Meta

“De la salida del sol hasta el ocaso, alabado sea el nombre del Señor” (Sal 112). Sabía que esta manera de expresarse del salmista hacía alusión a la totalidad de la tierra. Su visión pasaba por esa concepción de una tierra plana. Al repetir una y otra vez este pensamiento, pasé del pensamiento del salmista, a una consideración más honda que me acercó a la celebración de la Ascensión. En ella “toda la tierra”, no es ya la visión cósmica, sensible, que abarca los pueblos que habitan nuestra tierra de un extremo a otro, sino la totalidad de la creación, que asumida en Cristo llegará a su plenitud. Desde el comienzo de la creación hasta este momento de plenitud, es el hoy, el ahora de la historia que vivimos. Y seguí dejando que el Espíritu me metiera en la hondura de la frase, la salida del sol, es ese comienzo en que todo despierta las cosas se van llenando de luz y amor, que será la razón de su ser y su vida, y así durante el hoy de cada día, de la historia, pero lo más hermoso se nos revela al final. Sí, al final, ese amor lo examinará todo, lo purificará, lo asumirá, como se asumió el cuerpo de Cristo resucitado, en esa vida de amor, a la derecha del Padre. La creación, que despertó al comienzo del día, pasado éste se convertirá en plena alabanza del Señor, porque el sol en su ocaso lo purificará todo. Bello es asociar este pensamiento, al ser examinados a la tarde la vida en el amor, mejor, por el amor, que hará posible, como lo  hace el sol de la tarde que todas las cosas se vean limpias, sin defectos, totalmente envueltas en la luz del ocaso que ya es sólo luz, sólo amor. Esa es nuestra meta. Es lo que nos recuerda la fiesta que celebramos: La Ascensión del Señor, que nos anticipa ese final gozoso.

F.Brändle

dame vida

Al recitar esta mañana el salmo 118,145-152, me quedé deseando se hiciera verdad en mí lo que le pedía el salmista. “con tus mandamientos dame vida”. Me preguntaba qué vida le pido al Señor. Y comencé a darme cuenta de que no era tan fácil definirla. Con lo cual empecé a pedirle que me hiciera comprender el misterio que encierra la vida que le pedía. No podía seguir viviendo de modo tan inconsciente la vida que se me regala cuando nace y brota del querer de Dios. Y así fui cayendo en la cuenta que si le pedía que sus mandamientos me dieran vida, no podía reducirlo a cumplir unas leyes con las que mi conciencia estuviera tranquila, sin saber descubrir nada más allá que una conciencia en paz. Si de verdad aspiraba a gozar de la vida que Dios me da con sus mandamientos tenía que abrirme al gozo y la alegría que supone el don de la vida. Tenía que descubrir los inmensos tesoros que encierra. Sólo así mi petición cobraría todo su sentido: “con tus mandamientos dame vida”. Con este don me adentraría en lo que es la vida en la inmensidad de este mundo que habito y esta historia que me sostiene. Saldría de mis intereses mezquinos y egoístas para descubrir la comunión con todo lo que encierra el querer de Dios. Di inmensas gracias a Dios por esa vida que sus mandamientos, su voluntad, me regala.

F. Brändle

El Saber

“Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco” (Sal 138,6). Me quedé abierto a este saber del que me hablaba el salmista, comprendí que surgía de su interior, y se sentía abarcado por el conocimiento que Dios tenía de él. En cierta manera compartía su visión. Pero en ese no saber qué es el “saber” de Dios, y orando en medio de la situación que nos toca vivir, me pareció inútil toda pregunta sobre ello dirigida al saber de Dios, concebido como un saberlo todo que habría de dar explicación a lo que nos está sucediendo. El saber de Dios me sobrepasa, pero no porque sabe más, o porque lo sabe todo, sino porque su saber no lo abarco, no entra en mi capacidad de conocer, por eso entendí que no podía pedirle explicaciones a Dios sobre la pandemia que padecemos, y menos juzgar las actuaciones que se van tomando, unas más acertadas, otras menos, desde comportamientos nacidos de ideologías, en unos casos, en datos de ciencia en otros, y siempre buscando tener razón desde ese conocer limitado del hombre.  Si Dios inspira, para actuar, sólo puede ser a favor de los más débiles, los más afectados.

