Reflexiones

Virgen de la Contemplación

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Hace ya algunos meses que direcciono mis pensamientos, en el inicio del día, para Nuestra Señora. Las paredes de nuestras ermitas, despojadas de todas las cosas exquisitas que podrían distraernos de lo esencial, se enriquecen con un sencillo icono de la Virgen de la Contemplación, obra de la Escuela de las Carmelitas Descalzas de Harissa (Líbano). Entre el sueño y el despertar, cuando aún la mente no ha recobrado toda su claridad, ya pongo el itinerario del nuevo día en el seno materno de la Virgen María.

Con el correr de los días la oración fue tomando forma y por hora lo he sintetizado en una pequeña frase: “O María acógeme en tu seno virginal y engéndrame para la vida eterna”. ¿Qué lugar más seguro para un niño sino el seno de su madre que le ama? Así, cada mañana escojo pasar el día en las entrañas maternas de Nuestra Señora. Hago como un niño indefenso, que delante del peligro y de las limitaciones recurre a un lugar seguro. En las horas de las tentaciones, cuando escoger el camino propuesto por Dios no me resulta agradable y tantas otras vías se hacen mucho más atractivas, entonces, como un niño, vuelvo a un lugar seguro, las entrañas de Virgen María y allí retomo mi opción existencial.

            Otro elemento que me encanta en este icono son los brazos extendidos. Es la imagen de la Iglesia orante, en súplica o en alabanza. ¡Quien me diera pasar el día en esta actitud orante! Sus brazos abiertos indican también la completa disponibilidad a la voluntad de Dios. Entrega total al proyecto amoroso del Padre para la salvación de la humanidad. Sin resistencias, sin condiciones, sin miedos…

            Hay muchos otros elementos de este icono que todavía no he penetrado o mejor, que no han penetrado en mí. Por eso, no hablo de ellos, yo los conozco, pero aún son extraños a mi vida. Creo que también esto he aprendido de María: hablar de lo que se busca vivir.

Fray Emmanuel María

 

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Reflexiones

Dios se paseaba por el jardín

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Entre las actividades más placenteras que podemos hacer en este Desierto de San José de las Batuecas, es dar un sencillo paseo por el valle. Un paseo con pasos lentos, mirar atento, escucha silenciosa… No como un paseo turístico, donde se quiere aprisionar la belleza de la creación en una imagen. Los aparatos, siempre más sofisticados, no consiguen retener la diversidad de datos captados por nuestros ojos y cuando se aproximan de ello, no pueden comunicarnos la sensación única que el conjunto de los elementos nos ofrece. ¡La experiencia de la belleza continúa siendo única e incomunicable!

El libro de Génesis dice que “Dios se paseaba por el jardín” y que nuestros padres “oyeron el ruido de sus pasos” (Gn 3,8). Como se ve, también a Dios le gusta dar un paseo. Tengo muchos elementos para sospechar que uno de sus lugares preferidos es este valle de las Batuecas. La verdad es que aún no he perdido la esperanza de coincidirnos en lo mismo horario del paseo. Pero, siempre escucho el ruido de “sus pasos” y algunas veces me parece haber visto sus “espaldas”, como prometió a Moisés (Ex 33,23).

¡Qué encantadora es la pedagogía de Dios! Él se acerca a nosotros, nos permite escuchar el ruido de sus pasos, percibir sus huellas, sentir el suave olor de su presencia, llegar a ver sus espaldas, pero permanece misterio inviolable, que ejerce sobre nosotros profunda fascinación. Unas veces es la “suma cercanía” en la plena “transcendencia” y otras, la “suma transcendencia” en la más íntima cercanía.

Por eso, continuaré mis paseos por los senderos de la vida, buscando estar atento a sus “huellas”, sin perder la esperanza de un día con Él pasear por las moradas eternas.

 

Fray Emmanuel María

Espiritualidad, Reflexiones

Él árbol de la vida

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Mis pasos eran vacilantes, no conocía aquel camino, pero algo me llevaba allí, buscaba un conocimiento más allá de los libros y de toda la erudición monótona. Entonces me acerqué a un gran árbol que se destacaba de todos los otros que había en aquel bosque, sobre todo, por su altura y su hermosura. Con mi cayado golpeé dos veces para llamarle la atención. Viendo que se inclinaba un poco para escucharme, consideré oportuno hacerle un pedido: – ¡Enséñame tus secretos!  En el silencio que siguió entendí muchas cosas…

Entendí que él había llegado allí como una semilla traída por un pájaro, que aún pequeño pensaba que sería devorado por las cabras o pisado por los transeúntes; también habló de las temporadas de intensa lluvia y de aridez, de las dificultades de sobrevivir en estas situaciones adversas. No menos perturbadores habían sido los vientos y hasta el mismo fuego que llegó muy cerca de donde estaba. Todo había sido una lección, todo había le había ayudado a crecer y a enamorarse de la vida. Claro, no todo había sido desdichas; tenía el corazón alegre al indicar muchos otros árboles que habían nacidos de las semillas que él había producido. Sabía de su belleza y del servicio que sus sombras prestaban a los peregrinos que, como yo, por aquél camino pasaban.

Aquel árbol me ha enseñado que es bello hacer la lectura de la vida ya en la madurez de la existencia. Él me enseñó que no se llega a la estatura deseada sino después de un largo proceso de maduración. Aprendí de él que las dificultades nos ayudan a crecer y nos permiten desarrollar muchas capacidades que están adormecidas en nosotros. Me ha enseñado también que las temporadas difíciles no son eternas ¡todo pasa! lo que se queda son apenas semillas llevadas por el viento cuyo destino es incierto y desconocido a nuestros ojos; pero nada ocurre fuera del plan misterioso del Creador.

Tal vez, el más hermoso secreto de aquel árbol es reconocer que su existencia depende de otros seres, – de otras vidas -, con las cuales se ve unido por un lazo misterioso. Quizá tuviéramos que pensar nuestra existencia de esta manera, como una parte, de una inmensa vida, cuyo soplo vital fue infundido por el mismo Creador.

 

Fray Emmanuel María