El Señor se eleva sobre todos los pueblos

Valle de las Batuecas

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Nadie duda de que los salmos en la tradición bíblica son una fuente de conocimiento para quien los lee y medita, pero son aún más una visión de la realidad que sobrepasa la mera lectura y reflexión, cuando uno los trata de leer como camino abierto a la presencia de Dios. Y así me sucedió que me quedé sorprendido al leer en el salmo 112 (la numeración responde a la litúrgica y ésta a la Vulgata):”El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre los cielos”.

Me parecía intuir que tenía un significado más grande que lo que sería la materialidad de su sentido. Un Dios que parece alejarse de la tierra e incluso del cielo, que no podremos imaginarlo, ni alcanzarlo se me hacía cuesta arriba. Esa sublimidad no me permitía amarlo con todo el corazón, se me hacía lejano, sí, sé que no puede caber en conceptos y formas humanas, pero que Él se eleve y parezca huir de la tierra, no me cabía en la dinámica del amor en la que quería encontrar a Dios.

Hasta que se me vino a mostrar que el Señor se eleva sobre los pueblos, porque ningún pueblo forjado desde la riqueza, el poder, puede tener a Dios como centro, sí el pueblo que Él se prepara, levantando al pobre del polvo, alzándolo de la basura, y creando ese pueblo de príncipes que constituyen la humanidad nueva, donde él se eleva sobre todos los pueblos. La luz ya no es la mera razón que se convierte para muchos en su cielo, sino que está sobre ella, esa gloria, luz divina, que alumbra la nueva humanidad y que brota de Dios, cuya gloria está sobre los cielos.

Fray Francisco Brändle.

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“LAS BATUECAS: tierra mítica y Desierto carmelitano

     

Acaba de aparecer la 2ª edición de Batuecas. Tierra mítica y “Desierto” carmelitano,Burgos. Grupo FONTE – Editorial de Espiritualidde, 2018, 240 pp. Como el lugar ha sido declarado oficialmente como “Parque natural” y la vida eremítica que allí se profesó y los restos del antiguo monasterio carmelitano como “Bien de interés cultural e histórico” por las Cortes de Castilla y León, presento, como autor,la obra para que los lectores conozcan este hermoso paraje natural, un profundo valle rodeado de montañas, frontera entre Castilla y Extremadura y al que se llega desde el típico pueblo serrano de La Alberca (Salamanca). Los bienes naturales y culturales, con reconocimiento oficial o sin él, merecen ser conocidos por todos los ciudadanos. 

            En el libro encontrará el lector las leyendas o mitos surgidos en este apartado y misterioso lugar desde que Lope de Vega situó en él una de sus comedias: Las Bauecas del Duque de Alba. Lope supuso que allí habitaban gentes primitivas, de culturas ancestrales: romanos, celtas, godos, desconocedoras de que fuera del valle existían otras gentes. Mitos y leyendas que fueron desmontados por los críticos de la Ilustración. Aprovechando este montaje escénico, el genio de Lope expone una tesis de filosofía política y religiosa muy interesante.

            Después, se proponen los capítulos de la historia propiamente dicha del monasterio escrita con sentido crítico y bien fundada en documentos del archivo conventual y en la escasa bibliografía existente y, también, con un cierto sentimiento emocional. Comenzó la fundación el año 1599, pero todas las dependencias monásticas se fueron completando poco a poco y la cerca externa de unos 6 km. de extensión concluyó en el siglo XVIII. Después de la “desamortización” del 1836, el “Desierto” pasó de mano en mano hasta que una comunidad de frailes carmelitas descalzos de Castilla renovó la antigua vida eremítica en 1950.

            En el libro se cuenta cómo fueron surgiendo las dependencias monásticas: la iglesia, las ermitas que la rodeaban como acogiéndola en su seno; los lugares comunes para el vivir cotidiano: el comedor, la despensa, la bodega; los talleres para los trabajos artesanales, especialmente la elaboración del corcho que sacaban de los alcornoques; el molino aceitunero, el cultivo de las colmenas; los aperos y las bestias de carga para la labranza de los campos; la biblioteca conventual bien nutrida de libros de ciencias muy variadas; y otras mil historias de los frailes ermitaños.

