Santísima Trinidad

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, quiero acercarme a ti con la confianza que me da saber que has buscado esta página para encontrarte con algo que te pueda sorprender más allá de lo cotidiano de un paisaje urbano aburrido y monótono, de una jornada dura y sin apenas comunicación viva. Quieres buscar una naturaleza que te cautive, o una comunicación que te llene desde un silencio creador.

            Sigo comentándote lo que en los momentos de oración me evocan algunos versículos de los salmos que recitamos. Me quedé diciendo con el salmista: “¿Por qué habré de temer los días aciagos, cuando me cerquen y acechen los malvados..? ( Vg Sal 48,  2-3)”.  No me vino seguridad alguna, no seguí repitiendo con el salmista lo poco que son los que se jactan de ser poderosos. Nada de eso me vino a mi mente. Tampoco me vino que si creo en Dios que es más poderoso nada podrán contra mí. En el silencio, en la escucha amorosa vine a entender que no era cuestión de buscar unas razones que me dieran tranquilidad ante lo que podían ser momentos duros en mi vida. Era algo que se descubre más allá de esa seguridad que da una razón, era la confianza oscura en el misterio del que brota mi vida, la vida de todo ser humano. Entonces se me abrieron los ojos de la fe, de la vida que se abre a Dios, para entender con Santa Teresa, – no por el mucho razonar, sino por esa visión, que ella diría intelectual, pues se le da al entendimiento, aunque sin entender-, que desde el fondo la paternidad de Dios me daba vida y sostenía con su amor, que en los avatares de la vida podía estar siempre identificado con el caminar de Jesús y que el amor, que es el Espíritu, sí lo puede todo. Me descubrí envuelto en el misterio de la Trinidad, no con un lenguaje escolástico, sino con la certeza de una fe que me lleva a entender lo divino en ese misterio trinitario, a confesar la Trinidad como el verdadero y único Dios.

F. Brändle

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Seguimiento de Cristo

Tengo claro que la gracia mayor en el seguimiento de Cristo es venir a conocer sus deseos y proyectos, cuando habla del Reino de Dios que llega. ¿Dónde lo veía llegar?, ¿Cómo lo concebía? Pero, vine después a pensar que eso sería seguirle con unas seguridades que partirían de un análisis y una aceptación muy egoístas, después de conocerlo, juzgarlo, vería si le seguía o no. Mala forma de fiarme de quien de verdad me salva. Entender sus proyectos, sería hacerlos a mi medida, empequeñecerlos, someterlos a mis gustos y caprichos, debía abrirme a la confianza, donde el seguir naciera de la confianza, pero no una confianza anodina, parada, esperando que ya llegará, sino llena de viva esperanza. La que los salmos mesiánicos me transmitían, la que leo por el ej. en el salmo 19, allí se hace viva la petición porque se cumplan los proyectos del Rey mesiánico. Siento entonces que mis deseos se han de identificar con ese Reino que trae, más allá de mis cálculos, pero que me involucra en ello. Se me hace fácil rezar los salmos mesiánicos desde esta perspectiva.

Francisco Brändle

El amor del Padre y el silencio de Batuecas

  

En este Desierto entramos en una nueva noche con su belleza habitual acompañados de la presencia.

Ya no digo entramos en su presencia, porque aquí podemos decir que más bien permanecemos de manera continua junto a la presencia en esa morada central, en la morada del amor en la que se goza de la presencia.

Durante esta estancia, tomamos la determinación de que las cenas sean más frugales o inexistentes, para que ayudados de un cierto ayuno el cuerpo se encuentre en una disposición mejor para su recibimiento.  

Tenemos que dar las gracias al Padre por tenernos reservados estos momentos.

La oscuridad aquí en la noche del desierto es completa, el silencio es completo, la presencia de Dios también es completa, la paz profunda, la gratitud al Padre también tiene que ser total porque sólo él nos puede conceder esta unión con esa presencia, que bien sabemos de quien se trata.

Esta paz que penetra por el cuerpo, se propaga por los músculos, invade a la persona completamente y nos dispone para escuchar mejor las vibraciones de Dios.

¿Cómo definir sino como de belleza a este encuentro con Dios?

Durante la estancia en la celda, la degustación de algo inexplicable, ese calor que el Padre nos sigue enviando, esta llama continua que se mantiene mediante un cierto esfuerzo ascético…, y mediante la oración incesante…,

“El fuego puede ser encendido en el corazón por el esfuerzo ascético, pero este esfuerzo no inflama tan fácilmente el corazón… Este medio parece simple y fácil, pero de hecho no se llega a término sin dificultad. El atajo para llegar a nuestro objetivo es la oración interior que dirigimos con todo nuestro corazón a nuestro Señor y Salvador” (1)

Decidimos subir a la ermita de san Antonio cuando la oración incesante ya  se ha apoderado de nosotros…,    

¡Y era de esperar!, puede llegar; la entrada en otro tipo de oración con un componente también doloroso, vuelta a morder el polvo, vuelta a conocer la otra cara de la oración.

