Misericordia, Señor

Balsa de Refugiados, Sergey Ponomarev, premio Pulitzer 2015

“Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios” (Sal 122,3). Cuando leía estas palabras del salmo en la recitación de Vísperas, me parecían dirigirse a Dios para pedirle que como víctima se acordara de mí. Las escogí para vivir mi oración silenciosa y poco a poco se me fue abriendo paso otro modo de vivirlas. Suplicaba que el Señor me concediera su misericordia, me la regalara, la necesitaba para vivir en un mundo donde nos encontramos saciados de desprecios. No se trataba de hacerme la víctima, sino de descubrir el camino para unidos a Dios salvar el mundo. Una salvación que no podemos descubrir haciéndonos las víctimas y siendo por ello salvadores, sino haciéndonos portadores de la misericordia de Dios que verdaderamente salva al mundo, transformándolo y llevándolo a la unión con Él. Descubrir el mundo desde esta perspectiva es acercarme a los graves males de la humanidad, con esperanza, aguardando que la misericordia de Dios se manifieste en un camino de transformación de la humanidad. Pero también es descubrir en mi pequeño mundo que esos males de los que puedo sentirme víctima los tengo que vivir desde la misericordia de Dios que yo puedo encarnar transformando las situaciones en esperanza, porque como en su día pudo vivir San Juan de la Cruz, donde no hay amor hay que poner amor, misericordia, para llegar a vivir el verdadero amor.

F. Brändle

ven con el arca de tu poder

Cristo con el cáliz, Juan de Juanes, 1510 1579

“Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder” (Sal 131,8) . Con este verso del salmo 131 me dispuse a vivir la oración que cada jueves nuestra comunidad hace ante el Santísimo expuesto. Eran unas palabras que me vinieron al azar, sin haberlas escogido expresamente para vivir una experiencia de oración ante el Santísimo. Me vi, sin embargo, en breve envuelto en un modo de recitar estos versos totalmente apropiado para vivir el momento. Invitaba al Señor a venir en medio de nosotros que como comunidad estábamos orando, y hacerlo de modo singular, con el arca de su poder. Ese arca de alianza y amor que nos mostró en Jesús, y que ahora presente de modo sacramental podía contemplar. No había podido sospechar al comenzar la oración, que tan claro se me haría esta nueva forma de poder atribuida al arca de la presencia divina. Era el amor que se manifestaba en el sacramento el poder con el que el Señor que venía a su mansión cumplía unos deseos nacidos del verso del salmo. Con ello mi horizonte se abrió a la humanidad y a la creación, el Dios al que invitaba a hacerse presente con el arca de su poder, me invitaba también a descubrir su presencia de un modo más universal: en la humanidad y en toda la creación. F. Brändle

Has amado la justicia y odiado la impiedad

Coronación de Espinas, Gustave Doré, 1874

“Has amado la justicia y odiado la impiedad” (Sal 44,8). Este salmo mesiánico siempre me resulto lleno de esperanza, sobre todo por parte del autor inspirado, que seguro lo vivía, pero alguna de sus expresiones no me cuajaba para aplicarlas a Jesús, nuestro Rey Mesías, y una de ellas era este versículo, ¿cómo entender ese odio aplicado a los sentimientos de Jesús?. Por eso era renuente para tomarlo como “versículo” para ayudarme a vivir la oración. Cuál fue mi sorpresa que muy pronto vine a descubrir algo que me llenó de esperanza.  En esta ocasión lo tomé. Cierto que Jesús amó la justicia, ¿cómo no? Si es lo que el traía al mundo, la justicia, la salvación, desde el mensaje del Reino y la revelación de Dios-Padre. Pero lo que más me sorprendió y ayudó fue caer en la cuenta, que odiar la impiedad no se traducía en odio a los que no obran el bien, y además están llenos de maldad. Ni tampoco se reducía a la postura “bonachona” de que yo les perdonaré. Vine a entender, sin entender, que todos caemos dentro de esa frase, porque vivimos justificados al aceptar con postura creyente, con esa que nos asemeja a Él, el misterio de Dios que Él nos revela. Y eso es para todos, aún para los más perversos del mundo. Pero también entendía, desde un verso de San Juan de la Cruz, lo que significaba: odiado la impiedad, el verso era: matando muerte en vida la has trocado. Odiar no era otra cosa que matar dar muerte a la muerte, y muerte era el pecado, el pecado que en mí provocaba la autosuficiencia. De ahí que ya no me sentí confundido con este verso sálmico, al contrario, se llenó de esperanza mi corazón, confiando en que en mí y en todos, y si queréis, no sólo por educación, sino por esperanza, primero en todos y luego en mí la salvación se llevaría a término, al tiempo que se acabaría la impiedad, porque matando muerte, pecado, todo sería gracia y vida.

