Novena del Carmen

carmen

 

Primero día: Virgen del Carmen enséñanos la esperanza

 

            Estimados hermanos y hermanas

            Nuestro pedido en este primer día de la novena es: “Virgen del Carmen enséñanos la esperanza”. La Virgen María es la madre de la esperanza, pues es la madre de Jesús y Jesús es nuestra esperanza. Todo lo que esperamos, lo obtenemos por medio de Jesús, el único mediador entre nosotros y el Padre.

          María nos ha dado testimonio de esperanza, pues creyó en las palabras que el ángel Gabriel le decía: “Vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. (Lc 1, 31-33). María, aunque no entendiera del todo cómo acontecerían estas cosas, no dudó de aquellas palabras. Y pudo contemplar en sí misma la realización de aquellas promesas divinas.

            Me gustaría reflexionar sobre tres dimensiones de la esperanza:

  • La esperanza y su relación con la fe
  • La esperanza y su dimensión activa
  • La esperanza en la resurrección

         Empecemos por la primera dimensión, la esperanza y su relación con la fe. Es difícil hablar de la esperanza en el sentido cristiano sin aludir a la fe. Creer es el acto primero, esperar es el acto segundo. ¡Quién cree, espera! Entonces, ¿Cómo podemos hablar de la esperanza, si en nuestros tiempos hay una crisis de la fe, que es la raíz de la esperanza? Quizá sea este el laberinto en que nuestros contemporáneos se han metido, al negar la fe, se niega la esperanza y consecuentemente se encierra en un mundo limitado, el “aquí y ahora”. Sin transcendencia, sin fe, sin esperanza, sin un horizonte, el ser humano se empobrece y se vuelve mezquino y egoísta.

        Al contrario, la fe y la esperanza abren nuestros horizontes y permiten una visión amplia de la realidad y de la historia, que no es comprendida apenas como sucesión de hechos afortunados o desafortunados, sino como un proyecto amoroso de nuestro Creador, que no deja de respetar nuestra libertad, pero que continuamente nos llama a Sí.

        El acto de creer no nos cierra en una relación estricta entre “yo y mi Dios”, sino que nos hace creer y confiar en la humanidad, obra de las manos de Dios ¡Qué es importante creer, no sólo en Dios, sino también en la humanidad! La esperanza cristiana es la proclamación de la posibilidad de una humanidad ordenada para el amor. Creemos y esperamos en una civilización del amor, que se concretará en el fin de los tiempos, pero que ya está presente como semilla entre nosotros.

         El segundo punto de nuestra reflexión es sobre “la esperanza activa”. Es muy común que por detrás del concepto de esperanza se esconda una visión de pasividad y hasta de resignación delante de los infortunios de la vida. Hay quien acusa la religión de crear personas resignadas y sumisas a sus opresores. Esta es una mala comprensión de la esperanza cristiana. La esperanza es activa, pues nos pone a camino. La esperanza nos da la fuerza y llena nuestra vida de dinamismo. Es por cuenta de la esperanza que el agricultor prepara la tierra, lanza la semilla y sigue cuidando de ella. La esperanza de coger le hace trabajar, hacer su parte.

      Esto es lo que Pablo ha enseñado sobre la predicación del evangelio: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1Cor 3,6). El hecho de que Dios haga crecer no excluye la contribución de Apolo y de Pablo, sino que la supone. Por eso, la esperanza cristiana es activa, nos fortalece para hacer nuestra parte. Todo lo que Dios hace con la humanidad, lo hace en forma de alianza. La alianza supone, por lo menos, dos partes interesadas y comprometidas en vista de un mismo objetivo. La Virgen María es el modelo de esta alianza con Dios, ella nos enseña esta esperanza activa, este vivir la fe de forma comprometida, no de forma pasiva y resignada.

       El tercer punto de esta reflexión es la esperanza en la resurrección, en la vida eterna. ¡Qué triste es sentir la ausencia física de alguien que hemos amado, aún más cuando sabemos que ya no podremos ver su semblante, escuchar su voz, gozar de su convivencia! La muerte parece quitarnos a alguien sin importarle nuestro dolor. Parece por fin a un relacionamiento sin que tengamos consentido, sin que al menos nuestros argumentos fosen escuchados.

      Pero, no es desde este ángulo que el cristiano vive este acontecimiento doloroso, sino desde la esperanza en la resurrección. La muerte puede quitarnos la presencia física de la persona amada, pero no quita su presencia en nuestros recuerdos y sobretodo en nuestro corazón, ahí nuestro ser querido sigue viviendo y existiendo. Sobre todo, sigue vivo en Dios. Más allá de lo que nuestras mentes puedan razonar hay una realidad transcendente que ya no es marcada por el tiempo y por el espacio, dónde Dios es todo en todos.

      Esta esperanza cristiana de una vida feliz en Dios es lo que llamamos cielo. Los místicos, que intuyeron esta verdad, no han entendido la muerte como desdicha, sino cómo “dichosa ventura”, pues, la muerte une el alma con su Amante, que es Dios, de forma definitiva. La muerte permite el retorno definitivo para la casa del padre; la muerte permite volar a la plena libertad, como un pájaro libre de su cautiverio; en fin, la muerte permite alcanzar la plenitud preparada por Dios para cada uno de nosotros. Por esto, la esperanza de la resurrección debe alentar nuestros corazones.

