Reflexiones

La música callada

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Cuando el alma descalza se arrodilla en silencio ante el Misterio, empieza a oírse un suave susurro una brisa cálida, una presencia creciente que vuelve melodía todo lo que toca.

No me puedo imaginar un universo sin música, sin melodía, sin sus sinfonías y disfonías. Creo que, donde Dios dice “hágase” y crea, van saltando notas musicales, frases melódicas que llenan de bellos sonidos todas las atmósferas y todos los espacios etéreos del universo.

Batuecas no está al margen de esa belleza sonora, ni mucho menos. Es verdad una de las frases basilares de este sitio que dice: “Dios es el silencio de todos los silencios”. Pero también no es menos verdad que Dios está permanentemente cantando y silbando a través de sus criaturas: del correr constante de las aguas del río, de los saltos de los arroyos entre los riscos, del gorgorear de las aves con sus distintos timbres y ritmos, del zumbar de las abejas entre las flores de brezos, jaras, tomillos, frutales, del ronronear del jabalí o del ladrar del zorro, del salpicar de las gotas de lluvia sobre las hojas, del crujir de hojas y ramas al paso raudo de la lagartija…

Son muchos los cantos de Dios. Le gusta cantar al amanecer en los últimos ululares del búho y en el reciente despertar del mirlo y de otras avecillas. Le encanta tararear alegres canciones en el borboteo de las fuentes, de chorrillos y acequias. Disfruta silbando en el viento entre las ramas de los árboles semejando a olas del mar sobre sus copas y sobre la hierba crecida. Se goza tocando los estambres sonoros de las flores con el suave tacto de la abeja hacendosa. Hasta su fuerte risa suena en el estampido del trueno que retumba en el valle. También el viejo tronco caído que cruje, la piedra que rueda ladera abajo, el tenue rumor del helecho que crece… todo es cantar de Dios.

¿No lo oís?

Hay que saber escuchar, detenerse, cerrar los ojos y abrir el oído, el oído del alma, sintonizar la dulce voz de Dios de mil timbres, intensidades, colores, ritmos, tiempos…

Una vez me acerqué al oído un fósil de este valle, queriendo percibir el arrastrarse de los trilobites sobre el lecho marino que quedó impreso en esa piedra hace millones de años. Dios es así de eterno; nunca ha parado de cantar y musitar melodías.

Así que, no vengas a Batuecas buscando el silencio absoluto. No existe ni siquiera en el vacío. Más bien te invito a que vengas haciendo silencio pero para escuchar. ¡Dios canta!, canta para ti. ¡Dios silba!, silba para ti. Dios hace música de todas y con todas la cosas.

 

Ef  5,18b-19  Dejaos llenar del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cantos inspirados; cantad y tacad con toda el alma para el Señor.

Silencio sonoro, paz, presencia…

Fray Bernabé de san José

17 de mayo de 2018

P.D. ¿No sabías que tú también eres una melodía de Dios? Pues deja que suenen todas sus notas en ti. No olvides que, unidos tú y yo y todas y todos, somos la gran sinfonía de Dios.

¡Ah! Y Dios silba en tu alma. ¡Sonríe en tu corazón!

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Reflexiones

Dios se paseaba por el jardín

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Entre las actividades más placenteras que podemos hacer en este Desierto de San José de las Batuecas, es dar un sencillo paseo por el valle. Un paseo con pasos lentos, mirar atento, escucha silenciosa… No como un paseo turístico, donde se quiere aprisionar la belleza de la creación en una imagen. Los aparatos, siempre más sofisticados, no consiguen retener la diversidad de datos captados por nuestros ojos y cuando se aproximan de ello, no pueden comunicarnos la sensación única que el conjunto de los elementos nos ofrece. ¡La experiencia de la belleza continúa siendo única e incomunicable!