F. Brändle

Devuélveme la Alegría

“Devuélveme la alegría de tu salvación” (Sal 50,14). Eran las palabras del salmo que comenzaron a resonar en mi oración. Poco a poco fui despertando a la conciencia de que muchas de las alegrías que había podido ir viviendo no respondían a la propia de la salvación, y sin embargo era en ellas en las que había apoyado la conciencia de ser salvado. No necesité analizar nada, era una llamada interior la que me decía que tal petición se basaba en volver a afianzar mi experiencia de salvación en los momentos en los que se me había concedido, comenzando por la celebración de mi bautismo como expresión de mi vida en Dios. La participación en la Eucaristía como verdadera experiencia  del misterio de Cristo entregado por mí. La oración como conciencia cierta del amor de Dios actualizada en mi conciencia. El servicio al prójimo más allá de una mera filantropía, hecho por verdadera entrega. Lo que con el salmista le pedía en mi oración es volver a reconocer que ahí está la alegría de la salvación, a la que he de acudir siempre que me vea rodeado de situaciones, que nunca me debieran separar de la alegría de la salvación, pero que por mi debilidad me han podido alejar de ella, y ahora con el salmista le pedía humildemente al Señor que me volviera a regalar.

F. Brändle

No abandones la obra de tus manos

Manos en oración, Albrecht Dürer, 1508, Albertina Museum

“No abandones la obra de tus manos” (Sal 137,8). Con estas palabras me adentré en la oración. Al escogerlas para vivir mi oración silenciosa, pensaba que pronto me recogería pensando en que era una bella petición, que facilitaría mi atención amorosa. No caí en la cuenta de que pronto me parecería pretencioso pedir a Dios algo que sonaba a descuido por su parte. Se me fue desvelando que lo que verdaderamente tenía que descubrir era el convencerme de que era obra de sus manos. No me resultaba fácil sentir esa mano divina en el vivir cotidiano. Mi vida parecía estar en mis manos y no en las manos de Dios. El pedir no ser abandonado era en el fondo un modo confundido de acercarme a Dios. No había abandonado la obra de sus manos, sino que era mi postura cerrada la que le impedía realizarla. La petición fue transformándose en: “no permitas que impida realizar en mí lo que siempre has deseado hacer, pues no puedo olvidar que soy obra de tus manos”. Mi oración se fue llenando de ese deseo y con humildad si pude hacer la petición, que no era acusación a Dios que podía abandonarme, sino a mí que no había caído en la cuenta de que era obra de sus manos.

F. Brändle

las olas se estremecieron

Cristo en la Tormenta del Mar de Galilea, Rembrandt, 1633

“Te vio el mar, oh Dios, te vio el mar y tembló, las olas se estremecieron” (Sal 76,17). Con estas palabras del salmo, que acabábamos de recitar en Laudes, quedé sorprendido en el tiempo de mi oración silenciosa. El mar, ancho y dilatado, inmenso que se impone al hombre en su pequeñez, tiembla ante Dios. No cabía en mi imaginación un mar tembloroso. Cambié de registro, no quise imaginar, sólo dejarme llevar de la grandeza de Dios, que hace temblar al mar. Pero al mismo tiempo su grandeza no me causaba temor, ni me hacía temblar. Su presencia me aseguraba, me daba fuerza. No sabría decir cómo, pero esa cercanía del Dios poderoso me acompañó a lo largo del tiempo de oración. No dejé de seguir sorprendiéndome ante unas olas que se estremecen. La fuerza incontrolable del mar se hace frágil. Se estremece. Con Dios ¿qué poder de este mundo podría hacerse temible? Todo esto lo fui viviendo a lo largo del tiempo de oración, como una forma singular de sentirme en su presencia. También el amor se hace fortaleza para el que ora advirtiendo esa noticia amorosa. No tenía que imaginar situaciones concretas, era mi vida entera la que se llenaba de la presencia poderosa de Dios. Y tal presencia vendría a manifestarse en los momentos que la necesitase.

F. Brändle

Cambiaste mi luto en danzas

Salvator Mundi, atribuido a Leonardo da Vinci

“Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal y me has vestido de fiesta; te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre” (Sal 29,12-13). Recogía estas últimas palabras del salmo para adentrarme en la oración silenciosa como canon que me ayudara a vivir ese momento. Temía que un texto tan amplio dejara de ser un canon y se convirtiera en una larga reflexión, pero pronto descubrí que lo que este texto me evocaba no era una serie de situaciones en las que de un estado marcado por la tristeza y el desánimo había pasado a vivir momentos de entusiasmo. Al evocar el texto en mi oración, sin más consideración, pasé a vivir el gozo de sentir que nuestra vida no es lo que se percibe en los distintos estado de ánimo, tan variables según las circunstancias, sino la conciencia de que estamos llamados a vivir en una continua acción de gracias, en un canto sin fin, porque realmente somos lo que no sabemos: personas agraciadas por ese Dios que cambia nuestra manera de ver las cosas, que hace de nuestra vida una fiesta, porque nos ha vestido de ese traje que nos descubre lo que realmente somos.