Es el dolor de nuestra fragilidad ante Dios: “yo he pecado siendo hombre”, y es el dolor de la visión de Dios: “tú, en cambio, perdóname siendo Dios”.

Al morder el polvo surge la petición: ¡Tú, en cambio, perdóname siendo Dios!… ¡Tú, en cambio, perdóname siendo Dios!… ¡Tú, en cambio, perdóname siendo Dios!…,

Todavía llevamos pocos años gritándolo.

“Se cuenta de uno de nuestros padres que durante cuarenta años su oración consistió en estas únicas palabras: «Yo he pecado siendo hombre; tú, en cambio, perdóname, pues eres Dios». Los padres y hermanos le oían repetir esta frase que él pronunciaba con sufrimiento y llorando; y no cesaba de orar así. Y esta única oración fue su liturgia, noche y día.” (2)

Y al mirar la cruz a la que subiste, al conocer la cruz que también tienes para mí ya que soy seguidor tuyo, comprendo que tú perdón es un asunto tuyo y mío, un asunto solo nuestro, y por eso esta celda aunque es soledad es soledad contigo.

El dolor, el dolor de la cruz, es un asunto que también es tuyo y mío, es dolor nuestro, y sin embargo, el amor que sale de ese dolor y que engendra vida, aunque es tuyo, es algo que nos regalas para nosotros, para los que nos rodean.

Aun así, siempre habrá algo que será sólo entre tú y yo, por eso el amor a la celda, y la vuelta a ese mantra: “Yo he pecado cómo hombre; tú, en cambio, perdóname siendo Dios”…,

Y aquí en la celda, el recuerdo de las mañanas en la ciudad, en su actividad cotidiana uniéndose a esos sabios consejos…,

“En el momento en que se despierten a la mañana, pongan cuidado en recogerse interiormente y en despertar en ustedes una sensación de calor. Consideren este calor como una condición normal. En el momento en que cese, pueden tener la seguridad de que su interior no está más en orden. Cuando desde la mañana, despertaron en ustedes ese calor y se establecieron en el recogimiento, deben cumplir con todos sus otros deberes de tal manera que no destruyan este orden interior, y cuando tienen la elección, hagan lo que por naturaleza pueda favorecerlo. No hagan jamás algo que pueda destruirlo, sería actuar como si ustedes fueran su propio enemigo. Simplemente tomen como un deber el recogimiento y el calor interior, manteniéndose en pensamiento ante Dios. Esta atención por sí sola les revelará lo que deben hacer y lo que deben evitar.” (1)      

Y en la soledad de la celda, llega esa gracia que es evidente que viene de lo alto, es evidente que es una “gracia de Dios”, es “ese calor sobrenatural” que aparece en la oración, es la entrada en la oración ininterrumpida, esa  que no cesa ni por la noche; ya caminemos, ya trabajemos, ya comamos, ya durmamos, siempre está ahí.

Hablo también de una luz que en medio de la negra noche aparece para guiarnos como el faro que nos señala la ruta y nos indica el camino, ese por el que el Padre quiere que caminemos, el camino de nuestra vida guiada por Él…,

“La llama de la que hablo no se enciende inmediatamente, sino sólo con mucho trabajo, cuando se hace sentir en el corazón un cierto calor que crece continuamente y arde, siempre más vivamente durante la oración interior. La oración ofrecida al Señor desde el fondo de nuestro ser enciende en nosotros este calor espiritual… El calor espiritual que es sobrio y puro.” (1)

Es una gracia, cuyo efecto más palpable es el ensanchamiento del corazón, la dilatación del corazón, su esponjamiento; es como si se tornara  grande para amar.

(1) Antología de autores espirituales. “Sublimidad de la Oración Interior”. Pág. 49, 60, 57

(2) Isaac de Nínive. “El don de la humildad”. Pág. 131   

Emilio Luis López Torrez OCDS

Nuestro destierro es una vida en medio de las vanidades del propio yo

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Uno de los salmos más recitados y conocidos es el que habla del destierro de Babilonia: “Al ir iban llorando, llevando las semillas”, al volver vienen cantando trayendo las gavillas” (Sal 125,5); pero yo me preguntaba, después de haberlo recitado al comenzar la oración silenciosa que solemos tener después de Vísperas en nuestro monasterio: ¿a dónde voy yo llorando, llevando semilla?.

Se me encendió de nuevo una luz con la que dar vida al salmo, vengo llorando, trayendo mi semilla a este momento orante, para que en el campo que es la vivencia de Dios en mi vida se vaya transformando en  gavilla frondosa, que de traer cantando a mi propia vida, porque eso es lo que ha de ser mi vida cuando, desde el trato con Dios cercano, y amigo, que debe ser mi oración, se vea fecunda y llena de amor.