El libro de Génesis dice que “Dios se paseaba por el jardín” y que nuestros padres “oyeron el ruido de sus pasos” (Gn 3,8). Como se ve, también a Dios le gusta dar un paseo. Tengo muchos elementos para sospechar que uno de sus lugares preferidos es este valle de las Batuecas. La verdad es que aún no he perdido la esperanza de coincidirnos en lo mismo horario del paseo. Pero, siempre escucho el ruido de “sus pasos” y algunas veces me parece haber visto sus “espaldas”, como prometió a Moisés (Ex 33,23).

¡Qué encantadora es la pedagogía de Dios! Él se acerca a nosotros, nos permite escuchar el ruido de sus pasos, percibir sus huellas, sentir el suave olor de su presencia, llegar a ver sus espaldas, pero permanece misterio inviolable, que ejerce sobre nosotros profunda fascinación. Unas veces es la “suma cercanía” en la plena “transcendencia” y otras, la “suma transcendencia” en la más íntima cercanía.

Por eso, continuaré mis paseos por los senderos de la vida, buscando estar atento a sus “huellas”, sin perder la esperanza de un día con Él pasear por las moradas eternas.

 

Fray Emmanuel María

Reflexiones

La pobreza que tanto ayuda a una auténtica vida humana en libertad

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Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Nuestro encargado de preparar nuestra página me recuerda que he de ofrecer mi pequeña experiencia en la próxima semana, acojo con gusto su invitación. Sé que es la puerta que hemos abierto para que podáis conocernos a los que integramos esta comunidad de carmelitas descalzos y amigos que se incorporan a nuestra comunidad para vivir en este “Desierto de San José de Las Batuecas”.

Después de haber compartido con vosotros lo que me ayuda a vivir el silencio, paso a compartir lo que experimento cuando siento la posibilidad que me ofrece este lugar de vivir la pobreza. Parto del hecho que no me falta nada de lo necesario, pero me siento feliz sabiendo que sólo lo necesario es lo que me ayuda a alcanzar la bienaventuranza ligada a la pobreza. Todo lo superfluo me robaría esta alegría.

He ido aprendiendo, al tener que vivir en el espacio que me ofrece la pequeña ermita en la que estoy, a valerme por mí mismo, pero al mismo tiempo a acoger cuanto recibo de los demás sintiendo la necesidad de recibirlo con agrado, y por supuesto no acaparándolo porque me puede hacer falta en un futuro que proyecto de forma egoísta. He aprendido también a pedir con sencillez que me enseñen cosas elementales que antes, al no tener que valerme por mi mismo,  no conocía, por ejemplo como funcionan determinadas máquinas domésticas…,

No quiero con esto hacer juicio alguno sobre cómo en la sociedad de hoy día el trabajo está especializado y organizado, cada uno ha de servir desde su puesto o encargo; pero sí doy testimonio de que este lugar, llamado a rememorar una forma de vida, que llamamos de ermitaño, conlleva el vivir esa pobreza de la que hablo que tanto ayuda a una auténtica vida humana en libertad.

 

 P. Francisco Brändle

Espiritualidad, Reflexiones

Él árbol de la vida

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Mis pasos eran vacilantes, no conocía aquel camino, pero algo me llevaba allí, buscaba un conocimiento más allá de los libros y de toda la erudición monótona. Entonces me acerqué a un gran árbol que se destacaba de todos los otros que había en aquel bosque, sobre todo, por su altura y su hermosura. Con mi cayado golpeé dos veces para llamarle la atención. Viendo que se inclinaba un poco para escucharme, consideré oportuno hacerle un pedido: – ¡Enséñame tus secretos!  En el silencio que siguió entendí muchas cosas…

Entendí que él había llegado allí como una semilla traída por un pájaro, que aún pequeño pensaba que sería devorado por las cabras o pisado por los transeúntes; también habló de las temporadas de intensa lluvia y de aridez, de las dificultades de sobrevivir en estas situaciones adversas. No menos perturbadores habían sido los vientos y hasta el mismo fuego que llegó muy cerca de donde estaba. Todo había sido una lección, todo había le había ayudado a crecer y a enamorarse de la vida. Claro, no todo había sido desdichas; tenía el corazón alegre al indicar muchos otros árboles que habían nacidos de las semillas que él había producido. Sabía de su belleza y del servicio que sus sombras prestaban a los peregrinos que, como yo, por aquél camino pasaban.