       Hoy en esta novena, pidamos a la Virgen del Carmen: “enséñanos la esperanza”. Una esperanza cimentada en la fe cristiana y por esto, una esperanza activa, que nos hace caminar teniendo como horizonte la vida eterna, la resurrección. ¡Oh María, Virgen del Carmen, enséñanos la esperanza!

Segundo día: Virgen del Carmen enséñanos a ser discípulos misioneros

            Estimados hermanos y hermanas

            Hoy, en este segundo día de nuestra novena, nuestro tema es: “Virgen del Carmen enséñanos a ser discípulos misioneros”. En la Virgen María encontramos el prototipo de quien ha sido discípula misionera, ya que ha cogido el mensaje divino y ha comunicado a toda la humanidad. Hoy queremos mirar a la Madre de Jesús y aprender de ella las actitudes que deben marcar nuestra condición bautismal de discípulos misioneros.

        Voy indicar tres actitudes de un discípulo y después tres actitudes de un misionero. Pero, es importante que tengamos presente que los dos van juntos. No puedo ser solo discípulo, tengo que volverme un misionero. Pero, no puedo ser un misionero sin haber sido antes un discípulo. Aunque, la verdad, siempre somos los dos, nunca perdemos nuestra condición de discípulo. Si olvidamos esto podemos caer en el orgullo y en la prepotencia.

      Empecemos por las tres características del discipulado: la escucha, la pregunta y el convivir con el Maestro.

      La Virgen María nos enseña esta actitud orante de la escucha, de alguien que se pone delante de Dios para oír su palabra. Ella vive con intensidad la dimensión judaica del “Shemá”, el “Escucha Israel”.  Es en esta escucha orante que la Virgen María va comprendiendo el proyecto de Dios para su vida y para toda la humanidad, del cual ella sería un instrumento indispensable.

     María nos enseña que la escucha orante no consiste sólo en oír, sino en acoger y meditar en el corazón. El Evangelio nos ha dejado un bonito testimonio sobre esta actitud de la Virgen: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). María nos enseña que la Palabra de Dios, que por veces se expresa en los hechos y acontecimientos, precisa ser madurada en el huerto de nuestro corazón. Sin esta maduración corremos el riesgo de no hacer la lectura correcta e ignorar el plan de Dios en nuestras vidas.

     La segunda característica del discipulado es hacer preguntas. María pregunta al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1,34). La pregunta es la actitud de quien desea saber, de quien quiere comprender. La pregunta indica la condición humana de búsqueda, que se opone a la resignación de quién acepta pasivamente todo, pero que no se compromete en profundidad. La pregunta que María hace, tiene como objetivo comprender para adherirse.

     El evangelio habla que los discípulos no habían comprendido las palabras de Jesús, pero no preguntaban por qué tenían miedo (Mc 9,32). El miedo nos paraliza y nos impide entrar en el misterio de Dios. Si Dios Se ha revelado en su Hijo Jesucristo es para que podamos conocer su designio de salvación. ¡Qué buenos sería que nosotros, los bautizados, buscásemos conocer las razones de nuestra fe! La verdad es que muchas veces nos quedamos muy al margen, en la superficialidad del seguimiento a Jesús. La Virgen María nos enseña a entrar en el misterio, a hacernos verdaderos discípulos de Jesús.

       La tercera característica del discipulado a ejemplo de la Virgen María es el “convivir con el Maestro”. Si hay alguien que ha convivido con Jesús, que ha escuchado sus palabras, que ha contemplado su rosto y que verdaderamente lo ha amado, esta persona es, sin duda, la Virgen María. Convivir no significa sólo compartir el mismo espacio físico, convivir requiere conocernos desde dentro, desde nuestro anhelo y sueños más profundos. La convivencia verdadera hace que compartamos mutuamente la vida como un don. La Madre de Jesús es ejemplo de esta relación profunda que se establece entre el discípulo y el maestro, que hace que el discípulo acoja como suyo el proyecto del maestro.

     Si María es un gran modelo de discípula no es menos ejemplo de misionera. Nos detenemos rápidamente en tres características de la vivencia misionera que la Virgen nos enseña: la visitación, el testimonio y el cuidado.

    El ejemplo misionero de María está plasmado en este texto bíblico que narra la visitación a su prima Isabel (Lc 1, 39-56). Con esta actitud ella nos enseña que debemos ir al encuentro, no podemos quedarnos cerrados en nosotros mismos. María se pone a camino, no se detiene frente las dificultades que pueda haber, va al encuentro de quien necesita, extiende su mano para servir a su prima embarazada, sin dejar de anunciar las maravillas que el Señor ha hecho en ella. La actitud de Nuestra Señora es un auténtico ejemplo de quien, como dice el papa Francisco, produce la cultura del encuentro.

    Una segunda característica de la vivencia misionera es el testimonio. La misión autentica es aquella que se cimienta en el testimonio del evangelizador. El anuncio más convincente es aquello que va acompañado por el ejemplo de vida. La Virgen María da testimonio de aquello que Dios ha hecho en su vida: “porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,49-50).

      Muy semejante a este testimonio es el que encontramos en el Libro de la Vida, de Santa Teresa de Jesús. Así como Nuestra Señora, Teresa narra su vida como un testimonio de quien fue salvada por la misericordia de Dios. Para Teresa, el camino que nos lleva a este puerto seguro de la salvación es la oración. La oración pude hacernos cambiar de vida. Como Teresa de Jesús, como la Virgen María, también nosotros somos invitados a reconocer la acción de Dios en nuestras vidas y a dar testimonio.

