TERESA: ¡ME ENCANTAS!

Hace un tiempo me pidieron que escribiera sobre Teresa de Jesús; no resulta fácil cuando uno se propone comunicar algo testimonial. Es como hablar de tu madre. ¿Cómo hacerlo, sin sentir que no has dicho todo lo que quieres decir? Hay cosas mucho más para sentir, que para hablar, y a veces no se puede decir lo que se siente. Como dice la misma Teresa: “La gloria que en mí sentíno se puede escribir ni aun decir, […] lo que allí podía hacer era entender que no podía entendernada…” (V 39,22). Sin embargo, hoy he decidido plasmar en el papel algunas ideas, como si hiciera un dibujo sin pretensiones de precisión en los trazos, solo por el gusto y placer de hablar de alguien muy estimada por mí.

Teresa me encanta por su búsqueda de la verdad. La verdad con mayúscula, pues busca al propio Dios, pero también busca su verdad, la verdad del ser humano, y descubre que lo uno ilumina a lo otro. En la relación con Dios, el ser humano se comprende a sí mismo y comprende el proyecto de Dios para él. Para Teresa, la oración es un espacio privilegiado de conocimiento de Dios y de uno mismo. El autoconocimiento teresiano no es algo que se alcanza por medio de las ciencias modernas, sino en el reconocimiento de lo que somos a los ojos de Dios.

Teresa me ha enseñado que la contemplación consiste en descubrirse contemplado con una mirada única y amorosa, que proviene del propio Dios. Por eso, su insistencia en aconsejar: “Mirad que no está aguardando otra cosa sino que le miremos” (C 26,3). ¡Le mira a él y se descubre mirada por él! El mirar de Dios es amoroso y hace que despierte en nosotros el amor. Amor que no es sentimentalismo y que, sin embargo, provoca en la criatura la determinación de dar la vida por él. “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Teresa me encanta, también, por su realismo, opuesto a una vivencia de la fe desconectada de lo humano. Ella ha comprendido bien lo que significa en la fe cristiana la encarnación: “La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14). Dios ha asumido nuestra humanidad y ha puesto su morada entre nosotros. Desde entonces, lo humano pasa a ser el lugar privilegiado de la manifestación de Dios. Teresa será la gran defensora de la humanidad de Jesucristo e insistirá en que la meditación en ella es un camino seguro.

De ese modo, Teresa se opone a un visón angelical del ser humano, que pasa por encima de sus debilidades, como si esto fuera posible. En este sentido, Teresa es maestra en deshacer ilusiones, que bajo un velo espiritual enmascaran una realidad extraña, ajena y contraria al Evangelio. Sabe que el edificio de la oración necesita estar bien fundado, por eso, sugiere no buscar el gusto sensible, sino determinar la voluntad para servir a Dios.

Teresa me encanta, además, porque es una enamorada de la vida, hace todo con pasión, se entrega entera en el servicio de Dios, pone en él sus mejores fuerzas. Para Teresa no hay imposibles. ¡Mujer determinada! ¡Valiente! ¡Fuerte! Sabe que “Dios es amigo de almas animosas” (V 13,2). Teresa lo es y desea que todos lo sean también. Así, irradia la alegría de servir. Nadie se queda igual que estaba después de leer sus obras o conocer su vida. Su poder de convocatoria ha continuado a través de los siglos y nos llega hasta hoy con el mismo ardor y entusiasmo. 

Sí, Teresa me encanta y me hace pensar en un Dios cercano, que me busca con amor entrañable. Teresa me encanta, porque me habla de Dios, me orienta hacia él. Es la admirable capacidad de la mística: conducirnos hacia el misterio con suavidad y ternura.

Todo esto me encanta en Teresa de Jesús. Al término de este breve escrito testimonial sobre la Madre Teresa, me queda una honda alegría por poder compartir mis impresiones y sentimientos sobre esta gran mujer, mística, doctora de la Iglesia y maestra de vida espiritual.