Aquel árbol me ha enseñado que es bello hacer la lectura de la vida ya en la madurez de la existencia. Él me enseñó que no se llega a la estatura deseada sino después de un largo proceso de maduración. Aprendí de él que las dificultades nos ayudan a crecer y nos permiten desarrollar muchas capacidades que están adormecidas en nosotros. Me ha enseñado también que las temporadas difíciles no son eternas ¡todo pasa! lo que se queda son apenas semillas llevadas por el viento cuyo destino es incierto y desconocido a nuestros ojos; pero nada ocurre fuera del plan misterioso del Creador.

Tal vez, el más hermoso secreto de aquel árbol es reconocer que su existencia depende de otros seres, – de otras vidas -, con las cuales se ve unido por un lazo misterioso. Quizá tuviéramos que pensar nuestra existencia de esta manera, como una parte, de una inmensa vida, cuyo soplo vital fue infundido por el mismo Creador.

 

Fray Emmanuel María

 

 

Reflexiones

El abandono en Dios

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Ya sé, Dios mío, que sin ti nada soy. Ya he comprobado que sin tu gracia nada puedo. Ya sólo quiero abandonarme en ti, en tu amorosa providencia, en tu inmensa bondad. Pero ni siquiera consigo abandonarme en ti sin tu gracia. Todavía pueden mucho mis miedos, mi orgullo, mi pecado. Por eso, mi Dios, hoy quiero pedirte que me enseñes a dejar en ti el cuidado de mi propia persona y de mi destino. Enséñame, Señor, a renunciar a mi propia voluntad para entregarme a la tuya. Por favor, Amor mío, no me lo puedes negar. Enséñame a ser más humilde, a saberme un niño pequeño en brazos de mi Padre, enséñame a confiar, a esperar en tu ayuda. Necesito, Dios mío, que me enseñes a abandonar en ti mi vida. Necesito que me des fortaleza para superar mi tendencia natural al amor propio y para renunciar a todo lo que no venga de ti.

Yo sólo quiero guiarme por el amor que te tengo, pero este amor mío es tan débil, tan frágil, tan inconstante que necesito tu mismo Amor para poder amarte. Dame tu gracia, mi Amor. No la quiero para huir de nada, ni para hacer más llevaderos los sufrimientos. Al contrario, la quiero para darlo todo, para darme del todo, para amarte a ti y a mis hermanos con el mismo amor de tu Hijo, para abrazar su cruz. Enséñame tú, Jesús mío, la ciencia, la sabiduría de tu cruz. Ya voy gustándola, ya voy vislumbrando su dulzura, pero con tanta timidez, con tan poca determinación que apenas avanzo. Oh Cristo, envíame tu Espíritu santificador, que me renueve, que me purifique, que me ilumine. Ven, Espíritu Santo a mi pobre espíritu y transfórmalo desde dentro, lléname de santa audacia y libérame de mi orgullo, que me lleva a mendigar las migajas de amor y aprobación que puedan darme las criaturas y a desperdiciar tanta gracia derramada.

Pablo María

 

Reflexiones

El nudo Gordiano

 

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En cierta ocasión, un aprendiz de monje le pidió a un anciano anacoreta que le ayudara a descubrir cuál era la mayor dificultad de la vida cristiana y cómo resolverla. Tenía prisa por encontrarla para ponerse manos a la obra cuanto antes. “Sólo se vive una vez; la vida es breve”, se decía a sí mismo aquel joven e inquieto novicio.

– ¿Dónde crees que podría estar?-, le preguntó circunspecto el anciano.

