El fruto escondido

Tengo que admitir que no siempre una frase del salmo se me convierte en un medio para vivir la oración, no me parece sino que su sentido se me hace anodino. Se pasó toda la hora y nada y más bien cuento con distracciones, somnolencias, arideces. He decidido creer que en tal situación, hay un fruto escondido que yo desconozco y que saldrá a la luz cuando yo no lo espero. Pero pongo mi momento orante en manos de María, miro la imagen que nos preside en la peana  en la que la hemos colocado en la pared frontal de nuestra capilla. Ella me consuela, sabe bien de lo que es la sequedad y el no tener sentido las cosas y no sólo los dichos. Que sentido se podía encontrar a aquel momento del Calvario, y esperó, hasta que realmente lo descubrió, era el paso a la resurrección. Ella me hace asegurarme que esos momentos orantes tan poco gratificantes pueden ser el momento de mi estar al pie de la cruz. Así espero vivirlo.

F. Brändle

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“porque hacia mí su oído inclina el día en que clamo. “

No es fácil imaginar que el lugar donde me coloco para vivir los momentos orantes en la capilla pueda unirme a todo el mundo, sin embargo la otra tarde, al evocar al apóstol Santiago y recitar los salmos de vísperas me lleno de gozo saber que podía invitar con el salmista a alabar al Señor a todas las naciones, a que lo aclamaran todos los pueblos. Recitaba el salmo 116, el más breve de todos. Lo puedo recitar todo él de memoria. Al repetirlo una y otra vez, sin imaginar nada, pero sintiendo esa universalidad, mi espacio abarcaba de un confín a otro de la tierra.

Tampoco buscaba motivaciones para que lo hicieran, me bastaba estar convencido de que su ser es entrañable porque está lleno de amor, que se traduce en misericordia, en corazón que nos acoge, más allá de condición alguna. En ese seno entrañable estamos todos, nos acoge a todos, con una certeza que sobrepasa todo calculo, el de mis mezquinas consideraciones acerca de los demás. Y eso sin temor a que en algún momento esa actitud entrañable pudiera tener fin. Su fidelidad durará siempre, se mantendrá en el tiempo, y se vivirá en la eternidad.

Comprendí que habitar en un lugar retirado no es buscar estar aislado, sentirme en paz, porque nadie puede perturbar mi soledad, todo lo contrario, he de vivir mi soledad en esa certeza de que sólo Dios puede unirme a todos los hombres, y que a todos he de invitar a que unidos le alabemos y aclamemos.

F. Brändle

La Hermosura de Cristo

Cantar con el pueblo de Israel los salmos, y vivirlos desde la fe en el Mesías es algo que he buscado poder hacer en mi oración. La otra tarde me sorprendí en mi oración cautivado por la expresión del Sal 44: “Tu eres el más bello de los hombres”. ¿Qué hermosura era esa que Israel contemplaba en el Rey, y sobre todo en el futuro Rey-Mesías?  Sus esperanzas, las que hacían bello al “esperado”, aunque ya anticipado en el rey, eran las grandes gestas mesiánicas que yo podía contemplar en Jesús. Lo que le hacía bello a Jesús era su entrega por la humanidad entera, por su salvación, por descubrir al mundo el rostro del Padre.

Me parecía que esa era la hermosura que está, como bien me recordaba Santa Teresa, por encima de todas las hermosuras. La que podía centrar mi oración en la noticia que me envolvía en el amor de Dios, y me llenaba de paz. Sí, decir: “eres el más bello de los hombres”, para nada me centraba en una consideración imaginaria que me representara a Jesús con el rostro de un gran actor, ni con el rostro pintado por un gran artista, sino el Jesús de los cuadros que cautivaron a los grandes místicos, cargado con la Cruz, tal y como lo vivió San Juan de la Cruz, o mostrando sus manos llagada y su corona de espinas, pero ya glorioso como los cuadros que compraba Santa Teresa para su devoción. Una vez más el anhelo del pueblo judío tenía su expresión real y verdadera en lo que aconteció en la vida de Jesús, todo este salmo se llenaba de contenido. Las explicaciones que sobre él me daban los exegetas, me ayudaban a poner contenido a lo que San Pablo había recordado en la carta a los Romanos, 8,35-37, el amor siempre vivo, del que nada ni nadie puede separarnos, de Jesús.

F. Brändle

Los que confían en el Señor

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

Cenáculo en el Monte Sión

“Los que confían en el Señor son como el Monte Sión, no tiembla, esta asentado para siempre” (Sal 124,1)

Me preguntaba esta tarde que puede significar: “confiar en el Señor” desde la verdad que encierran estas palabras del Salmo. No me parecía ser una simple llamada a sentirme seguro. Había que ir más allá de ese sentimiento. Tenía que salir de mí, para asentar mi vida en Él, con la conciencia más honda de haberme desprendido de la seguridad que se crea cuando uno encuentra un buen apoyo. La seguridad tenía que venir de más allá, después de haberme desprendido de mí.

