¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!

La Resurrección de Cristo, Rafael Sanzio, 1499-1502, Museo de Arte Sao Paulo, Brasil

Con este grito de júbilo pascual, no dejamos atrás lo vivido en Navidad, en la Pasión, para poder celebrar la Resurrección. Todo se vive en el misterio de Dios-Trinidad. Las tres Personas están en el misterio de la Encarnación, del Nacimiento, de la Pasión y de la Resurrección. Hoy celebramos la Resurrección como culmen de la revelación de Dios que hemos ido viviendo en cada misterio de la vida de Jesús, que encierra el misterio de la creación en su plenitud.  En este Triduo pascual, el canto de los improperios: ¿Pueblo mío, qué te he hecho, en qué te he ofendido?. Respóndeme, lo viví como ese lamento divino, en el que el misterio de Dios se desvelaba en su maravillosa acción en la historia amando siempre al hombre. Y ese Dios era el misterio de las tres personas actuando siempre en esa indivisible unidad y en su inconfundible identidad. Por eso siempre se me hizo difícil separarlas, alejarlas. No podía entender un Padre eterno que abandona al Hijo, un Hijo que se lamenta del abandono del Padre. Sí, es cierto que los evangelios recogen el comienzo del salmo 21: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Pero es el comienzo del salmo, y no la clave del mismo, que Jesús recitaría acabando en la confianza en Dios. Es el verdadero abandono de quien se sabe entregado por el Padre para mostrar su amor a los hombres. El Padre nos ama, entregando al Hijo que así puede darnos el Espíritu.

                  El misterio de la Pasión y muerte nos ha de llevar a descubrir que el Hijo no se sintió abandonado del Padre, sino entregado por Él a los hombres, abandonándose Él voluntariamente al Padre, para poder entregarnos su Espíritu, el Amor que de Él recibía para dárselo a los hombres. Hoy podemos celebrar la Resurrección como culmen de la obra de Dios, que nos llama a vivir totalmente su misterio trinitario. La Creación, la Historia, asumidas por Jesús, son llevadas en él, a través de su vida y muerte, a la resurrección, que hemos de vivir siempre en esperanza aguardando el día que se desvele plenamente su fuerza salvadora. Ahora sí que podemos celebrar la Vida escondida en Dios y revelada a los hombres en Jesús resucitado. La Vida que todo lo inunda desde su origen en el Dios Trinidad. Ahora se nos abre nuestra vida descubierta en la creación, en la historia y en uno mismo a la Vida divina, volviéndose así trinitaria. Se nos abre la vida, egoísta y cerrada, para hacerla trinitaria. Se nos abre la vida para sentir las tres Personas divinas en nosotros hechos comunidad humana, expresada en la Iglesia, en la creación hecha lugar en que vive y mora la gloria de Dios. Sentir en nosotros el abrazo inmenso del Padre al Hijo entregado y abandonado en Él, para derramar, haciéndolo todo nuevo, su Espíritu, contemplado en el cuerpo resucitado del Señor. Cristo resucitado nos abre la vida para sentir el Misterio de Dios Trinidad, las tres divinas personas viviendo en nosotros, no como individuos, sino como ese gran Misterio de Amor que culmina su revelación en la resurrección. Cristo resucitado nos abre la vida para contemplar la creación vestida de hermosura, donde mora la honra y gloria de Dios. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

