Cambiaste mi luto en danzas

Salvator Mundi, atribuido a Leonardo da Vinci

“Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal y me has vestido de fiesta; te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre” (Sal 29,12-13). Recogía estas últimas palabras del salmo para adentrarme en la oración silenciosa como canon que me ayudara a vivir ese momento. Temía que un texto tan amplio dejara de ser un canon y se convirtiera en una larga reflexión, pero pronto descubrí que lo que este texto me evocaba no era una serie de situaciones en las que de un estado marcado por la tristeza y el desánimo había pasado a vivir momentos de entusiasmo. Al evocar el texto en mi oración, sin más consideración, pasé a vivir el gozo de sentir que nuestra vida no es lo que se percibe en los distintos estado de ánimo, tan variables según las circunstancias, sino la conciencia de que estamos llamados a vivir en una continua acción de gracias, en un canto sin fin, porque realmente somos lo que no sabemos: personas agraciadas por ese Dios que cambia nuestra manera de ver las cosas, que hace de nuestra vida una fiesta, porque nos ha vestido de ese traje que nos descubre lo que realmente somos.

F. Brändle

¿Qué ganas con mi muerte?

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Sin duda que la audacia o confianza con Dios que muestra Santa Teresa la pudo aprender bien en los salmos, que ella leía y oraba con tanta devoción. Esa confianza, que parece audacia o atrevimiento me pareció verla al leer lo que se ora en el salmo 29,9, ¿qué ganas con mi muerte, con que yo baje a la fosa?. No sé lo que el salmista recibiría como respuesta, lo que a mí me ocurrió al  hacerla mía, fue algo muy simple: Me encontré con que se me vino a decir: ¿pero, es que crees que yo puedo pensar en ganar algo con tu muerte?, ¿crees que voy a dejarte bajar a la fosa? Con lo que quedé confundido.

Me resultó claro que Dios es un Dios de vivos, y nada gana con que el hombre muera, es más, no le dejará caer en ella. ¿Cómo es posible vivir en el temor servil sabiendo que Él nos sostendrá siempre?. Me sentí desbordado, confundido, lleno de una inmensa paz, que me descubría que el gran orante Jesús, vivió así su muerte.

Dios – Padre, estaba con Él, y nada ganaba con ella, no le podía exigir ese sacrificio, sino que juntos mostraban al hombre, que el Dios vivo, el Dios de los vivos, se entregaba por amor a aquella muerte en la que de modo último y definitivo el Dios que es amor se lo mostraba al hombre, poniéndose en sus manos, humillándose, pues es la suma Humildad, hasta ser de este modo mío y para mí, entregado por amor. Era la forma más sublime de decirlo, que perdonaba, que aseguraba a los pecadores la entrada en el Reino de los cielos.

Fray Francisco Brändle