FRAY EMMANUEL MARÍA. OCD

EN MEMORIA DE SANTA TERESA DE JESÚS. 15 DE OCTUBRE

 (Ofrecemos a nuestros lectores esta honda reflexión del carmelita descalzo, P. Daniel de Pablo Maroto, al conmemorar el pasado 15 de octubre su fiesta)

Santa Teresa por José de Ribera, Museo de Bellas Artes, Valencia

La muerte de santa Teresa de Jesús un 15 de octubre de 1582 me sugiere las siguientes reflexiones. Quien piense que los santos son felices porque Dios se les revela, es el médico que sana su cuerpo y su espíritu, les da éxito en la vida, etc., les pido que borren de la mente ese cliché porque es falso. Más bien, sucede todo lo contrario: que a los santos Dios les concede no las glorias mundanas, sino ser imitadores del “crucificado” Jesús de Nazaret. Esta es la lección que nos enseña la hagiografía cristiana y los mártires de nuestro tiempo.

Esta historia les parecerá una acción injusta a los increyentes o a los fieles devotos que creen que la fe en Dios es un paraguas que les protege de las inclemencias de la vida, la enfermedad, la pobreza, la falta de trabajo, etc. Pero es la ley de la Providencia, cuyos caminos “no son nuestros caminos”. Es posible que el silencio de Dios escandalice a los débiles en la fe, pero enamora a los escogidos para una misión especial en la Iglesia.

 San Juan de la Cruz escribe a los que creen en el Dios-tapa-agujeros, que se puso de moda en el postconcilio: “Él (Dios) está sobre el cielo y habla en camino de eternidad; nosotros, ciegos sobre la tierra y no entendemos sino vías de carne y tiempo” (Subida del Monte Carmelo, II, 20, 5). Y algo más grave todavía, como defensor de la fe desnuda de apegos “No es de condición de Dios que se hagan milagros, que, como dicen, (¡!), cuando los hace, a más no poder los hace” (Subida, III, 31, 9). Pero nuestro Dios, que permite la cruz, compensa con los dones del Espíritu Santo: la paciencia y la fortaleza para soportar la prueba.

Teresa de Jesús fue un ejemplar de mártir, “elegida” por Cristo para realizar en la Iglesia, y en la civilización occidental, una obra de gigantes, aun siendo una mujer Hoy, en el día aniversario de su muerte, recuerdo a los lectores su experiencia del martirio cotidiano, su “noche purificativa” y martirial, como ella misma confiesa: “Yo conozco una persona que, desde que comenzó el Señor a hacerla esta merced que queda dicha, que ha cuarenta años, no puede decir con verdad que ha estado día sin tener dolores y otras maneras de padecer, de falta de salud corporal […]. Yo siempre escogería el del padecer, siquiera por imitar a nuestro Señor Jesucristo” (Moradas, VI, 1, 7).

Cuando la Santa escribe esta página en 1577 tiene 62 años; hace “cuarenta años”, como dice ella, tenía 22. ¿Qué sucedió, a esa edad, en la vida de la monja recién profesa en el convento de La Encarnación? Lo que ella misma confiesa y confirman los testigos en los Procesos de beatificación como oído a las monjas del convento: había una monja que padecía una “grandísima enfermedad, y muy penosa” y lo sufría con paciencia, y Teresa pidió a Dios que “le diese las enfermedades que fuese servido”, siempre que, al mismo tiempo, le concediese la misma fortaleza para aceptarlas. Según su confesión, Dios aceptó su ofrenda y desde entonces en su vida sufrió toda clase de enfermedades (Cf. Vida, 5, 2). Sé que es una razón que la medicina científica no entiende, pero este es el hecho histórico y verdadero.