     La tercera nota de la misión es el cuidado. María es ejemplo de cuidado, no sólo porque custodió a Jesús en Nazaret, sino que, después de la resurrección, también se ha hecho cargo de los apóstoles. La Madre de Jesús fue madre también de la iglesia naciente. Todos podemos vivir esta dimensión del cuidado, en las situaciones más cotidianas de nuestra vida. Seamos misioneros y misioneras por el cuidado, sobre todo, con aquellos que nos han sido confiados, pero no dejemos de alargar nuestra mirada y también cuidar de aquellos que más precisan.

      En este día de nuestra novena, dedicada a reflexionar sobre la dimensión misionera de nuestro bautismo, acordaos que la misión es hecha con los pies de los que parte, con las rodillas de los que rezan y con la ayuda de los que se quedan. Amén.

Tercero día: Virgen del Carmen enséñanos la santidad de lo cotidiano

            Estimados hermanos y hermanas

            El tema de hoy es: “Virgen del Carmen enséñanos la santidad de lo cotidiano”. Quiero comenzar haciendo alusión a la última Exhortación Apostólica del Papa Francisco: Gaudete et exsultate.

            El papa empieza su Exhortación Apostólica citando el texto de la Carta a los Hebreos, donde se habla de “una nube tan ingente de testigos” (Hb 12,1) que nos alientan a no detenernos en el camino. Entre estos testigos, escribe el papa, “puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas”. Y añade: “quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor” (GE 3). Creo que al escuchar estas palabras fácilmente nos viene el recuerdo de alguna persona que hemos encontrado durante nuestra vida y que encaja con lo que ha dicho el Papa Francisco.

            La santidad es una llamada universal, es decir, para todos. Y cada vez más la Iglesia toma conciencia que se puede ser santo en lo cotidiano, o sea, en actividades ordinarias del día a día. Puede ocurrirnos lo mismo que a Santa Teresita, ella escuchaba el relato sobre la vida de los santos y comparándolo con su vida concluía: “entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cima se pierde en los cielos y el oscuro grano de arena hollado bajo los pies de los caminantes” (Masc B, 271).

        Pero, esta constatación, no le hace desistir. Escribe ella: “pero en vez de desanimarme, me he dicho: Dios no podría inspirar deseos irrealizables; puedo, por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad; agrandarme, es imposible, debo soportarme tal como soy con todas mis imperfecciones, pero quiero buscar el medio para ir al cielo por un camino muy recto, muy corto, un caminito completamente nuevo”.

           Santa Teresita nos enseña a buscar nuestro propio camino para llegar a la santidad. El papa Francisco enfatiza este aspecto que puede ser fuente de muchos equívocos en la búsqueda de la santidad. Escribe el Papa: “no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables. Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros” (GE 11).

          Entonces, cada uno de nosotros preguntémonos: ¿cuál es el camino “único y diferente” que el Señor tiene para mí? ¿Qué pide Dios de mí? La respuesta no debe estar muy lejos de lo que ya estamos haciendo. Lo importante es vivir cada cosa con intensidad y amor. Por ejemplo, si una madre o un padre se plantea: ¿Cuál es mi camino de santidad? La respuesta no está lejos de lo que ya hace, ama con intensidad y cuida de aquellos que Dios te ha confiado, tus hijos. Y así, cada uno, dónde está, puede buscar la santidad, la santidad del cotidiano.

        La santidad no es hacer cosas raras, que nos distinguen de nuestros contemporáneos, la santidad es vivir con generosidad amorosa allá dónde Dios me ha plantado. San Juan de la Cruz, decía, “a la tarde te examinarán en el amor”, quiere decir, que el amor es lo que Dios espera encontrar en nosotros. Las Escrituras dicen que Dios es amor, por tanto, ser santo es reflejar, como un espejo el amor de Dios. Si un cristal o un espejo está sucio o cubierto por un paño no puede reflejar bien, hay que limpiar o quitar el paño. El pecado es aquello que nos impide transmitir el amor de Dios, por eso, el camino de la santidad también es el camino de la conversión, del cambio de vida, siempre en dirección al Amor, que es Dios.

       Este ejemplo de santidad en lo cotidiano lo encontramos en la vida de la Virgen María. Poco sabemos de su vida con José y Jesús en Nazaret. Los evangelistas no nos han dejado muchas noticias, pero podemos suponer que la Sagrada Familia vivía de forma “sencilla”. Su vida no distinguía de la vida de las demás familia de su época. En aquella simplicidad, en aquel cotidiano, en aquel hogar se escondía el gran misterio de la redención de la humanidad.

     Pensemos en nuestras familias, en nuestros hogares, en nuestras actividades cotidianas, no son muy distintas de las demás personas, pero podemos colaborar con la salvación de la humanidad con nuestra santidad de vida. A Dios le encanta lo sencillo, lo débil, lo pobre, porque es donde mejor se visibiliza su gracia. Por esto, no tengamos recelo en creer que Dios nos ha escogido y nos ha llamado a la santidad.

      En este tercer día de la novena a nuestra patrona, pidamos: “Virgen del Carmen enséñanos la santidad de lo cotidiano”. Que todos salgamos de aquí determinados a vivir, en nuestro día a día la llamada del Señor a la santidad. Amen.

Cuarto día: Virgen del Carmen enséñanos la compasión

 

            Estimados hermanos y hermanas

            El tema del día de hoy es: “Virgen del Carmen enséñanos la compasión” y haciendo eco de este tema hoy rezamos por los enfermos, los necesitados y todos los que sufren.

