los hermanos unidos

“Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento.

Es rocío del Hermón, que va bajando sobre el monte Sion. Porque allí manda el Señor la bendición: la vida para siempre” (Sal 132)

Este salmo tan corto y con un contenido tan cercano a nuestros buenos deseos no me era desconocido, pero con ocasión de un encuentro entre los miembros carmelitas descalzos de comunidades cercanas me despertó algunas intuiciones que quiero compartir. Sí, vivir unidos es un bello ideal, pero a qué compararlo. Lo lógico es a un grupo que piensa y siente de modo muy parecido, y por ello están unidos. Pero al ir leyendo las comparaciones que me pone el salmista, fui descubriendo que hay algo más que un buen entendimiento. Se trata de vivir unas relaciones que sin saber cómo se suavizan por un aceite que desde lo que es más alto y sublime que son nuestros pensamientos, se va extendiendo por los deseos y gustos hasta llegar al corazón de la verdadera unión, una nueva humanidad en la que todos unidos son hermanos.

Cuando descubrí que estar unidos era como rocío que se hace vida en ese modo de formar comunidad bendecido por Dios y que es preludio de vida eterna, fui cayendo en la cuenta de la riqueza que somos los unos para los otros. Y esto no se descubre antes, sino cuando llega el momento, que no siempre es el que yo quiero. Debo de vivir con esta esperanza de vida en comunión más allá de mis cálculos. No es fácil que en el momento presente se nos haga fácil pensar en ese vivir “unidos como hermanos” como colmo de la felicidad humana. Siempre se nos presentan las dificultades insalvables de la insolidaridad humana, que cierto es así, si no se espera como bendición de lo alto, como suavidad que se derrama en el corazón de los hombres.

F. Brändle