invocando el nombre del Señor

“Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando el nombre del Señor” (Sal 115,17). Al repetir el versículo, me sentía realmente pobre. Sólo invocando su nombre me atreví a ofrecerle ese sacrificio de alabanza. Invocaba una y otra vez su nombre, porque sólo su presencia misericordiosa me hacía posible sentirme inundado de su amor. Con esa conciencia que se iba haciendo en mi a medida que transcurría la oración, entendí que mi vida podía ser un sacrificio de alabanza. Un hacer sagrado mi vivir convertido en alabanza de la gloria de Dios, como rezaría Santa Isabel de la Trinidad. Desde la pobreza en la que me sentía envuelto, comprendí también la riqueza a la que estaba llamado al hacerme sacrificio de alabanza. Con el salmista me atreví finalmente a decir: “te ofreceré un sacrifico de alabanza”.

F. Brändle.

Él es mi roca

“Sólo Él es mi roca y mi salvación” (Sal 61,7). Me parecía fácil repetir con el salmista estas palabras durante mi oración silenciosa. Pronto me sorprendí cayendo en la cuenta de su hondura. Sí, había repetido muchas veces con Santa Teresa, “sólo Dios basta”. Y me parecía entenderla a ella descubriendo que sólo Dios saciaría mis deseos. Pero ahora se trataba de una postura más honda:  descubrir que no podría apoyarme en nada para sostener mi vida que no fuera Dios. En el silencio contemplativo me parecía entender que no era fácil llegar a vivirlo en plenitud. Que sólo con su gracia podría vivir en esa actitud, que al fin es la única que merece la pena. Cierto que para ello estaba Cristo, verdadera piedra angular, y con él todos los hombres, mis hermanos. Necesitaba, sin embargo, purificar ese apoyo desde la fe. Me parece que no es fácil dejar de tender a quedarte en los demás como apoyo, incluso Cristo, porque los descubres desde tus razones y emociones, y no porque forman esa nueva humanidad en la que Dios está presente para ser mi roca y mi salvación.  Acabé pidiendo al Señor que me concediera alcanzar en plenitud la verdad de esta afirmación del salmista.

F. Brändle

quedé desconcertado

Nebulosa Carina. Crédito: ESO / T. Preibisch

“Escondiste tu rostro y quedé desconcertado” (Sal 29,8). Al abrirme al sentido más hondo de estas palabras comencé a descubrir que el rostro que se escondía era el que yo le había puesto a Dios, su verdadero rostro nunca se esconde. Mi desconcierto nacía de que ya no podía yo ponerle a Dios los atributos a mi medida, tendría que dejarme sorprender por El. Me vinieron a la mente las palabras que escuché ante un cuadro con la representación de las obras de San Juan de la Cruz, y en concreto la representación del “Monte Carmelo” como un fondo de luz abismal, donde no había forma alguna, las palabras fueron: “Así es Dios, sin rostro”, claro está que no decía que no lo tenía, sino que así había que representarlo. Ese rostro escondido de Dios me llevaba a adentrarme en Él, a dejarme envolver por su presencia, y no quererle colocar enfrente. Así cesaron mis discursos y dejé que la paz y el sosiego inundaran mi mente, como el mejor de los desconciertos. Nunca con mi concertado entender habría alcanzado esa paz en Dios.

F. Brändle

es eterna su misericordia

Foto: Pepe Castro

“Dad gracias al Señor porque es bueno: porque es eterna su misericordia” (Sal 135,1). Con la ayuda de esta invitación a la acción de gracias, del salmo 135, el gran salmo pascual, me dispuse a vivir la oración silenciosa. Tengo claro que las palabras del salmo, cuando las elijo para mi oración, no me van a servir para meditar en alguna verdad, y sabía que lo mismo me iba a acontecer con este verso, a primera vista tan propicio para hacer una buena meditación. La presencia amorosa de Dios, que dejo me envuelva en estos momentos, no se concretó en una meditación sobre su bondad, sino en la conciencia de su ser bueno, algo que no alcanzaba a comprender, pero que se traducía en derramar sobre el mundo su misericordia entrañable. Solo descubriendo la misericordia entrañable en los acontecimientos del mundo llegaría a conocer al Dios bueno. Sentí que era una verdadera gracia de Dios llegar a vivirlo, y así se lo pedía. “Déjame conocer tu misericordia entrañable”. En esa súplica esperanzada transcurrió mi oración, que pronto sentí, había de extenderse a toda mi vida.

