Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante

“Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante” (Sal 114). Estas palabras del salmo me adentraron en la oración. Dejé pronto de pensar en mi pobre amor al Señor y me fui quedando envuelto en lo que no había caído en la cuenta en otras ocasiones: el escuchar de Dios. Nunca me había parado en ello, porque lo identificaba como un oír una petición como tantas que se pueden dirigir a alguien que está ahí para responder sin más a los que piden algo, si ve que les conviene o que puede hacerlo.

Si Juan de la Cruz pudo decir con verdad que el mirar de Dios es amar, yo ahora me parecía ver claro que el escuchar de Dios es amar. Que toda la vida del hombre, que se pondrá de manifiesto como envuelta en tristeza y angustia a lo largo del salmo, era esa palabra que el hombre dirige a Dios para que le escuche, y que lejos de ser escuchada en la indiferencia, era acogida en el más puro amor. Pude entender que todo el salmo era una llamada a vivir la resurrección, porque Jesús en su entrega en la Cruz, fue escuchado, amado entrañablemente por el Padre, y caminará para siempre en el país de la vida. Se me puso de manifiesto que toda mi vida estaba delante de Dios como una palabra que Dios escuchaba desde su inmenso amor al hombre. Sentí crecer la confianza y se me fue haciendo luz para descubrir que estamos siendo con nuestra vida una palabra de hombre que Dios escucha, porque siempre tiene inclinado su oído hacía mi, en este día que es nuestra existencia hecha invocación a Dios.

P. F. Brändle

Eres príncipe desde el día de tu nacimiento

Cena en Emmaus 39 x 42 cm, c. 1628 Rembrandt

A lo largo de esta octava de Pascua, cada tarde, en el rezo de Vísperas se recitan estas palabras del salmo 109: “Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados, yo mismo te engendré como rocío antes de la aurora” ¿Dónde encontrar esos esplendores sagrados, que no dependen de los rayos de la aurora? ¿qué luz es esa que engendra la Vida? Todo parece remitir a un nacimiento nuevo, el nacimiento de la Vida que supera la muerte. El renacer del Resucitado. Mi oración seguía envuelta en el misterio de esos resplandores sagrados que me hablaban de una luz nueva. Las fiestas gozosas de Pascua de Resurrección nos dan testimonio de esta Luz de la Vida en la que ser alcanzados por Dios. Con San Juan de la Cruz entendí que esa Luz de la que salen esos resplandores sagrados en los que descubrimos al Resucitado, al nacido a la Vida, es la que arde en el corazón. Por ella somos guiados en la noche de nuestra vida que se hace noche pascual. El fuego del amor se hace resplandor sagrado en el que Dios hace nuevas todas las cosas que por amor fueron creadas y por amor transformadas para alcanzar la plenitud de su ser en Dios. Con la Resurrección podemos hablar de aquel nacimiento que coloca a Cristo como príncipe, cabeza de la nueva creación, que surge en medio de la noche, como rocío, antes de la aurora.

F. Brändle

Mi boca hablará sabiamente

Pórtico de la Gloria, Santiago de Compostela

Leo y oro con el salmo 48: “Mi boca hablará sabiamente y serán muy sensatas mis reflexiones”. No puedo creer que se me invite con ello a una postura autosuficiente: “¡qué bien lo vas a hacer todo! Me inclino a pensar, y así lo viví, que se trata de un deseo de acercarme a comprender mi vida. ¿Podré dar a entender lo que es mi vida? ¿Podré ser testigo de una verdad que se hace comprensible sólo desde el amor? Orando con este deseo llegué a comprender que poder expresar la verdad de mi propio ser no está ligado a mis éxitos, a mis riquezas, a mi mucho conocer, -como luego desarrollará el mismo salmista-, sino a mostrar a saber decir con sabiduría que respondo a un proyecto divino, que me permite escapar de las garras de todo aquello que me hunde en el abismo de mi autosuficiencia. Llegar a expresarme en una vida que sea digna de esa estima y aprecio que me liberan de egoísmo y abren a la comunión. Con ello se llenaba de sentido mi vida y podría también abrir mi modo de entender la vida en el misterio de una existencia abierta a la luz, a lo que tiene razón de ser más allá de unos cálculos cerrados en un materialismo insolidario. El salmo 48, todo él, era una sensata reflexión que llenaba mi oración de confianza.