Nuestro destierro es una vida en medio de las vanidades del propio yo, de la autosatisfacción, de la autosuficiencia, que necesita ser cambiada por nuestro Dios, el de nuestro Señor Jesucristo, que cambió la suerte de Sión.

Fray Francisco Brändle

La cena que recrea y enamora

Con esta celebración vespertina de la cena del Señor damos inicio al triduo pascual que culminará en aquella vigilia santa, donde gozosos proclamaremos la pascua del Señor. Estos tres días del triduo pascual forman una única celebración con el objetivo de vivenciar el culmen del misterio de nuestra fe: la entrega de Jesús por nuestra redención.

Hoy hacemos memoria de tres regalos que Jesús nos ha dejado en la última cena: la institución de la eucaristía; el mandato nuevo del amor y el sacerdocio ministerial. Estas tres realidades están estrechamente vinculadas de tal manera que si falta una, las otras dos pierden su sentido y substancia. La eucaristía debe ser entendida como expresión del amor y el ministerio sacerdotal que la hace presente llega a su plenitud cuando el ministro torna su propia vida como expresión del amor divino.

Me gustaría destacar hoy este gran regalo de Dios que es la eucaristía. Como diariamente participamos en ella existe el riesgo de considerarla un acto más de nuestra rutina, ya tan llena de cosas. Quién sabe si ya nos hemos acostumbrados al rito, y su contenido ya no llega a nuestro corazón. ¡Qué gran dicha sentarnos alrededor de la mesa con el Señor para participar de su cena!

En el Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz, la esposa (la persona) llama al amado (Dios) la “cena que recrea y enamora”. La Eucaristía es, por tanto, la “cena que recrea y enamora”. Esta definición tan singular nos recuerda la dimensión de “banquete” y de “fiesta” de las que deben revestirse nuestras celebraciones. Además de ser una oportunidad para saciarnos, la cena es lugar de encuentro. No invitamos a cualquier persona a entrar en nuestra casa, más aún a sentarse a nuestra mesa. Los invitados son personas con las cuales tenemos proximidad, confianza y familiaridad.

Jesús, por medio de una acción tan ordinaria, expresa algo tan divino: Él desea entregarse a nosotros totalmente. Hará esta entrega generosa en la cruz. Aquí perpetúa su memoria con las palabras: “haced esto en memoria mía”. En esta cena no somos meros espectadores; Jesús en su mistagogia nos envuelve de tal manera que también nosotros nos sentimos comprometidos en hacer de nuestra vida una entrega generosa.

Los invitados a su mesa también son llamados a vivir la misma experiencia que él, la experiencia de la gratuidad. Él dio gratuitamente su vida por nosotros, ahora nosotros debemos dar gratuitamente nuestra vida por nuestros hermanos. En una sociedad marcada por los intereses personales, tal llamada puede parecer absurda, pero nuestra capacidad de realización está ligada a nuestra capacidad de donación. Cuanto más nos donamos, más experimentamos la felicidad.

Esta “Cena” que nos compromete en una entrega generosa, también “nos recrea y enamora”. Recrear, aquí, significa descansar, holgar, divertir… La eucaristía es donde, fatigados de la jornada, encontramos nuestro descanso; donde somos saciados plenamente en lo más profundo de nuestro ser. Es donde se cumplen aquellas palabras del salmo 62: “Solo Dios es el descanso de mi alma, de él viene mi salvación”.

La expresión “recrear” puede ser entendida como “volver a crear” o “hacer nuevo” o “renovar”. La cena eucarística nos “recrea” para la vida nueva de hijos de Dios. Pero, ¿cómo podemos hacer esta experiencia de renovación si en apariencia continuamos siendo los mismos? Lo que cada eucaristía hace nueva en nosotros es la disposición para amar y servir. Nuestra voluntad en cada cena es conducida para acoger como suya la voluntad de Dios. Esta es la más profunda transformación que al participar en la celebración eucarística ocurre en nosotros. Y esto se da a la medida y al paso de cada uno, según su apertura a la gracia de Dios.

También esta cena tiene la propiedad de enamorar. Enamorar, quiere decir, entrar en el lugar del amor. La persona enamorada percibe que la persona amada mora dentro de ella, en su corazón. Igualmente encuentra en la persona amada su morada, su reposo, su descanso. La persona enamorada solo tiene una preocupación, satisfacer y corresponder al amor. Es lo que dice san Juan de la Cruz en el verso “ni ya tengo otro oficio, que ya solo amar es mi ejercicio”.

