Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles

Edvard Munch, la niña enferma 1885-1886 Galería nacional, Oslo

“Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles”. (Sal 115,15). Con este verso del salmo había tropezado en otras muchas ocasiones. Unas en las que parece que Dios en su ternura estaba junto a los que lloraban a sus seres queridos, sintiéndolo con ellos, otras en las que si así era, por qué no lo había evitado, y siempre se trataba de razonar, pensando que era lo mejor para él, a pesar de que costara, pues incluso a Dios le cuesta. En esta ocasión quería abrirme con ella paso para vivir ese momento contemplativo-orante. Como siempre trato de no hacer consideraciones, como más arriba he podido hacer. La repetía sin más. Sin proponérmelo conceptualmente, iba descubriendo su sentido a la luz de lo que me enseña San Juan de la Cruz. Transformar el alma en Dios, llevarla a la unión con Él, lo hace Él mismo, y no es tarea fácil, mucho le cuesta, porque se trata de transformar al hombre. Se trata de hacer morir al hombre viejo, al yo que domina nuestra vida. Encajaba bien por un lado el costarle mucho a Dios y por otro la muerte de sus fieles. No se trataba de la muerte física, biológica: por longura de días o enfermedad, sino de la muerte al hombre viejo, al yo egoísta. Nos cuesta morir a nosotros mismos, aún con la ayuda de Dios, pues aún a Él mismo se lo hacemos difícil. Lo ha de hacer desde el Amor que Él es, y no nos dejamos tan fácil arder en esa Llama viva, que transforma el madero en fuego de amor. Sí, repetía una y otra vez: “mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles”.

F. Brändle

Junto a los canales de Babilonia

Judíos en Babilonia, Eduard Bendemann (1811–1889)

“Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar” (Sal 136,1). Lejos de convertirse para mí este versículo en un lamento por la situación del mundo, y en el que lógicamente yo me vería deportado, descubría que Babilonia no podía entenderla como algo distante de mí, donde me vería tristemente desterrado, sino como una situación propia, en el interior de mi vida, que debería conocer y tratar de superar. Los canales de Babilonia pude interpretarlos muy bien a la luz de San Juan de la Cruz, como esos apegos desordenados, esas fijaciones que hacen que mi pobre vida se convierta en esa Babilonia donde corren estos canales. Desde mi oración callada en esa presencia amorosa de Dios, me sentí sentado, frente a esta realidad. Y además llorando. Con esa nostalgia por mi verdadero ámbito de vida: Sión, convertida en mi origen y mi meta. El llanto y la postura no eran signo de desesperación, eran el modo de expresar mi esperanza de que aquella situación se superaría. Hacerme consciente de que lo desordenado de mi vida no viene de un origen, sino de una situación. En el origen mi vida estaba abierta para vivirse en comunión con Dios; pero mi propio entender la vida de modo egoísta, cerrado, de modo totalmente involuntario en la niñez, pero poco a poco cultivado por el olvido de ese origen o llamada divinos a la unión con Él, fue desterrando mi vida hacia esa Babilonia, en la que ahora veía correr esos canales de apetencias desordenadas, afecciones, fijaciones. Debería de esperar sentándome, llorando, el momento en que pasado el destierro, volviera mi vida a esa situación bienaventurada en la que gozar. Era la postura de la Magdalena. Así Cristo, al que buscaba, se le hizo presente. Su vida se volvió hacia Él y lo encontró. El ordinario apetito de imitar a Cristo, del que me habla San Juan de la Cruz para superar los apetitos desordenados, pasaba por esta actitud, aparentemente pasiva, pero que tanto tiene de humildad y verdadera acción en orden a nuestro encuentro con Dios: Sentados y llorando.