F. Brändle

Cabalga victorioso por la verdad y la justicia

“Cabalga victorioso por la verdad y la justicia” (Sal 44). Para la comprensión de este versículo del salmo 44 se me abrieron las puertas con el título con que se reza en la liturgia: “las nupcias del Rey”. ¿Qué Rey?, ¿qué nupcias? Si es la iglesia quien ha colocado este título sin duda que se trataba de Jesús, el Mesías. Cristo ungido por el Espíritu. Sus nupcias lo eran con la humanidad, y se trataba de cantar los frutos de esta unión. Al cabalgar victorioso del Rey, se habría de unir la esposa, y lo mismo en el modo de hacerlo, por la verdad y la justicia. Entendía, sin razonarlo, que se nos llamaba a los hombres a cabalgar victoriosos, es decir a lograr liberarnos de lo que nos ata, de nuestro modo de ser hombres, que nunca alcanza ese modo liberado de serlo en Cristo. Cristo es la medida de esa nueva humanidad libre y victoriosa. Su victoria, que incluye la de la cruz, que celebraremos en Pascua, es un cabalgar en total libertad por la verdad y la justicia. Es ser auténticos y verdaderos seres humanos que alcanzan lo que realmente tienen que ser a través de una salvación, justicia, que viene de Dios. Así se hace verdaderamente Dios presente en el mundo, porque le dejamos ser Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios que se encarna en la nueva humanidad. Seremos al fin, hombres teologales, que son capaces de salir de sus meras rezones y costumbres para alcanzar a Dios y lo hacen en la confianza y esperanza que Jesús, al que aclamamos como Rey victorioso, nos ofrece y enseña a vivir.

F. Brändle

antes de sufrir yo andaba extraviado

Estamos en Cuaresma. Se nos invita a vivir con más intensidad la limosna, la oración, el ayuno, en definitiva vivir unas prácticas cuaresmales que nos ayuden a convertirnos, y a ello nos alienta  la Iglesia en este tiempo litúrgico. Pero no podemos contentarnos sólo con esto. La conversión plena, la que nos ayuda a la comunión con Dios y con los hermanos sin traba alguna por parte de mi yo, la que hace de cada uno un hombre resucitado, la que me permite vivir en plenitud el misterio pascual me llega por una transformación que ya no está en mis manos. Así me lo hizo comprender este versículo del salmo 118: “antes de sufrir yo andaba extraviado, pero ahora me ajusto a tu promesa” (Sal 118, 57).  En la vida tiene que tener su lugar el sufrimiento y lo hemos de vivir como ese medio único para acertar con lo que verdaderamente nos abre el camino a nuestra resurrección, que es lo mismo que nueva vida, o total transformación. No se trata de un camino para ganar méritos, puesto que lo podríamos ofrecer. Se trata de abrir nuestra vida a un nuevo lenguaje, el que nos habla de amor verdadero, no egoísta. En el desvalimiento del sufrimiento siento la necesidad de que me alienten, estén conmigo, gratuitamente, porque no puedo dar nada. Mi prójimo se hace tal porque le dejo acercarse. Y Dios se hace cercanía total. Comprendí entonces lo que era ajustarse a su promesa. Porque la promesa estaba orientada a la definitiva Alianza con el hombre, la del Espíritu. Sufrir no es lo mismo que pasar un mal rato. Sufrir es descubrir la vida en su dimensión necesitada, abierta al amor, que lo puede ser por mil causas: Físicas: el dolor o la enfermedad, morales:  mi limitación en tantas cosas que no alcanzo a hacer como quisiera, persecución o desamor por parte de los otros, psicológicas: desánimo, sentir el desamor en mi imaginación, espirituales: no descubrir con mis razones el amor de Dios, sentir que mis virtudes teologales se me hacen principios de purificación que me cuesta aceptar. Antes de experimentar todo esto, antes -de sufrir que me recordaba el salmo-, y vivirlo en ese camino cuaresmal de transformación, -ajustarme a la promesa de Dios-, es imposible que el hombre llegue a resucitar en la Pascua.