Así lo hizo Jesús, que pasó haciendo el bien. En su vida sólo cabe ese actuar nacido de aquel saber de Dios que nos sobrepasa. Por eso en Él encontramos asumida toda la creación, en su misma debilidad, al asumir la debilidad del hombre. En el misterio de Cristo, en el misterio de la encarnación, se descubre a Dios todo amor, abarcando en su amor, que eso es su conocer, la creación entera, también las situaciones como las que nos encontramos. No lo abarco, porque es sublime, y se me manifiesta al descubrir en estos acontecimientos de la creación y de la historia una esperanza que me permite abrir las puertas a una victoria aquí, por la superación de la enfermedad, más allá por la resurrección, y siempre por la fuerza del Espíritu de Dios.

F. Brändle

¿Dónde está Dios ahora?

Pregunta que desde siempre acompaña al ser humano, cuando éste se ve asediado por circunstancias adversas que le superan; claro ejemplo es esta pandemia que padecemos. La pregunta no es sólo pertinente y actual, sino además legítima. Pregunta quien busca. Quien no busca, no pregunta. Lo vemos en estos días en el relato evangélico en el que María Magdalena, porque busca a Jesús (aunque fuera su cadáver para honrarlo), pregunta al “hortelano” que si él se ha llevado el cuerpo de Jesús, le diga dónde lo ha puesto (cf. Jn20,15). Con una fe más grande o más pequeña, más o menos formada, es un hecho que quien pregunta por Dios es porque ya lo está buscando.

Quisiera comenzar diciendo dónde no vamos a encontrar a Dios.

Dios no está fuera del mundo, enviando pandemias para castigarnos. Vamos poco a poco. Dios no está fuera de lo que vivimos. Y conviene detenerse aquí. Es fácil caer en el error y en la tentación de pensar que a Dios no le afecta lo que nos ocurre, ya que Él está allá lejos, en el cielo, en un trono, y desde allí no sabe lo que nos sucede, no ve, no siente… ¡Ojo que este imaginario sobre Dios está más extendido de lo que parece! Seguir por esta línea nos puede llevar a negar el dogma de la encarnación del Hijo de Dios. Porque Dios se ha hecho hombre, la realidad, el mundo y cuanto en él ocurre, le interesa, le afecta, le preocupa. Insisto en que Dios ha asumido nuestra naturaleza y por eso no podemos separar a Dios de lo que él mismo ha asumido por su encarnación.

Sigue sin responder la pregunta que titula este texto, pero me parecía necesario confrontar esa imagen de Dios que lo coloca de espaldas a sus hijos e hijas. Esas concepciones deístas hacen mucho daño.

Dicho que Dios no está fuera del mundo, sino en él, quiero ahora detenerme en que no está enviando castigos, léase coronavirus. Quizás a algún lector o lectora, le pueda sorprender esto que digo. Si lo refiero, es porque en estos días de pandemia he podido ver cómo sacerdotes y obispos (pocos afortunadamente), han afirmado, de distintas formas, que el covid19 es un castigo de Dios. ¿En que se basan para hacer semejante declaración? En que hemos abandonado a Dios para adorar a la naturaleza (esto lo dicen los contrarios al sínodo de la Amazonía), en que recibimos la comunión en la mano y no en la boca, en que apenas frecuentamos el sacramento de la confesión, la adoración del Santísimo…

Lo que hay de fondo, querido lector, es un cristiano frustrado que, como su voluntad (no la de Dios) sino la suya, no impera, manipula los hechos dándoles la vuelta. Me pregunto qué han entendido del Evangelio, pues parece que se han quedado en el dios veterotestamentario, vengativo y vengador. Y no, no soy marcionita[1]; pero como sabemos, el nuevo testamento ha superado el antiguo, y éste ha de ser interpretado a luz de aquél.


[1] Herejía del s.II que, entre otras cosas, negaba el AT como Palabra de Dios.

Entonces, en las afirmaciones de estas personas que categóricamente afirman que el covid es un castigo de Dios, ¿dónde queda la revelación que Jesús, hijo de Dios, hace del Padre? Amor, misericordia, cuidado, desvelo, entrañas de madre… Me temo que deberían de volver a estudiar teología, no la de ellos, sino la que enseña la Iglesia.

Semejantes afirmaciones sobre la ira de Dios, gratuitas y falsas, hacen daño. Por un lado, confunden a quien pudiera no tener una suficiente formación religiosa. Por otro, arrojan sobre la Iglesia algo dañino: la imagen de que los cristianos seguimos a un dios macabro y sangriento. Esto, sin duda, genera rechazo, pues, ¿quién va a confiar en un dios así? Les pido a quienes de esta forma hablan que se callen, que revisen su teología, su concepción de Dios, su misma oración, y que escuchen, no a mí, sino a Dios, al verdadero, al revelado por Jesucristo.