La presencia del Señor, en el que confío, deja de crear en mí miedos y temores falsos. No tiemblo, su cercanía me alienta y asegura. Me da una certeza ciega en que no me va a fallar, mi vida se llena de sentido.

Este sentido que cobra mi vida puede traducirse en un estar asentado para siempre, en descubrir que el tiempo en el que vivo esta abierto a la eternidad.  La más profunda oscuridad que puedan traerme los acontecimientos adversos nunca podrá arrebatarme la certeza de estar asentado para siempre.

Os invito a abriros a esta confianza. F. Brändle

Santísima Trinidad

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, quiero acercarme a ti con la confianza que me da saber que has buscado esta página para encontrarte con algo que te pueda sorprender más allá de lo cotidiano de un paisaje urbano aburrido y monótono, de una jornada dura y sin apenas comunicación viva. Quieres buscar una naturaleza que te cautive, o una comunicación que te llene desde un silencio creador.

            Sigo comentándote lo que en los momentos de oración me evocan algunos versículos de los salmos que recitamos. Me quedé diciendo con el salmista: “¿Por qué habré de temer los días aciagos, cuando me cerquen y acechen los malvados..? ( Vg Sal 48,  2-3)”.  No me vino seguridad alguna, no seguí repitiendo con el salmista lo poco que son los que se jactan de ser poderosos. Nada de eso me vino a mi mente. Tampoco me vino que si creo en Dios que es más poderoso nada podrán contra mí. En el silencio, en la escucha amorosa vine a entender que no era cuestión de buscar unas razones que me dieran tranquilidad ante lo que podían ser momentos duros en mi vida. Era algo que se descubre más allá de esa seguridad que da una razón, era la confianza oscura en el misterio del que brota mi vida, la vida de todo ser humano. Entonces se me abrieron los ojos de la fe, de la vida que se abre a Dios, para entender con Santa Teresa, – no por el mucho razonar, sino por esa visión, que ella diría intelectual, pues se le da al entendimiento, aunque sin entender-, que desde el fondo la paternidad de Dios me daba vida y sostenía con su amor, que en los avatares de la vida podía estar siempre identificado con el caminar de Jesús y que el amor, que es el Espíritu, sí lo puede todo. Me descubrí envuelto en el misterio de la Trinidad, no con un lenguaje escolástico, sino con la certeza de una fe que me lleva a entender lo divino en ese misterio trinitario, a confesar la Trinidad como el verdadero y único Dios.

F. Brändle

Seguimiento de Cristo

Tengo claro que la gracia mayor en el seguimiento de Cristo es venir a conocer sus deseos y proyectos, cuando habla del Reino de Dios que llega. ¿Dónde lo veía llegar?, ¿Cómo lo concebía? Pero, vine después a pensar que eso sería seguirle con unas seguridades que partirían de un análisis y una aceptación muy egoístas, después de conocerlo, juzgarlo, vería si le seguía o no. Mala forma de fiarme de quien de verdad me salva. Entender sus proyectos, sería hacerlos a mi medida, empequeñecerlos, someterlos a mis gustos y caprichos, debía abrirme a la confianza, donde el seguir naciera de la confianza, pero no una confianza anodina, parada, esperando que ya llegará, sino llena de viva esperanza. La que los salmos mesiánicos me transmitían, la que leo por el ej. en el salmo 19, allí se hace viva la petición porque se cumplan los proyectos del Rey mesiánico. Siento entonces que mis deseos se han de identificar con ese Reino que trae, más allá de mis cálculos, pero que me involucra en ello. Se me hace fácil rezar los salmos mesiánicos desde esta perspectiva.

Francisco Brändle

El amor del Padre y el silencio de Batuecas

  

En este Desierto entramos en una nueva noche con su belleza habitual acompañados de la presencia.

Ya no digo entramos en su presencia, porque aquí podemos decir que más bien permanecemos de manera continua junto a la presencia en esa morada central, en la morada del amor en la que se goza de la presencia.

Durante esta estancia, tomamos la determinación de que las cenas sean más frugales o inexistentes, para que ayudados de un cierto ayuno el cuerpo se encuentre en una disposición mejor para su recibimiento.  

Tenemos que dar las gracias al Padre por tenernos reservados estos momentos.

La oscuridad aquí en la noche del desierto es completa, el silencio es completo, la presencia de Dios también es completa, la paz profunda, la gratitud al Padre también tiene que ser total porque sólo él nos puede conceder esta unión con esa presencia, que bien sabemos de quien se trata.

Esta paz que penetra por el cuerpo, se propaga por los músculos, invade a la persona completamente y nos dispone para escuchar mejor las vibraciones de Dios.