Descendiendo a la realidad de su vida, constatamos que lo escrito corresponde a la vivencia de las “noches pasivas del espíritu” previstas por san Juan de la Cruz, mucho más abundantes y dolorosas en los que recorren el camino espiritual hasta la santidad. La Santa Doctora lo ha experimentado casi en la cumbre del camino, como lo describe en las Moradas VI. En esa “noche” experimenta un cierto abandono de Dios, siente y sufre su silencio “en lo interior del alma”, como si estuviera en el “purgatorio” (¡!). Tiene una sensación o experiencia de una inmensa soledad porque “criatura de toda la tierra no la hace compañía”, es casi como una muerte del alma. Es la noche que sufre el alma antes de pasar a las Moradas séptimas (Cf. Moradas, VI, 11, 3-12).

Lo que describe en las Moradas son jirones de la propia alma, “noches oscuras” que está viviendo mientras funda conventos, llorando de pena mientras arrastra su cuerpo enfermo y por no poder misionar para “salvar almas” por ser mujer; sufriendo las inclemencias del tiempo y los obstáculos de las autoridades civiles y eclesiásticas; la angustia por la falta de los dineros que no llegan; la persecución o incomprensión de los buenos, etc. “Noches oscuras” tenuemente iluminadas por “los levantes de la aurora”, soñados por Juan de la Cruz.

La madre Teresa soportó también la “noche” oscura al final de su vida, desde que salió de Ávila para la fundación de Burgos un 2 de enero de 1582, en pleno invierno de la meseta castellana. Ella, enferma de gravedad, tiempo hostil, con fríos y lluvias hasta impedir el paso por caminos embarrados; recepción displicente por parte del arzobispo que creía amigo y permisivo; larga espera de la licencia; penuria de vida de la comunidad que hacía sufrir a la Fundadora; abandono del único apoyo que le quedaba, el provincial P. Gracián. Y, por fin, la fecha de la inauguración el día 19 de abril de 1582.

Se hizo también “noche oscura” en el camino de retorno a su querido convento de San José en Ávila, donde esperaban las monjas hambrientas de pan y de presencia de la Madre. Meditaba en el camino las cosas que le quedaban por hacer y le hacían sufrir porque sentía que se le iba agotando la vida: la soñada fundación de Madrid; resolver los líos de la compra de la casa de Salamanca; sosegar el ánimo de algunas prioras medio rebeldes a la autoridad de la Fundadora y del Provincial. Y, al llegar al soñado descanso de sus conventos de Valladolid y Medina, rota por la enfermedad, se encuentra con unas prioras que descargan sobre ella antiguas rencillas. Días y noches de dolor. Y en Medina, la autoridad, quiebra el deseo de volver a Ávila, pero pasando antes por Alba de Tormes.

Y allí descansó para siempre en la noche del 4 de octubre de 1582, siendo al día siguiente, por capricho del calendario, día 15, quizá simbolizando que la “noche” oscura anunciaba y se convertía, por la muerte de una Santa, en una noche  “en pos de los levantes de la aurora”, como glosó también san Juan de la Cruz. Murió tranquila, “hija de la Iglesia”, recordando sus pecados, esperando con gozo que iba a ser juzgada por aquel a quien había amado apasionadamente y que le decía: Entra en el gozo de tu Señor. ¡Descansa en la paz de Dios Andariega, Doctora de la Iglesia y Heraldo de Cristo!

P. Daniel de Pablo Maroto

SANTA TERESA DE JESÚS – DOCTORA DE LA IGLESIA

Una Santa que no es ajena a las realidades del mundo

Ofrecemos a quienes nos visitan, un extracto de algunas de las reflexiones del carmelita descalzo P. Daniel de Pablo Maroto, con ocasión del cincuentenario de su proclamación como Doctora de la Iglesia

Teresa de Jesús por Fray Juan de la Miseria, Sevilla

Existe la creencia, no sólo entre el pueblo, sino entre algunos intelectuales, de que los santos, especialmente los místicos, viven en un mundo de ilusiones, irreal, ensimismados en la Divinidad con sus éxtasis, visiones o locuciones. Nada más contrario a lo que acontece en Santa Teresa de Jesús. Ella tuvo dos momentos cumbres de “experiencia mística” que ella define como “desposorio” y “matrimonio” espiritual. Se sitúa el primero en torno al año 1556, la “conversión definitiva”, cuando oyó en su interior: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (Vida, 24, 4-8). El tema lo expuso en las Moradas sextas. Y el “matrimonio”, noviembre del 1572, siendo priora de La Encarnación (Cuentas de conciencia 25, 18 de nov.), tratado en las Moradas séptimas.

