por nosotros, se anunciaba el banquete del Reino en el que compartiríamos la copa de la salvación, que es la vida de Dios en nosotros. Pero lo que llenó mi momento de oración de la presencia amorosa de Dios fue descubrir que esto se hacía invocando su nombre. En su nombre recordamos siempre que fuimos bautizados, y lo éramos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Evocar la Eucaristía con el recuerdo hecho vida del nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu me hizo despertar a una conciencia más viva de lo entrañablemente unidas que están las personas divinas y que no podemos evocar los misterios de la fe cristiana sin recordarlo. Alzar la copa de la salvación, evocar la vida de Jesús entregada por nosotros, ha de hacerse dentro del misterio trinitario, si en él fuimos sumergidos al ser bautizados, en esa misma vida nos mantenemos al participar de la mesa eucarística. Sentía hasta qué punto vivir la Eucaristía en toda su plenitud es hacer presente en mi vida la vida trinitaria. Confesar que creo en el Dios de Nuestro Señor Jesucristo es hacer posible una vida teologal vivida en el misterio de Dios-Trinidad, pero al mismo tiempo era encarnar en mi pobreza la vida de Dios. Mi condición hacía posible que Dios se encarnara en mi vida, con todas sus limitaciones, que Él iría transformando. Podemos alzar la copa de la salvación al tiempo que invocamos su nombre.

F. Brändle

la paz contigo

Picasso, 1950′

“Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: la paz contigo” (Sal 121,8). Era el versículo del salmo que quería llevar a la oración. Pensaba que con él podría pedir por mis hermanos de comunidad, por el buen entendimiento entre todos y con ello encontraría el silencio y el recogimiento que esperaba para mi oración. Una vez más me sorprendió al comenzar el silencio, que nada de esto se me hacía vivo, me veía abierto a otra forma de darle paso en mi vida. Con el sólo repetir del versículo entendí que la paz, el saludo mesiánico, el que anuncia la presencia de Dios en la vida del hombre, era el que dirigía a la nueva humanidad, Jerusalén celeste que todos esperamos; y lo hacía, justamente porque vivía en una pequeña comunidad, signo u símbolo de la futura. No se trata de achicar el horizonte de la paz que buscamos y deseamos. Cierto que la cultivamos y vivimos en medio de las personas que nos rodean: familia, comunidad, compañeros de trabajo, pero la hemos de vivir siempre con la esperanza de que es algo que tiene dimensiones mucho más grandes, que ha de alcanzar a todos los hombres, que se superarán las divisiones pequeñas, si tenemos un horizonte más grande donde proyectar nuestros deseos de paz. Sí, claro está, sin utopías o sueños quiméricos, si tal paz era mi deseo en la futura Jerusalén, lo era porque trataba ya de vivirla entre mis hermanos y compañeros: “por mis hermanos y compañeros”.

F. Brändle

Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares

Las Espigadoras, Millet, 1857 Museo de Orsay

“Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares” (Sal 125). Una afirmación tan sencilla encierra una hermosa enseñanza. La experiencia no es la relativa a una vez, sino a los ciclos que se van sucediendo año tras año. Así se me fue clarificando el contenido de este versículo. Es fácil, pensar que un momento de prueba acabará, pero cuando la prueba nos envuelve, se nos hace definitiva y última. Nos vemos abocados a esperar más allá de nuestros cálculos. Y sucede que la prueba se pasa. La alegría de la cosecha la volvemos a vivir como algo que ya no se acabará, pues la vivimos después de haber pasado la prueba. Lo cierto es que se vuelven a suceder momentos de lágrimas y dolor. Y así en ese cíclico devenir nos sorprende la vida. Llegamos a admitirlo, pero lo que es más difícil llegar a descubrir es que no son ciclos eternos de vida que no cambia ni se transforma. Lo que realmente sucede es que cada período de siembra va madurando nuestra cosecha, para hacerla más auténtica. Que la prueba de las lágrimas nos va abriendo un camino de transformación que nos eleva y hace que lo que vivimos lo podamos hacer con mayor entrega y abandono, hasta llegar a vivir la prueba última y definitiva, que nos abrirá las puertas de la cosecha eterna.

F. Brändle