F. Brändle

antes de sufrir yo andaba extraviado

Estamos en Cuaresma. Se nos invita a vivir con más intensidad la limosna, la oración, el ayuno, en definitiva vivir unas prácticas cuaresmales que nos ayuden a convertirnos, y a ello nos alienta  la Iglesia en este tiempo litúrgico. Pero no podemos contentarnos sólo con esto. La conversión plena, la que nos ayuda a la comunión con Dios y con los hermanos sin traba alguna por parte de mi yo, la que hace de cada uno un hombre resucitado, la que me permite vivir en plenitud el misterio pascual me llega por una transformación que ya no está en mis manos. Así me lo hizo comprender este versículo del salmo 118: “antes de sufrir yo andaba extraviado, pero ahora me ajusto a tu promesa” (Sal 118, 57).  En la vida tiene que tener su lugar el sufrimiento y lo hemos de vivir como ese medio único para acertar con lo que verdaderamente nos abre el camino a nuestra resurrección, que es lo mismo que nueva vida, o total transformación. No se trata de un camino para ganar méritos, puesto que lo podríamos ofrecer. Se trata de abrir nuestra vida a un nuevo lenguaje, el que nos habla de amor verdadero, no egoísta. En el desvalimiento del sufrimiento siento la necesidad de que me alienten, estén conmigo, gratuitamente, porque no puedo dar nada. Mi prójimo se hace tal porque le dejo acercarse. Y Dios se hace cercanía total. Comprendí entonces lo que era ajustarse a su promesa. Porque la promesa estaba orientada a la definitiva Alianza con el hombre, la del Espíritu. Sufrir no es lo mismo que pasar un mal rato. Sufrir es descubrir la vida en su dimensión necesitada, abierta al amor, que lo puede ser por mil causas: Físicas: el dolor o la enfermedad, morales:  mi limitación en tantas cosas que no alcanzo a hacer como quisiera, persecución o desamor por parte de los otros, psicológicas: desánimo, sentir el desamor en mi imaginación, espirituales: no descubrir con mis razones el amor de Dios, sentir que mis virtudes teologales se me hacen principios de purificación que me cuesta aceptar. Antes de experimentar todo esto, antes -de sufrir que me recordaba el salmo-, y vivirlo en ese camino cuaresmal de transformación, -ajustarme a la promesa de Dios-, es imposible que el hombre llegue a resucitar en la Pascua.

F. Brändle

Humildad Encarnada

Asunción de la Virgen, El Greco, 1577-79 Art Institute Chicago

Sin esperarlo, buscando para vivir mi oración alguna frase de los salmos que leemos en Vísperas que pudiera recogerme y ayudarme en mi “atención amorosa” tal y como me enseña San Juan de la Cruz, han resonado con fuerza estas frases del salmo 131: “Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder”. Sin duda el salmista estaba suplicando al Señor, poniendo a David por intercesor, para que continuara el esplendor del culto en el templo; “que tus sacerdotes se vistan de gala, que tus fieles vitoreen”, muy fácilmente en el momento de entronizar un nuevo rey. No me detuve en esas consideraciones históricas, tan valiosas para entender los salmos. Mi pensamiento se volvió hacia la fiesta que pronto celebraremos: La Asunción de María. Fui intuyendo que ese Señor al que se suplicaba era nuestro Dios, el de Nuestro Señor Jesucristo, que despertando en la conciencia de los hombres, vendría a su verdadera mansión: la humanidad. Y lo que me recogió sorprendentemente es que esa “arca de su poder”, era la misma Virgen que asciende al cielo. El poder de su humildad es el que se desvela en la definitiva “arca de la Alianza”: María.

Ella, en su humildad suma, era toda para Dios, toda para nosotros, toda para la creación. Así en esa total entrega llegaba a ser elevada al cielo y constituida Señora de todo lo creado. Eso se hizo mi petición y deseo, que al celebrar este año la fiesta de la Asunción, pudiera gritar con el salmista: “Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder”, suplicando así que nuestra humanidad despertara, se hiciera consciente, al celebrar esta fiesta que Dios estaba en medio de nosotros, y lo hacía con el “arca de su poder”, la humildad encarnada en María, elevada al cielo.