¿Cómo definir sino como de belleza a este encuentro con Dios?

Durante la estancia en la celda, la degustación de algo inexplicable, ese calor que el Padre nos sigue enviando, esta llama continua que se mantiene mediante un cierto esfuerzo ascético…, y mediante la oración incesante…,

“El fuego puede ser encendido en el corazón por el esfuerzo ascético, pero este esfuerzo no inflama tan fácilmente el corazón… Este medio parece simple y fácil, pero de hecho no se llega a término sin dificultad. El atajo para llegar a nuestro objetivo es la oración interior que dirigimos con todo nuestro corazón a nuestro Señor y Salvador” (1)

Decidimos subir a la ermita de san Antonio cuando la oración incesante ya  se ha apoderado de nosotros…,    

¡Y era de esperar!, puede llegar; la entrada en otro tipo de oración con un componente también doloroso, vuelta a morder el polvo, vuelta a conocer la otra cara de la oración.

Es el dolor de nuestra fragilidad ante Dios: “yo he pecado siendo hombre”, y es el dolor de la visión de Dios: “tú, en cambio, perdóname siendo Dios”.

Al morder el polvo surge la petición: ¡Tú, en cambio, perdóname siendo Dios!… ¡Tú, en cambio, perdóname siendo Dios!… ¡Tú, en cambio, perdóname siendo Dios!…,

Todavía llevamos pocos años gritándolo.

“Se cuenta de uno de nuestros padres que durante cuarenta años su oración consistió en estas únicas palabras: «Yo he pecado siendo hombre; tú, en cambio, perdóname, pues eres Dios». Los padres y hermanos le oían repetir esta frase que él pronunciaba con sufrimiento y llorando; y no cesaba de orar así. Y esta única oración fue su liturgia, noche y día.” (2)

Y al mirar la cruz a la que subiste, al conocer la cruz que también tienes para mí ya que soy seguidor tuyo, comprendo que tú perdón es un asunto tuyo y mío, un asunto solo nuestro, y por eso esta celda aunque es soledad es soledad contigo.

El dolor, el dolor de la cruz, es un asunto que también es tuyo y mío, es dolor nuestro, y sin embargo, el amor que sale de ese dolor y que engendra vida, aunque es tuyo, es algo que nos regalas para nosotros, para los que nos rodean.

Aun así, siempre habrá algo que será sólo entre tú y yo, por eso el amor a la celda, y la vuelta a ese mantra: “Yo he pecado cómo hombre; tú, en cambio, perdóname siendo Dios”…,

Y aquí en la celda, el recuerdo de las mañanas en la ciudad, en su actividad cotidiana uniéndose a esos sabios consejos…,

“En el momento en que se despierten a la mañana, pongan cuidado en recogerse interiormente y en despertar en ustedes una sensación de calor. Consideren este calor como una condición normal. En el momento en que cese, pueden tener la seguridad de que su interior no está más en orden. Cuando desde la mañana, despertaron en ustedes ese calor y se establecieron en el recogimiento, deben cumplir con todos sus otros deberes de tal manera que no destruyan este orden interior, y cuando tienen la elección, hagan lo que por naturaleza pueda favorecerlo. No hagan jamás algo que pueda destruirlo, sería actuar como si ustedes fueran su propio enemigo. Simplemente tomen como un deber el recogimiento y el calor interior, manteniéndose en pensamiento ante Dios. Esta atención por sí sola les revelará lo que deben hacer y lo que deben evitar.” (1)      

Y en la soledad de la celda, llega esa gracia que es evidente que viene de lo alto, es evidente que es una “gracia de Dios”, es “ese calor sobrenatural” que aparece en la oración, es la entrada en la oración ininterrumpida, esa  que no cesa ni por la noche; ya caminemos, ya trabajemos, ya comamos, ya durmamos, siempre está ahí.

Hablo también de una luz que en medio de la negra noche aparece para guiarnos como el faro que nos señala la ruta y nos indica el camino, ese por el que el Padre quiere que caminemos, el camino de nuestra vida guiada por Él…,

“La llama de la que hablo no se enciende inmediatamente, sino sólo con mucho trabajo, cuando se hace sentir en el corazón un cierto calor que crece continuamente y arde, siempre más vivamente durante la oración interior. La oración ofrecida al Señor desde el fondo de nuestro ser enciende en nosotros este calor espiritual… El calor espiritual que es sobrio y puro.” (1)

Es una gracia, cuyo efecto más palpable es el ensanchamiento del corazón, la dilatación del corazón, su esponjamiento; es como si se tornara  grande para amar.

(1) Antología de autores espirituales. “Sublimidad de la Oración Interior”. Pág. 49, 60, 57

(2) Isaac de Nínive. “El don de la humildad”. Pág. 131   

Emilio Luis López Torrez OCDS