Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares

Las Espigadoras, Millet, 1857 Museo de Orsay

“Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares” (Sal 125). Una afirmación tan sencilla encierra una hermosa enseñanza. La experiencia no es la relativa a una vez, sino a los ciclos que se van sucediendo año tras año. Así se me fue clarificando el contenido de este versículo. Es fácil, pensar que un momento de prueba acabará, pero cuando la prueba nos envuelve, se nos hace definitiva y última. Nos vemos abocados a esperar más allá de nuestros cálculos. Y sucede que la prueba se pasa. La alegría de la cosecha la volvemos a vivir como algo que ya no se acabará, pues la vivimos después de haber pasado la prueba. Lo cierto es que se vuelven a suceder momentos de lágrimas y dolor. Y así en ese cíclico devenir nos sorprende la vida. Llegamos a admitirlo, pero lo que es más difícil llegar a descubrir es que no son ciclos eternos de vida que no cambia ni se transforma. Lo que realmente sucede es que cada período de siembra va madurando nuestra cosecha, para hacerla más auténtica. Que la prueba de las lágrimas nos va abriendo un camino de transformación que nos eleva y hace que lo que vivimos lo podamos hacer con mayor entrega y abandono, hasta llegar a vivir la prueba última y definitiva, que nos abrirá las puertas de la cosecha eterna.

F. Brändle

Retorno Glorioso

Rembrandt, Retorno del hijo pródigo, 1661-69 Museo Hermitage

Me quede sorprendido la otra tarde al descubrir algo que no se me hubiera ocurrido fácilmente. Al repetir un versículo para vivir mi oración, se me vino a la mente que podría hacerlo con las palabras que los gentiles, la gente de Babilonia, podría dirigir a los judíos según el salmo.  : “El Señor ha estado grande con ellos”. (Sal 125). Y me venía claro que yo no me podía identificar con aquellos pueblos que así se dirigían al pueblo de Israel, no vivía sus circunstancias. Pero de pronto se me hizo claro algo muy distinto: que podría contemplar a mis hermanos  que oraban junto a mí, y más aún a toda la humanidad, diciendo: “El Señor ha estado grande con ellos”.

En un mundo deshumanizado, en medio de guerras, odios y divisiones parecía imposible que así fuera, y sin embargo me seguía golpeando fuerte esta expresión, porque sentía que por encima de todo ello la fuerza del resucitado que atrae a todos hacía sí, lo haría posible. Si la humanidad retornaría cantando a su tierra de promisión: el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo que con la fuerza de su Espíritu nos daría vida y salvación, pasado el destierro.

Y, al fin, el retorno glorioso a la tierra de bendición, era universal, quien lo contemplaba era llamado a participar en esa bendita vuelta al Padre. La esperanza contra toda esperanza, era algo que vendrá y se me invitaba a vivirlo. 

F.Brändle

Nuestro destierro es una vida en medio de las vanidades del propio yo

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Uno de los salmos más recitados y conocidos es el que habla del destierro de Babilonia: “Al ir iban llorando, llevando las semillas”, al volver vienen cantando trayendo las gavillas” (Sal 125,5); pero yo me preguntaba, después de haberlo recitado al comenzar la oración silenciosa que solemos tener después de Vísperas en nuestro monasterio: ¿a dónde voy yo llorando, llevando semilla?.

Se me encendió de nuevo una luz con la que dar vida al salmo, vengo llorando, trayendo mi semilla a este momento orante, para que en el campo que es la vivencia de Dios en mi vida se vaya transformando en  gavilla frondosa, que de traer cantando a mi propia vida, porque eso es lo que ha de ser mi vida cuando, desde el trato con Dios cercano, y amigo, que debe ser mi oración, se vea fecunda y llena de amor.

Nuestro destierro es una vida en medio de las vanidades del propio yo, de la autosatisfacción, de la autosuficiencia, que necesita ser cambiada por nuestro Dios, el de nuestro Señor Jesucristo, que cambió la suerte de Sión.

Fray Francisco Brändle