Eres príncipe desde el día de tu nacimiento

Cena en Emmaus 39 x 42 cm, c. 1628 Rembrandt

A lo largo de esta octava de Pascua, cada tarde, en el rezo de Vísperas se recitan estas palabras del salmo 109: “Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados, yo mismo te engendré como rocío antes de la aurora” ¿Dónde encontrar esos esplendores sagrados, que no dependen de los rayos de la aurora? ¿qué luz es esa que engendra la Vida? Todo parece remitir a un nacimiento nuevo, el nacimiento de la Vida que supera la muerte. El renacer del Resucitado. Mi oración seguía envuelta en el misterio de esos resplandores sagrados que me hablaban de una luz nueva. Las fiestas gozosas de Pascua de Resurrección nos dan testimonio de esta Luz de la Vida en la que ser alcanzados por Dios. Con San Juan de la Cruz entendí que esa Luz de la que salen esos resplandores sagrados en los que descubrimos al Resucitado, al nacido a la Vida, es la que arde en el corazón. Por ella somos guiados en la noche de nuestra vida que se hace noche pascual. El fuego del amor se hace resplandor sagrado en el que Dios hace nuevas todas las cosas que por amor fueron creadas y por amor transformadas para alcanzar la plenitud de su ser en Dios. Con la Resurrección podemos hablar de aquel nacimiento que coloca a Cristo como príncipe, cabeza de la nueva creación, que surge en medio de la noche, como rocío, antes de la aurora.

F. Brändle

Beber del Torrente

En el rezo de vísperas cada domingo en la tarde me llena de gozo poder vivir esa entrañable experiencia que cada judío buscaba vivir al contemplar a su rey recitando el salmo 109 (vv. 1-5, 7). Como creyente el Cristo esas palabras del salmo las vivo en mi oración contemplándolas en Cristo. Todas me abren horizontes de comprensión que van más allá de lo que puedo imaginar al leerlo. La victoria sobre los enemigos, el estar sentado a la derecha del Padre, el haber sido engendrado antes de la aurora…. Hoy me quiero detener en el último de los versículos que se leen: “en su camino beberá del torrente, por eso levantará la cabeza”. Su camino no es otro que el que vive como verdadero hombre, su camino ha querido hacerse en el tiempo y en el espacio para que yo también aprenda a beber del torrente, para que en mis búsquedas para encontrar la fuente que mana y corre,  para llegar a encontrar lo que me haga verdaderamente humano, no dude, pues será bebiendo del torrente de vida y sepa que es el que se me ofrece al abrirme a Dios, a su Misterio. El resultado no se hará esperar, es una consecuencia inmediata, “por eso levantará la cabeza”. El sentirme abatido, sinsentido, nunca tan humillado y abajado, como lo fue Jesús en la cruz, y sin embargo, levantó la cabeza, resucitó. Con mi fe en la resurrección afirmo que todo camino humano que se hace bebiendo del torrente, de la fuente que mana y corre, acaba en vida y resurrección.

F. Brändle