En mi interior me inculcas Sabiduría

En mi interior me inculcas Sabiduría” (Sal 50,8). Con este versículo he venido orando en este día. El salmo 50 se lee en la oración de la mañana. Es el primero que se reza, y siempre había tenido para mí, y creo que es el sentir de la liturgia, un sentido penitencial, de arrepentimiento, propio de este día. Pero me sorprendí al descubrir en el interior del salmo esta convicción: “en mi interior me inculcas Sabiduría”. El Dios que me conoce, que me perdona, porque reconoce mi corazón humilde y arrepentido, es el que no se queda en lo exterior, no está frente a mí como juez. Es el que desde dentro me inculca Sabiduría. Entendí que el corazón arrepentido, no es el que se queda encerrado en su culpa, para pedir constantemente perdón, sino el que descubre la grandeza de Dios. Vi claro que cuando se vive vació de sí y olvidado de su propia justificación, uno se siente liberado, capaz de descubrir desde su interior una Sabiduría que bien se sabe viene de Dios, y le lleva a obrar movido por su Espíritu y no por un arrepentimiento autosuficiente.

F.Brändle“

Que se alegren los huesos quebrantados

Foto: Sebastiao Salgado, Mina de oro, Sierra Pelada, Brasil, 1986

“Que se alegren los huesos quebrantados” (Sal 50,10). Al leer el salmo 50 en la oración de Laudes decidí quedarme este versículo para repetirlo en mi oración silenciosa. Me fui haciendo consciente de que era un versículo muy sencillo. No me preocupé de hacer de él objeto de unas consideraciones, sino simplemente repetirlo, y fui cayendo en la cuenta de que esos huesos quebrantados son mis seguridades. Esa falsa autoestima que se apoya en lo alcanzado, o en lo que los demás puedan pensar de mí, y en la que he apoyado mi vivir, como mi cuerpo se apoya en los huesos del esqueleto. Cuando esos huesos se rompen, puede venir la verdadera alegría de la confianza en Dios. Era una súplica que con el salmista elevaba a Dios, en medio de una oración, que para identificarse más con ser una señal de esos huesos quebrantados vino a ser en esta ocasión una oración, pobre, aburrida, en la que el tiempo no corría. En medio de ella comprendí que también ha de ser así en ocasiones, para que se alegran los huesos quebrantados- De una oración que se apoya en mi fervor, mi atención, y venga a convertirse en una oración de unión gozosa, en la que el gozo  nace de saber que se trata de una alegría surgida de una atención amorosa, en sequedad y vacío.

F. Brändle

tengo siempre presente mi pecado

“Pero yo reconozco culpa, tengo siempre presente mi pecado” (Sal 50,5). Como cada viernes en la mañana, en el rezo de Laudes nos encontramos con el salmo 50. Apoyado en este verso, pero con el trasfondo de todo el salmo me adentré en los momentos de oración silenciosa. Aunque es un salmo lleno de belleza, conocido, muy usado en la liturgia, me parecía más propio para un momento de meditación que para entrar en esa oración silenciosa, en la que cesa la meditación. Me sorprendí sintiendo que con estos versos se ponía de relieve lo que como experiencia más honda era mi vivir cara a Dios. No era sentirme indigno, separado de él, alejado. Su presencia se me hacía más viva desde mi pobreza, desde ese reconocimiento de la culpa, que no acompleja, que no desespera, sino que te hace capaz de descubrir la misericordia que te libera de tu mundo egoísta. Comprendí que la verdad, como muy bien me dice santa Teresa, está ligada a esta verdadera humildad. El vivir abierto a Dios, es descubrir también la bajeza, el no poder. Sólo así se llega al Dios del amor y la misericordia.

