Una cosa pido al Señor

Sagrada Familia,Barcelona

“Una cosa pido al Señor, eso buscaré: gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo” (Sal 26,4). Empecé deslumbrado por lo mismo que pedía y buscaba: “la dulzura del Señor”. No podía imaginar lo que ello era, hasta que caí en la cuenta que si lo rezaba en Pascua y que había de nacer de contemplar su templo, esa dulzura me vendría al contemplar a Cristo resucitado, convertido en el verdadero y definitivo templo, levantado al tercer día. Ahora se me hacía muy presente el resucitado en medio de la creación y de la historia. La creación estaba abierta, como me había ya ensañado San Pablo y repetido San Juan de la Cruz, a ser recreada en la resurrección. La historia en medio de sus avatares, estaba abierta en esperanza a ser consumada en el amor de Cristo entregado por nosotros.  Contemplar el templo, tal y como la resurrección de Cristo me lo mostraba, me hacía posible pedir y buscar la dulzura del Señor. Me uní a toda la Iglesia y a toda la humanidad que así lo celebraban. La esperanza nacía en medio de las situaciones tan duras de la historia que hemos de vivir, y era esperanza de lo que no imaginaba, ni podía imaginar, sino solo vivir. Era la dulzura que nacía de esa súplica hecha al Señor, y de ese deseo de no buscar otra cosa que  contemplar al Resucitado.

F. Brändle

los hermanos unidos

“Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento.

Es rocío del Hermón, que va bajando sobre el monte Sion. Porque allí manda el Señor la bendición: la vida para siempre” (Sal 132)

Este salmo tan corto y con un contenido tan cercano a nuestros buenos deseos no me era desconocido, pero con ocasión de un encuentro entre los miembros carmelitas descalzos de comunidades cercanas me despertó algunas intuiciones que quiero compartir. Sí, vivir unidos es un bello ideal, pero a qué compararlo. Lo lógico es a un grupo que piensa y siente de modo muy parecido, y por ello están unidos. Pero al ir leyendo las comparaciones que me pone el salmista, fui descubriendo que hay algo más que un buen entendimiento. Se trata de vivir unas relaciones que sin saber cómo se suavizan por un aceite que desde lo que es más alto y sublime que son nuestros pensamientos, se va extendiendo por los deseos y gustos hasta llegar al corazón de la verdadera unión, una nueva humanidad en la que todos unidos son hermanos.

Cuando descubrí que estar unidos era como rocío que se hace vida en ese modo de formar comunidad bendecido por Dios y que es preludio de vida eterna, fui cayendo en la cuenta de la riqueza que somos los unos para los otros. Y esto no se descubre antes, sino cuando llega el momento, que no siempre es el que yo quiero. Debo de vivir con esta esperanza de vida en comunión más allá de mis cálculos. No es fácil que en el momento presente se nos haga fácil pensar en ese vivir “unidos como hermanos” como colmo de la felicidad humana. Siempre se nos presentan las dificultades insalvables de la insolidaridad humana, que cierto es así, si no se espera como bendición de lo alto, como suavidad que se derrama en el corazón de los hombres.

F. Brändle

nuestros ojos en el Señor

“Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia” (Sal 122, 2). Este versículo, de un salmo que se ha cantado con frecuencia, y por tanto era conocido, no me había nunca atraído, sobre todo por ese lenguaje que recuerda condiciones de la humanidad ya superadas, al menos legalmente: Se ha abolido la esclavitud. Sin embargo, en esta ocasión quise que me ayudara en mi oración, sin saber a dónde me llevaría. Rápidamente puede caer en la cuenta de que la mirada del esclavo y mi mirada al Señor, reflejaban dos situaciones antagónicas. Los ojos del esclavo o la esclava miraban las manos de su señor, o señora, esperando órdenes, mandatos que cumplir, bajo el miedo o la amenaza del castigo, aunque siempre cabría que amos generosos indicaran con suavidad el camino  por el que seguir para agradarles, en todo caso siempre sería una situación de sumisión la que se pedía en el esclavo, de la que no se vería libre, a no ser que el señor, o la señora, le dieran la libertad, dejando así de ser esclavo. El comparativo que se establece en el salmo, se me hizo antagónico. No yo no estaba frente a un amo de este mundo, sino ante el que vino a servirme, para liberarme, por eso ahora mis ojos vueltos al Señor, lo que descubren es la verdadera libertad, la que nace de la misericordia entrañable. No es fácil venir a vivir esta actitud, siempre acabo poniéndole a Dios el sambenito de “amo”, al que sirvo porque soy fiel servidor, y por tanto esclavo. Mi libertad es hacer el proyecto amoroso de Dios desde la entrega por amor y no por otras causas, así fui poco a poco descubriéndolo en la oración y sintiendo la grandeza de dejarme liberar por Dios, siendo esclavo de mí mismo, que no dejo de ser el amo que me esclaviza.

