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LOS SANTOS AYUNOS



Guardad ayuno todos los días, menos los domingos, desde la fiesta de la exaltación de la Santa CRuz hasta el día de la Resurrección del Señor, a no ser que la enfermedad o debilidad física u otra causa razonable aconseje su dispensa, pues la necesidad no está sujeta a ley (Regla 14)

Con la fiesta de la exaltación de la santa Cruz comienzan en el santo Desierto los santos ayunos. Es la gran cuaresma monástica que va desde este día hasta la celebración de la Pascua. Es un tiempo de mayor recogimiento, porque la oración exige la purificación profunda del corazón y del alma, para que la unión con Dios no se ponga en algún “gusto o sentimiento sensible”, ni en suavidad espiritual, sino en pureza de fe (Cf. Noche 1, 5-6)

El ermitaño recuerda de forma especial en este tiempo que “no solo de pan vive el hombre”, y que en su camino hacia Dios ha de reconocer su debilidad y su dependencia total de Aquel que lo llama a una íntima comunión de amor. Para tal empresa de vida espiritual nos prepara la ascesis teresiana que es toda evangélica, impregnada de amor y alegría espiritual. Sí, alegría, porque no se crean que el ermitaño vive este tiempo con tristeza o pesadumbre. Más al contrario, es un tiempo en que su corazón permanece en vela, en tensión hacia Dios; y al mismo tiempo puede ayudar con su austeridad a las necesidades de sus hermanos los hombres que padecen necesidad.

Pero el ayuno no sólo consiste en comer menos, en sentir la necesidad del alimento, sino que el ayuno también es romper todo yugo, en compartir el pan con el hambriento, en acoger en el monasterio a los pobres sin hogar, cubrir al prójimo cuando lo ves desnudo y en no esconderse de quien de tu propia carne.

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Siéntate solitario y silencioso (Lm 3)

Cuan bien engañados andan los que hacen poco caso de estas cosas exteriores, de la molestia y silencio, diciendo que no está en eso la perfección, sino en lo interior del corazón y en las verdaderas y sólidas virtudes. Lipómano trae un ejemplo muy bueno a este propósito, sacado del Prado Espiritual. Cuéntase allí que uno de aquellos padres viejos que moraban en el desierto de Sitia fue un día a la ciudad de Alejandría a vender cestillas que había hecho, y vio allí otro monje mancebo que había entrado en un bodegón, lo cual sintió el viejo mucho y acordó esperar que saliera para decirle su parecer, y en saliendo, llámale aparte, y dícele: “Hermano mío, ¿no veis que sois mozo y que son muchos los lazos de nuestro enemigo? ¿No sabéis el daño que recibe el monje en andar por las ciudades, por las figuras y representaciones que le entran por los ojos y por los oídos? Pues, ¿cómo os atrevéis a entrar por los bodegones, donde hay tantas malas compañías de hombres y mujeres, y donde por fuerza habéis de ver cosas malas y oír lo que no queréis? No, por amor de Dios, hijo mío, huid al desierto, a donde, con la ayuda de Dios, estaréis a salvo y seguro”.

Respondió el mancebo: “Andad, padre, que no está en eso la perfección, sino en la limpieza del corazón: tenga yo limpio el corazón, que eso es lo que quiere Dios”. Entonces levantó el viejo las manos al Cielo, diciendo: “¡Bendito y alabado seáis Vos, Señor, que 55 años ha que estoy en este desierto de Scitia, con todo el recogimiento que he podido, y aún no tengo el corazón limpio, y éste, tratando y conversando en las tabernas y bodegones, ha alcanzado limpieza de corazón!”. Yo os confieso que la perfección esencial está en la limpieza y puridad del corazón y en la caridad y amor de Dios, y no en estas cosas exteriores; pero no tendréis y alcanzaréis esa perfección si no tenéis mucha cuenta con la guarda de vuestros sentidos y con la modestia exterior.

(Tomado del libro Ejercicio de Perfección del P. Rodríguez)

Diversidad de metáforas monacales (y III)

(El autor de este trabajo es Juan Yennis, carmelita de alma. Vive en San Antonio, Texas. Su inquietud por la espiritualidad del Carmelo y por el tema del Desierto carmelitano le han llevado a reflexionar sobre estos temas)

Diversidad de metáforas monacales (y III)

III. La metáfora del Desierto Carmelitano

El pequeño espacio institucional que dentro del Carmelo está constituido por la tradición de los desiertos de frailes, como el de Batuecas, congenia mejor con el mundo metafórico del San Juan de la Cruz ascético de la Noche que con el del extático de la Llama. Sin embargo, me consta que el tenor de esta espiritualidad de la noche allí no es ni sombrío ni demasiado insistente sobre su propio peso ascético. Seguir leyendo ‘Diversidad de metáforas monacales (y III)’

INSTRUCCIÓN para los Desiertos de la Orden de los Carmelitas Descalzos: DECRETO – Capítulo 1 (II)

CAPÍTULO 1: EL DESIERTO EN LA TRADICIÓN DE LA FAMILIA TERESIANA (II)

3. Principales elementos de la vida del Desierto

La vida del desierto carmelitano está caracterizada por varios elementos que se revisten de matices propios, surgidos del estilo de vida peculiar de estas casas. Podemos indicar así tales elementos.

a) La oración, que capacita para recibir el don de la con¬templación. El camino de la oración perseverante en el Desierto subraya y encarna existencialmente el concepto teresiano, según el cual orar es “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (13).

b) La lectura sagrada. La profundización contemplativa del misterio de Dios y de la historia de la salvación se nutre de la lectura y de la reflexión. Por eso es necesario procurar personal y comunitariamente el conocimiento de la Sagrada

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Textos monásticos de todos los tiempos: El combate espiritual idealizado

Los monjes de todos lo tiempos se han adentrado en la experiencia común del Misterio divino. Aun perteneciendo a distintas tradiciones religiosas, tienen muchas cosas que les asemejan. La totalidad de su entrega, el descubrir que sólo hay una cosa necesaria: Dios, y la pedagogía que les dispone a la experiencia sagrada, constituyen un universo familiar para todos ellos.