Su experiencia de la Divinidad la vivió en la interioridad pero se manifestaba con frecuencia en “fenómenos” somáticos, las más visibles son los “éxtasis”, pero no pertenecen a la esencia del misticismo. Es la expresión más profunda de la capacidad amorosa del ser humano, la que llena los vacíos que pueden dejar el sufrimiento, las cruces sufridas. El modelo y el espejo en que se miran es el Crucificado Jesús del que los místicos se enamoran.

Este apasionado amor experimentado en la unión con Dios no sólo no aliena a los místicos, sino que enriquece sus facultades mentales para entregar, con la misma pasión, la vida a sus hermanos los hombres. El ejemplo de Santa Teresa elimina toda duda el respecto como conocen bien los lectores de sus Obras. Pocas personas místicas – ellas y ellos- han tenido un experiencia de la Divinidad tan profunda; y, al mismo tiempo, que se hayan integrado tanto en los quehaceres “materiales”, en los “negocios y dineros”, afirmando que lo “temporal” ayuda a lo “espiritual” (Visita de descalzas, 2 y 10). Como prueba de la integración en la vida selecciono algunas de sus actuaciones, y no perdamos de vista que su preocupaciones “materiales”, acciones y consejos se integran en la vida cotidiana.

Por ejemplo cuando su hermano Lorenzo pensó volver a España desde Las Indias el año 1570, un viaje frustrado, se preocupó de que sus dos “niños” residieran en Ávila, mejor que en Toledo, para estudiar gramática en el colegio de los jesuitas, y después, si lo desean, en los dominicos de Santo Tomás, filosofía y teología (Carta a Lorenzo de Toledo a Quito, 17-1-1570 n.8).Intervino también en la búsqueda de un “paje” como signo de señorío en Las Indias, que les acompañe en el colegio, pero juzga que no es conveniente el uso de “Don” como parece que se acostumbraba en América por la categoría social de su padre.

Por otra parte, resulta curioso para un lector moderno ver a Teresa, monja de clausura y fundadora de conventos con fama de mística y santa, hacer el oficio de “casamentera” de su sobrino Francisco, primero con una joven de Segovia, sin éxito y después sufriendo las impertinencias de la madre de su nueva esposa en Valladolid. Y, finalmente, tuvo que hacerse  cargo de una niña, hija de una relación extramatrimonial de Lorenzo (hijo), joven “travieso” que marchó a América en busca de la fortuna de su padre, y Teresa se ocupa de ella pero le dice que envíe dineros para su alimentación hasta ver que dispone Dios en el futuro.

También sorprendemos a nuestra Santa recomendando a los grandes de este mundo a algunas personas de su entorno familiar o de sus amistades. Por ejemplo, recomendó a su sobrino Gonzalo, hijo de su hermana Juana, como paje de compañía, nada más y nada menos que al duque de Alba, contactando primero con la mujer del secretario Juan de Albornoz y pidiendo la mediación de la misma duquesa (Carta a Doña Ines Nieto 31-X-75, nn 1-2). Entrañable, por puro agradecimiento, me parece la petición a don Álvaro de Mendoza, obispo de Ávila, para que conceda a don Gaspar Daza, mal consejero en sus primeras experiencias místicas, pero defensor de la comunidad de San José, una canonjía (Carta al mismo de  primeros de agosto 1577) Otras añade el autor, e indicando que son muchas más las que se podrían traer. (cfr articulo completo en la web, página de la rueca a la pluma).

Para concluir, recordaría su constante preocupación de las enfermedades de sus hijas e hijos, de sus amigos y amigas, de sus penas y alegrías, sugiriendo remedios caseros para sus males como una consumada enfermera o doctora, apelando a los consejos recibidos de los especialistas o fiándose de su propia experiencia.