            Mirando a la Sagrada Escritura podemos encontrar algunos temas que se hacen presente en toda ella y que son como columnas centrales del mensaje bíblico. Entre este tema está la compasión. Dios se ha revelado como compasivo y misericordioso. La historia de Israel es la memoria de la compasión de Dios en la vida concreta de un pueblo. Las diversas alianzas que hace con el pueblo son siempre ocasiones para manifestar su compasión, ya que no se detiene en el pecado o el la rebeldía del pueblo, sino que ofrece una nueva oportunidad para empezar de nuevo.

            En el Nuevo Testamento tenemos la cumbre de este mensaje. Jesús revela el rostro de la misericordia del Padre. En sus enseñanzas y en sus hechos, Jesús está siempre diciendo: Dios es como un padre que nos ama, que cuida de nosotros, que tiene compasión de nuestros sufrimientos. Por eso, acercaos a Él, pues Él puede dar alivio a vuestro dolor. Él puede dar descanso a vuestra fatiga. Y de hecho, muchos que se acercaban a Dios con esta confianza recibían la gracia que necesitaban.

            Quizá sea bueno entender primero lo que significa ser compasivo, para que no caigamos en interpretaciones erróneas que identifica la compasión con un mero sentimiento de piedad. La compasión, en sentido bíblico, sobre todo, en el Nuevo Testamento, se expresa por la palabra “splanchana”, que literalmente significa el movimiento de las entrañas humanas. Sentir compasión es ser afectado desde lo más profundo de su ser al tener contacto con el dolor humano. La compasión hace que algo se mueva dentro de nosotros, hace que tengamos una actitud de misericordia frente al necesitado. Aquí radica la diferencia ente la compasión y la mera piedad. La compasión nos compromete en una actitud concreta, la piedad no siempre lleva a la acción.

            Voy darles un ejemplo para que vemos mejor la diferencia. Todos nosotros miramos la tele y en uno de estos programas de noticias podemos tomar conocimiento de algo doloroso que ha acontecido cerca de nosotros. Si me quedo en la piedad, me dolerá lo que he visto, pero no voy a hacer nada. En cambio, si me mueve la compasión voy a buscar alguna forma de acercarme y ayudar desde mis posibilidades. Esta es la diferencia, la compasión lleva a un gesto de misericordia.

            Fue lo que pasó en aquella parábola narrada por Jesús. El samaritano se movió de compasión y se puso a ayudar a aquel hombre que estaba caído en el camino. El sacerdote y el levita, quizás  hasta lamentasen lo que le había ocurrido al herido, pero no hicieron nada. La Virgen María es ejemplo de esta compasión que se expresa en acción concreta. Nos detenemos en tres hechos que nos narra el evangelio.

            Primero, María toma conocimiento que su prima Isabel está en cinta. Isabel ya es mayor y necesitará ayuda. ¿Qué hizo la Virgen María? Se puso a camino, se acercó a Isabel y le echó una mano. ¡Esto es compasión! Una compasión que no excluye de los problemas ajenos, que no se hace sordo al clamor del necesitado, que no es indiferente a los demás. La Virgen María no se engrandeció por ser la madre del Salvador. No se orgulleció por su misión en el plan de la salvación, sino con aquello que su Hijo Jesucristo venía a anunciar.

            Segundo hecho que deseo recordar es las Bodas en Caná de Galilea. La Virgen María se enteró que estaba faltando vino en aquellas bodas. Era una desdicha tremenda para aquella familia. Nuevamente preguntamos: ¿Qué hizo la Virgen María? ¿Se quedó lamentando la mala suerte de aquel matrimonio? No. Sino que se aproximó a quien podía hacer algo e intercedió diciendo: “ellos no tienen más vino”. La Virgen María presenta la necesidad a Su hijo, pues sabe que él puede solucionarlo. La compasión compromete con el otro, pero desde una actitud de gratuidad.

            El tercer pasaje bíblico que nos habla de la compasión es su presencia junto a la cruz. Si ha habido alguien que pudo sufrir con Cristo, compadecerse de su sufrimiento, ha sido Nuestra Señora. El evangelio dice que ella estaba de pie, junto a la cruz. Su mirada, su ternura, sus lágrimas eran lo único que ella podía ofrecer en aquel momento de dolor y angustia a su Hijo Jesucristo. ¡Cuántas veces nuestra compasión se manifiesta solo por una sencilla presencia!  No siempre está en nuestras manos aliviar el dolor del prójimo, pero podremos ofrecer nuestra presencia.

            La Virgen Dolorosa nos enseña la compasión que se manifiesta en la presencia. Presencia sencilla, silenciosa, pero amorosa y compasiva. Acordémonos de nuestros enfermos, de nuestros mayores, que sufren y ofrezcamos por ellos nuestra presencia compasiva.

            Oh María, enséñanos a ser compasivos, como tú lo fuiste. No queremos quedarnos indiferentes frente al sufrimientos de los demás, sino que deseamos ser solidarios. También Madre Santísima del Carmen, ten compasión de nuestros enfermos, de los necesitados y de todos los que sufren, presenta a tu Hijo Jesucristo tu intercesión por cada uno de ellos. Amen.

Quinto día: Virgen del Carmen enséñanos amar la Iglesia

            Hermanos y hermanas

            En este quinto día de nuestra novena queremos rezar por los ministros de la Iglesia: el Papa, nuestros obispos y por los sacerdotes y diáconos. Queremos también pedir a Nuestra Señora: “Virgen del Carmen enséñanos a amar la Iglesia”.