¿Dónde está Dios?, era la pregunta. Quisiera acercarme a la respuesta, a partir de una historia real, por la autoridad moral que tiene, pues creo que, a la cuestión de Dios y el sufrimiento humano, no podemos dar una respuesta de libro, aséptica, desencarnada y, por lo tanto, vacía.

Elie Wiesel, premio Nobel de la paz en 1986 y fallecido en 2016, fue uno de los supervivientes del exterminio nazi. Este judío, de origen húngaro, a la edad de 15 años fue trasladado al campo de concentración de Auschwitz, junto con su familia. Allí murieron su madre y su hermana pequeña, y lograron sobrevivir sus dos hermanas mayores. Elie y su padre, fueron luego trasladados al campo de Buchenwald, donde el padre de Elie falleció poco antes de la liberación en abril de 1945.

En su trilogía, “La noche”, “El alba” y “El día” (1956-1961), Elie recoge algunos de los horrendos padecimientos en los campos de concentración. En un pasaje en particular, cuenta que, un día, regresando del trabajo al campo de Auschwitz, vieron en el patio a tres compañeros encadenados que iban a ser ahorcados. Uno de ellos, era un niño. Nada más entrar, el conjunto de prisioneros fue colocado para que presenciaran “bien” semejante ejecución. Momentos antes de ser ajusticiados, los dos adultos gritaron “viva la libertad”. El pequeño, en cambio, permaneció callado. Y, en ese instante, alguien que estaba detrás de Elie preguntó: “¿Dónde está el buen Dios?, ¿dónde está?”.

Seguidamente se les retiró las sillas sobre las que hacían pie el niño y los dos adultos. Recuerda Elie que, así como los mayores fallecieron pronto, el niño aún tardó media hora, luchando por su vida, hasta que, asfixiado, murió.

Elie volvió a escuchar la misma pregunta: “¿Dónde está Dios?”. “Sentí”, dice Elie, “una voz que, saliendo de mí, respondía”: “¿Dónde está? Ahí está, está colgado ahí, de esa horca…“.

Dios está siempre con y en la persona que sufre. Hemos visto la respuesta que da Elie Wiesel, pero es que lo dice el propio Jesús: “Lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,31-46). Dios se identifica con el que sufre. ¿Dónde está Dios? Está en quien padece. También ahora, a causa del covid.

Obtenida esta respuesta alguien podría reprocharme que la contestación resulta insatisfactoria. Claro que sí. No lo voy a negar. Todos y cada uno de nosotros preferiría que el sufrimiento desapareciera de nuestra vida, de nuestro alrededor. Y sin embargo, no es así.

Pero eso ya es una segunda pregunta, distinta de la primera, y que no conviene confundir: ¿por qué existe el mal? Cuestión que, desde siempre el ser humano ha buscado responder. La teodicea se ocupa de ello: de intentar acercarse a la respuesta de la existencia del mal en el mundo. Yo, desde la honestidad y la humildad, sólo he pretendido decir donde está Dios, ciertamente, ahora y siempre.

P. Juan Carlos

Ayer te vi llorar

Ayer te vi llorar…

No llorabas por las injurias, blasfemias y desprecio de los mortales… No. No era este el motivo de tu llanto. No te preocupabas por TI, sino por la humanidad herida.

No llorabas como un niño perdido, sin saber qué hacer frente al dolor. No eran lágrimas de desesperanza o de angustia ante la desgracia, sino compasión de quien sufre con y ante el dolor ajeno, sabiendo que mañana, todo lo que ahora vivimos, se habrá pasado.

Ayer te vi llorar…

Llorabas con aquel padre y aquella madre que ya no tenían cómo sostener a su familia. La impotencia les llevaba a la desesperación. Sentían el peso de tener que transmitir seguridad en medio de la tribulación, sin poder hacer nada, tenían que parecer fuertes y transmitir esperanza a sus hijos y no sabían cómo hacerlo.

Llorabas con el joven que, enfadado con todo lo que estaba viviendo, se desesperaba frente a un futuro muy incierto. Todo lo que había planeado, tal vez ya no fuera posible. Ahora, preso de sus pensamientos, no encuentra sentido a su vida.

Llorabas junto al niño que había perdido a su abuelo a causa de la enfermedad y que su familia no sabía qué decirle para consolarle; a él, que se sentía privado de las caricias de su abuelo y de su mirada complaciente.

