Dios mío, confío en tí

Cada domingo en la noche, cuando rezamos el Salmo 90, repito siempre con fuerza,  obedeciendo al salmista: “Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en tí”, Para escuchar después con devoción todos los beneficios que se derivan de este grito de confianza, entre ellos está: no temerás la peste que se desliza en las tinieblas, recordándome estos momentos que vivimos amenazados por el coronavirus.

Heinrich Hoffan, 1893 grabado

            Más allá de lo que significa el verse libre de este peligroso virus, pues me siento solidarizado con todos los que lo padecen, lo que sí me ha traído esta situación es descubrir que todas estas amenazas están por debajo, que se deslizan en la tiniebla, pero que el Señor está velando sobre todos los “pueblos”, porque esta por encima de todos ellos (Sal 112). Esta tarde orando con este salmo, podía descubrir que su luz ilumina ahora con fuerza sobre todo, pues los cielos, su morada, están en lo más alto de las miras de los hombres, que han vuelto a renacer en estos momentos de crisis. Sí, su gloria sobre los cielos, su luz sobre esta Humanidad amenazada, que vuelve a descubrir que sólo en la solidaridad y la comunión se encuentran los caminos de salvación.

En nuestro monasterio, siguiendo las indicaciones recibidas de las autoridades no recibiremos huéspedes, pero nuestro corazón estará cerca de todos aquellos que por esta causa no han podido estar con nosotros, pero también de todos los enfermos, de todos los que les cuidan, y de todos los que por esta razón, al igual que nosotros, permanecemos en nuestra casas. Aunque hemos de reconocer que en este sentido somos privilegiados, nuestra casa es un espacio lleno de luz y vida, al tiempo que de paz y silencio. Desde aquí  os recordamos.

F. Brändle

El Señor se eleva sobre todos los pueblos

Valle de las Batuecas

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Nadie duda de que los salmos en la tradición bíblica son una fuente de conocimiento para quien los lee y medita, pero son aún más una visión de la realidad que sobrepasa la mera lectura y reflexión, cuando uno los trata de leer como camino abierto a la presencia de Dios. Y así me sucedió que me quedé sorprendido al leer en el salmo 112 (la numeración responde a la litúrgica y ésta a la Vulgata):”El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre los cielos”.

Me parecía intuir que tenía un significado más grande que lo que sería la materialidad de su sentido. Un Dios que parece alejarse de la tierra e incluso del cielo, que no podremos imaginarlo, ni alcanzarlo se me hacía cuesta arriba. Esa sublimidad no me permitía amarlo con todo el corazón, se me hacía lejano, sí, sé que no puede caber en conceptos y formas humanas, pero que Él se eleve y parezca huir de la tierra, no me cabía en la dinámica del amor en la que quería encontrar a Dios.

Hasta que se me vino a mostrar que el Señor se eleva sobre los pueblos, porque ningún pueblo forjado desde la riqueza, el poder, puede tener a Dios como centro, sí el pueblo que Él se prepara, levantando al pobre del polvo, alzándolo de la basura, y creando ese pueblo de príncipes que constituyen la humanidad nueva, donde él se eleva sobre todos los pueblos. La luz ya no es la mera razón que se convierte para muchos en su cielo, sino que está sobre ella, esa gloria, luz divina, que alumbra la nueva humanidad y que brota de Dios, cuya gloria está sobre los cielos.

Fray Francisco Brändle.