Sólo en Dios descansa mi alma

“Sólo en Dios descansa mi alma” (Sal 61,1). Estas palabras me recordaban el “Sólo Dios basta” de santa Teresa y las tomé para la oración. Esa tarde nuestra oración comenzó con el canon “el alma que anda en amor ni cansa ni se cansa” (San Juan de la Cruz). En ese contexto, -del dicho teresiano y del dicho sanjuanista-, comencé a saborear el verso del salmo 61. Por un lado me hacía consciente de que nada fuera de Dios me daría descanso, me dejaría alcanzar la verdadera paz que debería inundar mi vida y por otro descubría que descansar no era abandonarme en la pasividad, sino actuar desde el amor, como enseña el dicho de San Juan de la Cruz. Repetir “sólo en Dios descansa mi alma”, era una invitación constante a confiar de tal modo en Dios que en ninguna otra cosa pusiera mi apoyo, pero esa confianza y abandono no me permitía desligarme del compromiso con el prójimo, que habría de nacer de un amor que no cansa, porque es el verdadero descanso, siendo, no obstante, el obrar más eficaz.

F. Brändle

Escapa como un pájaro al monte

Foto: Steffen Egly

“Al Señor me acojo. ¿Por qué me decís: “Escapa como un pájaro al monte”? (Sal 10,1). Me preguntaba con el salmista que podría significar: Escapa como un pájaro al monte. Porque sin duda sería una alternativa al acogerse al Señor. Quise abrirme en mi oración a este interrogante para ver su sentido estando ante esa presencia amorosa de Dios. Fui cayendo en la cuenta que en el peligro había que llegar a confiar plenamente en el Señor, no basta con contar con Él como una salida más para salvarme de la situación. La tentación mayor que amenazaba mi confianza plena no era otra que la de confiar en mis propias fuerzas. Sentirme capaz de volar sobre todo y escapar al monte de mis capacidades. Es fácil que apoyándome en ellas me defendiera con violencia, intentaría caminos de enfrentamiento con los que vencer a mi enemigo. La confianza plena para apoyarme en el Señor estaba en mi corazón pobre y humilde, lo que no quiere decir apocado y cobarde.  La victoria sobre el enemigo no me la daría mi autosuficiencia, sino mi confianza puesta en el Señor. Era una forma de llegar a ser auténtico nacida en la misma prueba. Si quería acogerme al Señor debería desoír las voces tentadoras que me impidieran hacerlo con verdad porque seguía confiando en mis fuerzas.

F. Brändle

Qué es el hombre?

“Señor ¿qué es el hombre para que te fijes en él? ¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos? (Sal 143,3). Al comenzar mi oración repitiendo estos versos no me detuve en reflexionar como hace el salmo 8 en la grandeza del ser humano. Me abandoné a lo que poco a poco el Espíritu quisiera descubrirme. Sí, descubrí que si Dios se fijaba en el hombre era para amarle. Como bien dice San Juan de la Cruz, el mirar de Dios es amar. Mi oración no podía ser otra cosa que llegar a descubrir ese amor de Dios, llegar a quedarme envuelto en su amor. Y sobre todo también poco a poco llegar a descubrir que nuestra vida no está fuera del pensamiento divino. Estamos siendo amados, porque si piensa en nosotros no es para examinar nuestra vida, sino para acercarse a ella con la ternura de su ser Padre para darme todo su amor como a hijo. Su pensar en mi me llevaba a vivir envuelto en su amor providente, a tenerlo muy cerca, a saberme en sus manos.

F.Brändle

Señor, yo soy tu siervo

“Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas” (Sal 115,5). Me impresionó la doble dimensión que presenta el salmo, la esclavitud y la libertad. El sentirse siervo y el sentirse libre. Me abrí a esta doble experiencia, y fui descubriendo que la esclavitud que podía vivir frente a Dios era liberadora. De quien hacer depender mi vida, sino de Dios, fuente amor liberador. Al mismo tiempo entendía que Dios me quitaba mis propias cadenas a las que yo me ataba, y que sólo Dios podía romper. Ahora entendía bien que había que llegar a esa dependencia tan fuerte de Dios que nada fuera de Él me pudiera sostener. Sí, mi naturaleza humana no se entiende sino desde Dios, por eso era hijo de su esclava. Pero al mismo tiempo nadie me libraba de mí condición cerrada, atada, sino era el mismo Dios. Al ir orando me fui sumergiendo en este doble sentimiento. Desee vivir en esa esclavitud liberadora, y en esa libertad alcanzada por gracia.