            Esta es la historia; pero, al entrar en contacto con ella, es posible que al lector le sugiera el deseo de una visita apresurada o, mejor todavía, de permanecer unos días en este paraíso terrenal. Aunque fue en su origen un monasterio de carmelitas descalzos de rigurosa clausura, hoy, por la escasez de vocaciones eremitas, se ha abierto a todas las personas que quieran compartir con la pequeña comunidad residual la vida de soledad, de silencio, de ascesis y la  oración personal y la liturgia de cada día. En el “Apéndice” de la obra, se reseña la restauración de las viejas estructuras arquitectónicas para acoger a huéspedes y los diversos grupos y movimientos que temporalmente acuden para participar en los actos de la comunidad y gozar del silencio y la soledad que les ofrece el lugar.

            Y, en los tiempos libres de los actos comunes, que son muchos, los huéspedes pueden perderse, laderas arriba, en el bosque de pinos, castaños, alcornoques, encinas, robles, abetos, cipreses y matorrales para mejor sentir y vivir la “soledad sonora”, la “música callada” de los ríos y regatos, el canto de las aves, el lento sonar de las campanas a lo lejos, o el viento que se filtra entre los árboles del “bosque y la espesura”, como describe san Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual. Te puedo contar, querido lector, mi propia experiencia: a veces, mientras escribía las páginas del libro y otros textos de espiritualidad en mi celda conventual, viví cercana la tormenta de aguas torrenciales que desbordaban el cauce del río Batuecas con acompañamiento de truenos, relámpagos y rayos cercanos. Pero pronto volvía la calma en el valle que serena el alma y en ese clima fluían las ideas y los sentimientos para ser trasladados al papel.

             Si haces esta o parecidas experiencias, te sentirás aliviado en los cansancios y el trajín de cada día que has traído al monasterio; te olvidarás del trabajo que impone la necesidad de ganarte el pan de cada día; descubrirás que algunas cosas consideradas por ti como “necesarias” son un espejismo fantasmal que ha impuesto la civilización del primer mundo; aprenderás a usarlas con moderación porque son, a tiempos, “innecesarias” y prescindibles. Y cuando vuelvas a la rutina diaria, notarás que has llenado el alma de nuevas energías espirituales.  

            Si eres creyente en un Dios Creador, dedicarás un tiempo a la “contemplación” de tantas bellezas naturales que confirmarán tu fe; gozarás de los momentos de la soledad y el silencio que te ofrece el lugar, de la oración personal y comunitaria compartida, de la sobriedad de una vida sencilla en el comer y el beber; no echarás en falta los inventos modernos que te distraen y roban tu libertad. Posiblemente te asombrarás -si consideras la vida de los antiguos ermitaños- de su vida de oración y de ascesis impuesta en una legislación propia de los “Desiertos” del Carmelo Teresiano. Y, espero, que no dejará de admirar la vida de los frailes batuecos que vivían en las ermitas diseminadas en los montes que rodean al monasterio; y de algunos pocos ermitaños “perpetuos”, encerrados de por vida en aquel apartado lugar.

            Si eres ateo o agnóstico, piensa en un hecho singular: que cientos de frailes abandonaron todo, sacrificaron su presente y su futuro a veces brillante, para seguir una vida de ermitaños; piensa también que la vida monástica es cultura, que ha tejido una historia que merece ser conocida y apreciada. Las órdenes eremíticas buscaron lugares apartados convirtiendo en vergeles lugares inhóspitos; construyeron abadías, iglesias, talleres de artesanía, roturaron los campos, crearon una civilización propia. Los restos arquitectónicos del “Desierto” de Las Batuecas, parcialmente reconstruidos, son un testimonio elocuente.

            Invito al lector a entrar en esta historia escrita para concederse después unos días de retiro mental y espiritual en uno de los parajes más bellos y desconocidos de Castilla la Vieja.

  Daniel de Pablo Maroto 

En la presencia del Dios vivo

Valle de las Batuecas

Un rasgo característico de la espiritualidad carmelitana es la vivencia de la presencia de Dios. Las Sagradas Escrituras presentan el Profeta Elías como el hombre de Dios, que vive en su presencia (Cf. 1Re17,1). Elías se siente enviado por Dios para anunciar el castigo de la sequía, consecuencia de la infidelidad de Israel a la Alianza. En el Monte Horeb, experimentará a Dios de forma nueva, no como un huracán o terremoto o fuego devastador sino como el susurro de una brisa suave (Cf. 1Re19,11-12). La presencia de Dios se capta en el silencio, en lo pequeño, en lo sencillo.

En la vida de Santa Teresa, vemos una progresiva toma de conciencia de la presencia de Dios en su vida espiritual hasta llegar a la experiencia de la inhabitación trinitaria. Abundan los textos teresianos que narran el desarrollo de su experiencia. Ya en la cumbre de su vida mística escribe: “Parecióme se me representó como cuando en una esponja se incorpora y embebe el agua. Así me parecía mi alma que se henchía de aquella divinidad y por cierta manera gozaba en sí y tenía las tres Personas” (CC 15).   