F. Brändle

me cubres con tu palma

Las Mártires de Guadalajara

“Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma” (Sal 138,5). En un salmo que nos recuerda el conocimiento de Dios sobre cada uno de nosotros, con un saber que nos sobre pasa, me sorprendió ese abrazo de Dios y esa potencia divina. Habíamos comenzado nuestra oración silenciosa, con el canon: “alma, a ti buscarte has en mí, y a mí buscarme has ten ti”. Descubrí en el silencio y a la luz de este versículo del salmo cuán cierto era. A Dios sólo le descubriré en ese estrecho abrazo que me funde con Él, donde me entrega toda su vida, para poderle conocer en mí, al tiempo que me acoge en su misterio para poderme conocer en verdad en Él. Caer en la cuenta de ello es llagar a no buscarme ya fuera de Dios que así me ha abrazado. En él puedo ser en verdad lo que anhelo y debo ser, porque su abrazo no nos destruye, Así abrazados nos cubre con su palma. La mano de Dios, su bondadoso actuar, se convierte para nosotros en protección cierta. Ser conocidos por Dios, es ser amados, y esto hasta llegar a ser verdaderamente abrazados por Él. Comprendí que el salmo me invitaba a ello, partiendo de esa verdad tan contundente: el abrazo de Dios.

F. Brändle

celebrar el nombre del Señor

Virgen del Carmen, Sebastián de Herrera, c. 1650, plumilla, Museo del Prado

“Allá suben las tribus… a celebrar el nombre del Señor” (Sal 121). Celebramos la festividad de Santa María del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen. Uno de los salmos que rezamos en Vísperas fue el 121, y de él he entresacado estos versos, que llenaron mi oración. El monte, en que se asienta la nueva Jerusalén, sin duda, es el Monte Sión. Pero en la tradición de la Iglesia hemos encontrado otros montes donde vivir y celebrar el nombre del Señor. Uno de ellos es el Monte Carmelo. Identifiqué en mi oración este lugar al que suben las tribus con el Monte Carmelo, al encuentro del Señor. Allí María, bajo esta hermosa advocación, es la Madre espiritual que engendra hijos que se unen para celebrar el nombre del Señor. Su origen habría que remontarlo a Elías que en este monte mostró la gloria del Dios vivo, consumador del sacrificio que ofrecía, con el fuego bajado del cielo. De allí surgieron aquellos ermitaños que en tiempos de las cruzadas decidieron vivir en obsequio de Jesucristo en este Monte Carmelo, junto a una capilla dedicada a la Virgen María. Ella inspiradora y alentadora de esta vida de escucha de la Palabra, fue su Madre y Hermana. Obligados a huir a Occidente, fueron el origen de la familia del Carmelo. De aquí la devoción a Santa María del Monte Carmelo, se fue extendiendo. Ahora son numerosas las gentes que la invocan. Son las numerosas tribus que cada año celebran su fiesta, y lo hacen subiendo a este Monte. Invocar a Santa María del Monte Carmelo es dejarse cubrir por su escapulario, y con ello, sentir la llamada a dejarse alcanzar por Dios contemplado y amado. Cercano en los peligros, pero al mismo tiempo Palabra que me llama a una profunda relación con Él. Al repetir estas palabras del Salmo pude unirme en mi oración a cuantos en el día de Santa María del Monte Carmelo la celebraban. Ya fuera entre las gentes del mar, o entre tantos devotos que se acercaron a ella para agradecer su protección maternal.

F. Brändle

Abre la boca que te la llene

“Abre la boca que te la llene”. (Sal 80,10). Estas palabras del salmo me ayudaron a descubrir hasta dónde nuestra hambre de saber se ha de saciar al acercarnos a Dios. La sabiduría que se me da saciará un hambre que descubro en mi vida tras una seria búsqueda de lo que puede hacerme comprender el sentido de mi vida. No me bastaba una doctrina, unas ideas en las que poder apoyarme, necesitaba alguien que me ayudara a escuchar estas palabras en el fondo del corazón. La llamada de Jesús a seguirle, me llevaron a descubrirlo. Entendí que la respuesta de Pedro ante la pregunta de Jesús acerca de su voluntad de seguirle y permanecer a su lado: ¿A quién vamos a ir, tú tienes palabras de vida eterna? No era una respuesta cómoda, sino la confirmación de que era la única respuesta a esa hambre de verdad en el camino de la vida. En Jesús se encarna la respuesta de Dios al acercarnos a Él para encontrar sentido a nuestra vida. Esa respuesta era la que nace después de sentir la necesidad de abrir nuestra boca para saciarnos plenamente. Sin abrir la boca, sin adentrarnos en esa verdadera hambre de un sentido auténtico para nuestra vida, no podemos tampoco descubrir la bondadosa oferta de Dios de llenarla.

F. Brändle