F. Brändle

Eucaristía

El misterio que celebramos, el Dios escondido en el vivo pan de la Eucaristía, en Batuecas lo celebramos con una procesión no común, pues el Santísimo Sacramento lo llevamos hasta la ermita que lleva su nombre para allí hacer unos momentos de adoración. Esta ermita se construyó para ello, y en recuerdo a lo que pudo ser en el pasado en este día hacemos la procesión hasta este lugar y allí, en la ladera del monte, sentimos muy cerca la creación con todas sus criaturas.  El camino es forzoso hacerlo en medio de la naturaleza, de modo que se hacen elocuentes las palabras de Juan de la Cruz en uno de sus poemas. “Aquí (en la Eucaristía), se está llamando a las criaturas y de esta agua se hartan aunque a oscuras”. Esta hermosa experiencia la reflejó muy bien nuestro Papa Francisco en su encíclica “Laudato si” cuando escribió: “En el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a Él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios… La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. En el Pan eucarístico, la creación está orientada hacia la divinización…” (Laudato si, n.236). El misterio eucarístico que celebramos gozosos en este día, nos ayuda a contemplar la creación entera surgiendo de él y viviendo de él. El sagrario donde lo veneramos no es una cárcel donde se encierra, sino el punto central de ese inmenso mar que tiene su centro en Él, del que salen las ondas y a Él vuelven en un continuo fluir de vida verdadera. Nuestra procesión en medio de la naturaleza me lo hace revivir cada año.

F. Brändle

Santísima Trinidad

Santísima Trinidad, Andrei Rublev, 1410

“A Tí, gloria y alabanza por los siglos”. Me preguntaba: ¿Cómo vivir esta exclamación, tan propia del día en que celebramos el misterio de la Santísima Trinidad? No puede referirse a una pura exclamación de los labios, había que llenarla de contenido. Lo hacemos cierto en la liturgia, que quiere vivir lo que la exclamación encierra. Y sería el culmen de algo que ha de encerrarse en la vida de cada día. Mi vida hecha vida de Dios, no tiene otro camino que descubrir como hacerse teologal. Recordé lo que todos sabemos, tres son las virtudes que llamamos teologales. Porque sólo se pueden vivir con esa referencia directa a Dios, y las fui repasando. Vivir desde la fe, es llegar con la Sabiduría de Dios, la del Hijo, a descubrirlo todo en ese proyecto de Dios, que he de encarnar viviendo de fe todos los acontecimientos. Jesús, el Hijo, se me hacía cercano. Vivir desde el amor, es dejar de poner el yo como centro de mi actuar, de mi voluntad, y dejar que sea un amor totalmente gratuito, que nace del fondo, allí donde yo no alcanzo, pero está la fuente de la vida, que es el Espíritu. Finalmente, vivir desde la esperanza, es llegar a representarme la realidad, no desde lo que simplemente ve mi pobre entender, sino abierta a una promesa que no es premio, sino realidad bien fundada, más allá de mí mismo, en el origen y fin del universo, el Padre, que es todo Amor. En esa apertura constante que me posibilitan las virtudes teologales, entendí que mi Dios, el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, es un misterio de relación personal, donde la persona, por ser más de lo que yo puedo entender, me abarca y me abraza, sin poder yo encerrarla en lo que llego a entender, sino es por ese amor con el que puedo exclamar: “A Ti, gloria y alabanza por los siglos”.