            La misma dimensión trinitaria encontramos en la espiritualidad de Santa Isabel de la Trinidad. Si somos templos de Dios y la Trinidad habita en nosotros, entonces, en este profundo centro, debemos estar y ahí contemplar el amor trinitario y ser envueltos por ello. Su vocación será ser una alabanza de gloria al Dios Uno y Trino presente en el centro del alma.

En San Juan de la Cruz, la presencia de Dios es el anhelo más profundo de la persona que se encuentra herida de amor por Él. Esta herida de amor se cura sólo con la presencia del Amado. El Amado está dentro del alma, en su centro, en las entrañas. Cuando uno descubre esta presencia en lo más hondo de su ser entonces goza de gran paz y alegría.

La espiritualidad de la presencia de Dios nos ayuda a llenar nuestra vida de paz y atención amorosa al Amado.

Fray Emmanuel María

La búsqueda de Dios en el corazón del hombre

Ser consciente de las propias debilidades no ha de frenar nuestra búsqueda de Dios. Si de una parte encontramos en nuestros santos el anhelo por las alturas, por lo más hondo, de otra, no les falta la consciencia de su debilidad e impotencia. Es en la conjunción de estas dos verdades existenciales (nuestra finitud y nuestro deseo de eternidad) que se devela una realidad que nos transciende. ¡Es Dios que nos santifica con su gracia! Él viene al encuentro de todos aquellos que le buscan con corazón sincero. La certeza de que es Dios quien eleva el alma, San Juan de la Cruz lo ha dejado recogido en sus versos de la oración de alma enamorada: “¿Quién se podrá librar de los modos y términos bajos si no le levantas tú a ti en pureza de amor, Dios mío? ¿Cómo se levantará a ti el hombre engendrado y criado en bajezas, si no le levantas tú, Señor, con la mano que le hiciste? ”.

Del mismo modo, Teresita fundamenta su camino en esta certeza interior. Llamará esta experiencia de fe de ascensor divino. Escribe: “El ascensor, que ha de elevarme hasta el cielo, son tus brazos, ¡oh, Jesús!”. Y añade las consecuencias de este principio en la vida cotidiana: “por eso no tengo necesidad de crecer; al contrario, debo seguir siendo pequeña, serlo cada vez más” (MC 271). La imagen que las palabras de Teresita evocan es bella: un niño, débil, pequeño, totalmente incapaz de llegar donde quiere, pero como tiene el afecto de su padre, vuelve a él su mirada. Entonces, el padre, compadecido de su frágil criatura se abaja, lo toma en sus brazos y lo eleva hasta su corazón.

San Juan de la Cruz profundizó mejor las características de esta búsqueda. Es la búsqueda de alguien que se ve herido de amor. Solamente con esta “inflamación de amor”, el alma se pone a camino. El amor es el combustible, sin ello no hay disposición para emprender esta jornada.  La noche oscura por la cual pasará el alma le servirá para purificar su forma de amar. Cuanto más libre sea una persona, más podrá amar a Dios en plenitud.

La santidad en el Carmelo es esta búsqueda de experimentar y corresponder al amor de Dios. Búsqueda que pone a la persona en camino, un verdadero éxodo, pues tiene que salir de sus gustos personales y acoger la voluntad de Dios como algo suyo. En ese camino se encontrará con sus limitaciones y su pequeñez. Pero, esto no le impedirá seguir su senda, basta que confíe en Dios y ponga en él la certeza de éxito en su tarea. Dios es la fuente de santidad y es Él que nos santifica.

Fray Emmanuel María

Los muchos caminos en este camino del Espíritu

Es algo genial que Santa Teresa, gran maestra de la vida interior, al escribir sobre los caminos del espíritu afirma: “No es mi intención ni pensamiento que será tan acertado lo que yo dijere aquí, que se tenga por regla infalible, que sería desatino en cosas tan dificultosas. Como hay muchos caminos en este camino del espíritu, podrá ser acierte a decir de alguno de ellos algún punto” (F 5,1). Es una palabra de humildad, pero de gran sabiduría también. Ella no toma su experiencia como absoluta, sabe que está delante de algo que nuestros conceptos y consideraciones no pueden abarcar. Su palabra es mucho más un testimonio que una teoría sobre la relación entre Dios y el hombre.