El joven comenzó a contestar de inmediato y seguro de sus descubrimientos:

– Por un lado, he pensado que están en la vida misma del mundo. Por eso he dejado familia, casa, amigos, trabajo, diversiones, todo… Es el primer problema que he encontrado sin poder resolverlo. El mundo absorbe, irrita, te hace competitivo, codicioso… es una realidad que me ata una y otra vez. He visto cómo el hombre esclaviza al hombre. ¿Solución? Salir del mundo y apartarme aquí, en el desierto.

Pero después de mi autoexilio, me he encontrado conmigo mismo: mis debilidades, mis incapacidades, mis ignorancias… Yo mismo termino encorsetándome. El caso es que, si consigo destrabarme cultivando con esfuerzo una virtud, luego surge otro vicio que me vuelve a dominar; si venzo una vez una batalla, pierdo luego dos. ¡Esto es peor que el castigo de Sísifo! Como no puedo huir de mí mismo, he decido practicar las artes de la armonía interior- .

En este momento, el novicio mudó su cara. Perdiendo sus aires de sabio aprendiz y, agachando la cabeza como quien se sabe humillado, continuó relatando con voz de derrota:

– Al final, he terminado pensando que la mayor dificultad del ser humano era el mal, el maligno; es él el que nos ata una y mil veces, el Satán, el retorcido que da vueltas y vueltas por la tierra. Y, ante él, nada puedo. ¡El mal me supera; está fuera de mí y es mayor y más fuerte que yo!

Dime. ¿Es ésta la mayor dificultad o quizás hay otra? Y, si es así, ¿cómo vencerla? ¡Respóndeme, te lo ruego, oh sabio anciano, tú que pareces estar por encima del mundo, tú que irradias paz interior, tú que domesticas a la fiera librando a tantas almas!- .

El viejo monje, cerró sus ojos. Había guardado en su corazón todas y cada una de las palabras del novicio y las rumiaba en silencio. Pasado un tiempo y con el ceño fruncido, le preguntó:

– ¿Conoces la historia griega del nudo gordiano?-

– No-, dijo el joven novicio.

Entonces, hablando con mesura, como alguien que guarda un tesoro que no forjó, como quien no se cree un sabio, como alguien que no presume ni se jacta de conocimientos arcanos, con humildad y serenidad empezó a decirle:

– Fue un nudo, hecho por un campesino que llegó a ser rey, y que era imposible de deshacer. Pero surgió otro rey que lo resolvió. ¡Simplemente, lo partió en dos con su espada!

– No lo desató. ¡Lo destrozó! Eso es trampa-, dijo el joven.

El anciano prosiguió:

-Escucha. Cuando naciste, se te hizo un nudo. De no habérsete hecho ese nudo, te hubieras desangrado y hubieras muerto. Tu ombligo te sirve para recuerdes que fuiste salvado; para que sepas que estás limitado; para que seas siempre humilde. (El hombre siempre busca desatar su ombligo y termina desangrándose).

Mas, no cabe duda, que todo nudo que aparece en tu vida, es una provocación, es una llamada a desatarlo. Naciste a la vez con una sed irresistible de libertad, de infinito, ¿no es cierto? Pero nuestras torpezas, nuestras ignorancias y nuestras arrogancias, nos van llevando muchas veces de nudo en nudo; siempre terminamos esclavos, de algún modo, de algo, de alguien, de nosotros mismos. Entonces, ¿qué? ¿Desistimos? ¿Desesperamos? ¿Abandonamos la búsqueda y nos dejamos llevar? ¡De ningún modo!

Esto es lo que yo encontré:

Me pregunté a mí mismo: “¿Quién es el que tendría la espada capaz de partir nuestro verdadero nudo, que es el mal?” Y comprendí que, verdaderamente, sólo Jesús, el Cristo, es el hombre capaz de ello.  ¿Sobre quién se posó, no un cuervo (como cuenta la leyenda griega) sino, la Paloma que descendió de lo alto? ¿Quién fue el verdadero auriga que vino del oriente y entró victorioso en nuestro mundo y venció al mal? Cada año revivimos la Pascua de Resurrección como si fuera hoy mismo. El cirio pascual entra en el templo luminoso venciendo a las tinieblas. Cada Pascua es un recordatorio para el maligno de que, con astucia, fue derrotado, como cuando lo del caballo de Troya, en su propio escondrijo. Allí, el sábado santo, entró Cristo e hizo pedazos al nudo de todos los nudos que ataba irremediablemente a la criatura humana. De allí, Jesús, el Victorioso, alzó a Adán y Eva y les devolvió la dignidad humana, la libertad, y les hizo hermanos suyos.