F. Brändle

Espíritu

¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad” (1Jn 5,6). Este versículo de la primera carta de San Juan, me ha envuelto durante esta semana que nos preparábamos para celebrar la fiesta de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Agua, sangre, Espíritu. Tres realidades, que me llevan a descubrir la vida, que si la escribimos con mayúscula es la Vida de Jesús. En Él, así lo testimonia el Espíritu, está la fuente de agua viva, la sangre que se derrama por nosotros. Cuando me acercó a Jesús, siento su aliento de vida como agua que riega tantas realidades sedientas que encuentro en mi vida. Pero no sólo eso, su vida se me hace don maravilloso que se me da. Es la sangre entregada que se derrama, y me alcanza en mi pobreza para llenarme de su inmensa riqueza. Y lo que en todo esto se encierra lo expresa la gran fiesta que celebramos, se nos entrega el Espíritu. La vida de Jesús se hace Espíritu de vida para cada uno de nosotros. Es el Espíritu el verdadero testigo de Jesús, porque en Él se expresa lo que realmente es Jesús, el misterio de Dios entregado, que se encarna. Nuestra verdadera vida está amenazada por el mundo. No es fácil vencer los modos y maneras de vida inauténtica que puede ofrecernos nuestro propio egoísmo, que sería la visión de la vida que nos propone el mundo. Salir de nuestro egoísmo y entrar en la verdadera vida, es descubrirla en Jesús, con el testimonio del Espíritu. Jesús lo envía desde el Padre, pero si no nos abrimos a él, no descubriremos la verdad de Jesús, fuente de la verdadera vida, amor que se entrega de veras, sólo se descubren en Jesús, porque es quien vino con agua y con sangre,  si el Espíritu nos lo muestra. Es el Espíritu el que me lleva a creer en Jesús y vencer el mundo, que no es juzgar al mundo, sino abrir desde mi vida los caminos que puedan salvar al mundo.

F. Brändle

Cuaresma con santa Teresa

En Batuecas, dentro de la austeridad y sencillez que envuelve nuestra vida, nos unimos al espíritu de Cuaresma viviendo intensamente los textos que la liturgia de la iglesia nos propone, y quisimos que nuestra oración silenciosa se envolviera también en ese talante de espera en la resurrección a través de los misterios de la pasión, con lo cual decidimos el viernes ante una cruz que colocamos en lugar preferente, comenzar a vivir esos momentos contemplativos impulsados por unos textos de Santa Teresa que queremos ofrecer en esta página al lector:

Réplica del conjunto de Gregorio Fernández en procesión

 “Tenía este modo de oración, que, como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí, y hallábame mejor de las partes adonde le veía más solo. Parecíame a mí que estando solo y afligido, como persona necesitada, me había de admitir a mí. De estas simplicidades tenía muchas; en especial me hallaba muy bien en la oración del huerto, allí era mi acompañarle, pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había tenido; si podía, deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor; mas acuérdome que jamás osaba determinarme a hacerlo, como se me representaban mis pecados tan graves. Estábame allí lo más que me dejaban mis pensamientos con él, porque eran muchos los que me atormentaban. Muchos años, las más noches, antes que me durmiese (cuando para dormir me encomendaba a Dios), siempre pensaba un poco en este paso de la oración del huerto” (V 9,4)

            “Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto; ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma!; pues con ser el mismo sufrimiento no la dice y se queja de ella. O miradle atado a la columna, lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama: tanto padecer, perseguido de unos, escupido de otros, negado de sus amigos, desamparado de ellos, sin nadie que vuelva por él, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el otro os podéis consolar. O miradle cargado con la cruz, que aún no le dejaban hartar de huelgo, Miraros ha él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, sólo porque os vais vos con él a consolar y volváis la cabeza a mirarle” CP 27)

F. Brändle

EL REGALO QUE YO QUIERO

Reyes Magos, Leonardo da Vinci, 1480-1482 Galería Uffizi, Florencia

Hoy, día de Reyes, queremos compartir con vosotros unos versos de Gloria Fuertes que muchos ya conocerán, pero que nos han ayudado a vivir este día en el silencio y la contemplación que se alcanzan en una vida sencilla, lo que ya se ha dado en llamar: la simplicidad de la vida:

EL REGALO QUE YO QUIERO

Yo no deseo un regalo

Que se compre con dinero.

He de pedir a los Reyes

Algo que aquí no tengo:

Pido dones de alegría

Y la canción del jilguero,

Y la flor de la esperanza

Y una fe que venza el miedo.

Pido un corazón muy grande

Para amar al mundo entero.

Yo pido a los Reyes Magos

Las cosas que hay en el cielo:

Un vestido de ternura,

Una cascada de besos,

La hermosura de los ángeles,

Sus villancicos y versos

Y una sonrisa del Niño,

El regalo que yo quiero