F. Brändle

Que el Señor cambie nuestra suerte

Agua en el desierto del Negev

“Que el Señor cambie nuestra suerte como los torrentes del Negueb” (Sal 125,4).  Con este versículo del salmo, tal y como se lee en la “Liturgia de las horas”, me adentré en la oración silenciosa. Le pedía al Señor que cambiara mi “suerte”, el sentido de mi vida, con una comparación que no tenía en mi imaginación, pues no había oído hablar de los torrentes del Negueb. Era el momento de la oración y no el de investigar con un comentario a qué hacía referencia. Pero seguí abriéndome al Señor con esa petición porque estaba cierto de que sería algo grande, más aún, al ir orando con este versículo fui intuyendo que lo que pedía al Señor es que al igual que un torrente que todo lo arrastra acaba siendo al final un río manso que riega los campos entregando generosamente el agua, mi vida se fuera haciendo fecunda. Me fui abandonando a este sentimiento y dejé que la petición se hiciera más honda. En las manos del Señor mi vida dejaría de ser un torrente de proyectos, deseos, anhelos marcados por mi pobre modo de ver las cosas y podría llegar a ser ese vivir entregado, que hace fecunda la vida de la humanidad. Sí, Señor, haz de mi vida un agua fecunda, que no destruye ni arrastra, sino que riega y da vida a su alrededor. La curiosidad me llevó después a saber por un comentario que torrentes eran estos y pude comprobar que se trataba de esos torrentes de la región sur, páramo desértico, que se hacen fecundos, como se esperaba que fuera la vida de los repatriados.  

F. Brändle

como rocío, antes de la aurora

“Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados, yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora” (Sal 109, 2-3). Siempre me impresionaron estos versos por su belleza. Cuando los traigo a mi oración me descubren ese origen y principio que tan maravillosamente cantó San Juan de la Cruz, recordando el prólogo del evangelio de San Juan, en su romance sobre “la Encarnación”. El nacimiento, el comienzo de todo está en ese proyecto único que en el misterio de Dios se concibe. Allí en la fuente más pura, del agua más limpia, que encierra el rocío, en el principio de la vida, se abre el misterio de Dios en Cristo. Los resplandores sagrados, la luz que emana de lo que se concibe en Dios como origen de todo está encerrada en el amor inmenso del Padre, entregando a su Hijo engendrado antes de la aurora, principio de una creación, que tendrá como cumbre la humanidad que asumida en Cristo, se descubre como príncipe desde que nació en Dios. Así es como se me desvela en la noticia amorosa que encierran estos versos la verdad de lo que es la creación y la humanidad. El origen de todo en Dios-Amor, que en su vida se descubre como esplendores sagrados, engendrándolo todo antes de ser conocido como aurora que se despierta para abrir el día de la creación y la historia.

F.Brändle

borra en mí toda culpa

La inocencia, Bouguerau s.XIX

“Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa” (Sal 50,14). Con este versículo la oración vino a traerme una consideración en la cual no me habría detenido con su simple lectura. Es fácil al leer sin más este versículo pensar que es una petición muy propia del que se siente abrumado por su pecado, pedir que Dios no lo vea, y que borre en nosotros toda culpa. Pero al dejar que sus palabras me fueran alcanzando, y después de tener muy presente a San Pablo y su consideración sobre este pecado de muerte, sentí que habría de leer mi pecado como buscar mi propia justificación en mis obras buenas, y que la verdadera petición era que Dios me aceptara como soy, apartando de mi esa tendencia a justificarme ante él y ante los demás, sin aceptar mi pobreza. Con lo que al fin lo que pedía era que no me viera como  me gustaría verme, -que de eso apartara su vista-. sino como el verdaderamente me ve, y que así me dejara alcanzar su salvación, borrando El en mi todo lo que me separa de Él.  Acepté ser visto por Él en mi verdad, y no en mi pecado. No que apartara de mí su vista, sino que apartara su vista de mi yo encerrado, autojustificado. Que la pusiera en lo que El quiere de mí, y no en lo que yo quiero ser. Dejarme transformar por Él que borra mi culpa y me da su gracia.