Termino recordando una de sus preocupaciones más arduas y duraderas que sufrió la mística Teresa en los última etapa de su vida y que indica, una vez más, su integración en la vida de cada día: la defensa de su obra de fundadora, su Reforma del Carmelo en peligro de perecer atacada por los padres calzados con la colaboración del nuncio Felipe Sega. Para ello acudió, con respeto y atrevimiento, al mismísimo Felipe II, aconsejando a los frailes lo que tenían que hacer, principalmente pedir al Papa la concesión de una provincia independiente de los carmelitas de España. Fue la primera en proponer el remedio y lo consiguió.

Esta es Santa Teresa, la excelsa mística, extasiada ante la Divinidad,  pero pisando firmemente la tierra como “encarnada” en ella, modelo de humanismo cristiano.

Daniel de Pablo Maroto, ocd

Teresa de Jesús y la conversión

En este tiempo de Cuaresma recordamos con facilidad la gracia que tuvo santa Teresa en la Cuaresma de 1554, junto a la imagen de un Cristo atado a la columna, que produjo en su vida una profunda conversión. Ciertamente, fue la culminación de un largo proceso de búsqueda, que no paró allí, sino que la impulsó a un nuevo caminar siempre más hondo, siempre más ancho.

            ¿Qué conversión nos enseña santa Teresa?

Primero, me parece que podemos hablar de una conversión que nos hace poner la mirada en Cristo. Es, al mismo tiempo, una invitación a la centralidad en Cristo y a no distraernos de lo esencial. Con mucha facilidad nuestra mirada o se vuelve hacia nosotros mismos o se vuelve hacia los demás. Pero, no en el sentido bueno de la caridad, sino juzgando, con envidia, rencor, codicia… Si quitamos nuestra mirada del Maestro dejamos que se adentre en nuestra mente y nuestro corazón la obscuridad que ciega nuestros pasos. La conversión de santa Teresa es una conversión a Cristo, a mirarlo a él como único bien de su alma.

Segundo: la conversión que nos enseña santa Teresa es una conversión que nos hace ser solidarios con Cristo, que llena nuestro corazón de disponibilidad para compartir con él sus sufrimientos y cargar su cruz. Es una conversión que nos hace acoger la voluntad de Dios en nuestras vidas. Es también la conversión que nos permite contemplar el rostro sufriente de Cristo en nuestros hermanos que, como dice el papa, están en las “periferias de la existencia”.

Tercero: creo que podremos hablar de la dimensión eclesial y hasta humanitaria de la conversión teresiana. Sí: han pasado cinco siglos del nacimiento de Teresa de Ahumada y aún nos estamos beneficiando de su conversión. Quisiéramos que también nuestra vida tuviera un poquito de esa luz que irradia Teresa. Quisiéramos que aproveche a los demás todo lo que hemos recibido de Dios.

Pero, no queremos terminar esta meditación sobre la conversión de santa Teresa sin preguntarle cuál es el secreto de este hecho afortunado. En el Libro de su Vida, hablando de esta conversión escribe: “Porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios”. La conversión sucede cuando ponemos toda nuestra confianza en Dios, este es el secreto.

Pidamos hermanos, hermanas, la gracia de vivir esta Cuaresma como proceso de conversión y pidamos la gracia de confiar totalmente en Dios.

Fray Emmanuel María

Creador Desde el Silencio

Al entrar en el oratorio encontré un cuadro hermoso de San Juan de la Cruz, que le reproducía con un gesto hermoso, imponiendo silencio, y recordando que desde él se debe obrar, con ello me vinieron estas consideraciones

Nada más evocador a la hora de recordar a San Juan de la Cruz que recordarle como poeta, creador desde el silencio, el silencio de sentidos y razón, por ello sabemos que es sumamente sugerente recordar que en ese silencio vivió su vida inspiradora de sus poemas. Una vida enamorada, en búsqueda del Amado, se constituye en la fuente de inspiración de sus versos. Por ello quien se acerca a esas obras maestras de la poesía se acerca al mismo San Juan de la Cruz, que en ellas refleja lo más hondo de su propia biografía.