            Me gustaría empezar esta reflexión con una pregunta: ¿Qué es la Iglesia? Es muy común que nos acordemos de inmediato de los ministros de la Iglesia y generalmente, identificamos la Iglesia con ellos. Si, ellos también hacen parte de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. La Iglesia es la comunidad de los seguidores de Jesús. Cada vez más tenemos que educar nuestra mentalidad para asumir esta identidad de “Iglesia”. ¡Yo soy Iglesia! ¡Qué bueno cuando no miramos la Iglesia desde fuera, sino desde dentro, como nuestra casa! Sí, la Iglesia es nuestra casa, nuestro hogar.

            Es verdad que no siempre encontramos aquello que buscamos en la Iglesia, ni siempre nos sentimos acogidos o valorados dentro de la comunidad eclesial. Pero, es exactamente por eso, que precisamos trabajar para construir la Iglesia que deseamos. No es alejándonos o criticando que la Iglesia será mejor, sino peleando para que el Evangelio penetre en todas las estructuras de la Iglesia.

            El Papa Francisco nos ha hablado mucho de una “Iglesia de puertas abiertas”, quiere decir, una Iglesia cuya señal más evidente sea la acogida. Podemos pensar que acoger es algo sencillo, pero la experiencia nos dice que no. La acogida es algo muy exigente. Ella requiere de nosotros disponibilidad para gastar nuestro tiempo con el otro. En nuestra cultura, donde se vive de forma cada vez más acelerada, en un ritmo siempre creciente de actividades y compromisos, nos suena mal estas palabras.

            Una Iglesia de puertas abiertas es una Iglesia dispuesta acoger el otro como él es, en su diferencia. Sin juzgamiento, sim prejuicios o restricciones. ¡Todos sabemos cómo nos cuesta esto! Pero, fue esta la actitud de Jesús. Jesús nunca se fijó en el pecado, siempre estuvo dispuesto acoger el pecador. Hasta nos ha enseñado que ha más alegría en el cielo por uno sólo pecador que se convierto do que por noventa y nuevo justo que no necesitan penitencia.

            El Papa Francisco también nos habla de una Iglesia en salida, quiere decir, una Iglesia misionera. No podemos quedarnos esperando que venga a nosotros, siguiendo la pedagogía de Dios precisamos dar el primero paso, ir al encuentro. Una Iglesia en salida es una Iglesia que es fiel a su naturaleza, ya que la Iglesia nace de la misión y se destina a la misión. Por esto, cómo Jesús, alcemos nuestros ojos para ver “la muchedumbre que nos rodea, que son como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36). No seamos indiferentes, pensando que no podemos hacer nada o que esto no es para nosotros. Si, somos bautizados, tenemos un compromiso misionero.

            Quizá sea importante acordarnos, que somos hijos de una Iglesia que ha sido misionera. ¡Tantos misioneros han partido de España en dirección a los confines de la tierra para anunciar el Evangelio de Jesucristo! Gracias al coraje y osadía de tantos misioneros hoy la Iglesia sigue creciendo. El recuerdo de nuestro pasado glorioso debe ayudarnos a también nosotros hacer nuestra parte y comprometernos con la Iglesia.

            La Virgen María es también la madre de la Iglesia. Ella estuvo presente en aquel momento que del costado de Cristo brotó sangre y agua, sacramentos de la Iglesia. Ella también estuvo presente en Pentecostés, donde la comunidad de los seguidores de Jesús se manifestó como luz para todas las naciones de la tierra. Por eso, nuestra petición: “Virgen del Carmen enséñanos a amar la iglesia”. Qué es importante amar a la Iglesia, pues aquello que amamos, cuidamos. Si, la Iglesia es como una familia que necesita de cuidado, necesita de ternura, necesita de amor.

            Virgen del Carmen enséñanos a amar la Iglesia con el mismo amor con que tú la amaste. Amen.

Sexto día: Virgen del Carmen enséñanos a decir sí a la llamada de Dios

            Estimados hermanos y hermanas

         Hoy, en el sexto día de nuestra novena, queremos reflexionar sobre el tema: “Virgen del Carmen enséñanos a decir sí a la llamada de Dios”.

          Lo primero que precisamos aclarar para comprender bien el tema de hoy es que todos somos llamados por Dios. Pero, para cada uno Dios hace una llamada distinta. Son lo que llamamos las vocaciones específicas. La primera llamada de Dios hecha a todos nosotros, es la llamada a la vida. Dios nos ha llamado a la existencia. Esto quiere decir que mi vida proviene de Dios y tiene sentido en relación a Él. Pero, allá de esta llamada primera ha tenido muchas otras. La llamada a ser cristiano. ¿Podría haber nacido en otro país dónde no hay cristianismo? Sí, podría. Pero, Dios me ha llamado a la vida cristiana por el bautismo.

            Todavía, cada cristiano recibe otra vocación, es lo que llamamos la vocación específica que son: la vocación al matrimonio, la vocación a vida laica soltera, la vocación al sacerdocio y la vocación a la vida consagrada. Todas ellas son modos de vivir la misma vocación cristiana a partir de los dones y capacidades de cada uno. Cuando una persona recibe de Dios la vocación, recibe también la gracia para desempeñar aquello que la vocación necesita. Por ejemplo, si fue llamada a ser madre de familia, Dios te ha dado la gracia para esta misión, que está ligada a la vocación del matrimonio.