F. Brändle

a los sinceros de corazón

“Señor, concede bienes a los buenos, a los sinceros de corazón” (Sal 124). Me sorprendí repitiendo “a los sinceros de corazón”. Esos serían los buenos a los que el Señor, según le suplicaba el salmista, concedería sus bienes. Pero ¿quién conoce el corazón? Sólo Dios. Nosotros conocemos las apariencias. La súplica se me hacía mucho más honda, porque lo que pedimos al Señor, es que nos haga buenos y por lo mismo sinceros de corazón. Pedir ese corazón sincero es abrir nuestras vidas a la verdad de Dios, a su proyecto en nosotros. Dejar a un lado nuestros deseos egoístas y saber que se nos irán dando esos bienes que harán de nosotros hombres de corazón sincero. Es un camino a recorrer en la vida. Poco a poco se descubrirá esa sinceridad del corazón que nos llenará de paz. Se harán realidad las palabras que recordamos a menudo de Santa Teresa: Nada te turbe, nada te espante… nuestros anhelos pasarán por alcanzar lo único que llena nuestro corazón, la bondad que viene de Dios. Y con el salmista pediremos confiados: “Señor, concede bienes a los buenos, a los sinceros de corazón”.

F. Brändle

Abridme las puertas del triunfo

Resurrección de Cristo, Noel Coypel – 1700 Museo de Bellas Artes Rouen

¡Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor! (Sal 117,19). Son las palabras de este salmo, -plenamente ligado a la resurrección, porque canta el día en que actúo el Señor de modo maravilloso-, que me ayudaron a vivir la oración. Normalmente había entendido que quien entraba victorioso era Cristo y con el texto podríamos venir a evocar también su ascensión a los cielos, pero al repetir esas palabras en mi oración vine a caer en la cuenta que Jesús había dicho que él era la puerta por la que habría que entrar, lógicamente porque estaba abierta. Mi súplica fue abriéndose a esa nueva intuición, le pedía a Cristo que fuera para mí puerta abierta. Su ascensión le hacía claramente puerta de un nuevo modo de ver las cosas, ese modo celestial, divino, desde Dios. Lo que le pedía era entrar por él en el cielo que él había traído a la tierra. No se trataba de evadirme de la vida, sino de vivirla con esa nueva dimensión divina. La traducción era sencilla, la forma de vivir después de haber entrado por esta puerta es la de la gratuidad. Entraré para dar gracias al Señor. No es fácil caer en la cuenta de esta forma de vivir. Lo más natural es poner fines e intereses a nuestras obras, aún las más entregadas pueden teñirse de esa autosatisfacción. Lo que pedía en el salmo era desprenderme de ese modo de ver la vida, para vivirla en total entrega y gratuidad. Celebrar la ascensión es dejar una manera de vivir centrada en mí, para dejarme llevar por Cristo a ese modo nuevo, en gratuidad y amor, que trajo su ascensión a los cielos.

F. Brändle

Alzaré la copa de la salvación

Cristo y el santo Cáliz, Juan de Juanes, s.XVII

“Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre” (Sal 115). No dudé en identificar la copa de la salvación, con la copa que Cristo levantó recordando en la última cena que era la copa de su sangre. Sabía que con ello al tiempo que celebraba su vida entregada por nosotros, se anunciaba el banquete del Reino en el que compartiríamos la copa de la salvación, que es la vida de Dios en nosotros. Pero lo que llenó mi momento de oración de la presencia amorosa de Dios fue descubrir que esto se hacía invocando su nombre. En su nombre recordamos siempre que fuimos bautizados, y lo éramos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Evocar la Eucaristía con el recuerdo hecho vida del nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu me hizo despertar a una conciencia más viva de lo entrañablemente unidas que están las personas divinas y que no podemos evocar los misterios de la fe cristiana sin recordarlo. Alzar la copa de la salvación, evocar la vida de Jesús entregada por nosotros, ha de hacerse dentro del misterio trinitario, si en él fuimos sumergidos al ser bautizados, en esa misma vida nos mantenemos al participar de la mesa eucarística. Sentía hasta qué punto vivir la Eucaristía en toda su plenitud es hacer presente en mi vida la vida trinitaria. Confesar que creo en el Dios de Nuestro Señor Jesucristo es hacer posible una vida teologal vivida en el misterio de Dios-Trinidad, pero al mismo tiempo era encarnar en mi pobreza la vida de Dios. Mi condición hacía posible que Dios se encarnara en mi vida, con todas sus limitaciones, que Él iría transformando. Podemos alzar la copa de la salvación al tiempo que invocamos su nombre.

