Me conservas la salud

“Me conservas la salud, me mantienes en tu presencia·  (Sal 40) Cuando repetía estas frases en la oración, caí en la cuenta de cómo el Señor me mantenía en su presencia de un modo muy sencillo. No estaba fuera mirándome, eso sería algo muy ajeno a su amor que se entrega. Por eso me vi envuelto en su amor, de modo muy general, es decir abarcando todo mi ser. Una noticia, un modo de hacérmelo sentir que me abría a ese amor que Él me daba, pero todo vivido en una fe que nada tenía que ver con las cosas que me imagino o que pienso. Era algo más hondo y profundo que me daba seguridad y certeza de saber que estaba “en su presencia”.  Así podía conservarme salvado, es decir así se conserva la salud que viene de Dios. Cierto que la que gozamos en nuestro cuerpo puede reflejar aquella, pero no siempre es así. Podemos estar sanos, salvados, en situaciones de enfermedad, y a veces en esta situación, en medio de una enfermedad sentir más que nos mantiene en su presencia, conservándonos esa salud, que es salvación. Mantener atenta nuestra mente a esta gracia es algo que podemos y debemos hacer en nuestra oración silenciosa, pero no sólo es ese el momento, en toda ocasión podemos repetir con verdad este versículo del salmo: “Me conservas la salud, me mantienes en tu presencia”

F. Brändle

Sentirse Acompañado

Acabábamos de recitar el salmo 40, me dejó impresionado lo que se puede pensar estando en el lecho del dolor: “Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros: padece un mal sin remedio, se acostó para no levantarse”.  En su conjunto el salmo inspira confianza en el Señor; pero me dolía el sufrimiento que acarrea el sentirse abandonado de los hombres. 

Al repetir una y otra vez la frase durante mi oración, no salía de mi pena. Cómo se puede llegar a vivir las relaciones humanas con tanta distancia que se esté pensando que los demás me aborrecen, se alegran de mi mal y me borrarían del mundo de los vivos. 

Toda mi oración era suplicar que se borren esos sentimientos de los corazones de los humanos, que nos sintamos llamados a vivir en comunión, y que la consumación de nuestra vida en este mundo, no sea una huída de la relación con los demás, sino un sentirse acompañado para vivir el último gesto de esta vida: el morir, para encontrar la plena comunión con Dios y con todos. 

Sin duda los cuidados paliativos han de incluir esta dimensión psicológica, acercar a todos al enfermo para que se vea acompañado, querido, y seguro de que el amor de los que le rodean, está siendo reflejo del de Dios que vive en él y le resucitará sanándolo, o venciendo a la muerte.

F Brändle