F. Brändle

espíritu de infancia

Virgen con el Niño, Rafaello Sanzio, dibujo con mina de plata

Al leer el Sal 31 uno se llena de esa confianza que envuelve al fiel israelita. La misericordia de Dios le desborda, le llena de alegría y de cantos de liberación. Pero lo que me llamó la atención es que en medio del salmo hay un párrafo que parece brotar de esas entrañas misericordiosas de Dios que ha experimentado el salmista. No somos nosotros quienes encontramos el camino del arrepentimiento que nos lleva a Dios. Algo mejor está sucediendo en el acercarse a Dios. Dios mismo se va desvelando como el que nos instruye y nos va señalando el camino a seguir, porque ha fijado su mirada en nosotros. Necesitamos descubrir esa mirada, y dejarnos alcanzar por su sabiduría. Si llegamos a ello, no hay duda, al fijar sus ojos en nosotros no podrá ver más que aquel niño que juega ante sus ojos para alegrar su corazón. No es fácil dejarnos enseñar así por Dios. Pero lo que canta el libro de la Sabiduría se ha de hacer verdad. Encarnar la sabiduría de Dios es venir a identificarnos con aquella Sabiduría que jugaba como niño ante el Padre. Ese espíritu de infancia, que no es infantilismo, nos permite descubrir al Dios Padre misericordioso que vino a mostrarnos Jesús.

F. Brändle

“Que cumpla el deseo de tu corazón” (Sal 19)

Me sorprendí rezando con sencillez este versículo por lo que empecé a descubrir en él. Sin necesidad de acudir a comentario alguno, vi claro que se trataba de una intercesión hecha por el salmista, por el orante al Dios de Israel para que cumpliera los deseos del corazón de su rey. Lo que me sorprendió admirándome es: que si, como es verdad para mí, el rey, mesías ungido de Israel, era Jesús, estaba pidiendo que se cumplieran los deseos de su corazón, los que Jesús abrigaba y que me sobrepasaban. Me llenó de entusiasmo estar pidiendo al Padre lo que yo mismo no era capaz de conocer pero que Él conocía bien, pues había mandado a su Hijo para realizar esa misión. Lo que aún me abría más a la presencia de Dios y a sentirme envuelto por ella al poner en mis labios estas palabras del salmo, era que contaba con mi pobre oración para llevar a cabo sus planes. Más aún, que su proyecto estaba también en nuestras manos, que nos había dejado a los hombres esa capacidad de compartirlo y llevarlo a término. No se trataba de pedir a Dios lo que nuestros deseos, mis deseos, siempre mezquinos nos impelen a pedir, sino de abrirnos a su proyecto y pedir sin más que se cumplan los deseos que Jesús encierra en su corazón. Los que  se convierten en salvación para todos, y que han de ser al fin los verdaderos deseos que han de salir de mi corazón. Pedía que me purificara de modo que pudiera llegar con verdad a pedir sólo eso: “que cumpla el deseo de tu corazón”, el de Jesús que vino a salvarnos.

F. Brändle

Él es mi esperanza

“Descansa sólo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza” (Sal 61). Con este verso del salmo me quedé en oración. Al repetirlo una y otra vez, fui descubriendo el verdadero descanso no en la confianza que yo ponía en Dios, sino la que Dios me iba dando. Iba más allá de las circunstancias, que tantas veces nos confunden, haciéndonos sentir seguros porque todo nos parece que va bien y podemos estar tranquilos. La confianza que Dios me daba era el amor que me ofrecía. Su presencia, hecha amor que me envolvía y, al mismo tiempo, me hacía sentir que ninguna otra cosa podría colmar mi vida, sino El.  Así entendí que la lógica estaba clara, podía descansar en Dios, si él era mi esperanza. Una esperanza abierta a su proyecto, a lo que Él espera de mí. Algo más allá de mis cálculos y previsiones, de mi limitada percepción del futuro. Su proyecto me sobrepasa, pero no por inadecuado para mí, sino porque me abre más allá de mis cálculos. Era esa esperanza de cielo, -que en el lenguaje de San Juan de la Cruz-, tanto alcanza cuanto espera. Era esa esperanza que me asocia a toda la creación abierta a la transformación total, a la nueva creación. El descanso en Dios, abierto a esta esperanza, es lo que le pedía con el salmista.

F. Brändle