F. Brändle

la paz contigo

Picasso, 1950′

“Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: la paz contigo” (Sal 121,8). Era el versículo del salmo que quería llevar a la oración. Pensaba que con él podría pedir por mis hermanos de comunidad, por el buen entendimiento entre todos y con ello encontraría el silencio y el recogimiento que esperaba para mi oración. Una vez más me sorprendió al comenzar el silencio, que nada de esto se me hacía vivo, me veía abierto a otra forma de darle paso en mi vida. Con el sólo repetir del versículo entendí que la paz, el saludo mesiánico, el que anuncia la presencia de Dios en la vida del hombre, era el que dirigía a la nueva humanidad, Jerusalén celeste que todos esperamos; y lo hacía, justamente porque vivía en una pequeña comunidad, signo u símbolo de la futura. No se trata de achicar el horizonte de la paz que buscamos y deseamos. Cierto que la cultivamos y vivimos en medio de las personas que nos rodean: familia, comunidad, compañeros de trabajo, pero la hemos de vivir siempre con la esperanza de que es algo que tiene dimensiones mucho más grandes, que ha de alcanzar a todos los hombres, que se superarán las divisiones pequeñas, si tenemos un horizonte más grande donde proyectar nuestros deseos de paz. Sí, claro está, sin utopías o sueños quiméricos, si tal paz era mi deseo en la futura Jerusalén, lo era porque trataba ya de vivirla entre mis hermanos y compañeros: “por mis hermanos y compañeros”.

F. Brändle

Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares

Las Espigadoras, Millet, 1857 Museo de Orsay

“Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares” (Sal 125). Una afirmación tan sencilla encierra una hermosa enseñanza. La experiencia no es la relativa a una vez, sino a los ciclos que se van sucediendo año tras año. Así se me fue clarificando el contenido de este versículo. Es fácil, pensar que un momento de prueba acabará, pero cuando la prueba nos envuelve, se nos hace definitiva y última. Nos vemos abocados a esperar más allá de nuestros cálculos. Y sucede que la prueba se pasa. La alegría de la cosecha la volvemos a vivir como algo que ya no se acabará, pues la vivimos después de haber pasado la prueba. Lo cierto es que se vuelven a suceder momentos de lágrimas y dolor. Y así en ese cíclico devenir nos sorprende la vida. Llegamos a admitirlo, pero lo que es más difícil llegar a descubrir es que no son ciclos eternos de vida que no cambia ni se transforma. Lo que realmente sucede es que cada período de siembra va madurando nuestra cosecha, para hacerla más auténtica. Que la prueba de las lágrimas nos va abriendo un camino de transformación que nos eleva y hace que lo que vivimos lo podamos hacer con mayor entrega y abandono, hasta llegar a vivir la prueba última y definitiva, que nos abrirá las puertas de la cosecha eterna.

F. Brändle

Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante

“Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante” (Sal 114). Estas palabras del salmo me adentraron en la oración. Dejé pronto de pensar en mi pobre amor al Señor y me fui quedando envuelto en lo que no había caído en la cuenta en otras ocasiones: el escuchar de Dios. Nunca me había parado en ello, porque lo identificaba como un oír una petición como tantas que se pueden dirigir a alguien que está ahí para responder sin más a los que piden algo, si ve que les conviene o que puede hacerlo.