F. Brändle

Devuélveme la alegría de tu salvación

“Devuélveme la alegría de tu salvación” (Sal 50,14). Mi oración la comencé viviendo bajo la impresión de que lo que le pedía al Señor ya me lo había dado y nunca me lo había quitado. Me preguntaba ¿es que Dios nos quita y da la salvación a capricho? Así vine a caer en la cuenta que de tal impresión es falsa. Dios nos dio y nos dará siempre su salvación. Soy yo quien no siempre se vivir de ella. Vine finalmente a tomar conciencia de que desde siempre nos ha predestinado en Cristo a vivir esta salvación y gozar con ella. Con la petición que me ofrecía el salmo mi oración se fue abriendo a mostrar mi deseo de encontrarme con Cristo con mayor hondura. A esta meta me llevo este verso del salmo, me tendría que llenar más hondamente de Cristo para vivir la alegría de la salvación. Era yo quien no siempre lo había vivido y por eso pedía que me fuera devuelto, pero nunca se separó de mí.

F.Brándle

borra en mí toda culpa

La inocencia, Bouguerau s.XIX

“Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa” (Sal 50,14). Con este versículo la oración vino a traerme una consideración en la cual no me habría detenido con su simple lectura. Es fácil al leer sin más este versículo pensar que es una petición muy propia del que se siente abrumado por su pecado, pedir que Dios no lo vea, y que borre en nosotros toda culpa. Pero al dejar que sus palabras me fueran alcanzando, y después de tener muy presente a San Pablo y su consideración sobre este pecado de muerte, sentí que habría de leer mi pecado como buscar mi propia justificación en mis obras buenas, y que la verdadera petición era que Dios me aceptara como soy, apartando de mi esa tendencia a justificarme ante él y ante los demás, sin aceptar mi pobreza. Con lo que al fin lo que pedía era que no me viera como  me gustaría verme, -que de eso apartara su vista-. sino como el verdaderamente me ve, y que así me dejara alcanzar su salvación, borrando El en mi todo lo que me separa de Él.  Acepté ser visto por Él en mi verdad, y no en mi pecado. No que apartara de mí su vista, sino que apartara su vista de mi yo encerrado, autojustificado. Que la pusiera en lo que El quiere de mí, y no en lo que yo quiero ser. Dejarme transformar por Él que borra mi culpa y me da su gracia.

F. Brändle

la alegría de tu salvación

“Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso” (Sal 50,14). Como cada viernes esta mañana recitábamos el salmo 50, las palabras de este versículo, resonaron a lo largo de mi oración silenciosa. La alegría de la salvación vino a evocar en mí, algo que iba más allá de unos momentos de gozo, ante una situación de decaimiento, que no era mi caso. Entendí que esa alegría no podría identificarla con la que se siente al ver resueltas de modo favorable las miles de necesidades pasajeras que nos rodean.  Necesitaba empaparme de esa salvación que nos devuelve como nota de su presencia la alegría. Necesitaba sentirme salvado, recreado en el amor de Dios, para vivir una vida en la que el amor de Dios se afianzara en mí. Que la generosidad en la que pudiera vivir naciera de esa presencia salvadora de Dios hecha verdadera alegría, porque con ella encontraba todo el sentido de mi vida. Con este versículo del salmo me abrí a un perdón y una misericordia de Dios que no me cerraban en mí sintiéndome perdonado, y con ello alegre, sino que me hacían capaz de recobrar el sentido de mi vida en la salvación por la que mi vida era entregada y hecha espíritu generoso para los demás, lo cual era devolverme la alegría, recrearme para gozar de la verdadera alegría.