Llorabas con aquel profesional de la salud que siente en su propio cuerpo el cansancio del trabajo y que a menudo siente la muerte, ora velando sus pacientes, ora arriesgando su propia vida. Sus fuerzas han llegado al límite; por eso lloras.

Llorabas con todos los que han muerto sin el auxilio necesario, sin la presencia de sus familiares en el lecho de muerte, sin la esperanza cristiana de la vida eterna. Llorabas porque ellos se sentían solos y abandonados.

Ayer te vi llorar…

Compadecido de la humanidad, que ahora se percibe a sí misma indefensa frente a una tempestad inoportuna, que ha cuestionado sus falsas seguridades y le ha devuelto a la consciencia de que toda la humanidad comparte el mismo destino.

Para el lector que se hace la pregunta: “¿Dónde está Dios en medio de tanto dolor?”, le diría que si por unos pocos segundos se nos permitiera cruzar el cielo y llegar a contemplar a Dios cara a cara, seguro que veríamos una lágrima caer de su rostro, pues él llora con nosotros.

Por eso, hoy me limito a hacer una oración sencilla y segura: “Señor, se tú nuestra salvación”.

Fray Emmanuel María, OCD

Vida

A lo largo de toda la semana, en la celebración de Laudes, hemos recitado el salmo 62. Cada mañana le hemos podido decir al Señor que por Él madrugábamos. Hemos podido expresar con el salmista nuestro deseo de unirnos a Él. Pero lo que me ha despertado a sentimientos más hondos, y por los que he abierto mi espíritu en la oración silenciosa que vivimos después de Laudes, ha sido descubrir que su gracia vale más que la vida. En estos momentos en que la vida se nos hace tan frágil, en que nuestros medios no detienen en muchos casos el poder de la muerte, el consuelo no está en abandonarse a esa suerte, el esperar otra vida, sino en descubrir ya esa gracia, esa vida nueva que vale más que la que se conserva sólo desde nuestros horizontes, y que podemos llamar. la vida. Vivir con la convicción de que su gracia vale más que la vida, es vivir la vida resucitada en Cristo, hecha presente en nosotros. No soñamos una vida nueva, tenemos la vida hecha gracia, hecha comunión y encuentro, con Dios y con los hombres. He aquí la razón de una verdadera alabanza hecha a Dios, de poder decirle que le bendeciremos durante toda la vida. El salmo entero recitado cada mañana en esta semana pascual nos lo ha recordado.

F. Brändle

Jueves de Esperanza

Cristo lavando los pies, Giotto di Bondone, 1303, Fresco, Capilla Dei Scrovegni

Amanece Jueves Santo, y seguirá el Triduo Pascual. Aquí en Batuecas, en la soledad, la pequeña comunidad tendremos la gracia de poderlo celebrar  con los ritos propios de la  Liturgia de estos días. Sin embargo, este año todo lo viviremos de modo distinto, al vivirlo en comunión con la humanidad entera que sufre esta pandemia. Ello conlleva una vivencia muy fuerte de lo que los misterios que celebramos significan para una comunidad que quiso estar siempre abierta a ofrecer esta vida y este espacio a quienes quisieran compartirlo con nosotros. Hoy por las medidas sanitarias, no tenemos a nadie de los que nos habían solicitado venir. Ellos, junto con todos los que sufren, están en nuestra vida.

Este año, más que ningún otro, contemplaremos la Pasión de modo distinto. No proyectaremos nuestra compasión sobre unos sufrimientos imaginados en un Jesús, muchas veces no contemplado, sino imaginado a nuestra medida. Hoy que el dolor nos desborda contemplaremos a Jesús abriendo nuestro dolor, como el suyo, al abandono en la fuerza salvadora del amor del Padre. Su abandono, el aislamiento de tantos que sufren solos, no pudo, ni debe ser, vivido como cerrazón, rechazo de los hombres, sino como medida de sanación, de maduración, de una medida incomprensible, para poderle seguir a Él después, para poder amar más a quienes ahora aparentemente abandonamos. Así lo vivía Él, que pidió perdón, la gracia, el amor del Padre, para que nuestra inmadurez, se tradujera en un seguimiento nacido del amor, de la resurrección. Así lo hemos de vivir para reencontrarnos con quienes en nuestras UVIS se recuperan para encontrarnos con la mejor fuerza sanadora: nuestro amor.

Esperemos la Pascua. Esperemos poder seguir a Jesús, más y mejor. Esperemos encontrarnos unos y otros con una mayor humanidad, nacida de un amor más desinteresado, más entregado.

Francisco Brändle.