Pero, no comprendamos este amor como algo ajeno a la realidad, como si fuera una fantasía que hemos creado para olvidarnos de nuestras responsabilidades, sino todo lo contrario. No hay fuerza mayor para transformar la realidad que el amor. La cena eucarística nos enamora porque nos compromete con la construcción de la civilización del amor.

Quizá el transcurrir del día a día o incluso nuestras limitaciones y miserias humanas nos impidan vivenciar de esta forma el sacrificio eucarístico. Este velo, que a veces se torna en densas nubes cubriendo su esencia solo podemos transcenderlo por la fe. Sin la fe lo que celebramos pierde su color, su sabor, su sentido… Hoy hacemos memoria de la última cena y deseamos renovar en nosotros el sentido profundo de la eucaristía.

No podría dejar de referirme a ese gesto tan peculiar de la celebración de hoy: el lavado de los pies. Todos sabemos que Cristo quiere expresar con él el servicio. Pero, generalmente entendemos este servicio como acto de sumisión y humildad. No me parece que este sea el sentido pleno de esta enseñanza. Jesús había dicho a sus apóstolos “ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; a vosotros os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí a mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15,15).

El servicio aquí es entendido como colaboración o como ayuda de quien comparte el mismo proyecto. La actitud de servicio que nos requiere el Señor es la expresión de nuestra amistad con él, con quien compartimos el mismo proyecto. Para los amigos de Jesús el servicio no es un acto aislado sino la expresión de su seguimiento y de nuestro amor por él. Por tanto, para los cristianos el servicio es un estilo de vida o si queremos “una filosofía de vida”, que impregna todas nuestras actividades.

Pidamos entonces hermanos y hermanas en esta cena del Señor que nos haga entender el sentido pleno de la eucaristía y nos disponga para servir con generosidad, como él ha hecho. Amén.

Fray Emmanuel María ocd

¿Qué ganas con mi muerte?

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            Sin duda que la audacia o confianza con Dios que muestra Santa Teresa la pudo aprender bien en los salmos, que ella leía y oraba con tanta devoción. Esa confianza, que parece audacia o atrevimiento me pareció verla al leer lo que se ora en el salmo 29,9, ¿qué ganas con mi muerte, con que yo baje a la fosa?. No sé lo que el salmista recibiría como respuesta, lo que a mí me ocurrió al  hacerla mía, fue algo muy simple: Me encontré con que se me vino a decir: ¿pero, es que crees que yo puedo pensar en ganar algo con tu muerte?, ¿crees que voy a dejarte bajar a la fosa? Con lo que quedé confundido.

Me resultó claro que Dios es un Dios de vivos, y nada gana con que el hombre muera, es más, no le dejará caer en ella. ¿Cómo es posible vivir en el temor servil sabiendo que Él nos sostendrá siempre?. Me sentí desbordado, confundido, lleno de una inmensa paz, que me descubría que el gran orante Jesús, vivió así su muerte.

Dios – Padre, estaba con Él, y nada ganaba con ella, no le podía exigir ese sacrificio, sino que juntos mostraban al hombre, que el Dios vivo, el Dios de los vivos, se entregaba por amor a aquella muerte en la que de modo último y definitivo el Dios que es amor se lo mostraba al hombre, poniéndose en sus manos, humillándose, pues es la suma Humildad, hasta ser de este modo mío y para mí, entregado por amor. Era la forma más sublime de decirlo, que perdonaba, que aseguraba a los pecadores la entrada en el Reino de los cielos.

Fray Francisco Brändle

Señor, Tú me sondeas y me conoces

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            Siempre he leído con asombro y devoción el salmo 138. “Señor, Tú me sondeas y me conoces”. Pero en esta ocasión que quiero evocar aquí, el salmo se me volvió mucho más luminoso. Si es verdad que se hace alusión al ser tejido en el seno materno, me parecía que era algo grandioso, pero que reducía mi persona, si no me abría a un significado mayor, a un buen organismo, lleno de complejidad, pero sin esa dimensión abierta a una realización más allá de la meramente biológica.       

Había ya escuchado, y admirado, el sentir a Dios como un seno materno donde ya no mi organismo, sino todo mi ser se iba formando, ahora leyendo el salmo se me confirmó lo intuido. Sí, el conoce mis pensamientos, pero lo que es más, distingue “mi camino y mi descanso”. Creo comprender bien, si en estas palabras descubro que Dios sabe de mi caminar en este mundo, pero sabe también a donde me conduce, a ese descanso, que es la plenitud de mi vida. Algo que yo tengo que poner en Él.

Ese saber de Dios, ese tejerme en su seno, lejos de hacerme inhábil, incapaz, me hace totalmente disponible a su proyecto, sentirme seguro de que mi vida está llena de sentido, aunque a mí no siempre me es dado y fácil el descubrirlo, sólo la confianza de que Él distingue mi camino y mi descanso me hace vivir en paz.

Fray Francisco Brändle