Si Juan de la Cruz pudo decir con verdad que el mirar de Dios es amar, yo ahora me parecía ver claro que el escuchar de Dios es amar. Que toda la vida del hombre, que se pondrá de manifiesto como envuelta en tristeza y angustia a lo largo del salmo, era esa palabra que el hombre dirige a Dios para que le escuche, y que lejos de ser escuchada en la indiferencia, era acogida en el más puro amor. Pude entender que todo el salmo era una llamada a vivir la resurrección, porque Jesús en su entrega en la Cruz, fue escuchado, amado entrañablemente por el Padre, y caminará para siempre en el país de la vida. Se me puso de manifiesto que toda mi vida estaba delante de Dios como una palabra que Dios escuchaba desde su inmenso amor al hombre. Sentí crecer la confianza y se me fue haciendo luz para descubrir que estamos siendo con nuestra vida una palabra de hombre que Dios escucha, porque siempre tiene inclinado su oído hacía mi, en este día que es nuestra existencia hecha invocación a Dios.

P. F. Brändle

Eres príncipe desde el día de tu nacimiento

Cena en Emmaus 39 x 42 cm, c. 1628 Rembrandt

A lo largo de esta octava de Pascua, cada tarde, en el rezo de Vísperas se recitan estas palabras del salmo 109: “Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados, yo mismo te engendré como rocío antes de la aurora” ¿Dónde encontrar esos esplendores sagrados, que no dependen de los rayos de la aurora? ¿qué luz es esa que engendra la Vida? Todo parece remitir a un nacimiento nuevo, el nacimiento de la Vida que supera la muerte. El renacer del Resucitado. Mi oración seguía envuelta en el misterio de esos resplandores sagrados que me hablaban de una luz nueva. Las fiestas gozosas de Pascua de Resurrección nos dan testimonio de esta Luz de la Vida en la que ser alcanzados por Dios. Con San Juan de la Cruz entendí que esa Luz de la que salen esos resplandores sagrados en los que descubrimos al Resucitado, al nacido a la Vida, es la que arde en el corazón. Por ella somos guiados en la noche de nuestra vida que se hace noche pascual. El fuego del amor se hace resplandor sagrado en el que Dios hace nuevas todas las cosas que por amor fueron creadas y por amor transformadas para alcanzar la plenitud de su ser en Dios. Con la Resurrección podemos hablar de aquel nacimiento que coloca a Cristo como príncipe, cabeza de la nueva creación, que surge en medio de la noche, como rocío, antes de la aurora.

F. Brändle

Mi boca hablará sabiamente

Pórtico de la Gloria, Santiago de Compostela

Leo y oro con el salmo 48: “Mi boca hablará sabiamente y serán muy sensatas mis reflexiones”. No puedo creer que se me invite con ello a una postura autosuficiente: “¡qué bien lo vas a hacer todo! Me inclino a pensar, y así lo viví, que se trata de un deseo de acercarme a comprender mi vida. ¿Podré dar a entender lo que es mi vida? ¿Podré ser testigo de una verdad que se hace comprensible sólo desde el amor? Orando con este deseo llegué a comprender que poder expresar la verdad de mi propio ser no está ligado a mis éxitos, a mis riquezas, a mi mucho conocer, -como luego desarrollará el mismo salmista-, sino a mostrar a saber decir con sabiduría que respondo a un proyecto divino, que me permite escapar de las garras de todo aquello que me hunde en el abismo de mi autosuficiencia. Llegar a expresarme en una vida que sea digna de esa estima y aprecio que me liberan de egoísmo y abren a la comunión. Con ello se llenaba de sentido mi vida y podría también abrir mi modo de entender la vida en el misterio de una existencia abierta a la luz, a lo que tiene razón de ser más allá de unos cálculos cerrados en un materialismo insolidario. El salmo 48, todo él, era una sensata reflexión que llenaba mi oración de confianza.

F. Brändle