            También podríamos hablar de una vocación universal, que es común para todos. Es la vocación a la santidad. Todos somos llamados a ser santos, como nuestro Padre celestial es santo (Mt 5,48). La santidad aquí es entendida como una vida plena, qua se concretará en el cielo, pero que ya empieza aquí en la tierra. Jesús nos ha dicho, “yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud” (Jn 10,10). Junto a este llamada está también la llamada a la vida eterna, que se da por medio de la muerte, cuando el Señor nos llama para vivir con Él en los cielos.

            Como vemos son muchas las llamadas de Dios y aún no hemos hablado de las llamadas especiales para alguna misión particular como el caso de la Virgen María. Fijemos nuestra mirada en esta joven de Nazaret para aprender de ella a decir “si a la llamada de Dios”.

            María era una joven, tenía la misma vida sencilla de las jóvenes de su pueblo. Ciertamente ella también tenía sus sueños. Quizá como todas las muchachas de su edad soñaba con casarse, tener una familia y muchos hijos, porque esto era señal de bendición. Ya estaba prometida en casamiento a José, que según las Escrituras era un hombre justo, quiere decir, un hombre santo. Pero, delante de la llamada de Dios estos pequeños proyectos se vuelven relativos. La joven María ya no tendrá una pequeña familia para cuidar con algunos hijos, sino cuidará de la gran familia de Dios y será madre de toda la humanidad.

            Dios no desprecia los sueños de la Virgen de Nazaret, Él los potencia para que ellos ocurran en una proporción mucho mayor de lo que ella ha proyectado. Los sueños de María ganan carácter de universalidad. Quizá nos pase algo parecido, hemos proyectado nuestro sueños, hemos hecho nuestros planes, pero si somos sinceros, generalmente, son planes pequeños, dónde enfocamos sólo en nosotros mismos y de algunos pocos que se relacionan con nosotros. Pero, Dios desea un horizonte mayor, más ancho y más hondo. Por eso, la llamada de Dios es desconcertante, pues nos saca de nuestro circulo inmediato y nos pone en un escenario mayor.

            Delante de la llamada de Dios, la Virgen María, se abrió a la gracia y dijo sí a Dios. No olvidemos que la llamada de Dios necesita de nuestro consentimiento. Dios respeta nuestra libertad. Entonces, ¿María podría haber dicho no a Dios? Sí, podía, porque era libre. Quién acoge la voluntad de Dios y acepta su proyecto de amor se pone en una verdadera aventura. Al decir sí, María embarcó en una aventura, pero la certeza de que Dios le había llamado y la confianza en su gracia hizo que perseverase en su sí.

            También nosotros, precisamos aprender con Nuestra Señora esta confianza en la gracia de Dios. No tener miedo de los planes de Dios. Aquello que ello nos propone es siempre lo mejor para nosotros. La perseverancia en una vocación no está en la persona, no está en sus capacidades, no está en su determinación, sino en dejar que la gracia de Dios le sostenga.

Hoy, junto con la Virgen de Nazaret queremos renovar nuestro sí delante de Dios. Como ella deseamos ser fieles a nuestra vocación, a la llamada de Dios. Amen.

Séptimo día: Virgen del Carmen enséñanos a ser sal de la tierra y luz del mundo

 

         Estimados hermanos y hermanas

         Hoy nos reunimos como comunidad de fe para celebrar el séptimo día de la Novena de Nuestra Señora del Carmen. Queremos reflexionar en este día sobre la identidad y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo actual. Por eso, pidamos: “Virgen del Carmen enséñanos a ser sal de la tierra y luz del mundo”.

       Cuando hablamos de laicos, puede sonar un poco negativo, pues es visto como alguien menos que el sacerdote. Pero si ahondamos en las Escrituras Sagradas veremos que el proprio Jesús no pertenecía a la clase sacerdotal de su época, mucho menos la Virgen María. Entonces, al rigor de la palabra Jesús y María eran laicos. La Carta a los Hebreos, haciendo una lectura teológica de la historia llamara Jesús Sumo y eterno Sacerdote. Pero, siempre en sentido simbólico, en su misión de mediador entre la humanidad y el Padre.

       Cuando nos referimos a los laicos, nos referimos a la inmensa mayoría de la Iglesia. Sin ellos no tendría sentido el sacerdocio ministerial, ya que este es un servicio al pueblo de Dios peregrino en esta tierra. De verdad, los laicos son la gran fuerza de la Iglesia. Por medio de ellos la Palabra de Dios penetra todas las estructuras de la sociedad civil. Quizá no hemos valorado lo suficiente esta misión de ser “sal de la tierra y luz del mundo”.

        El cristiano laico es un seguidor de Jesús, alguien que ha hecho la experiencia de Dios y de su amor. Como decía el Papa Benedito XVI: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona que da a la vida un nuevo horizonte”. Esta es la génesis de un laico conocedor de su identidad y comprometido con su misión. Sin este encuentro transformador no hay verdadero seguimiento y la vivencia del bautismo se queda comprometida.

         El cristiano laico expresa con más nitidez la dimensión de la Iglesia como pueblo de Dios. Hay una dimensión personal de nuestra fe y otra colectiva. La personal se expresa por nuestra adhesión a la llamada divina y al cultivo de amistad con el Maestro. La colectiva se expresa en nuestra convivencia comunitaria de la fe, en la familia, en la Iglesia y en la sociedad. Aquí que emerge con más nitidez la vocación laica o seglar, pues es su misión penetrar los valores evangélicos en estas esferas colectivas. Lástima sería que un cristiano laico entendiera que su vivencia de fe se reduce a la Iglesia y aún más a mera participación de la celebración de la Misa.