A partir de ahora os iremos presentando diversos textos de esta rica tradición monástica milenaria, no tanto para leerlos y olvidarlos, sino para rumiarlos en la soledad, pues de ella surgieron.

EL COMBATE ESPIRITUAL IDEALIZADO

Contemplemos… aquellos ejércitos espirituales… No acampan entre lanzas, como nuestros soldados…, ni armados de escudos y corazas. No. Desnudos los veréis de todo eso, y, sin embargo, llevando a cabo hazañas como no son capaces de cumplir los soldados imperiales con sus armas. Y si eres capaz de comprenderlos, ven, dame la mano y vamos los dos a esta guerra y veamos el orden de combate. Porque, sí, también éstos hacen diariamente la guerra, y pasan a cuchillo a sus contrarios, y vencen a todas las concupiscencias que a nosotros nos asedian. Allí las contemplarás derribadas por tierra, sin poder ni respirar. Allí se ve puesta por obra aquella sentencia del apóstol que dice: “Los que son de Cristo han crucificado su carne con todas sus pasiones y concupiscencias”.

¡Mira qué muchedumbre de cadáveres tendidos, atravesados por la espada del Espíritu!… ¡Mirad cuan espléndida victoria! El trofeo que todos los ejércitos de la tierra reunidos no son capaces de levantar, aquí lo levanta cada uno de los monjes, y derribado está ante ellos cuanto significa desvarío y locura, las palabras descompuestas, los vicios locos y molestos, el orgullo y cuanto de la embriaguez toma sus almas.

San Juan Crisóstomo, In Matth, hom. 70, 3-4

Textos monásticos de todos los tiempos: La renuncia permanente

Los monjes de todos lo tiempos se han adentrado en la experiencia común del Misterio divino. Aun perteneciendo a distintas tradiciones religiosas, tienen muchas cosas que les asemejan. La totalidad de su entrega, el descubrir que sólo hay una cosa necesaria: Dios, y la pedagogía que les dispone a la experiencia sagrada, constituyen un universo familiar para todos ellos.

A partir de ahora os iremos presentando diversos textos de esta rica tradición monástica milenaria, no tanto para leerlos y olvidarlos, sino para rumiarlos en la soledad, pues de ella surgieron.

LA RENUNCIA PERMANENTE

Podríamos situar nuestras celdas a orillas del Nilo, para tener el agua junto a nuestra puerta. Nos ahorraríamos así la fatiga de tener que transportarla sobre nuestros hombros a lo largo de cuatro millas. Ni se nos ocultan tampoco que en nuestro país existen lugares amenos donde la abundancia de los frutos, la belleza y feracidad de los huertos, nos proporcionarían, con el mínimo esfuerzo, lo necesario para nuestro sustento… Pero hemos despreciado y estimado en nada estas comodidades con todos los placeres del mundo y puesto nuestra afición en la aridez de este desierto. Preferimos a todos los deleites la pavorosa desnudez de esta soledad. Pues no vamos tras el lucro pasajero de este mundo, sino en pos de lo único que es eterno: los bienes del espíritu. Porque es bien poca cosa para el monje haber renunciado una vez, es decir, haber despreciado los bienes caducos en el principio de su conversión, si no sigue renunciando a ellos todos los días.

Casiano, Conlationes 24,2.

Poética (y también antipoética) del desierto I

(El autor de este trabajo es Juan Yennis, carmelita de alma. Vive en San Antonio, Texas. Su inquietud por la espiritualidad del Carmelo y por el tema del Desierto carmelitano le han llevado a reflexionar sobre estos temas)

Cuando hablo de cosas importantes con amigos, a veces sale a relucir el desierto carmelitano San José de Batuecas. “¿Desierto?” –me preguntan. Entonces aclaro que no lo es como el Sahara. Al contrario, éste está en un valle muy verde, lleno de vegetación y vida, con un lindo río. Les digo lo que me contó el P. Ramón, que hace siglos los comarcanos de la región aseguraban que en el valle había seres extraños, duendes y trasgos. En fin, seres de musgo y liquen más que de dunas. Se fueron al llegar los santos ermitaños. Además, el río se bifurca en dos brazos, que rodean los edificios, de modo que dondequiera que estés, si afinas el oído, puedes oír su “música callada.” Ahí están las fotos para demostrarlo.

Desde luego, con medio planeta de por medio y varios años desde que estuve allí, mi visión del lugar va perdiendo objetividad. Están las lagunas de la memoria, que va borrando rasgos concretos y quizás también se suman otros adicionales que va añadiendo el entusiasmo. También se entrecruzan los recuerdos y lo que le he oído o leído a otros, como el P. Ramón y Óscar Castro.
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