F. Brändle

El que honra a los que temen al Señor

“El que honra a los que temen al Señor” (Sal 14,4). Tomé como ayuda para mi oración estas palabras de un salmo bien conocido para descubrir las condiciones del que se acercaba al templo. Mi oración, abierta a la presencia del Señor, quiso abrirse a la verdad escondida en este verso. No lo hice con intención de convencerme de ello, sino abierto a lo que se me pudiera ir descubriendo. Poco a poco me invadió la convicción de que no se trataba de honrar a los buenos que todo el mundo reconoce, y que por lo general ya están canonizados, por sentido común se hace sin dificultad. Caí así en la cuenta de que los temerosos de Dios que han de ser honrados para poder acercarse al templo, y en definitiva al Dios que se revela, son todos sus hijos, que en un lenguaje veterotestamentario serían los que temen al Señor, desde la humanidad en Cristo son todos los hombres, con lo cual se trataba de honrar a cada persona humana, descubriéndola desde su ser en Dios, su condición de hijo de Dios. Me vi muy limitado, no me sentía tan capaz de amar a todos los hombres, honrándolos. Me parecía que era más fácil amarlos desde mi autosuficiencia que siempre conlleva el juicio, y por tanto no siempre honrándolos. En mi oración de pobre se abría camino el comprender que era tarea de toda la vida, haciendo de todo hombre objeto de mi honra y admiración, condición para poder acercarme con verdad a Dios.

F. Brändle

Señor apiádate de mí

Cristo curando los enfermos, Rembrandt 1649, el Grabado de Cien Florines, Rijksmuseum, Amsterdam

“Padece un mal sin remedio, se acostó para no levantarse…” “Señor apiádate de mí, haz que pueda levantarme” (Sal 40,9.11). Aunque el salmista la coloca en la boca de los enemigos, al evocar estos versos en la oración me parece que no sólo podían aplicarse a los enemigos de fuera, sino a la propia condición en la que nos vemos inmersos, que a veces nos parece sin salida. La purificación que tales situaciones conllevan nos hace descubrir al Dios que puede levantarnos, no desde su fuerza y poder sino desde su cercanía. Se me fue abriendo el horizonte para ver en él la misericordia entrañable del Padre de nuestro Señor Jesucristo. Con este descubrimiento entendía mejor que las palabras tan aplastantes del verso primero encontraban salida en la piedad de Dios que puede levantarnos. Aunque no dejaba de sentir que no era desde fuera, solucionando el problema, sino desde mi interior renovado por la prueba. Repetir la primera frase ya no me resultaba deprimente, sino esperanzadora, porque en medio de la situación se hacía paso la luz de una experiencia de Dios cercano y alentador.

F. Brändle

Devuélveme la alegría de tu salvación

“Devuélveme la alegría de tu salvación” (Sal 50,14). Mi oración la comencé viviendo bajo la impresión de que lo que le pedía al Señor ya me lo había dado y nunca me lo había quitado. Me preguntaba ¿es que Dios nos quita y da la salvación a capricho? Así vine a caer en la cuenta que de tal impresión es falsa. Dios nos dio y nos dará siempre su salvación. Soy yo quien no siempre se vivir de ella. Vine finalmente a tomar conciencia de que desde siempre nos ha predestinado en Cristo a vivir esta salvación y gozar con ella. Con la petición que me ofrecía el salmo mi oración se fue abriendo a mostrar mi deseo de encontrarme con Cristo con mayor hondura. A esta meta me llevo este verso del salmo, me tendría que llenar más hondamente de Cristo para vivir la alegría de la salvación. Era yo quien no siempre lo había vivido y por eso pedía que me fuera devuelto, pero nunca se separó de mí.