¡Hoy, sólo Él, si le dejas entrar en tu vida, es el único que puede irte despertando, desatando, levantando, dignificando!

¡Mira! No hace falta que huyas del mundo. El mundo no es malo ni es tu enemigo. No hace falta que entres en trance ni que practiques artes de armonía interior, pues Él sosegará tu alma y te reconciliará contigo mismo. Y ya no habrás de temer al maligno nuca más, pues Él es el más fuerte que le venció para siempre.

¡Vive, joven novicio! ¡Alégrate y gózate de la victoria de Cristo! La suya es la tuya. ¡Alaba al Señor, con todas tus fuerzas y dale gracias en medio de las cosas sencillas de la vida! ¿Quién dijo de nudos gordianos? No existen. Y, si existieron, fueron partidos en dos. Sé un monje feliz y cuenta a los demás quién te desató y ayuda tú también a desatar a otros. Así también tú serás sabio, tú también irradiarás paz interior, tú también someterás al maligno: ¡No tú, sino Cristo en ti!

Silencio, paz, presencia… humildad.

Fray Bernabé de san José

13 de abril de 2018

 

“Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado (desatado) a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta éste sano ante vosotros”. (Hch 4,8-10)

 

P.D. ¡Feliz y gozosa Pascua de Resurrección!

¡Ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!

¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!

Reflexiones

El amor que se hace Palabra única en el silencio de Dios, en la cruz, nos ayuda a comprender el fondo de la historia

Silencio y cruz

          Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Sólo desde el silencio que es Dios, sentencia que encontramos escrita al acercarnos al monasterio, puede mirarse la historia de los hombres y mujeres como una búsqueda del Amado que compartimos. La humanidad está herida de amor, porque en su origen se descubre creada para hacerlo vida, porque hemos sido a ello predestinados, para alcanzar la verdadera libertad.

            ¿Qué ha ocurrido a lo largo de los siglos? No dejamos de ser testigos de que la historia parece mostrarnos lo contrario. Los hombres se han convertido en enemigos los unos de los otros, haciendo del proyecto humano un camino de muerte. Se trata de la visión que nos ofrece una mirada hecha desde nuestros ruidos, nuestros deseos centrados en nuestros intereses, pero nada puede impedir esa esperanza que brota del silencio, la que nos permite descubrir la realización de la verdad de lo que somos en el amor.

            El amor que se hace Palabra única en el silencio de Dios, en la cruz, nos ayuda a comprender el fondo de la historia. Cuando por gracia he podido vivir en la soledad de una ermita, envuelto en el silencio y dentro de este bendito valle, la soledad de Cristo en la Cruz, se me hace portadora de ese mensaje único: La humanidad, su historia que se extiende a lo largo de los siglos, pero que tiene su centro de sentido en ese misterio de la Cruz, la puedo vivir como mía, a semejanza de Cristo que la siente suya, y que me invita a descubrir que mi misión en ese lugar no es otra que la de romper esa superficie helada de los hechos que me recuerda el relato de guerras y contiendas entre los habitantes de esta tierra, y descubrir para todos el volcán de fuego, el fuego de una búsqueda amorosa que alentó la vida de todos los místicos, y que tuvo su feliz erupción en la Cruz de Cristo, donde en el silencio se escuchó la única Palabra que da sentido a todo lo acontecido en el mundo, la Palabra pronunciada desde siempre: “Tu eres mi Hijo Amado”, y en el silencio ha de ser oída del alma.

 P. Francisco Brändle