      La verdad es que vemos pocos cristianos que se comprometen de hecho en la transformación de la sociedad y hacen como expresión de su fe y de su seguimiento a Jesucristo. Lo más común es separar una cosa de la otra. Como si lo que se viviera en la Iglesia no tuviera nada que ver con el día-a-día o con las actividades cotidianas. El gran reto de los cristianos laicos es unir la fe con la vida. Solamente así podrán cumplir con su misión de ser sal de la tierra y luz del mundo.

      En nuestros tiempos, dónde crece el secularismo, el gnosticismo y tantas otras filosofías que nos alejan de Dios, se hace urgente que los laicos den testimonio de su fe. Quizá no tanta con sus palabras y discursos, ya que la sociedad tiende a no aceptar discursos, pero sí con, el testimonio que se requiere en nuestros días, el de nuestra coherencia de vida.  Sabemos que no es fácil ser coherente con la Palabra de Dios. Pero recordemos que la confianza no está puesta en nosotros en nuestra capacidad personal, sino en aquel que es el autor y consumador de nuestra fe, Jesucristo Nuestro Señor.

        Por el bautismo todos hemos recibido un nuevo “apellido”. Somos “cristianos”. Este importante apellido nos sitúa en nuestra identidad y misión. El cristiano es el prolongador de la vida de Cristo Jesús. En su hablar, en su obrar, en su hacer… el cristiano es llamado a prologar la vida y la misión de Jesús. Es algo hermoso y desafiador al mismo tiempo. Aquí no se trata de hacer grandes cosas y de grandes obras, al contrario, lo cotidiano es nuestro campo de misión. En la familia, en el trabajo, con los vecinos ahí es donde el cristiano laico mejor ejerce su apostolado. Claro, también en la comunidad de fe que es la Iglesia. Pero sin olvidar que es por su casa donde debe empezar.

      Siempre que venga sobre nosotros el desánimo, el cansancio y el sentimiento de frustración volvamos nuestra mirada a la Virgen María. Ella nos comprende, conoce nuestras aflicciones y puede interceder por nosotros junto a su Hijo Jesucristo. Virgen del Carmen enséñanos a ser sal de la tierra y luz del mundo. Amen.

Octavo día: Virgen del Carmen enséñanos la alegría de servir

 

        Estimados hermanos y hermanas

      El tema del octavo día de la novena es: “Virgen del Carmen enséñanos la alegría de servir”. Ayer hablamos de la identidad y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Es bueno esclarecer que los religiosos y religiosas son también laicos, o sea, no hacen parte de la jerarquía de la Iglesia. Todavía, estos laicos han escogido vivenciar la consagración bautismal con un modo peculiar de vida, que llamamos “vida consagrada” o “vida religiosa” con la intención de manifestar con mayor claridad la primacía de Dios.

       A lo largo de los siglos se han desarrollado muchas expresiones de consagración, con distintos carismas suscitado por el Espíritu Santo. Así cada carisma, cada familia religiosa, cada forma de consagración es un don del Espíritu para la Iglesia y para el mundo. Entre las muchas familias religiosas esta la familia del Carmelo con su especial devoción a la Virgen María, que invocamos como Nuestra Señora del Carmen.

       Los consagrados y las consagradas tiene una misión muy peculiar dentro del pueblo de Dios, ellos revelan el rosto de Dios que es donación-entrega-servicio. Sus vidas tiene sentido en cuanto ofrenda a Dios y a los hermanos. Este estilo de vida a lo largo de los siglos ha permitido un bien enorme a toda la humanidad. Su presencia en las escuelas, en los hospitales, en las pastorales es un verdadero siglo de la bondad de Dios y de suya presencia providente entre nosotros. Decía el papa Paulo VI: “¿qué sería de la Iglesia sin los religiosos?

       España ha engendrado para la Iglesia grandes familias religiosas, ha sido la cuna de tantos carismas. Solo para acordarnos de algunos: los dominicos, los jesuitas, los claretianos y también el Carmelo Descalzo de Teresa y de Juan de la Cruz ha nacido en estas tierras. Este hermoso pasado no debe sólo llenarnos de alegría, sino que debe impulsarnos para también hoy ofrecer para la humanidad un generoso testimonio de entrega y donación por medio de una vida consagrada a Dios. Por eso, nuestra oración también hoy es por el despertar de nuestras vocaciones para la vida consagrada. Pero, todos tenemos que sentirnos comprometidos en la construcción de una cultura vocacional, que propicie el ambiente adecuado para el surgimiento de las vocaciones.

      Para el Papa Francisco donde hay un consagrado ahí hay alegría. Es la alegría del servicio, de quien se dona, de quien no guarda nada para sí, sino que se entrega con generosidad. Las Escrituras dicen que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hech 20, 35). Tenemos una fuente de felicidad y de realización, pero está escondida por el velo del servicio, de la entrega generosa a los demás. Por desgracia nuestra cultura, que lleva matices de egoísmo, no favorece este estilo de vida.