F.Brándle

Levántate, Señor, ven a tu mansión

“Levántate, Señor, ven a tu mansión” (Sal 131,8). No sé si sabré expresar lo que este verso me hizo vivir en la oración al repetirlo con paz. Me parecía estar diciéndole al Señor: No te canses, ¡ánimo!, ven a tu mansión, que es esta humanidad tan alejada de ti, tan ajena a tu presencia. Me ayudaba a vivir esta conciencia que se iba haciendo en mí, lo que había leído de Etty Hillesum: “Te ayudaré, Dios mío, a no apagarte en mí, pero no puedo garantizar nada de antemano. Con godo, veo algo cada vez con más claridad: no eres tú quien no puede ayudar, si no nosotros que te podemos ayudar, y haciéndolo, nos ayudamos a nosotros mismos”. Me llenaba de sentimientos de estar envuelto en el amor de Dios, el poderme acercar a Él de ese modo tan lleno de confianza. Sí, le podía animar con confianza a venir a su mansión: la humanidad, su esposa. ¿No era Emmanuel: El Dios con nosotros?. ¿No era el Dios al que San Juan de la Cruz canta en sus romances “In principio erat Verbum”? Cierto, las palabras del salmo me ayudaron a vivir esa presencia de Dios en medio de nosotros y a urgirme a ser testigo de ello, porque se lo había recordado lleno de confianza en mi oración.

F. Brändle

El Señor lo guarda

“El Señor lo guarda…  para que sea dichoso en la tierra” (Sal 40,3). Me quedé saboreando en la oración la dicha que el Señor promete ya en la tierra. Me acordé inmediatamente de las bienaventuranzas. A la luz de este versículo fui entendiendo que el programa tan maravilloso que nos ofrecen no puede ser el fruto de nuestro esfuerzo, sino la consecuencia de ese cuidado amoroso con el que el Señor nos guarda. Entendí que es esa la fuente de la dicha en la tierra, la cercanía amorosa de Dios. Nuestra vida encarnada en este mundo la hemos de vivir en esta clave, sintiendo siempre, sean las circunstancias que sean, -las que se nos recuerdan en las bienaventuranzas-, esa alegría interior con la que el Señor guardándonos nos hace dichosos en la tierra. No es cuestión de plantearnos, a la luz de este versículo, si las tribulaciones nos traerán después el gozo. Hemos de ir entendiendo que en ese llegar a lo más hondo se puede vivir en esa doble dimensión: tribulación y gozo al mismo tiempo.

F. Brändle

El Señor es Justo

“El Señor es justo y ama la justicia” (Sal 10,7). Este verso del salmo, de los últimos es el que vino a mi memoria en el momento de iniciar la oración. Era de los últimos versos, cuando he podido volver a ver su contexto, he descubierto que era claramente un contexto veterotestamentario, y a mí el verso repetido en mi oración me abría las puertas a una visión totalmente evangélica de salvación. Así, se me fue descubriendo, porque al preguntarme cómo interpretar que Dios era justo, intuí que habría que repetir lo que dice San Juan en su carta acerca del amor. Dios es amor y hemos conocido el amor no en que nosotros le hayamos amado primero, sino en que Él nos amó. Dios es justo, lo sé porque él me ha mostrado como ser justo, con su actuación a través de su Hijo entregado por mí. Su entrega ha revelado el mayor acto de justicia, el que puede salvar a todos los hombres, porque el ama la justicia. Dios me salva y por lo mismo me declara justo no porque me libra de mis faltas y pecados, sino porque me abre las puertas de un modo nuevo de acercarme a él, que es según Pablo, la fe, pero que encierra toda una vida teologal que encierra la esperanza y la caridad. Vivir teologalmente es la consecuencia de haber descubierto al Dios justo, y conocido que ama la justicia, la salvación para los hombres. Cierto que después leyendo el salmo he podido constatar la evolución del antiguo al nuevo testamento, del Dios que se alcanza sin alcanzar por una justicia humana, y por lo mismo limitada, al Dios que es justo porque me salva. La consecuencia es clara, seré justo y mi conducta de cara a los demás será abrir este camino de la justicia a todos. Si Dios es justo nosotros hemos de serlo. Eso no se puede mostrar sino en mi conducta, que ya no busca la justificación por las obras sino por la entrega amorosa y llena de justicia a los demás.

F. Brändle