F. Brändle

Señor, te la sabes toda

Manos de Jesús, Albrecht Dürer, 1506 Tinta sobre papel. Catálogo de Museos Alemanes

“No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda” (Sal 138,4).  El salmo 138 es una bella reflexión sobre el conocimiento que de cada uno tiene Dios, y la medida desbordante en que se muestra, nos conoce en lo más hondo, desde antes de nacer, en fin, eran muchas las motivaciones para tomar alguno de sus pensamientos para mi oración, pero lo que me sorprendió fueron  estas palabras del versículo cuarto que he recordado, y quise abrirme a su misterio tomándolas para que resonaran en el silencio orante. Dentro de lo que el salmo va describiendo pareciera que me habría tenido que ceñir a sorprenderme de que Dios no necesita que yo le exprese mis deseos, pues ya los conoce antes de formularlos, pero no fue por ahí por donde me vino la luz. Algo me llevada a sospechar que esa palabra no era mi palabra, sino la suya, que aún yo no había llegado a formular. El proyecto que llegará a hacer de mí la persona auténtica en plenitud dentro de una creación y una historia en la que vivo aún no se había expresado y ya Dios lo conocía. Me regalaba la existencia para llevarla a término. Me vi llamado a descubrir para hacer lenguaje, para expresar con mi vida esa encarnación de la Palabra en mí. Recordaba a Santa Isabel de la Trinidad, su elevación a la Santísima Trinidad y el grito admirado al Espíritu para “que se haga en mi como una encarnación del Verbo”. Esa era la Palabra que Dios conocía antes de que yo con mi vida la hiciera lengua, pero que al mismo tiempo me llevaba a preguntarme como verdadero examen de conciencia si buscaba vivir haciendo realidad el proyecto de Dios para mi vida.

F. Brändle

la alegría de tu salvación

“Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso” (Sal 50,14). Como cada viernes esta mañana recitábamos el salmo 50, las palabras de este versículo, resonaron a lo largo de mi oración silenciosa. La alegría de la salvación vino a evocar en mí, algo que iba más allá de unos momentos de gozo, ante una situación de decaimiento, que no era mi caso. Entendí que esa alegría no podría identificarla con la que se siente al ver resueltas de modo favorable las miles de necesidades pasajeras que nos rodean.  Necesitaba empaparme de esa salvación que nos devuelve como nota de su presencia la alegría. Necesitaba sentirme salvado, recreado en el amor de Dios, para vivir una vida en la que el amor de Dios se afianzara en mí. Que la generosidad en la que pudiera vivir naciera de esa presencia salvadora de Dios hecha verdadera alegría, porque con ella encontraba todo el sentido de mi vida. Con este versículo del salmo me abrí a un perdón y una misericordia de Dios que no me cerraban en mí sintiéndome perdonado, y con ello alegre, sino que me hacían capaz de recobrar el sentido de mi vida en la salvación por la que mi vida era entregada y hecha espíritu generoso para los demás, lo cual era devolverme la alegría, recrearme para gozar de la verdadera alegría.

F. Brändle

Levanta del polvo al desvalido

Cristo levantando la madre de Pedro, Rembrandt,1650 plumilla.
Colección Frick, Nueva York

“Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre” (Sal 112,7). El Señor al que todos los pueblos alaban se identifica con aquel que levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre. Con este pensamiento me adentré en la oración. Se me fue desvelando el misterio que encierran estos versos como el modo y la forma más adecuada de experimentar a Dios. Sentirle tan cercano como para levantarte, y al mismo tiempo tan a tu lado que nada le importa el polvo o la basura en la que puedas encontrarte. Lo que importa es dejarte alzar por él, levantar. El salmo prosigue, “para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo” (v.8). La imagen de hacer al que yace en el polvo, o en la basura, príncipe me hacía sentir que no se trataba de un mero gesto de benevolencia para sacarte de una situación deplorable, sino de llevarte a aquella condición en la que sentirte elegido, llamado a vivir una vida totalmente distinta, en unas nuevas condiciones. La experiencia que brotaba de estos versos era la que me llevaba a descubrir a Dios tan cercano, que pudiera descubrirle a mi lado, pero al mismo tiempo tan deseoso de darme algo totalmente nuevo, que desbordase todas mis expectativas. El sentarme entre príncipes venía a descubrirme una nueva forma de vida que tendría que acoger desde mi pobreza.

F. Brandle