¡Señor, haz que vea!

¡Señor, haz que vea! (Mc 10,51). Como me parece apropiada para un contemplativo esta plegaria, confieso que estas sencillas palabras expresan un anhelo profundo de todo mi ser. Ya hace algún tiempo que he comprendido que la gran obra que Dios desea hacer en mí es sanar mi ceguera espiritual que no me permite “ver”, o mejor, “contemplar” la realidad con la misma mirada que Él. Sí, en esto consiste la ceguera espiritual: quedarse en un modo torpe y limitado de visión. 

Jesús rechazó la postura del apóstol Pedro por causa de esta visión miope de la realidad “¡Apártate de mí, Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres” (Mt 16,23). Pueden parecer palabras duras, pero nuestra visión de la realidad es determinante para nuestro ser y hacer. Ella puede ser un obstáculo para no adherirnos al proyecto de salvación que Dios ha trazado para nosotros.

            La ceguera espiritual consiste también en quedarse en las apariencias, que generalmente, son fuente de muchos equívocos. La sanación de la ceguera permite mirar a cada persona humana y percibir la bondad y la belleza que la envuelve. En verdad, una persona plenamente sana adquiere la gracia de contemplar a Dios en cada ser humano y en cada cosa creada. Es una mirada que escruta el corazón y llega a la esencia de cada ser, donde Dios habita y, desde allí, emana su amor y bondad a todas las criaturas.

Muchas veces, ni la propia persona reconoce su propia dignidad y belleza. Es muy común encontrar personas que desconocen totalmente el mundo interior que hay en ellas. Y por eso, acaban viviendo de forma baja, siendo esclavos de sus propios instintos, sin tomar conocimiento del gran tesoro que llevan dentro de sí mismos. Quizá, la misión del contemplativo sea ayudar a cada ser humano a descubrir su belleza interior.  Pero, para que él mismo permanezca lúcido y no turbe su visión con la vanidad debe seguir implorando a Aquél que es la fuente de todas las gracias, ¡Señor, haz que vea!

Fray Emmanuel María 

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Virgen de la Contemplación

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Hace ya algunos meses que direcciono mis pensamientos, en el inicio del día, para Nuestra Señora. Las paredes de nuestras ermitas, despojadas de todas las cosas exquisitas que podrían distraernos de lo esencial, se enriquecen con un sencillo icono de la Virgen de la Contemplación, obra de la Escuela de las Carmelitas Descalzas de Harissa (Líbano). Entre el sueño y el despertar, cuando aún la mente no ha recobrado toda su claridad, ya pongo el itinerario del nuevo día en el seno materno de la Virgen María.

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Dios se paseaba por el jardín

Dios es cercania y transcendencia al mismo tiempo

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Entre las actividades más placenteras que podemos hacer en este Desierto de San José de las Batuecas, es dar un sencillo paseo por el valle. Un paseo con pasos lentos, mirar atento, escucha silenciosa… No como un paseo turístico, donde se quiere aprisionar la belleza de la creación en una imagen. Los aparatos, siempre más sofisticados, no consiguen retener la diversidad de datos captados por nuestros ojos y cuando se aproximan de ello, no pueden comunicarnos la sensación única que el conjunto de los elementos nos ofrece. ¡La experiencia de la belleza continúa siendo única e incomunicable!

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Él árbol de la vida

Reflexión sobre la vida y sus enseñanzas

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Mis pasos eran vacilantes, no conocía aquel camino, pero algo me llevaba allí, buscaba un conocimiento más allá de los libros y de toda la erudición monótona. Entonces me acerqué a un gran árbol que se destacaba de todos los otros que había en aquel bosque, sobre todo, por su altura y su hermosura. Con mi cayado golpeé dos veces para llamarle la atención. Viendo que se inclinaba un poco para escucharme, consideré oportuno hacerle un pedido: – ¡Enséñame tus secretos!  En el silencio que siguió entendí muchas cosas…

Entendí que él había llegado allí como una semilla traída por un pájaro, que aún pequeño pensaba que sería devorado por las cabras o pisado por los transeúntes; también habló de las temporadas de intensa lluvia y de aridez, de las dificultades de sobrevivir en estas situaciones adversas. No menos perturbadores habían sido los vientos y hasta el mismo fuego que llegó muy cerca de donde estaba. Todo había sido una lección, todo había le había ayudado a crecer y a enamorarse de la vida. Claro, no todo había sido desdichas; tenía el corazón alegre al indicar muchos otros árboles que habían nacidos de las semillas que él había producido. Sabía de su belleza y del servicio que sus sombras prestaban a los peregrinos que, como yo, por aquél camino pasaban.

Aquel árbol me ha enseñado que es bello hacer la lectura de la vida ya en la madurez de la existencia. Él me enseñó que no se llega a la estatura deseada sino después de un largo proceso de maduración. Aprendí de él que las dificultades nos ayudan a crecer y nos permiten desarrollar muchas capacidades que están adormecidas en nosotros. Me ha enseñado también que las temporadas difíciles no son eternas ¡todo pasa! lo que se queda son apenas semillas llevadas por el viento cuyo destino es incierto y desconocido a nuestros ojos; pero nada ocurre fuera del plan misterioso del Creador.

Tal vez, el más hermoso secreto de aquel árbol es reconocer que su existencia depende de otros seres, – de otras vidas -, con las cuales se ve unido por un lazo misterioso. Quizá tuviéramos que pensar nuestra existencia de esta manera, como una parte, de una inmensa vida, cuyo soplo vital fue infundido por el mismo Creador.

 

Fray Emmanuel María