Como poeta sin igual utiliza los vocablos de la lengua, como místico enamorado hace de ellos el barro con el que moldear la más bella obra de arte. Cuándo uno se decide leer a San Juan de la cruz ha de partir de este presupuesto: Vengo a descubrir la vida de un enamorado, que la quiere compartir conmigo al regalarme sus versos. Y es con ellos como uno debe emprender la aventura de hacerse su discípulo y lector, Sin este trato cordial, personalizado, nunca llegaremos a valorar sus obras escritas que no son otra cosa que declaraciones, es decir poner a la luz, lo que sus versos encierran. Nunca pensemos que esas joyas necesitan de explicación, sólo son entendidas si dejadas nuestras percepciones sensibles, que hablan de dificultades y complicaciones, descubrimos la luz que encierran en la sencillez de una propuesta de amor, el Dios al hombre y el del hombre a Dios.

F. Brändle

Los Papas y Santa Teresa del Niño Jesús

Celebramos el pasado 1 de octubre la fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús. Quiero recordarla como animadora espiritual de los últimos Papas del siglo XX. Todos encontraron en ella, leyendo sus obras, el evangelio vivido de una forma sencilla y profunda algo que habría de alentar siempre la vida de la iglesia, de la que por su ministerio han de servir de modo singular.

De su visita a Roma, y su encuentro con el Papa León XIII, al que pide la gracia de entrar en el Carmelo con sólo 15 años, Teresa nos ofrece una concepción paterna y filial de este ministerio. Confía en ser comprendida y atendida ante la urgencia que siente de entregarse al Señor en el Carmelo. Si bien, el encuentro no acabó en la concesión del permiso, sí nos descubre esa confianza que luego reflejará en su espiritualidad. Recuerda la mirada penetrante y profunda del Pontífice, pero a su vez en su respuesta remitiéndola a los Superiores le ofreció una confianza por su bondad que la permitió insistir y apelar a su autoridad, u aunque no fue atendida su petición favorablemente entendió ser su palabra profética al afirmarla que entraría si así Dios lo quisiera.

La sucesión de Papas que en el siglo XX ocupan la sede de Pedro, encontrarán en ella una mujer singular, de un valor extraordinario para la iglesia en estos tiempos. Pio X afirma de ella ser la santa más grande de los tiempos modernos, dispuesto a iniciar la causa de su beatificación. Benedicto XV, declara la heroicidad de sus virtudes, entiende su mensaje y usa para ello la célebre expresión: “la infancia espiritual”. Lejos de toda soberbia y presunción la infancia espiritual supone una fe viva en Dios misericordioso. Será Pio XI quien lleve a término todas las etapas de su glorificación 29 de abril de 1923, la beatificación, 17 de mayo de 1925 canonización y 14 de diciembre de 1927 declarada patrona de las Misiones. No duda en llamarla la “estrella de su pontificado”. Pio XII mantuvo una relación viva con el Carmelo de Lisieux, y recuerda que la infancia espiritual es un camino para todos, porque sólo hace valer ante Dios la propia debilidad. Juan XXiII es el gran propagador de su doctrina que considera tan necesaria, como lo son en los grandes puertos las naves pequeñas para poder desembarcar las mercancías que traen los grandes barcos. Pablo VI, que afirmaba haber nacido para la tierra el día que nuestra santa nació para el cielo, siente por ello una profunda devoción por ella. Veía en ella una mujer realista, y al mismo tiempo llena de humildad, porque nos enseña a no contar sólo con nuestras fuerzas, sino con el amor misericordioso de Cristo. Su realismo la llevó a no esperar a encontrar un ambiente ideal para comenzar su camino a la santidad. Tampoco le fue ajena a Juan Pablo I, la santa de Lisieux, a la que dirigió una de sus cartas, recordando cuánto le había ayudado en su enfermedad, con su fortaleza. Juan Pablo II, la declarará doctora de la Iglesia 3l 30 de mayo de 1988. No olvidemos lo presente que estuvo en el último viaje a África del actual Papa Francisco, quien en su mensaje a las contemplativas les pone como modelo a Santa Teresa del Niño Jesús.   