            Con este principio básico pone de relieve un dato muy importante para quien desea recorrer un auténtico camino espiritual: “hay muchos caminos en este camino del espíritu”. Esto es muy nítido cuando miramos a los santos del Carmelo. Aunque se perciba algunos elementos comunes, el proceso de santidad ha llevado a nuestros santos por sendas diversas. La santidad es un proceso personal, que se construye en la relación con Dios y con el prójimo. Proceso evoca camino, un camino que ha de ser trillado. No está hecho, ¡hay muchasformas de hacerlo! En esto está la riqueza y la belleza de la vida espiritual.  

            Nuestro padre Juan de la Cruz en su dibujo del Monte ha puesto en la cumbre: “Ya por aquí no hay camino porque para el justo no hay ley; él para sí es ley”. Quiere decir que el camino de santidad no es dado de fuera. No es por medio de la imitación de algunos actos o prácticas, aunque meritorias, que llegaremos a la santidad, sino por la relación con Dios que va alumbrando nuestros pasos con su Palabra e indicando su voluntad para nuestra vida. El santo no se mueve por sus gustos personales, ni procura satisfacer el deseo delos demás, sino que se deja guiar por esta luzy guía que arde en el corazón, que es la voz del esposo Cristo. 

            El silencio del corazón te permitirá intuir los senderos que Dios ha elegido para ti. No tengas miedo de trillar por nuevos caminos, si es el Espíritu quien te conduce. ¡Déjate conducir por Dios!

Fray Emmanuel María

Cuándo fallan los cimientos, ¿qué podrá hacerel justo?

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

Hoy me he preguntado con el salmista: “Cuándo fallan loscimientos, ¿qué podrá hacer el justo?” (Sal 10). No buscaba una respuesta rápida,sino abrirme a todo lo que ello significa, como interpelación de una vida en laque nos parece tener muy firmes cimientos. No quise tampoco convertirlo en unafuente de hipótesis para quedarme con aquello que más me convenciera.

Me quise poner en esa confianza que va más allá de unoscimientos firmes, puestos por mí con una conducta ordenada, con unas ideas claras,con una religiosidad a mi alcance. Entendí sin poder decir cómo, que no era algolo que tenía que hacer, sino dejar que algo se hiciera en mí, dejar que mealcanzara ese morir a mis seguridades para abrirme a una confianza que nace de Dios, y se extiende a toda la humanidad y a toda la creación.

No tenía una respuesta nacida de mi consideración y raciocinio, la respuesta me vino de la vida misma, he de vivir convencido de que los cimientos pueden fallar si son los que yo pongo, serán firmes si brotan de esa confianza fontal en el sentido de la vida.

P. Francisco Brändle

¡Señor, haz que vea!

¡Señor, haz que vea! (Mc 10,51). Como me parece apropiada para un contemplativo esta plegaria, confieso que estas sencillas palabras expresan un anhelo profundo de todo mi ser. Ya hace algún tiempo que he comprendido que la gran obra que Dios desea hacer en mí es sanar mi ceguera espiritual que no me permite “ver”, o mejor, “contemplar” la realidad con la misma mirada que Él. Sí, en esto consiste la ceguera espiritual: quedarse en un modo torpe y limitado de visión. 

Jesús rechazó la postura del apóstol Pedro por causa de esta visión miope de la realidad “¡Apártate de mí, Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres” (Mt 16,23). Pueden parecer palabras duras, pero nuestra visión de la realidad es determinante para nuestro ser y hacer. Ella puede ser un obstáculo para no adherirnos al proyecto de salvación que Dios ha trazado para nosotros.

            La ceguera espiritual consiste también en quedarse en las apariencias, que generalmente, son fuente de muchos equívocos. La sanación de la ceguera permite mirar a cada persona humana y percibir la bondad y la belleza que la envuelve. En verdad, una persona plenamente sana adquiere la gracia de contemplar a Dios en cada ser humano y en cada cosa creada. Es una mirada que escruta el corazón y llega a la esencia de cada ser, donde Dios habita y, desde allí, emana su amor y bondad a todas las criaturas.

Muchas veces, ni la propia persona reconoce su propia dignidad y belleza. Es muy común encontrar personas que desconocen totalmente el mundo interior que hay en ellas. Y por eso, acaban viviendo de forma baja, siendo esclavos de sus propios instintos, sin tomar conocimiento del gran tesoro que llevan dentro de sí mismos. Quizá, la misión del contemplativo sea ayudar a cada ser humano a descubrir su belleza interior.  Pero, para que él mismo permanezca lúcido y no turbe su visión con la vanidad debe seguir implorando a Aquél que es la fuente de todas las gracias, ¡Señor, haz que vea!

Fray Emmanuel María