F. Brändle

Devuélveme la Alegría

“Devuélveme la alegría de tu salvación” (Sal 50,14). Eran las palabras del salmo que comenzaron a resonar en mi oración. Poco a poco fui despertando a la conciencia de que muchas de las alegrías que había podido ir viviendo no respondían a la propia de la salvación, y sin embargo era en ellas en las que había apoyado la conciencia de ser salvado. No necesité analizar nada, era una llamada interior la que me decía que tal petición se basaba en volver a afianzar mi experiencia de salvación en los momentos en los que se me había concedido, comenzando por la celebración de mi bautismo como expresión de mi vida en Dios. La participación en la Eucaristía como verdadera experiencia  del misterio de Cristo entregado por mí. La oración como conciencia cierta del amor de Dios actualizada en mi conciencia. El servicio al prójimo más allá de una mera filantropía, hecho por verdadera entrega. Lo que con el salmista le pedía en mi oración es volver a reconocer que ahí está la alegría de la salvación, a la que he de acudir siempre que me vea rodeado de situaciones, que nunca me debieran separar de la alegría de la salvación, pero que por mi debilidad me han podido alejar de ella, y ahora con el salmista le pedía humildemente al Señor que me volviera a regalar.

F. Brändle

lava del todo mi delito

El Hijo Pródigo, Rembrandt, 1668, Museo del Hermitage

Uno de los salmos más conocidos y recitados en la iglesia es el salmo 50. En sus  primeros versos leemos: “lava del todo mi delito, limpia mi pecado”, después de haber invocado su misericordia. Al querer interiorizarlos repitiéndolos durante la oración silenciosa, caí en la cuenta de que siempre había puesto más atención en mi pecado, en mi culpa, que en el Dios que limpia. Sin darme cuenta estaba cayendo en la cuenta de que siendo Dios el que limpia, de aquel pecado, de aquel delito no podía quedar rastro alguno. Su limpieza sería tal que aquel delito o pecado habría dejado de existir, se habrían borrado para siempre. ¿Qué era lo que habría logrado tal limpieza?: “SU AMOR”. Dios era el que poniendo amor habría sacado amor. Mi vida se habría liberado de todo egoísmo y se habría convertido en amor, donde no cabe ni delito, ni pecado. Se trata no de condonar una deuda, no de poner un manto para que no se vea la mancha, se trata de transformar una vida, para que sea una vida enamorada. En verdad nuestra relación con Dios entra también dentro de la dimensión teologal, sólo asumible desde la fe, la esperanza y el amor. Ver la realidad en estas dimensiones teologales es sentir que el pecado no es la mera transgresión de una norma, es mucho más. Es seguir siendo ese sujeto lleno de sí, egoísta, incapaz de abrirse al plan de Dios. Si soy capaz de rezar con el salmista al Dios que lava el delito y limpia la culpa, veré que mi vida se llena de amor y se transforma, para ser esa criatura nueva, a imagen de Dios, que pone amor y saca amor.

F. Brändle

Infúndame Sabiduría

El salmo 50 resuena con frecuencia en nuestras celebraciones con ese acento de arrepentimiento que caracteriza la vuelta del hombre a Dios. Pero no fueron estos sentimientos los que me vinieron cuando rezando el salmo, llegué al verso: “en mi interior me inculcas sabiduría”. (v.8). Esta es la traducción que me ofrece la liturgia y con la que traté de ayudarme para vivir los momentos de oración silenciosa. Ante todo me recogía el hecho de que Dios, al que volvía, fuera el que trataba con ahínco de infundirme su sabiduría, y lo hacía en mi interior. El interior de mi vida no eran por supuesto las actividades en las que me veía envuelto y para las que Dios me daba una sabiduría humana que las pudiera afrontar con éxito. Algo más allá de todo esto constituía ese interior en el que Dios actuaba, y lo hacía dándome su sabiduría.

En un momento, sin reflexión alguna, sentí que esa sabiduría se traducía en la cercanía de Jesús, que me enseñaba el modo de acoger la vida desde el proyecto de Dios, convirtiéndose en esa sabiduría con la que afrontar en cada momento el vivir de cada día. Acepté gozoso que Dios tuviera tanto empeño en infundirme esa sabiduría que da sentido a la vida, y que lo haga a través de Jesús, el Verbo encarnado. La Palabra encarnada en Jesús, me invita que en su seguimiento se fuera encarnando en mi vida, como también en la de todos.

F. Brändle