Francisco Brändle ocd

Bien con libertad se ha de andar en este camino

Una de las joyas más preciosas del magisterio teresiano es, sin duda, su doctrina sobre la libertad. Santa Teresa utiliza esta palabra con más de un significado, pero aquí nos detenemos en lo que la Santa llama “libertad de espíritu”. El lector atento de los escritos teresianos percibirá la importancia que concede la autora al hecho de “andar en libertad en este camino”.

Teresa se queja muchas veces por verse culturalmente tullida en su condición de mujer. Muy representativas son sus palabras en las Sextas Moradas que nos parece justo transcribir: “Por otra parte, se querría meter en mitad del mundo, por ver si pudiese ser parte para que un alma alabase más a Dios; y si es mujer, se aflige del atamiento que le hace su natural porque no puede hacer esto, y ha gran envidia a los que tienen libertad para dar voces, publicando quién es este gran Dios de las Caballerías” (6M 6,3).

Entretanto, Teresa no reduce la lucha por la libertad a una cuestión social y cultural, sabe que esta cuestión tiene raíces más hondas. Para ella, la libertad es un valor inestimable, pero no es algo que se deba buscar en sí misma, es una libertad “para”. Buscarla en sí misma nos llevaría a ser esclavos de ella. Por esto es una libertad para algo mayor, como: colocar en las manos de Dios (V 22,2); “llegar almas a Dios” (V 30,21); hacer lo que el Señor pide (V 33,11); “tratar cosas de su alma” (CV 5,4); decir mi parecer (Ct 24,11), “dar voces, publicando quién es este gran Dios” (6M 6,3). La libertad teresiana es una condición imprescindible para amar y servir a Dios plenamente.

En la doctrina teresiana la libertad está ligada al desasimiento de todo lo creado. Cuando en el libro Camino de Perfección habla extensamente sobre el desasimiento (CV 9-13), evidencia que el más difícil es el desasimiento de sí mismo (CV 10,1). Quizá la libertad auténtica es aquella que nos libra de nosotros mismos, o sea, de nuestras tendencias egoístas y mezquinas. En este sentido se opone al concepto moderno que identifica la libertad con el hedonismo (el máximo de placer y el mínimo de dolor). Así Teresa, en su libertad de espíritu, exclama con mucho acierto: “Sea el Señor alabado, que me libró de mí” (V 23,1).

Fray Emmanuel María, ocd

Virgen del Carmen

Fácil es comprender que en el Carmelo la contemplación de la hermosura en el más bello de los hombres, que pudo cantar el salmista, se asocie inmediatamente a la princesa bellísima que entra en el palacio real.

La Madre del Carmelo, María, es invocada como Reina y Hermosura del Carmelo. Los orígenes de nuestra Orden, en el Monte Carmelo, se asocian a nuestro título de “hermanos de la Buenaventura virgen María del Monte Carmelo” y nos llevan a descubrir en nuestra vida de carmelitas el puesto singular de quien se adentra en la vida del Carmelo con el título de Reina Hermosura del Carmelo. Su vida expresa  toda la sencillez y luminosidad de aquella hermosura  que Dios ha querido expresar al crear al hombre. Desde este horizonte pude saborear en mi oración la expresión del salmista, ya entra la princesa bellísima, vestida de perlas y brocado, símbolo de su hermosura, mirando la bella imagen de la Virgen del Carmen que tenemos en la capilla de Batuecas.

¡Cuánto me ayuda a dejar en las manos de Dios mi vida, que se recoge al final de la oración para ser sencillamente eso: una ofrenda hecha en el tiempo de todo aquello que me ha sido dado vivir!. Por eso en el Carmelo la pedimos que nos enseñe a acoger la Palabra, hacerla vida, escuchándola en el silencio.

F. Brändle