F. Brändle

Danos vida

“Danos vida, para que invoquemos tu nombre” (Sal 79,19). Me impresionó la petición y quise llevarla a la oración. Traté de hacerlo como frase que repetida me fuera adentrando en el querer de Dios, que puso esta petición en el salmista. ¿Qué vida quería Dios que le pidiésemos? Sencillamente la vida humana, y este era el gran misterio, porque reducir mi petición a lo que sensiblemente conozco que es mi vida, por la salud o la enfermedad, por las apetencias o inapetencias, por una inteligencia más honda o menos, no me parecía era lo que encerraba. Se me abrió la luz al descubrir la segunda parte del verso: “para que invoquemos tu nombre”. Poder nombrarte en tu verdad requiere vivir una vida humana abierta a ti, y esa es la vida que entendí pedía con la frase del salmista. Sí, vida humana verdadera. La que desde la conciencia de Jesús se sabe unida a Dios, esa vida que los místicos saborearon y a la que nos llaman constantemente a gustar. El tiempo pascual se nos ofrece como la gran ocasión para pedir esta vida y acogerla. Es el gran regalo que especialmente en la Pascua podemos descubrir que Dios nos da, y que hemos de pedírselo.

F. Brändle

Mi alma está unida a ti

“Mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene” (Sal 62,9). El verso lo he llevado a la oración en muchas ocasiones. Pero en esta semana de Pascua, repetido en “Laudes” cada mañana, se me hizo más hondo su contenido. Tengo claro que cada vez que digo “mi alma”, estoy diciendo mi vida, con todo lo que encierra de misterio. Descubrir mi vida unida a la de Dios, era un bello fruto de la Pascua. Pero al dejar que el verso repetido me calara más y más me llevó a olvidar el mío con el que me aferraba a ser “mi vida”, y descubrir un vivir desde Dios, en auténtica y verdadera fe. Sólo así podía decir mi alma está unida a ti. La consecuencia la daba también a entender el verso completo: “tu diestra me sostiene”. La bondad con la que el Padre me cuida, era la diestra que me sostiene. Su amor se me daba como verdadero sustento, el amor de Dios manifestado en Jesús y celebrado en la Pascua sostenía la vida unida a Dios.

F. Brändle

A mí, Dios me salva

“A mí, Dios me salva, me arranca de las garras del abismo” (Sal 48,16). Me llamó la atención este verso, después de recitar el salmo, como colofón de una serie de consideraciones en torno a la riqueza. La fuerza con la que se confiesa que es Dios el que salva, se hace totalmente viva en la experiencia de Jesús al acercarse el momento de su muerte. Acercarse a la muere con esta convicción supone confesar al mismo tiempo que nos arranca de las garras del abismo. Al repetir este verso del salmo durante la oración, fue abriéndose paso la convicción de que ese abismo al que se alude se nos abre también cuando decidimos vivir una vida entregada en la que lleguemos a experimentar el abandono de nuestro “yo”, al que nos aferramos. Me pareció ver claro que la salvación y el verse libre de las garras del abismo iban juntos. Salvarnos era desprendernos de nosotros mismos, no por un acto heroico en el que logramos hacerlo, sino en una confianza tal que nos permitía liberarnos del abismo que se nos abre cuando decidimos entregarnos de ese modo radical. La Cruz cobraba todo su sentido como entrega y amor. Confianza plena y comunión total. Es el camino de la resurrección y la vida. 

F. Brändle

en lo escondido de su morada

“Me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca” (Sal 26,5). Todo el salmo parecía resonar en mi oración. ¿Quién era Dios para mí? No me importaba tanto lo que yo pudiera entender, cuánto lo que me iba despertando para vivir en comunión con Él. Esconderme en lo escondido dónde Él mora, se me fue revelando como la clave en la que llegar a conocerlo. Mejor, saber lo que realmente era para mí. Tendría que esperar a que me escondiese en su morada, en su propio misterio. Y esa espera se fue concretando en ir descubriendo mi adhesión a Cristo, verdadera roca en la que alzarme, en la que realizarme. Estas luces que iba recibiendo eran camino para disponerme a vivir estos días santos con un fuerte deseo de dejarme adentrar por Dios en la morada de su Misterio,  para venir a identificarme más y más con Cristo en la celebración de los misterios pascuales.