      La verdad es que también nosotros tenemos que comprender de forma distinta esta forma de vocación. Muchas veces hemos presentado a los religiosos y religiosas como un grupo de personas selectas, como se fueran atletas o héroes, capaces de un estilo de vida marcado por la renuncia y la abnegación. El acento, por muchos años, ha sido dado en lo que han dejado y no en lo que han abrazado. Lo que han abrazado es lo que da sentido a todas las renuncias, a todas las privaciones, a toda la abnegación.

      En la raíz de la llamada a la vida consagrada esta un gran amor, un gran deseo de servir a Dios por medio de los hermanos. Es una opción impulsada por el amor. Me acuerdo ahora de este hecho que se narra de las hijas de Madre Teresa de Calcuta, cuando una actriz norteamericana visitando los hospitales de las Hijas da la Caridad vio lo que hacia aquellas monjas con los leprosos le dice: “yo no haría esto ni por un millón de dólares”. La monja le contesto: “yo tampoco, yo lo hago por amor”. Es el amor que nos permite entender el sentido de la vida consagrada.

         La Virgen María, también ha sido ejemplo de una vida totalmente consagrada a Dios, ella en la simplicidad de Nazaret vivó toda para Dios. Su vida fue un servicio continuo a José y Jesús. Ella no retuvo nada para sí, ha entregado toda su vida. Por eso, hoy nuestra plegaria es “Virgen del Carmen enséñanos la alegría de servir”. Amen.

Noveno día: Virgen del Carmen enséñanos el amor mutuo

 

Estimados hermanos y hermanas

       El tema del día de hoy es “Virgen del Carmen enséñanos el amor mutuo”. Si quisiéramos sintetizar todo el mensaje de Jesús, quizá no encontraríamos otra más adecuada que la palabra “amor”. Jesús ha venido a enseñarnos el verdadero sentido de esta palabra. También en nuestros tiempos se habla mucho de amor. Pero, como ya advertía Santa Teresa en su época, la palabra amor es confundida con afecciones bajas, que nada tiene a ver con el amor cristiano. El amor cristiano se puede entender, sobretodo, a partir del símbolo de la cruz.

         En la cruz Jesús esta con sus brazos abiertos como quien acoge a todos. Pero sus brazos abiertos también indican su entrega, su donación total, sin reservas. El amor, en sentido cristiano, es darse, entregarse, como ha hecho Jesús en la cruz. Quizá lo que mejor exprese esta forma de amar es el amor materno. La madre se dona para su hijo, saca de su propio cuerpo el sustento para el niño recen nacido, lo lleva en sus brazos hasta que empieza a caminar. Aún más, jamás deja de cuidar y de mirar por el bien del fruto de sus entrañas.

        Con certeza hay muchas cosas que la madre hace no porque le guste, sino porque ama. El amor tiene esta capacidad de que hagamos cosas que a lo mejor no nos gustan. Por eso no se debe confundir amor con gusto. Jesús no ha dicho que teníamos que gustar, sino amar. Es muy distinto, pues el gusto está relacionado a sensaciones que causan placer. Una persona puede no serme agradable, pero puedo determinarme a amarlo. Si me dejo llevar solo por el gusto me quedo infantil, como un niño que sólo hace lo que le apetece.

     Sabemos que todas las tradiciones religiosas hablan de “amor” o de otra actitud semejante. Pero, en el cristianismo, se da un paso más, se habla de amor a los enemigos, quiere decir, amar aquellos que nos hacen el mal. Ciertamente no es algo fácil amar a quien nos ha hecho sufrir, no lo podemos hacer sin la gracia de Dios. Sin embargo es lo que mejor expresa nuestra condición de seguidores de Jesucristo. Él, que en la cruz ha dicho “Padre perdónales, no saben lo que hacen”.

        El libro de los Hecho de los Apóstoles nos trae el hermoso testimonio de las primeras comunidades, dónde el amor mutuo hacía crecer el número de los fieles. El testimonio del amor mutuo es algo visible, que sobrepone a nuestra mirada. Si se vemos un matrimonio que se ama, vemos que hay amor en una familia. Nadie quiere hacer parte de un grupo donde todos se pegan y se odian. El amor es una forma de evangelización.

       Es bueno que tengamos presente lo que decíamos en el inicio. El amor cristiano es amor servicio, entrega, donación. ¡Es algo concreto! San Juan de la Cruz tiene una sentencia que puede ayudarnos mucho, decía él: “dónde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Todos queremos recibir el amor, queremos sentirnos amados por los demás. Pero, a veces es necesario dar el primer paso, hay que sembrar el amor. Sembrar el amor con pequeños gestos, con actitudes sencillas, que van penetrando el corazón y va despertando en el otro el deseo de corresponder a este amor.

         Un ayudante importante del amor es el perdón. Sin perdón el amor se llena de heridas y enflaquece. Perdonar es recomenzar, es decir, dar una nueva oportunidad. Perdonar no es hacer que no ha pasado nada, sino reconociendo el error pasado, comenzar de nuevo. El perdón permite que no nos quedemos en el pasado, en el dolor que algo puede habernos causado. Quizá no haya nada más saludable para nuestra convivencia humana que el perdón. Pues así como yo soy llamado a perdonar, también en alguna ocasión precisaré del perdón del otro.

        Hoy al meditar sobre la vivencia del amor en la comunidad cristiana volvamos nuestra mirada a la Madre de Dios. Ella estuvo junto a Iglesia naciente. Ella acogió e incentivó a los discípulos de Jesús a llevar adelante el proyecto de su Hijo Jesucristo. La Virgen María nos da el ejemplo del amor que se entrega. Que ella nos enseñe el amor mutuo. Amen.

 

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