Una cosa pido al Señor

Sagrada Familia,Barcelona

“Una cosa pido al Señor, eso buscaré: gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo” (Sal 26,4). Empecé deslumbrado por lo mismo que pedía y buscaba: “la dulzura del Señor”. No podía imaginar lo que ello era, hasta que caí en la cuenta que si lo rezaba en Pascua y que había de nacer de contemplar su templo, esa dulzura me vendría al contemplar a Cristo resucitado, convertido en el verdadero y definitivo templo, levantado al tercer día. Ahora se me hacía muy presente el resucitado en medio de la creación y de la historia. La creación estaba abierta, como me había ya ensañado San Pablo y repetido San Juan de la Cruz, a ser recreada en la resurrección. La historia en medio de sus avatares, estaba abierta en esperanza a ser consumada en el amor de Cristo entregado por nosotros.  Contemplar el templo, tal y como la resurrección de Cristo me lo mostraba, me hacía posible pedir y buscar la dulzura del Señor. Me uní a toda la Iglesia y a toda la humanidad que así lo celebraban. La esperanza nacía en medio de las situaciones tan duras de la historia que hemos de vivir, y era esperanza de lo que no imaginaba, ni podía imaginar, sino solo vivir. Era la dulzura que nacía de esa súplica hecha al Señor, y de ese deseo de no buscar otra cosa que  contemplar al Resucitado.

F. Brändle

en lo escondido de su morada

“Me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca” (Sal 26,5). Todo el salmo parecía resonar en mi oración. ¿Quién era Dios para mí? No me importaba tanto lo que yo pudiera entender, cuánto lo que me iba despertando para vivir en comunión con Él. Esconderme en lo escondido dónde Él mora, se me fue revelando como la clave en la que llegar a conocerlo. Mejor, saber lo que realmente era para mí. Tendría que esperar a que me escondiese en su morada, en su propio misterio. Y esa espera se fue concretando en ir descubriendo mi adhesión a Cristo, verdadera roca en la que alzarme, en la que realizarme. Estas luces que iba recibiendo eran camino para disponerme a vivir estos días santos con un fuerte deseo de dejarme adentrar por Dios en la morada de su Misterio,  para venir a identificarme más y más con Cristo en la celebración de los misterios pascuales.

F. Brändle

El Señor es mi luz y mi salvación

Tres Velas – Gerhard Richter, 1982 óleo sobre lino 150×120 cm

“El Señor es mi luz y mi salvación” (Sal 26). Hoy fiesta de la luz, simbolizada en nuestras candelas encendidas en la Luz que es Cristo, hemos gozado recordando las viejas tradiciones de los pueblos cercanos a nuestro monasterio. Se nos ha hecho particularmente cercana la tradición que viven nuestros vecinos de La Alberca (Salamanca). Además de las “candelas” acostumbran a bendecir en la misa unos panes que llaman “picas”. que se reparten después en las escuelas y en la Residencia de ancianos.

Pan «Pica»

Al acercarnos a comprar el pan nos regalaron una “pica”. Asombrados preguntamos: ¿y esto?, Es una “pica” nos respondió nuestra amable panadera. Se bendice en la misa del día de “Las Candelas” y después se puede comer o colgar en el comedor. Agradecidos lo recibimos dispuestos a seguir las buenas tradiciones, que ligan lo más humano, como es el alimento primordial, a la bendición y cercanía de Dios en la vida. Con toda devoción bendijimos nuestra “pica” y ya cuelga en nuestro “refectorio”, para recordarnos durante el año que todo alimento nos une a Dios que hace fecunda la tierra y el trabajo del hombre. Esperamos así dar vida a una tradición que como casi todas se pierde en la noche de los tiempos que está siempre abierta a interpretaciones nuevas porque nunca se agota su significado. Queda así de un modo más estable lo que cada día queremos que no pase desapercibido: la presencia de Dios en el don de los alimentos. No sólo los bendecimos sino que los recibimos antes, llenos de gratitud, cuando son traídos en procesión del lugar en que son preparados al comedor.

F. Brändle