F. Brändle

corazón sensato

Sagrado Corazón de Jesús, Francisco Eduardo Tresguerras, 1790, Museo de Arte de Querétaro

“Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 89,12). Orando con estas palabras del salmo sentí lo profundo del misterio de la vida. No podía ser una súplica sin un hondo contenido la que estaba haciendo, era a Dios a quien pedía me enseñara a calcular y lo que le pedía era: calcular nuestros años. Descubrir que su cantidad, mucha o poca, estaba ligada a llenarlos de vida, a adquirir un corazón sensato. Vivir con sentido la vida no es cuestión de tener muchos proyectos, cumplir muchas promesas, sino descubrir nuestra meta, saborearla. Era alcanzar a ver con el corazón lo que la puede llenar, la promesa de Dios. Aprender a calcular los años bajo la enseñanza divina era vivir con el sentido que tienen cuando están abiertos a llenarse con el proyecto de Dios. Cada uno tiene su meta y en ella se llega a descubrir este proyecto, que hemos de llegar a vivir en plenitud y que nos llenará, aunque aquí sea en la noche de la fe, la esperanza y el amor. A lo largo de la oración, sin más consideración se fue haciendo claro que bajo la enseñanza de Dios, la que Jesús nos trajo, nuestra vida está abierta a lo que Dios nos promete. Vivir con esta conciencia es tener un corazón sensato.

F. Brändle

Al volver, vuelven cantando

Mujer atando una gavilla, Vincent van Gogh, 1889, Museo van Gogh, Amsterdam

“Al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 125,6). Cuando comencé mi oración y decidí tomar este versículo para adentrarme en el silencio, pensé que era algo tan obvio que ninguna novedad podría aportarme para vivir una presencia de Dios que me llenara de su amor, que al fin es lo que busco en los momentos de oración. Lo obvio se me fue poco a poco haciendo más profundo, y descubriéndome la verdad de la vida y del Reino de Dios. La parábola del sembrador cobró matices que nunca había pensado. El hecho de que el salmo hable de que llevando la semilla se va llorando, me hizo pensar que lo es porque no deja de haber semilla que no cae en tierra fecunda, el enemigo la arranca del corazón, las riquezas ahogan su fruto, es el dolor en el que se desenvuelve la vida, pero que tiene una meta distinta, pues al fin la semilla caerá en buena tierra y dará su fruto, y un fruto tal que si en el salmo se cuenta en gavillas, con las que vuelve cantando, en el mensaje de Jesús es una cosecha maravillosa. Sí, estamos llamados, a descubrir la meta de nuestra vida como un gozar de una gran cosecha. No vivimos en balde, no vivimos para fracasar, sino para volver cantando. Agradecí a Dios el don de la vida, la que se tornará en gozo y alegría, porque eso es el Reino de Dios, que Jesús vino a proclamar y a descubrirnos.

F. Brändle

Sólo en Dios descansa mi alma

“Sólo en Dios descansa mi alma” (Sal 61,1). Estas palabras me recordaban el “Sólo Dios basta” de santa Teresa y las tomé para la oración. Esa tarde nuestra oración comenzó con el canon “el alma que anda en amor ni cansa ni se cansa” (San Juan de la Cruz). En ese contexto, -del dicho teresiano y del dicho sanjuanista-, comencé a saborear el verso del salmo 61. Por un lado me hacía consciente de que nada fuera de Dios me daría descanso, me dejaría alcanzar la verdadera paz que debería inundar mi vida y por otro descubría que descansar no era abandonarme en la pasividad, sino actuar desde el amor, como enseña el dicho de San Juan de la Cruz. Repetir “sólo en Dios descansa mi alma”, era una invitación constante a confiar de tal modo en Dios que en ninguna otra cosa pusiera mi apoyo, pero esa confianza y abandono no me permitía desligarme del compromiso con el prójimo, que habría de nacer de un amor que no cansa, porque es el verdadero descanso, siendo, no obstante, el obrar más eficaz.

F. Brändle